El cosmopolitismo babélico de Glusberg/Espinoza

por Grínor Rojo

 Pierina Ferretti, Lorena Fuentes y Jaime Massardo han hecho una labor de recuperación admirable con la publicación de estos tres volúmenes, en los que se recogen algunos de los materiales dados a conocer en Santiago, entre 1939 y 1951, por la revista Babel y, en particular, los firmados por su director, Enrique Espinoza. 

Es el de ellos un esfuerzo de recuperación admirable, porque no cabe duda de que Enrique Espinoza y su máxima creación (porque eso fue la revista Babel, su máxima creación) es expresión de al menos uno de los segmentos que configuraron el campo cultural chileno de las décadas del cuarenta y cincuenta del siglo XX. Llegado a Chile en 1935, a poco andar Espinoza formaba parte ya, quieras que no, de la cultura –de sus productores, más bien– nacional. Las preguntas que habría que formularse entonces, a su respecto, son las siguientes: ¿Cuál fue la posición que él ocupó al interior de nuestra cultura? ¿Dónde lo podemos poner hoy? ¿Qué y a quiénes representa? 

Para responder a estas preguntas, puede que el mejor método consista en operar por exclusión, la de aquellos otros que también formaron parte del campo cultural chileno de esos años pero que no tienen o tienen una cabida menor en el horizonte visual de Espinoza. Por ejemplo, noto que los intelectuales oligárquicos, como Huidobro, Subercaseaux o Barrios, no aparecen o aparecen secundarizados dentro del círculo de sus preferencias (en un ensayo que no está en Babel Espinoza compara, por ejemplo, lo que él considera el “pintoresquismo” de Barrios en Gran señor rajadiablos con la “hondura” de Manuel Rojas en Hijo de ladrón, I, 25); o a los criollistas, como Mariano Latorre, quien publica cuatro colecciones de cuentos On Panta, Hombres y zorros, Mapu y Viento de Mallines, que no falta quien opine que constituyen lo mejor de su obra, en 1936, 1937, 1942 y 1944 respectivamente, y que es un escritor al que yo tengo la distinta sospecha de que a Espinoza le pareció arcaico; o a los treintayochistas que, con la sola excepción de Reinaldo Lomboy, tampoco están; o a los surrealistas, Braulio Arenas y compañía, que brillan por su ausencia; o a Neruda, que pasa casi sin mención; o a de Rokha, del que no encuentro ninguna. Si se exceptúa a Gabriela Mistral, con la que Espinoza se carteó (¿con quién no se carteó Mistral?), los monstruos de la literatura chilena parecen no haber sido para este escritor/editor lo que a él más le interesaba. 

En cambio, escribe sobre ciertos autores europeos y sobre ciertos autores locales. Entre los europeos, Heinrich Heine y Baruj Spinoza se llevan las palmas, hasta el extremo de que son los responsables, la mitad cada uno, por su seudónimo, pero también Goethe, Kafka, Gide y Machado; entre los locales, habría que separar el subgrupo de los latinoamericanos del de los chilenos. Latinoamericanos que lo entusiasmaron fueron los clásicos Domingo Faustino Sarmiento, José Martí, José Enrique Rodó, Leopoldo Lugones, Horacio Quiroga y Ezequiel Martínez Estrada (podría agregarse a esos seis, Guillermo Enrique Hudson, que escribía en inglés, porque era inglés, aunque Espinoza nos asegure que es “el más criollo de los escritores nacidos a orillas del Plata” (I, 59); también una obra, el Martín Fierro, a la que un complot patriótico de Lugones con Ricardo Rojas y la revista Nosotros había convertido durante la segunda década del siglo en el poema fundador de la nacionalidad argentina; entre los chilenos, Ernesto Montenegro, Manuel Rojas, José Santos González Vera, Marta Brunet. 

¿Qué concluyo yo de este veloz registro de preferencias? Concluyo que hay ahí una mezcla interesante, muy del período que aquí nos ocupa y sobre todo muy del personaje en cuestión, entre cosmopolitismo y localismo. En el primer caso, yo siento que el que habla es el inmigrante, Samuel Glusberg, un judío nacido en el poblado ruso de Kischinev, en 1898, trasladado a la Argentina en 1905 y retrasladado a Chile en 1935, y que no pierde, que no quiere perder su contacto con la literatura mundial; en el segundo, siento que el que habla ya no es el inmigrante sino el emigrado, esta vez Enrique Espinoza, alguien que ha apostado a esas alturas a “ser de acá” y está haciendo todo cuanto puede por salir victorioso en esa apuesta. Es el argentino, enamorado, como todos los argentinos de entonces, de Sarmiento, pasando por alto sus vetas oscuras, las que sin embargo no ignora; es el chileno que aplaude, y con toda razón, a Manuel Rojas. El tironeo entre una punta y la otra no puede ser más evidente. 

Y la revista Babel es eso también. Es el reflejo perfecto del bicéfalo Glusberg/Espinoza. Él es la revista y la revista es él. Aunque aparezcan en ella artículos de Alfonso Reyes y León Felipe y traducciones de Hannah Arendt, E.M. Forster, Thomas Mann y otras estrellas de parecido calibre, eso también es él. Es Glusberg/Espinoza. No es que este hombre no haya dejado una obra suya, ya que pergeñó sus propios ensayos y también algunos sonetos. Pero, más allá de esos esfuerzos personales, buenos o malos, su gran obra fue la revista y él lo sabía. No se hacía ilusiones acerca de su genio. Pensaba, como debiéramos pensar muchos de nosotros quizás, que en vez de pelear por hacernos un hueco personal en el mundo, pudiera ser preferible que nos echemos a un costado y que liberemos de esa manera el espacio para que así lo ocupen otros que son mejores que uno. Babel es una revista que se quiere parecer a la Partisan Review, pero sin dejar de ser, al mismo tiempo, argentina y chilena. Babel es una revista que se quiere parecer al Repertorio Americano, pero sin dejar de ser universal Es un acto de equilibrismo complejo, reconozcámoslo, como que el cosmopolitismo babélico nos suena a ratos a derivativo, un poco de segunda mano respecto de las materias que comenta, y el latinoamericanismo, el argentinismo y el chilenismo, un sí es no es forzado. Pero ese era el proyecto cultural latinoamericano de entonces, en eso consistía, y fue él el que entre nosotros produjo a Huidobro y a Neruda y en América Latina a Borges y a Diego Rivera. 

¿Y la política de Espinoza? Porque no hay que olvidar que estamos en los años cuarenta y, a fines de esa década, en los meros comienzos de la guerra fría. En 1946, en Chile, candidato del partido radical y con la colaboración de los comunistas, Gabriel González Videla se ha transformado en presidente de la república. Tres años después, no tendrá inconveniente en traicionar a los mismos que lo eligieran, convertido ya en un peón obediente de los Estados Unidos. Listas negras, persecuciones, relegaciones, campos de concentración son el sucio prontuario del macarthysmo criollo, el mismo que ya anunciaba lo que treinta años después iba a reaparecer y a incrementarse y perfeccionarse hasta el delirio. 

¿Dónde está todo eso en la revista Babel? Bueno, está y no está. Admirador de Mariátegui, para Glusberg/Espinoza el amauta es más (y vale más por ser más) un literato que un político. También admirador de Trotsky, advierte que lo que le llama la atención es su estatura intelectual, su vocación liberadora, pero con el oportuno salvavidas de que él (escribe “nosotros”, retóricamente) “no hemos pertenecido a lo largo de un cuarto de siglo a ningún círculo marxista” y que tampoco “hemos pertenecido jamás a ninguna de las fracciones en que se dividen los partidarios políticos de León Trotsky” (II, 121). Con los que no se lleva bien es con Stalin y sus admiradores, y se entiende que ello sea así. Le repugnan, los considera una “burocracia” que “contradice la enseñanza verdaderamente humanista de Marx y Engels” (II, 91) Porque Glusberg/Espinoza es, al fin de cuentas y en la más noble de sus acepciones, eso: un humanista. Rehuye los antagonismos ásperos y más todavía la crueldad. Quiere ser un “hombre de letras”, un intelectual “de buenas maneras” en un mundo en el que era difícil, pero aún se podía desear y pensar de ese modo. Oigámoslo finalmente en un texto escrito para el primer número de la edición chilena de la revista, el 1º de mayo de 1939: 

Hoy más que nunca sabemos que se puede arrojar a la cárcel o al destierro a un escritor para que muera; pero no a su pensamiento, que siempre termina por sobrevivirlo si es realmente creador y mueve a los hombres a la acción. 

Bajo el signo de tan alta esperanza y sin ningún principio mezquino, salimos, pues, en este día consagrado a los trabajadores de todos los países para brindar a los más cercanos e inteligentes una serie periódica de ensayos, artículos, poemas y narraciones de valor permanente o documental. 

En cuanto al antiguo y ambicioso símbolo que elegimos para destacar una vez más nuestro modesto empeño de traductores y periodistas, la evidencia de su significado en todos los idiomas nos ahorra cualquier explicación (III, 101). 

He ahí a Glusberg/Espinoza y he ahí la revista Babel de cuerpo entero. Hoy, cuando en este país estamos de vuelta en plena barbarie, cuando los funcionarios de la cultura chilena son actores de la farándula o niñas bien, cuando los periódicos han prácticamente eliminado las páginas literarias, cuando el 46% de la población del país no lee nada y un 7% no lee casi nada y cuando las buenas maneras ya no están de moda, ¿cómo no vamos a agradecerles a Ferretti, a Fuentes y a Massardo que hayan desenterrado a esos monumentos del entusiasmo y la delicadeza de trato que fueron Babel y su más que honorable creador? 

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