La guerra en Irán y el límite del imperialismo: la hora de la clase trabajadora

por Gustavo Burgos

La guerra en Irán, lejos de ser un episodio aislado o una simple confrontación entre Estados, expresa una condensación de las contradicciones más agudas del capitalismo contemporáneo. La ofensiva de Donald Trump —articulada con el expansionismo del Estado de Israel— no responde únicamente a objetivos militares inmediatos, sino a la necesidad estratégica del imperialismo de recomponer su hegemonía en una región clave para el control energético y geopolítico mundial. Las condiciones impuestas a Irán, que implican su virtual capitulación política, económica y militar, revelan el carácter de una guerra de sometimiento nacional, donde la amenaza de destrucción total —“toda una civilización morirá”— se erige como instrumento de disciplinamiento global. 

Sin embargo, el desarrollo mismo del conflicto ha puesto de manifiesto los límites de esa estrategia. Ni la superioridad militar ni la política de terror han logrado quebrar la admirable resistencia iraní, que ha combinado recursos estatales con una movilización popular significativa. La defensa del estrecho de Ormuz, la disposición a afectar el flujo mundial de petróleo y la respuesta política frente a las imposiciones estadounidenses evidencian que incluso en condiciones de asimetría, una nación oprimida puede obstaculizar los planes del imperialismo. Pero este límite, siendo real, no constituye por sí mismo una salida progresiva al conflicto: las direcciones nacionales, por su propia naturaleza de clase, están atadas a compromisos y equilibrios que les impiden llevar la lucha hasta sus últimas consecuencias.

Es en este punto donde se plantea la cuestión decisiva. La guerra en Medio Oriente no puede resolverse en favor de los pueblos mediante la acción de los Estados existentes, ni por la vía de negociaciones entre potencias que reproducen la lógica de dominación. La experiencia histórica —desde las guerras árabe-israelíes hasta las intervenciones en Irak o Afganistán— demuestra que toda “paz” impuesta desde arriba no es más que la preparación de nuevas guerras. La dinámica actual, que entrelaza la ofensiva sobre Irán con la devastación de Gaza y la inestabilidad en el Líbano, confirma que el imperialismo no ofrece otra perspectiva que la barbarie permanente.

La salida de fondo reside, por tanto, en la intervención independiente de la clase trabajadora, tanto en la región como a escala internacional. Esta perspectiva no es una consigna abstracta, sino una necesidad objetiva que surge del propio desarrollo de la crisis. Existe una oposición mayoritaria entre los explotados a la guerra y al aplastamiento de Irán, incluso en el corazón de las potencias imperialistas. Esa disposición, aún dispersa y en gran medida espontánea, contiene el germen de una acción política capaz de romper con las direcciones burguesas y nacionalistas que encauzan el conflicto dentro de los límites del sistema.

La intervención independiente implica organizar la lucha contra la guerra en el terreno de los intereses de clase: contra el encarecimiento de la vida, contra el gasto militar, contra la represión interna y contra los gobiernos que subordinan a sus pueblos a la lógica imperialista. Supone también levantar un programa que unifique las reivindicaciones inmediatas con la perspectiva de la transformación social, es decir, la superación del capitalismo que engendra estas guerras. En este sentido, la lucha antiimperialista no puede separarse de la lucha por el poder de la clase trabajadora.

Solo una acción consciente y organizada de las masas explotadas puede quebrar la dinámica que hoy conduce a una escalada regional —y potencialmente mundial— del conflicto. La historia ha demostrado que cuando la clase obrera interviene como sujeto político independiente, no solo detiene guerras, sino que abre la posibilidad de reorganizar la sociedad sobre nuevas bases. En Medio Oriente, como en el resto del mundo, esa es la única perspectiva capaz de transformar la resistencia en una salida emancipadora y de poner fin, de manera definitiva, al ciclo de guerras del imperialismo.