La crisis internacional «ucraniana» y la reformulación capitalista en clave post neoliberal

por Antonio Bórmida

La situación internacional está cruzada indudablemente por la guerra en Ucrania. Tras cinco semanas de guerra, consistente en duros ataques por parte de Rusia, que destruyeron gran parte de varias ciudades, sobre todo Mariupol que resultó arrasada, parecía haberse abierto una instancia de negociación. Rusia, mientras que casi ha completado la ocupación del Donbass y una franja territorial del este hacia el sur, que incluye Mariupol y Jerson, anunció el retiro de sus tropas de varias ciudades, en pos de favorecer la negociación, dijeron. Sin embargo, una reunión de la OTAN con la presencia de Biden, redobló las fuerzas militares en Polonia y los países del Báltico, mientras que Finlandia estría por solicitar su ingreso a la OTAN. En ese marco, y mientras tanto Biden, desde Polonia, a poca distancia de la frontera con Ucrania, agitaba contra Putin, acusándolo de criminal de guerra y prácticamente pidiendo su derrocamiento. Ese cuadro se completó con la aparición de decenas de cadáveres de civiles muertos en las calles de Bucha, tras la retirada de las tropas rusas, hecho que, sea verdad o mentira, vino a darle fuerza a la acusación de Biden contra Putin, y sobre todo a cortar las negociaciones en curso, y a asegurar la prolongación de la guerra por tiempo indeterminado.

Este parece ser el objetivo, tanto de EE-UU, como del UK (Reino Unido), mientras que Zelensky parecía dispuesto a ceder a los principales reclamos de Rusia, lo cual seguramente hubiera sido apoyado por Alemania, Francia e Italia.

Está claro desde el primer momento que Ucrania no toma solo ni independientemente sus decisiones, sino que actúa como un peón de la OTAN y más particularmente de EE-UU. Pero los integrantes de esta organización militar, aunque hayan respondido unidos ante la invasión rusa, tiene distintas situaciones y objetivos.

Para Alemania, Francia e Italia, la invasión de Rusia a Ucrania y la guerra desatada en consecuencia, es contraria a sus intereses. A pesar de los acercamientos políticos que venían manteniendo los dirigentes de esas potencias imperialistas con Putin, este decidió la acción militar por su cuenta. Con ello se ha creado además una quiebra importante en las relaciones económicas entre esas naciones europeas en particular y Rusia. Aun a disgusto, Alemania no tuvo más remedio que aceptar interrumpir la certificación del gasoducto Nordstream 2, y junto con el resto de las naciones europeas aprobar una serie de sanciones económicas dictadas por EE-UU. Por su parte Macron, aunque subido al mismo barco de la OTAN capitaneado por Biden, mantuvo varias reuniones con Putin intentando abrir un curso de negociación que consiguiera un alto el fuego. 

En cambio, EE-UU parece estar cumpliendo con creces sus objetivos. Con los ejercicios militares conjuntos con tropas ucranianas en la frontera rusa, con las bases de entrenamiento militar en territorio ucraniano, y el impulso para que Ucrania se incorpore a la OTAN, EE-UU prácticamente montó una provocación al afectar potencialmente las posibilidades de defensa de Rusia. 

Cuando Putin desplegó su ejército en la frontera ucraniana del este y el norte, Biden dio por segura la invasión de las tropas rusas, pero reiteradamente dejó bien claro que la OTAN no iba a intervenir, si ello se concretara.

Era prácticamente una invitación a Putin para que invadiera. Una vez que esto ocurrió, Biden encabezó la campaña de refuerzo con armamentos y dinero para que el gobierno de Ucrania se mantuviera en pie y pudiera resistir la ofensiva rusa sobre Kiev.

Logró aislar a Rusia, metiendo una cuña política y económica con sus sanciones, entre Rusia y la “vieja” Europa, evitando que se fortaleciera un bloque político-económico y militar entre Alemania-Francia y Rusia.

Ahora que se vieron falencias y debilidades del ejército ruso, trata de evitar que Zelensky capitule y pacte con Putin un acuerdo. Quiere la prolongación de la guerra, el máximo desgaste del régimen ruso y sus FFAA. Inclusive Biden ha amenazado con que, si hubiera ataques con armas químicas, nucleares, u otras de destrucción masiva que afectaran a la población civil, entonces la OTAN podría intervenir. 

A su vez en una reunión virtual directa con Xi Jinping, hizo una fuerte presión prácticamente amenazando con “las consecuencias” que afectarían a China, en caso de que esta decidiera tomar parte en esta guerra o apoyar a Rusia de algún modo, con lo que ha conseguido una cierta neutralidad en la posición de China. 

EE-UU busca separar a Rusia de China, porque el próximo objetivo de EE-UU será China. Muy probablemente cuando China quiera recuperar el control de Taiwán, quizás EE-UU vuelva a ejecutar el mismo argumento que ya ha aplicado con éxito hasta ahora en Europa. Forzar el intento de invasión de Taiwán por China. Apoyar la defensa de Taiwán para resistir la ocupación China, y estar listos para intervenir cuando se presente la ocasión propicia. 

Tal como ha declarado, el ministro de defensa taiwanés teme que para el año 2025 China esté preparada para una invasión a la isla.

Taiwán representa para China el acceso a tecnología que hasta ahora no ha podido desarrollar a altos niveles. Taiwán es hoy por hoy el mayor fabricante de chips del mundo, sus empresas representan el 40% aproximadamente de la producción mundial y el 90% de la producción de los chips más avanzados. El interés de China pasa de una aspiración a ser estratégico cuando Taiwán es su principal proveedor de chips para su industria militar, también una seria amenaza para su rival comercial EEUU y el resto del mundo dependiente de esa tecnología para la producción mundial, ya que es componente fundamental de la maquinaria destinada a la producción en masa.

Taiwán por ahora se escuda en su papel de proveedor seguro para ganar fuerza, tiene proyectos de expansión tanto a China como EEUU. El avance de la guerra comercial aumentara las tensiones sobre la isla como proveedor estratégico para las potencias y la puerta de China para hacerse de tecnología que le daría un salto importante en la aspiración de la burguesía China de ser imperial.

Para eso EE-UU ha creado las alianzas militares en el sudeste asiático: el QUAD (EE-UU; India; Japón; Australia) y el AUKUS (Australia; UK y EE-UU), más Corea del Sur amenazada recientemente por Kim Jung-un.

Ese escenario ya está preparado esperando que aparezcan los primeros actores que asoman por detrás del telón, mientras los de reparto ya ensayan sus líneas. 

En este sentido es que planteamos que la actual guerra en Ucrania es el prólogo de la tercera guerra mundial. No porque creamos que se vaya a desatar allí, aunque no pueda descartarse. Si no porque, es el plato de entrada, al verdadero conflicto armado definitorio entre EE-UU y China, con sus respectivos aliados.

Las consecuencias económicas de la guerra en Ucrania

Las consecuencias económicas de la guerra ya afectan y afectarán más todavía la situación de la economía mundial, que luego del rebote post-pandemia, vuelve a retomar su curso descendente.

Las primeras consecuencias son el aumento del precio del petróleo y el gas, así como de los cereales, en particular del trigo y el maíz. Pero no solo el aumento de los precios sino las dificultades para un abastecimiento normal de estos productos. A esto se suma los cuellos de botella que se producen en las cadenas de producción mundial, y a las presiones inflacionarias a consecuencia de la emisión monetaria, principalmente de dólares, pero también de euros, para sostener el rebote de la economía en la post-pandemia. Cuestión esta, de la pandemia que, si bien parece haberse atemperado, todavía no puede decirse con seguridad que haya desaparecido el riesgo de nuevos brotes, tal y como está ocurriendo ahora mismo en varios países a partir de la nueva cepa más contagiosa XE.

Las consecuencias económicas de la guerra se producen sobre una economía mundial que continúa con su tendencia declinante, en el marco de la crisis general iniciada en 2007-8, agravada por la pandemia primero y por la guerra en Ucrania ahora. 

Tras la recuperación post 2009 a fuerza de endeudamiento estatal, la economía mundial entró en un estancamiento declinante, y en 2018 cayó en recesión, cuando en el 19 comenzaba la pandemia, y en el 20 ya la economía se hundió en la depresión.

Al quitarse las principales restricciones a la circulación impuestas por los gobiernos para controlar la pandemia, en el 21 se produce una recuperación. 

Las ansias de los capitalistas de recuperar sus ganancias y compensar las pérdidas de estos últimos meses producto de la paralización de la economía ante el Covid, puso en evidencia la fragilidad y contradicciones del mismo sistema capitalista.

La reactivación postcovid trajo sus propias crisis intrínsecas como la energética.  La alta demanda energética no pudo ser acompañada por la capacidad generadora mundial y comenzaron a aparecer apagones en India y China que esperaban aprovechar la ventaja de una temprana reactivación. Las consecuencias han sido un aumento de los precios petróleo, gas y carbón y su respectiva recarga sobre el pueblo trabajador. Europa también ha tomado como medida la reactivación de centrales eléctricas a base de carbón como la Datteln IV de Alemania y la central de Endesa en España, desenmascarándose del discurso ecologista y pactos ambientales de los que se vanaglorian los europeos, y que hoy son olvidados en defensa de los intereses de los empresarios.

Otra crisis devenida de la reactivación postcovid fue la llamada crisis de los contenedores, cuando el intento de poner al día sus ganancias fracturó el sistema logístico marítimo de intercambio comercial, que se resintió ante la incapacidad de los puertos y barcos de absorberla trayendo como consecuencia el aumento de precios de productos importados.

Sin llegar a los niveles anteriores al 19, esta recuperación comenzó a aplanarse, cuando las nuevas variantes Delta y luego Omicrón del virus, volvieron a golpear la salud de la población y la economía mundial.

La recuperación del 21 provino del gasto reprimido de los consumidores, impulsado por los subsidios de covid en efectivo provenientes del presupuesto de los gobiernos y las enormes inyecciones de dinero crediticio por parte de los bancos centrales, con tasas de interés cercanas a cero.

Dado que esta situación ha sido posible por la impresión de dinero por parte principalmente de EE-UU, y esto ha impulsado la inflación a nivel mundial (en EE-UU mismo ha llegado alrededor del 8%), para 22 la FED ya ha anticipado que hará de tres correcciones (por lo menos) al alza de los tipos de interés, de las cuales ya hizo la primera, lo mismo que el Banco de Inglaterra. 

En consecuencia, y según el economista marxista inglés Michael Roberts (en adelante MR), para 2022 se esperaba que la economía mundial creciera entre un 3,5% y un 4%, es decir con una desaceleración significativa respecto a 2021 (-25%). Por su parte para las economías capitalistas desarrolladas se preveía que crecieran menos del 4% en 2022 y cayeran a menos del 2,5% para 2023. Y para América Latina se preveía una caída de la tasa de crecimiento de 2/3 desde el 6,4% al 2,2% y 1,7% respectivamente. (Previsiones para 2022).

En cambio, a partir de la guerra en Ucrania, todas estas previsiones fueron ajustadas a la baja, entre un punto y un punto y medio, por lo menos. Algunos, inclusive, ya prevén una nueva recesión.

En este marco y como las deudas públicas y privadas aumentaron, pero la recuperación económica es débil, y tiende a ralentizarse, según MR, existe la posibilidad de que, dado el tamaño de las deudas privadas (corporativas) y la gran cantidad de las llamadas “empresas zombis” y “ángeles caídos” (que, aun con tasas de interés muy bajas, no obtienen suficientes ganancias para pagar sus deudas) en el 22 podría producirse un nuevo colapso financiero. Este riesgo concentrado en las economías “desarrolladas” (imperialistas) se complementa con la situación crítica de las llamadas “economías emergentes” (semicoloniales), de las cuales, según el FMI, la mitad está cerca del default de su deuda, y con poco margen para aumentar el gasto público como herramienta de alivio del impacto de la crisis.

Este particularmente es el caso de Argentina, mientras que en Chile la inflación del 6% llevaría a la suba de la tasa de interés y por lo tanto a un panorama recesivo o por lo menos de retracción de la economía.

Por lo tanto, la política económica de los gobiernos muy probablemente consistirá en la aplicación de medidas de austeridad que achicarán la economía; o devaluarán la moneda para impulsar las exportaciones. En ambos casos, sea por medio de un aumento de la desocupación, o de la caída real del salario frente a la inflación, el nivel de vida de los trabajadores y las masas populares se verá afectado.

¿Como se expresa esta situación económica en la lucha de clases?

Salvo los países muy beneficiados por el aumento del precio del petróleo y los cereales, en los que esta situación puede actuar como amortiguador, en general y particularmente en los países semicoloniales, las contradicciones entre las necesidades de la burguesía de mantener sus ganancias o hundirse en la quiebra, impulsarán una ofensiva contra la clase trabajadora, o mejor dicho profundizarán la que ya existe y que se tomó un leve respiro debido a la recuperación del 21.

Es decir, la tendencia que actuará es a crecientes contradicciones entre sectores de las burguesías que actúan en el seno de los estados nacionales, y de estas con el imperialismo. Y a un desarrollo de la lucha de clases. Esta situación puede provocar nuevas explosiones revolucionarias o prerrevolucionarias, como hemos visto en años recientes y como se expresaron hace poco en Kazajistán y ahora en Sri-Lanka y Perú. Esta tendencia general no reemplaza el análisis concreto de la situación concreta. Pero marca la situación general.

En relación a Kazajistán, se pueden decir por ahora dos cosas. Una es sobre la denuncia del gobierno que había huido y solo pudo ser restablecido por la intervención de las tropas rusas. 

Acerca de lo ocurrido el presidente repuesto dijo que se trató de un “golpe de estado”. Este es un remanido recurso para descalificar un levantamiento revolucionario de las masas populares, que en este caso tuvo el agregado de que habría intervenido “el terrorismo internacional” como argumento para justificar la irrupción de las tropas rusas en el aplastamiento de la insurrección. 

La otra cosa que se puede decir es que la intervención rusa demuestra que Putin no es ningún “amigo del pueblo”, ni de las naciones semicoloniales. Aquí actuó exclusivamente para defender sus intereses de potencia regional, en el marco de las fuertes tensiones por la presión de EE-UU y la OTAN sobre su frontera occidental.

Los levantamientos de la población del Donbass contra el gobierno central de Ucrania, que Rusia apoyó, fue porque les servían a sus intereses geoestratégicos. En cambio, los de Kazajistán iban en su contra y por eso lo aplastó.

Esperar que China y Rusia sean un polo consecuente en el cual los trabajadores y los pueblos semicoloniales puedan apoyarse en la lucha contra del imperialismo, es una ilusión propagada por el populismo pequeñoburgués.

¿Y cómo afecta las relaciones internacionales?

Así como en algún momento el centrismo llamaba “primavera” a los procesos revolucionarios del norte de Africa y el medio oriente que volteaban gobiernos y desencadenaban guerras civiles, ahora es común oír hablar de “guerra fría”, cuando en realidad lo que hay son preparativos de una guerra que será muy caliente, tan caliente que amenaza el destino de la humanidad. 

Como siempre, el centrismo no quiere mirar la realidad con los ojos bien abiertos. ¡Cómo le cuesta al centrismo mencionar la palabra “revolución” ante el movimiento de masas! ¡O mencionar la perspectiva próxima de guerra! Todo eso resta votos. No hay que decirlo públicamente y menos que menos si hay campaña electoral. Es más simpático y menos conflictivo para las clases medias agitar sobre los riesgos del cambio climático, pero sólo en “clave” reformista, sólo contra un sector de la burguesía. Así como denuncian casi exclusivamente la forma “neoliberal” del capitalismo, ahora la denuncia cae casi exclusivamente contra el sector “extractivista”, adaptándose una vez más al populismo pequeño burgués que sueña con un capitalismo productivo industrial humano, que haga retroceder la historia trayendo el crecimiento y las reformas de la última postguerra.

Recién en la conferencia de América (2019) organizada por los partidos del FIT-u, tanto Christian Castillo, como Néstor Pitrola, reconocieron por primera vez la posibilidad de una nueva guerra mundial en un período próximo (cuestión que venimos planteando abiertamente desde 2018), pero inmediatamente volvieron a guardar ese pronóstico en el cajón de las viejas posiciones marxistas, al que no acceden más que algunos cuadros, para tratar de diluirlas con el disolvente gramsciano.

Quizás la razón de este “giro brusco” en aquel momento, haya sido el triunfo electoral de Biden. Siempre los demócratas despiertan ilusiones en los centristas. O sea, para Castillo y Pitrola, la posibilidad de guerra era real cuando estaba Trump, pero con gente “progresista” como Biden eso ya no sería posible.

Sin embargo, con Biden continuó la presión de EE-UU y sus aliados contra Rusia y China, en todos los planos, y particularmente en el plano militar. Eso está muy claro en relación a Rusia. Ante la cruda y evidente realidad, el PTS ha comenzado a ver la posibilidad de “guerra entre potencias” y Heller del PO anuncia que “estamos ante un salto en la situación internacional que nos acerca a un escenario de guerra mundial”.

Ya hemos mencionado también el acuerdo del AUKUS (Australia-Reino Unido y EU), y el acuerdo del QUAD (de EU con India, Corea y Japón), para enfrentar a China en el sudeste asiático, defender la autonomía de Taiwán y la libre navegabilidad del mar del sur de China. La diplomacia norteamericana sigue visitando países de la región para conseguir más aliados y afianzar su poderío militar, mientras que las declaraciones de los altos mandos de uno y otro bando ubican la posibilidad de un enfrentamiento militar en un periodo muy próximo de entre dos a tres años.

Este tiempo no está determinado por tal o cual variación cuantitativa de la economía mundial, que ya está irreversiblemente encajada en un callejón sin salida, sino por el ritmo del desarrollo militar de China y ahora por la dinámica de los acontecimientos en Ucrania.

El acuerdo con Irán tampoco se ha restablecido. Sigue estando en la mesa de negociaciones como una carta importante, pero intermedia entre Rusia y China.

Esta política de presión sobre todo contra China, pero que coyunturalmente se destaca ahora contra Rusia, marca también la política de EE-UU en relación a América Latina.

El trato amable u hostil está supeditado a que las naciones semicoloniales del continente americano acepten las condiciones, es decir, las restricciones que impone EE-UU a las relaciones de estas con China-Rusia.

Estas restricciones están enfocadas en el aspecto tecnológico. 

Es un hecho que las naciones latinoamericanas, sus gobiernos y burguesías ya mantienen una relación comercial que no es muy fácil hacer retroceder, y que por otra parte es dudoso que, para una parte del imperialismo yanki, que mantiene fuertes inversiones en China, sea algo conveniente.

Por ejemplo, así analizaba el periodista Pablo Wende de Infobae, antes del viaje de AF a China a principios de febrero:

Alberto Fernández considera a la potencia asiática un socio estratégico de la Argentina, y durante su gira relámpago tiene previsto firmar su incorporación al programa conocido como la Ruta de la Seda.

La Ruta de la Seda es una diagonal geopolítica apoyada en miles de millones de dólares que XI utiliza alrededor del planeta para consolidar el poder global de China. En América Latina ya se sumaron Bolivia, Chile, Costa Rica, Cuba, Ecuador, Panamá Perú, Uruguay y Venezuela.

Biden considera a China un país que afecta los intereses comerciales y de seguridad nacional de Estados Unidos, y sostiene que las inversiones estructurales previstas en la Ruta de la Seda son una argucia de Xi para avanzar sobre las áreas de influencia de Washington alrededor del planeta.

Alberto Fernández conoce la perspectiva política de la Casa Blanca y ha tomado sus recaudos. Firmará la Ruta de la Seda, pero no habilitará las inversiones chinas para construir una base logística antártica en Ushuaia y tampoco permitirá que las compañías tecnológicas manejadas desde Beijing participen en las licitaciones oficiales para conceder servicios públicos de Quinta Generación (5G)”.

En América Latina hay que prepararse para un reforzamiento de las presiones de EE-UU para recuperar la hegemonía de su dominio imperialista. Al mismo tiempo, tanto por la presión imperialista, como por las necesidades de las burguesías autóctonas, aparece por delante un período en el que los gobiernos, sean del signo político que sean (es de esperar que tanto en Colombia como en Brasil haya un relevo de los gobiernos de derecha por los de centroizquierda), tratarán de avanzar sobre los trabajadores aumentando los niveles de explotación (lo cual incluye diversos aspectos) reduciendo su nivel de vida, y sobre los recursos naturales para expoliarlos en beneficio común como socio menores de los imperialistas. Es de esperar, que, en general, lo predominante sea un incremento de la lucha de clases, sin descartar la posibilidad de levantamientos semi-insurreccionales como lo deja planteado Kazajistán y las convulsivas manifestaciones que ya despuntan en Sri-Lanka y Perú.

Los gobiernos burgueses “de centro-izquierda”, moderados como el de AMLO, AF, Castillo, Petro, Lula, Arce, Boric, siguiendo el patrón demócrata y el globalista más en general (lo cual incluye las relaciones con la Unión Europea), serán ahora predominantes y vienen a tomar el relevo de los gobiernos “neoliberales”. Pero más allá de reformas cosméticas y la concesión de algunos derechos formales, que no lleven mucho peso en el presupuesto, la orientación a favor de los intereses de la burguesía y el imperialismo afectados por la crisis no cambia. Y como dijo un economista del equipo de AF -incluso sincerándose durante la campaña electoral- “hay poco margen de maniobra. Es como manejar un auto con la traba de seguridad puesta en el volante”.

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