Entrevista a Gavin Walker: teoría y práctica del marxismo en Japón

Hace muchos años que Japón es uno de los jugadores más destacados del capitalismo mundial. Con la tercera economía más grande del mundo y algunas de las empresas más importantes, Japón es uno de los pocos países que logró tender un puente sobre la grieta infame que se abre entre «Occidente y el resto».

Sin embargo, junto al desarrollo del capitalismo, también tomó cuerpo una tradición socialista que definió la vida intelectual y política del país oriental. El marxismo ejerció una influencia extraordinaria en la cultura académica japonesa y el Partido Comunista de Japón sigue siendo un partido de masas que hunde sus raíces en la tradición comunista sin ningún tipo de concesión.

Gavin Walker enseña historia en la Universidad McGill de Canadá. Es autor de The Sublime Perversion of Capital: Marxist Theory and the Politics of History in Modern Japan y editor de The Red Years: Theory, Politcs, and Aesthetics in the Japanese ’68. Aunque Sin Permiso publicó ya un largo artículo de este autor, nos ha parecido interesante reproducir esta entrevista sobre el mismo tema, pero con algunos matices.

La versión completa de la entrevista puede consultarse aquí.

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Escribiste bastante sobre la relevancia del marxismo en Japón, considerando el fenómeno tanto desde el punto de vista del movimiento político —con sus diversas formas organizativas— como del de la tradición intelectual. También señalaste que no recibió la misma atención que suele prestarse a las organizaciones políticas y al trabajo teórico marxistas de los países donde se hablan lenguas europeas. Pero antes de entrar en la historia del marxismo y del socialismo japoneses en detalle, ¿podrías describir a vuelo de pájaro algunos de los rasgos más importantes de la vida intelectual y política de Japón?

Por supuesto. Para empezar, destacaría los siguientes elementos. En primer lugar, una de las cosas más importantes de la historia del marxismo en Japón es la posición singular que ocupa en la historia del marxismo en general, especialmente si se lo compara con el marxismo europeo, donde la tradición surgió de los movimientos políticos: de la Primera Internacional, es decir, la Asociación Internacional de Trabajadores; de la expansión de la Segunda Internacional en Europa central y, luego del triunfo de la Revolución de Octubre, de la Tercera Internacional.

Por el contrario, en Japón, la tradición marxista surgió principalmente de la universidad. Aunque esto condicionó enormemente la naturaleza de la investigación marxista japonesa, también permite explicar su alta calidad teórica. El marxismo no fue recibido en Japón como una guía ideológica para la organización política, sino como la vanguardia de las ciencias sociales y como un signo de desarrollo. En este sentido, el marxismo en Japón estuvo definido desde sus orígenes por su naturaleza teórica.

Otro de los elementos importantes que explican el desarrollo del marxismo japonés es que logró imponerse como la tendencia teórica principal en las universidades, fenómeno que no encuentra parangón en ningún lugar de Europa ni de Estados Unidos. El marxismo definió la investigación en ciencias sociales y sin duda el campo de la historia en Japón. Fue la orientación metodológica más importante de la universidad y de la vida intelectual en general hasta fines de los años 1980. Aun aquellos que se definían como antimarxistas o se orientaban según las tradiciones liberales, tenían una formación de base en teoría marxista, de un nivel realmente sorprendente si se la compara con la de los universitarios de Estados Unidos y de buena parte de Europa de la misma época (con excepciones, como por ejemplo, el caso de Francia, donde el marxismo también llegó a ser una tendencia importante durante el período de posguerra).

Esta influencia generalizada del marxismo en una sociedad capitalista avanzada es algo inusual, y tiene sus raíces en el trasfondo intelectual que definió la recepción del marxismo en Japón y llevó a realzar sus rasgos metodológicos. En este sentido, cabe mencionar que una buena parte del trabajo para el proyecto MEGA —las obras completas de Marx y Engels— se hizo en Japón. En síntesis, el rasgo fundamental del marxismo japonés es el trabajo teórico de alto nivel que produce y que excede en mucho al mero análisis político.

Es la misma realidad de Japón la que parece ser significativa como caso de estudio para la teoría marxista, pues fue el primer país —y tal vez sea el único—, ajeno a la matriz cultural euroamericana, que logró convertirse en un Estado capitalista altamente desarrollado, bajo cualquier parámetro que se considere, sea la estructura industrial y social, el PIB per cápita, el salario medio, etc. Es probable que la causa esté en el contexto geopolítico: Japón fue uno de los pocos países de Asia que evadió el dominio colonial europeo. Por ese motivo sus gobiernos fueron capaces de imitar a los principales Estados capitalistas de su época sin verse sometidos a su control. Tal vez otro factor importante hayan sido las propias estructuras políticas y sociales precapitalistas de Japón, que inclinaron al país hacia el desarrollo capitalista de una forma particular. ¿Qué explicaciones suelen considerar los marxistas japoneses?

Cuando la teoría marxista empezó a implantarse en Japón, dos de las cuestiones más importantes que se plantearon fueron el desarrollo del capitalismo en el país —es decir, la forma en que había surgido a partir de lo que había antes— y la peculiar trayectoria que había seguido. El caso es parecido al de Alemania, por ejemplo, o al de Rusia, ambos Estados capitalistas que tardaron en desarrollarse y donde la estructura feudal duró mucho más tiempo que en países como Francia o el Reino Unido.

Uno de los rasgos que hace que el caso de Japón sea distinto es que su desarrollo ocurrió en un pequeño espacio de cincuenta años, desde 1868 hasta la Restauración Meiji que arrasó con el poder feudal del antiguo shogunato y abrió el camino que conduciría a la formación del Estado moderno japonés alrededor de los años 1930. En ese espacio de cincuenta o sesenta años, Japón pasó de ser un país periférico, definido por un largo período feudal, a convertirse en un país caracterizado por una rápida industrialización, especialmente durante los años 1880 y 1890, cuando la enorme inversión del Estado en la fabricación de municiones y en la industria pesada en general le imprimió un sello definitivo a la formación del Japón moderno: el imperialismo.

A principios del siglo veinte, el Estado japonés era la única potencia imperialista no occidental. En su período de apogeo, durante los años 1940, sus posesiones coloniales eran increíblemente grandes y se extendían desde el sur del Pacífico hasta el noreste de Asia, pasando por Manchuria. El imperio japonés tardó apenas treinta o cuarenta años en consolidarse después de que Japón se convirtió en un Estado nacional.

Explicar esta trayectoria siempre representó un desafío importante para los marxistas. A primera vista, casi no existían puntos de contacto con la historia del capitalismo inglés narrada en El capital de Marx. Por supuesto, debe recordarse la célebre advertencia que Marx dirigió a sus lectores alemanes: que el libro no trataba exclusivamente sobre Inglaterra, que era la historia del desarrollo ideal de una sociedad capitalista promedio. Los marxistas en Japón tomaron esto como un estímulo a la hora de pensar el desarrollo del capitalismo en su país a partir de la situación previa.

El resultado fue un amplio debate sobre los orígenes del capitalismo. Algunos argumentaban que la Restauración Meiji había sido una revolución democrático-burguesa, que había derrocado el poder feudal y puesto a Japón en la vía que lo llevaría a convertirse en un Estado capitalista «normal». Otros defendían la posición de que el capitalismo japonés estaba marcado por un exceso de remanentes feudales.

En este sentido, destacaban las condiciones de extrema desigualdad afectaban al país, por ejemplo, el hecho de que durante las décadas de 1890 y 1900 el salario medio de Japón había sido más bajo que el de la India, país dominado y sometido al colonialismo. Esta perspectiva identificaba remanentes feudales en la mentalidad, pero también en las estructuras sociales y en la ideología, sobre todo en la permanencia del sistema imperial en el centro del capitalismo japonés.

Debe recordarse que el emperador había sido marginado durante el feudalismo tardío. De hecho, es significativo notar que, en 1868, cuando se formó el Estado japonés moderno, el proceso fue definido como una restauración, no como una revolución: la restauración del emperador en el centro de la sociedad. ¿Cómo explicar este anacronismo? ¿Cómo explicar que el Estado moderno, fundado en la sacralización de la propiedad privada y en una constitución de estilo prusiano, haya vuelto a poner a la institución imperial en su centro? Esta era la contradicción fundamental que debían explicar los marxistas japoneses y hay que decir que la cuestión sigue generando todo tipo de desacuerdos.

En el campo de la política y de los movimientos políticos, ¿cómo logró implantarse el movimiento socialista? ¿Cuáles fueron los desafíos que tuvo que afrontar?

El socialismo en Japón tiene, en un sentido, una historia independiente de la del marxismo. Por supuesto, no es el único caso: como doctrina política, el socialismo precedió al marxismo y a Marx. En Japón, esta divergencia obedeció a distintas causas.

Antes de fines del siglo diecinueve, casi no se leía a Marx. Recién empezó a leérselo en la década de 1890, y solo se volvió relevante en la década de 1910, es decir, cuando se estableció la hegemonía del marxismo que mencioné al principio. Pero antes, el socialismo había seguido un recorrido independiente, en parte definido por el socialismo cristiano. Hacia el ocaso del sistema feudal de Tokugawa, el socialismo cristiano, milenario y campesino, conquistó cierto protagonismo y logró articularse con muchos de los movimientos campesinos del feudalismo tardío.

Uno de los motores del desarrollo del Estado moderno japonés fue la intensa lucha campesina que se desarrolló hacia el ocaso del sistema de ciudades Estado de Tokugawa. En general se trató de revueltas campesinas que se hicieron cada vez más frecuentes entre las décadas de 1850 y 1860 y concluyeron con la Restauración Meiji en 1868. Luego de la Restauración, surgieron muchos movimientos sociales que canalizaron esa energía popular, sobre todo a comienzos de 1870.

En 1873 se desarrolló el Movimiento por la Libertad y los Derechos Populares, una especie de movimiento milenarista que promovía la conquista de derechos y libertades para las clases populares. A pesar de haber roto con el poder feudal, el Estado Meiji no era en absoluto progresista a nivel social. Más bien todo lo contrario. Hasta podría decirse que, al principio del período Meiji, luego de la fundación del Estado moderno, si se toma como comparación la última etapa del sistema feudal, la situación del campesinado empeoró.

El Movimiento por la Libertad y los Derechos Populares de la década de 1870 incentivó la articulación entre el socialismo cristiano, los movimientos campesinos y cierto radicalismo agrario nativista —casi anarcosindicalista—, que se desarrolló en los años 1880 y 1890 y encarnó en figuras como la del famoso anarquista Kōtoku Shūsui. Estos movimientos debieron enfrentar serias dificultades. Fueron rápidamente prohibidos y censurados, pero aun así lograron sembrar una semilla que germinaría lentamente en el mundo intelectual y en las organizaciones obreras, hasta convertirse en una militancia sindical renovada.

¿Cómo fueron los primeros pasos de la transformación del marxismo en una escuela de pensamiento con perspectivas originales? ¿Qué adaptaciones debieron hacer los japoneses a estas teorías desarrolladas principalmente en Europa?

Esto nos devuelve a tu pregunta anterior sobre el desarrollo de las estructuras políticas y sociales de Japón. El debate más importante tuvo lugar en los años 1920. El Partido Comunista de Japón (PCJ) fue fundado en 1922 y se convirtió rápidamente en un punto nodal de la actividad intelectual del país. En esta época, el eje central del pensamiento social japonés estuvo en el denominado «debate sobre el capitalismo japonés». Básicamente, se enfrentaron dos posiciones.

La primera, sostenida por la denominada facción Koza, afirmaba que el capitalismo japonés no estaba suficientemente desarrollado y constituía solo una transición parcial en relación con las formas sociales feudales. Los defensores de esta tesis señalaban que el salario medio de los trabajadores estaba muy por debajo del que se cobraba en otras sociedades capitalistas y argumentaban que esto debía explicarse por factores ideológicos, a saber, el poder despótico que se ejercía sobre el campo, la transformación de los antiguos señores feudales en terratenientes propietarios, el despotismo que definía las prácticas de arrendamiento y la renta de la tierra, en síntesis, una especie de despotismo agrario.

La otra posición en el debate estaba representada por la facción Rono, de la que más tarde, durante el período de la posguerra, surgiría el Partido Socialista. Argumentaban que el capitalismo japonés estaba desarrollándose según los parámetros normales. Tenían una idea muy normativa de lo que debía ser el capitalismo y argumentaban que el capitalismo japonés se había implantado de forma íntegra, rompiendo completamente con el feudalismo, luego de la Restauración Meiji. Este quiebre representaba una transición histórica fundamental que había dejado atrás las formas políticas y sociales feudales. En otros términos, aun si estas formas todavía eran observables a nivel de la coyuntura política, estaban condenadas inevitablemente a desaparecer.

Lo significativo de este debate es que colocó en el centro la cuestión del uso que debía dársele al trabajo teórico de Marx a la hora de analizar la situación política del capitalismo japonés. Pero también fue una especie de recreación alegórica de la política, en el sentido de que, como era de esperarse, quienes sostenían la tesis feudal —la tesis de que en Japón había un exceso de remanentes feudales— adoptaron una línea política específica. Más tarde se convertiría en la línea de la Komintern: la idea de que el capitalismo japonés no estaba maduro para la revolución socialista, sino que debía atravesar un proceso revolucionario de dos etapas, es decir, que primero debía completar la revolución democrático-burguesa contra el sistema imperial.

La otra facción —la facción Rono, que sostenía que el capitalismo japonés era una formación social capitalista madura— adoptó una teoría de la revolución de una etapa, que conllevaba la agitación inmediata de reivindicaciones socialistas. En síntesis, parece haber sido el fiel reflejo de otros debates que se desarrollaron sobre todo en África y en América Latina, aunque la verdad es que los hubo en todas partes, menos en Europa, que atravesó la transición al feudalismo en una etapa anterior, y en Norteamérica, que en realidad nunca tuvo un sistema feudal, salvo quizás en Nueva Francia. El debate y la representación alegórica de estas dos líneas políticas fueron muy significativos y básicamente representan el punto de origen de las principales tendencias de la teoría marxista japonesa.

¿Cuál fue la experiencia del Partido Comunista de Japón luego de su fundación en los años 1920? ¿Y qué relación tuvo con el desarrollo intelectual del marxismo en Japón?

La experiencia del PCJ fue muy importante. El partido fue fundado en 1922 y atravesó inmediatamente un período de intensas divisiones intelectuales y políticas, bien representado por figuras como Fukumoto Kazuo, cuyas ideas estaban muy cerca de las Georg Lukács. En 1923 se publicó en Japón Historia y conciencia de clase y empezó a leérselo casi inmediatamente. Esta visión, de enorme complejidad intelectual, tuvo consecuencias importantes en el partido a lo largo de los años 1920. Si bien la línea no triunfó, convirtió al partido en un espacio importante para los intelectuales.

Con todo, las autoridades no tardaron en castigar al PCJ. Fundado en 1922, sufrió la censura de las leyes de preservación de la paz de 1925. Entonces, aun cuando muchas figuras importantes de la vida intelectual y política japonesa pertenecían o simpatizaban con el partido, se convirtió prácticamente en una organización clandestina.

El partido tenía una posición definida en aquel debate previo sobre el capitalismo japonés. Hay que tener en cuenta que la Komintern tenía una gran influencia sobre la organización. En aquel momento, muchas figuras de la Internacional Comunista, entre ellos Nikolai Bujarin y el comunista finlandés Otto Kuusinen, estudiaban la situación de Japón A fines de 1920 y comienzos de 1930, Kuusinen estuvo a cargo del Buró Oriental de la Komintern y escribió muchos de los documentos de la organización sobre Japón.

Una de las cosas más importantes que hizo el PCJ fue atacar el sistema imperial. En realidad, ese fue el motivo por el que se censuró a los comunistas: no por proponer el fin de la sociedad capitalista y reivindicar el socialismo.

De hecho, a pesar de que el gobierno expandía su dominio imperial por toda Asia Oriental y estaba cada vez más abierto a un proceso de transformación fascista, los años 1920 fueron una época de relativa libertad en términos intelectuales. No había ningún obstáculo que impidiera escribir sobre Marx, leer a Marx o proponer soluciones comunistas a los problemas económicos.

La causa de la fuerza desmedida que recayó sobre el PCJ durante el período previo a la guerra fue su insistencia en que el sistema imperial era el eje teórico y político del orden social, y que si no se lo atacaba frontalmente hasta destruirlo, sería imposible desarrollar el comunismo. Este elemento ideológico del PCJ terminó siendo muy, muy importante, y es una de las causas que explica la legitimidad de la que gozó la organización durante el período de la posguerra.

¿Cómo reaccionaron los comunistas japoneses frente a la nueva situación de 1945, luego de la derrota militar y la inauguración del nuevo sistema político bajo hegemonía estadounidense?

El PCJ sufrió cambios importantes por dos motivos. En primer lugar, desde mediados de los años 1930 y con la consolidación del fascismo japonés —no entraremos aquí en el debate historiográfico sobre el fascismo mundial y sobre si Japón califica o no como fascista—, el PCJ no solo fue censurado: fue perseguido y las fuerzas estatales intentaron destruirlo. Durante los años 1930, el PCJ tuvo que afrontar niveles extraordinarios de represión política en manos del Estado: asesinatos extrajudiciales, sentencias larguísimas por crímenes inventados, etc.

A lo largo de 1930 y 1940 —es decir, en el punto más álgido del fascismo japonés, con la Guerra del Pacífico y la derrota en la Segunda Guerra Mundial— los dirigentes principales del PCJ fueron detenidos. Después de ser liberados con la rendición del emperador en agosto de 1945, comprobaron que el PCJ no solo había atravesado el proceso prácticamente indemne, sino que, a pesar de los años de represión, contaba con niveles de apoyo popular considerables.

El PCJ era capaz de afirmar legítimamente: «Fuimos la única fuerza política que no colaboró con el sistema anterior». Además, incluso entre la gente que no simpatizaba con la ideología política específica del PCJ —es decir, el comunismo, el socialismo, el marxismo—, había muchos, especialmente los trabajadores, que lo consideraban como una nueva posibilidad en términos políticos, en un momento en que la guerra había destruido el Estado japonés.

No solo pensaban, «Esta gente fue perseguida por el régimen anterior», sino también: «El régimen anterior nos llevó a la destrucción, por lo tanto, deberíamos haber prestado atención a aquellas voces que se anticiparon a la fuerza destructiva del fascismo». Entonces, en 1945 el PCJ tenía en frente una oportunidad extraordinaria.

La ocupación estadounidense de Japón es también un fenómeno muy interesante y más bien extraño. Quienes diseñaban las políticas eran con frecuencia personas muy jóvenes, graduados de Columbia y Harvard. El objetivo era lograr la «defascistización» de Japón, es decir, la eliminación de los remanentes del orden fascista de las instituciones y la readaptación de ciertos rasgos del gobierno anterior a un nuevo orden democrático.

En 1947 y 1948 se planteó la posibilidad de que el PCJ y el Partido Socialista de Japón disputaran las elecciones en un frente único. Las encuestas no solo demostraban que hubiese sido una táctica exitosa, sino que tal vez hubiese alcanzado para que la izquierda formara gobierno. Por supuesto, esto era algo inaceptable para Douglas MacArthur, en ese entonces comandante supremo de las fuerzas aliadas. MacArthur y sus colegas percibían la situación a través del prisma en ciernes de la Guerra Fría, es decir, temían que Japón se pintara de rojo.

Así se inauguró el período que los historiadores definen como el «cambio de dirección». Hasta este punto, se tenía la expectativa de que la ocupación estadounidense serviría a la defascistización de la sociedad japonesa. Pero ahora el modus operandi de la ocupación apuntaba a mantener Japón como un baluarte anticomunista. En 1947-1948 era evidente en todo el continente asiático que los comunistas chinos, que habían luchado una guerra civil de diez o quince años, estaban a punto de triunfar. Efectivamente, lo hicieron en 1949. El momento era muy volátil en términos geopolíticos.

En esa etapa la ocupación estadounidense decidió privilegiar el anticomunismo por sobre la defascistización. Así se ordenó el escenario que terminó definiendo el Japón de la posguerra, tanto a nivel del Estado como del PCJ. Para resumir una larga historia, en los años 1950 el PCJ giró brevemente hacia modos de lucha más o menos ilegales. Pasó, en parte, a la clandestinidad.

Esa experiencia del PCJ de comienzos de los años 1950 tuvo efectos notables en términos políticos, culturales y hasta literarios y artísticos. Fue un período donde el partido logró tener mucha influencia, aunque la perdería luego de 1955, cuando declaró el fin de la lucha armada y aceptó la vía parlamentaria.

En los años 1960, a pesar —o tal vez a causa— del extraordinario repunte económico de la época, Japón desarrolló uno de los movimientos de nueva izquierda más importantes del mundo. La situación de este movimiento es sin duda comparable, en términos políticos y sociales, con sus análogos de Europa Occidental. ¿Cuál es la base común que sostuvo a estos movimientos y en qué sentido el japonés era diferente del resto?

Efectivamente, el desarrollo de la nueva izquierda japonesa tuvo algunos puntos de contacto con el desarrollo de la nueva izquierda europea y estadounidense. En primer lugar, deben considerarse la transformación que sufrió el movimiento comunista mundial durante la década de 1950. Pienso aquí en el levantamiento de Hungría en 1956, en la represión desatada por la Unión Soviética y en el denominado discurso secreto de Nikita Jrushchov ante el 20° Congreso del Partido Comunista Soviético, durante el que se revelaron los crímenes de Iósif Stalin y la existencia del Gulag. Todo esto tuvo consecuencias intensas en el comunismo británico, para tomar un ejemplo. Fue el momento de creación de la nueva izquierda y muchos abandonaron las filas del Partido Comunista Británico. Lo mismo sucedió en otros lugares, como Francia.

La revelación de la naturaleza de la Unión Soviética y los «inconvenientes» del modelo comunista soviético influyeron considerablemente en el surgimiento de una izquierda independiente del PCJ. Pero como mencioné antes, también influyó la situación inmediatamente anterior a este apocalipsis del comunismo mundial. Me refiero al rechazo de las experiencias clandestinas de acción directa, oficializado por el PCJ a comienzos de los años 1950.

El PCJ repudió la línea de la lucha armada en el Sexto Congreso de 1955 y condenó a aquellos que participaron de un movimiento muy peculiar, conocido como «cuerpo de operaciones de montaña y poblado». Eran básicamente grupos estudiantiles que recorrían los desolados y precarios poblados rurales con el objetivo de desatar una revolución. El PCJ condenó esta experiencia, que había formado a toda una generación, como mero aventurerismo izquierdista. Muchos jóvenes consideraron que se trataba de una verdadera traición y de un signo de que el partido no era más la vanguardia de la política revolucionaria ni quería realmente derrocar el orden existente.

Desde ese momento de 1955 es posible hablar de la gestación de una nueva izquierda. La experiencia que hizo que esta nueva izquierda tomara cuerpo, antes de 1968, fue la renovación del Tratado de Cooperación Mutua y Seguridad entre Estados Unidos y Japón de 1959-1960. Este fue un acuerdo gubernamental que mantuvo a los militares estadounidenses en Japón y mantuvo a Japón subordinado a los Estados Unidos. Las masas se alzaron en su contra.

El movimiento estudiantil de 1959-1960 —el denominado movimiento Anpō— logró sacar a la gente a la calle, muchas veces en el marco de movilizaciones simultáneas que se producían en distintas partes de Japón. Estamos hablando de manifestaciones que algunos días llegaron a contar con la participación de siete millones de personas. No estaban todas en el mismo lugar, sino que se movilizaban en todo el país, pero aun así, siete millones es un número importante si se consideran las condiciones sociales del Japón de los años 1950.

Durante este período, que se extendió entre las décadas de 1950 y 1960, se creó el primer movimiento que logró darle al poder estudiantil una proyección nacional. A fines de los años 1960, cuando el segundo movimiento estudiantil alcanzó su punto más álgido en Japón, se había formado una nueva corriente popular subterránea. Por supuesto, fueron muchos los factores que confluyeron en este proceso, especialmente la oposición al imperialismo estadounidense y el movimiento antiguerra. En fin, la nueva izquierda japonesa no fue en ningún sentido una imitación de la nueva izquierda de Francia, Alemania o Estados Unidos. Aunque sin duda se articuló con este momento general de rebeldía, siguió su propia trayectoria.

Entrando en los años 1970, suele afirmarse que la orientación del PCJ era similar a la de las corrientes eurocomunistas que se desarrollaban entonces en países como Italia y España. ¿Esto es así? ¿O el PCJ tenía una orientación propia?

Es una pregunta muy interesante, pues el PCJ todavía es percibido por la izquierda de todo el mundo como una especie de bicho raro. En la actualidad sigue contando con niveles masivos de afiliación, aun cuando es una organización que se inscribe sin concesiones en la tradición de los grandes partidos comunistas. Los miembros efectivos suman un total que ronda entre 300 000 y 350 000. En Europa o en Estados Unidos esto es algo prácticamente impensable. Sería suficientemente interesante si en esta etapa el Partido Comunista de Estados Unidos tuviera por lo menos treinta miembros efectivos.

En cualquier caso, lo que distinguió al PCJ en los años 1970 fue la duradera dirección de Miyamoto Kenji. Él estuvo a cargo del partido desde 1958 hasta comienzos de los años 1980. Es decir, su dirección atravesó el período más importante del eurocomunismo de los partidos italiano y español (y también el francés, aunque en menor medida).

Un rasgo interesante, que nos fuerza a complejizar el análisis, es que Miyamoto criticó con bastante dureza al partido italiano por adoptar el nombre «eurocomunismo», sugiriendo que se trataba de una traición a los fundamentos organizativos, democráticos y sociales del comunismo. En cierto sentido, este argumento era un intento de preservar la estructura tradicional del partido, pero también estaba vinculado a la economía política del Japón de aquella época.

El eurocomunismo en Italia y en España estaba enfocado en algo que podríamos denominar «comunismo realista», es decir, en reivindicaciones que tenían que ver con expandir los derechos de los trabajadores y lograr cierto control de las instituciones estatales. Sin embargo, en Japón, esta era la orientación que promovía, de una forma peculiar, el Partido Liberal Democrático (PLD), es decir, el principal partido conservador que gobierna el país casi de forma ininterrumpida desde 1945. En los años 1970, el PLD perseguía una doble estrategia que no dejaba de ser interesante. Por un lado, es posible remontar hasta ese período lo que hoy denominaríamos neoliberalismo japonés. Pero también fue un momento durante el cual el mismo PLD expandió las instituciones del Estado de bienestar.

El ala del PCJ que simpatizaba con el eurocomunismo fue derrotada, no solo porque no contaba con la hegemonía ideológica dentro del partido, sino también porque, en ese momento, el Estado japonés por sí mismo estaba desplegando toda una serie de políticas de igualdad popular. Las fuerzas conservadoras empezaron a orientarse hacia un sistema de mayor igualdad social y tanto el PCJ como la izquierda en general tuvieron que lidiar con este interesante fenómeno.

En un sentido, la reforma estructural del sistema superó las metas que el eurocomunismo se planteaba al interior del PCJ. A lo largo de los años 1970, el PCJ logró mantener su cultura organizativa, fundamentalmente estalinista y «centralista democrática». Sostuvo esta difícil posición en condiciones de crecimiento masivo y hasta logró mantener en su interior a las tendencias insurreccionales. Esto es algo que no debe subestimarse.

Hay una tendencia a considerar la historia del PCJ y de los partidos similares en los términos que planteó la crítica de la nueva izquierda, es decir, que se trata de partidos irremediablemente estalinistas, burocráticos, etc. Pero, precisamente, fue el hecho de haber logrado contener tendencias genuinamente insurreccionales y emancipatorias en su interior lo que hizo que el PCJ se apegara a esa cultura organizativa que le permitió sostenerse en el tiempo. Como sea, la idea de la toma del poder del Estado por medios militares parecía algo utópico.

En ese sentido, es posible comparar al PCJ con los partidos italiano, español o francés. Por supuesto, el caso del partido italiano es bastante singular, pues en algunas regiones se convirtió prácticamente en un Estado paralelo. El PCJ nunca tuvo ese nivel de control popular ni de hegemonía cultural. Pero lo cierto es que logró sobrevivir al período eurocomunista sin romperse, sobre todo gracias a la persistencia de los elementos emancipatorios y de la rigidez que definía su cultura interna. Todo esto probablemente se deba a que los conservadores japoneses implementaron reformas del Estado de bienestar que, sobre todo en comparación con la situación con los países capitalistas avanzados, lograron mantener importantes niveles de igualdad en el país.

¿Cómo afectó al marxismo japonés el retroceso general que sufrió la izquierda internacional durante los años 1980 y 1990? ¿El marxismo perdió popularidad en los círculos intelectuales del país?

Sí, en gran medida fue así. Hoy, los acontecimientos de 1989-1991 representan un quiebre histórico equivalente al de 1968. Solemos servirnos de la jerga «pre-68» y «post-68», pero es probable que debamos empezar a hablar de «pre-89» y «post-89». Pienso que el retroceso del marxismo japonés comenzó antes, a fines del largo período marcado por 1968.

Comenzó en 1972 o 1973, cuando muchas organizaciones que sostuvieron la lucha armada durante el post-68 entraron en una dinámica de enorme violencia interna y autodestrucción. Naturalmente, el proceso generó una reacción negativa en la población general, sobre todo a causa de la forma en que se mediatizó. Pero durante el mismo período el movimiento obrero también sufrió una enorme derrota. Por supuesto, se trató de un fenómeno mundial, vinculado con la crisis del petróleo de los años 1970 y el comienzo de las políticas neoliberales. En el caso de Japón, esto conllevó una serie de ataques contra el poder de los sindicatos.

En los años 1970, el marxismo, que durante la década anterior había alcanzado su momento de apogeo, volvió a replegarse en los círculos académicos. Con todo, no dejó de jugar un rol importante en la vida intelectual japonesa. Diría que a lo largo de los años 1970 y 1980, el marxismo era todavía el modo teórico dominante que regía la investigación intelectual en general y universitaria en particular, sobre todo en los campos de la historia, las letras y la economía política.

Pero luego de 1989 o 1990, sucedieron dos cosas: explotó una burbuja especulativa que se había generado en el sector inmobiliario. Pero además se perdió el bastión soviético, especialmente significativo para el comunismo japonés, pues el PCJ seguía sosteniendo que lo que sucedía en el país era parte de una trayectoria mundial hacia el socialismo, que tenía su baluarte, por más imperfecto que fuera, en la URSS. Creo que la caída del socialismo oficial, junto a la implosión del milagro económico japonés, generaron la sensación de que Marx era una figura del viejo mundo, de la posguerra, y que entonces había comenzado una «posposguerra».

Con todo, me parece que luego de los años 1990 sucedieron muchas cosas importantes en el marxismo de Japón. Una de ellas es la obra de Kojin Karatani, bastante conocido en el mundo angloparlante. Este autor inauguró una serie muy importante de publicaciones. El marxismo japonés volvió a adoptar un carácter más académico, al igual que el marxismo que se escribe en otras lenguas. Lo que sí sucedió en el caso de Japón fue que el marxismo dejó de tener una conexión palpable con los movimientos políticos.

Por supuesto, el PCJ sobrevive y muchas sectas políticas de los años 1960 y 1970 también, pero alrededor de los años 1990 y 2000, la orientación general del análisis marxista universitario dejó de tener un impacto directo sobre la organización política. Diría que esto representa un gran cambio con respecto a los años 1960 cuando, si se consideran las figuras principales de la teoría marxista en Japón, se comprueba que la mayoría tenían algún vínculo con organizaciones políticas socialistas.

¿En qué medida puede hablarse del marxismo como un tradición viva en Japón, sea en términos intelectuales o políticos?

Pienso que el marxismo sobrevive hoy en Japón del mismo modo en que sobrevive en otras partes del mundo, pues en algún sentido sigue siendo, como dijo Jean-Paul Sartre, la filosofía insuperable de nuestro tiempo. En el caso japonés, diría que el marxismo no solo sobrevive en pequeños nichos de la sociedad, sino en instituciones concretas. El PCJ sigue teniendo una base social de masas, es decir, es un partido realmente masivo. Esto es algo muy importante en Japón.

En los círculos intelectuales, el marxismo evidentemente sobrevivió, pero no es la fuerza hegemónica en la que se había convertido a mediados del siglo veinte. No puede subestimarse la fuerza que tuvo el marxismo en las universidades y en la vida intelectual a lo largo de las décadas de 1950, 1960 y 1970. Hoy no hay nada parecido, y las figuras del marxismo japonés actual no tienen la influencia que tenían las figuras de los años 1950 o 1960, como Uno Kozo o Hiromatsu Wataru.

Este fenómeno no existe más, pero sí hay cierto interés renovado en el marxismo. Es el mismo fenómeno mundial que observamos —y, por supuesto, Jacobin es un elemento del conjunto— en los últimos quince años, sobre todo en la década del 2000. Creo que en Japón es una experiencia muy interesante, que hasta cierto punto refleja las de Europa y Estados Unidos. No puedo dejar de pensar que esto se vincula directamente con tu pregunta anterior acerca del momento 1989-1991.

Cuando surge una generación de jóvenes socialistas que no recuerdan la Unión Soviética, sucede que se pierden la genealogía, la tradición intelectual, la conexión con esa gran trayectoria que llevó a la victoria, pero en el mismo movimiento se genera una enorme sensación de libertad. Es como liberarse de la necesidad de percibir al marxismo de la época como una herencia del sistema soviético o como una respuesta frente a él. De hecho, hoy el marxismo está libre de cualquier atadura. Pienso que, en este sentido, tiene mucho potencial en Japón.

Japón comparte con otros países de la OCDE el fenómeno de vaciamiento de la clase obrera, es decir, la destrucción de aquel milagro japonés fundado en la triangulación entre las empresas, el Estado y la familia, que garantizó cierto tipo de bienestar. Hoy, los jóvenes japoneses no creen que el capitalismo sea un sistema que les garantizará medios de subsistencia, ni mucho menos prosperidad. Creo que aquí hay un gran potencial para que surja una nueva generación de marxistas en Japón.

Habiendo dicho esto, no puede negarse que el marxismo atraviesa una fase de retroceso y que los nichos de teoría marxista que sobreviven en Japón, por más importantes que sean, no son hegemónicos. Esto hace que sea más importante todavía para la nueva generación de Japón, pero también para nosotros a nivel internacional, estudiar el trabajo teórico marxista del pasado. Diría que el japonés fue la lengua en la que más teoría marxista se produjo luego del inglés, el francés, el alemán y probablemente el ruso. Creo que tenemos mucho que aprender de esta experiencia y de los nuevos jóvenes socialistas de Japón, que no son pocos.

(Tomado de Jacobin)

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