por Gustavo Burgos
Luis Vitale fue, sin duda, uno de los historiadores marxistas más lúcidos que ha producido América Latina. En su valioso análisis sobre la Unidad Popular (UP), —editado en 1970 como ¿Y después del 4, qué? Perspectivas de Chile después de las elecciones presidenciales (1970)— Vitale no se dejó seducir por la euforia electoral ni por los mitos democratistas. Comprendió que el ascenso de Salvador Allende al gobierno no fue producto de la genialidad de un programa ni de la madurez institucional de la “democracia chilena”, sino el resultado superestructural de un proceso objetivo de radicalización de las masas. Un ascenso revolucionario en plena ebullición que había comenzado al menos desde mediados de los años 60, con huelgas, tomas de fundos, organización popular y embriones de doble poder.
Y sin embargo, el propio Vitale no logra traspasar completamente los límites del análisis coyuntural y estratégico. Su lectura del triunfo electoral de 1970, aunque materialista y rica en datos, no se encuentra plenamente orientada por la brújula del problema del poder. Esto no es un detalle, sino el nudo gordiano de toda política revolucionaria en una etapa preinsurreccional. La discusión en la que no entra Vitale es la única que importa: ¿cómo la clase obrera se toma el poder en 1970?
La descripción de Vitale sobre la situación chilena previa a 1970 es rigurosa y perspicaz. Nos habla de un ascenso de masas con cifras precisas: de 723 huelgas en 1965 a 1.142 en 1967, con expresiones cualitativamente superiores de lucha directa. Describe también a los pobladores constituyendo “embriones de milicias populares”, y a los estudiantes, campesinos y obreros protagonizando conflictos que desbordaban los marcos de la legalidad burguesa. En suma, identifica correctamente una situación pre-revolucionaria.
Pero, ¿qué hace la izquierda con ese ascenso? La dirección reformista del bloque UP decide contenerlo, institucionalizarlo, disciplinarlo al compás del calendario electoral. Se confía en el voto, en el Congreso, en el “Estatuto de Garantías Democráticas” impuesto por la Democracia Cristiana —es decir, se entrega el poder armado del Estado burgués a la tutela del enemigo de clase. Esta fue, en los hechos, la legalización de la futura represión.
Vitale describe este proceso con datos y alarma, pero no extrae la consecuencia central: que el problema no fue la correlación de fuerzas objetiva, sino la estrategia subjetiva, reformista y democratizante, de la dirección de la UP. Aquí es donde el viejo cuadro revolucionario pareciera ceder a las brutales presiones políticas que el reformismo desplegaba sobre la vanguardia revolucionaria de la época.
El marxismo no confunde gobierno con poder. Allende fue investido como presidente, pero el aparato del Estado —las Fuerzas Armadas, la alta burocracia, la judicatura, los medios de comunicación, la propiedad de los medios de producción— seguía en manos de la burguesía.
Este fue el error estratégico de toda la experiencia chilena: creer que era posible administrar el viejo Estado para transformarlo desde dentro. En efecto, el aparato estatal burgués no puede ser conquistado electoralmente; debe ser destruido y reemplazado por formas de poder proletario. En Chile, esas formas existían en germen: comités de pobladores, milicias en formación y se desarrollarían más tarde a partir de 1972 con los Cordones Industriales. Pero fueron frenadas, cuando no directamente desarticuladas, por la dirección del proceso.
Aquí, Vitale se queda a medio camino. Ve el fenómeno, lo describe, lo lamenta, pero no lo denuncia con la fuerza de una crítica estratégica. No plantea con todas sus letras que el reformismo mató la revolución antes de que pudiera nacer.
Vitale desmonta de manera certera el rol de la Democracia Cristiana (DC) como instrumento de la contrarrevolución burguesa y del imperialismo yanqui. Señala que el “Estatuto de Garantías” fue un chantaje institucional que amarró de manos a Allende, bloqueando desde el Congreso cualquier posibilidad de transformación profunda. Y acierta al describir a la DC como el caballo de Troya del golpe: con cara progresista y discurso reformista, pero con un plan militar en el bolsillo.
Lo que falta en Vitale es la lectura totalizadora: el reconocimiento de que esa trampa no fue un error aislado, sino el resultado lógico de la estrategia de conciliación de clases asumida por la UP. En otras palabras: el reformismo no fue derrotado por sorpresa, sino que caminó, paso a paso, hacia su propia tumba.
Un momento particularmente valioso del análisis de Vitale es su crítica a la izquierda revolucionaria de la época —especialmente al MIR, cuya primera dirección integró por lo que adquiere especial relevancia— por su “conservadurismo revolucionario”. El concepto es exacto: sectores que, en nombre del purismo táctico, se negaron a actuar ante el nuevo escenario abierto por el triunfo electoral. El resultado fue una izquierda revolucionaria sin plan de poder, sin orientación de masas y sin capacidad de disputar la dirección real del proceso.
El mérito de Vitale aquí no es solo señalar la pasividad, sino advertir que la línea insurreccional no puede abandonarse, ni siquiera en un contexto electoral. La insurrección no es un acto aislado, sino una estrategia de acumulación de poder que debe articularse a cada paso del proceso, incluso desde posiciones minoritarias. No es cuestión de tener la mayoría parlamentaria, sino de construir el poder obrero desde abajo.
Vitale muestra que desde el día posterior a la elección, la burguesía comenzó a preparar el golpe. El golpe no fue la respuesta a un “fracaso económico”, como pretende la historiografía liberal, sino la reacción planificada ante una amenaza de poder de clase. La violencia burguesa, encarnada en las Fuerzas Armadas, no fue la ruptura de un pacto, sino la continuación de su dominación por otros medios.
Pero para que el golpe triunfara, hizo falta una condición: que el movimiento de masas no tuviese un poder propio, ni una dirección dispuesta a enfrentar el choque. Esta fue la tragedia chilena. El proletariado había demostrado su fuerza, pero carecía de una organización política que lo condujera a la toma del poder. El enemigo de clase lo sabía. La izquierda institucional, prefería seguir atada a su ensoñación reformista.
La actualidad del análisis de Vitale no reside en su capacidad descriptiva, sino en las lecciones estratégicas que deja abiertas. En la coyuntura chilena actual, la izquierda repite muchos de los errores de los años 70: fe ciega en las instituciones, abandono del horizonte de poder, rechazo de la ruptura revolucionaria. El reformismo, rebautizado como “progresismo”, sigue creyendo que es posible democratizar el capitalismo desde el Congreso, con mayorías parlamentarias y nuevas Constituciones.
La lección de Vitale, heredera de la tradición marxista, es clara: sin poder de clase, no hay victoria duradera. Las elecciones pueden ser un episodio táctico, pero nunca el terreno estratégico. La lucha de clases no se detiene en las urnas. Y la burguesía nunca renuncia a su poder sin lucha.
El balance de Luis Vitale sobre el triunfo electoral de la Unidad Popular es una contribución valiosa para la historiografía marxista latinoamericana. Su lectura de la estructura de clases, del papel del imperialismo y de la evolución del bloque en el poder, constituye un ejemplo de método materialista aplicado al análisis político.
Pero su lectura no es suficiente. Porque no responde a la pregunta decisiva: ¿cómo se construye el poder obrero? ¿Cómo se destruye el Estado burgués? ¿Cómo se organiza una estrategia insurreccional en un país semicolonial? ¿Cómo la clase obrera chilena acaudilla a la mayoría nacional, arrastra al conjunto de los explotados y toma el poder? Esta incapacidad no refiere a una particular debilidad de Vitale, es una generación de revolucionarios que no fue capaz de resolver en el combate esta importante cuestión.
Es allí donde debemos intervenir, en tanto herederos de una tradición revolucionaria que no acepta la derrota como destino. Porque lo que fracasó en 1973 no fue la revolución, sino el proyecto reformista, el de «las empanadas y vino tinto». Y lo que falta hoy, como ayer, no es un programa de reformas y derechos, sino una contundente dirección de combate. Un partido obrero, organizado, centralizado y anclado en la clase. Sin eso, todas las elecciones del mundo serán solo antesalas de nuevas tragedias.
