En torno al populismo

por Ibán de Rementería

El Mensaje Presidencial de Sebastián Piñera, entre otras cosas, contenía un frontal ataque al populismo, que es el remoquete que utiliza la derecha para atacar las propuestas políticas de la izquierda, incluso del progresismo.

La despolitización condujo a una política líquida[1], pero ésta recientemente ha sido sustituida por la fluidez de alternativas tanto de izquierda como derecha que llaman populismo, tendientes a satisfacer las demandas mayoritarias de quienes han visto conculcados sus derechos a la salud, la educación y la seguridad social, también sus derechos laborales, a vivir en un ambiente no contaminado, a ejercer sus derechos culturales –mujeres, pueblos originarios, minorías culturales y de género, etc. En fin, lo líquido de las propuestas políticas fue tomando una dirección, fue fluyendo hacia la izquierda[2].

Aquí no nos referimos a la despolitización de las y los ciudadanos sino a la que fue creciendo en la clientelización de los partidos políticos, en cuanto a que dejaron de hacer propuestas creíbles y viables ante los problemas de las grandes mayorías nacionales, la abstención no es una constatación de la despolitización de la ciudadanía sino que del rechazo político radical a los partidos políticos. Las autoconvocatorias de las movilizaciones sociales desde el 18 de octubre pasado, han demostrado que la participación ciudadana no se enseña sino que se practica, aquello demuestra el fracaso de los partidos políticos y de las «organizaciones sociales».

La tendencia populista de la derecha fue constatada recientemente por la mayoría con votación calificada que un sector de ella le otorgó a la aprobación para la devolución del 10% de los ahorros en las AFPs a sus afiliados. Digamos que en cuanto el movimiento popular se acrecienta incluso se torna insurrecto –desobedece a sus autoridades- las tendencias populistas crecen, tanto en la izquierda como en la derecha y, a no dudarlo, sobre todo en el centro político.

La acusación más fuerte y recurrente es que el populismo es anti técnico, incluso, anti científico, aquí la ciencia por excelencia es la economía, pero, bien sabemos que los intereses populares –de los trabajadores, de los campesinos, de las clases medias asalariadas o cuentapropistas, etc.- se han visto ideológica y políticamente mejor representadas y guiadas en la lucha por sus derechos, a partir que desde la política se hizo una crítica radical de la economía política clásica – la crítica de Marx y Engels a Smith y Ricardo -, tanto es así que la economía oficial académica y de gobierno renegó de la economía política.

Un reciente incidente de política económica muestra las contradicciones de la economía oficial, así se denunció que las transferencia de un 10% de los ahorros en las AFP a sus tenedores causarían un daño mayor al ya ocasionado por la caída de las ventas y la producción debido a La Peste[3], pero, en realidad, esas transferencia de recursos a la población ya ha reimpulsado las ventas y generado demanda a la producción, esto de acuerdo con el modelo keynesiano de reactivación de la economía.

A no dudarlo todo el debate en torno a la elaboración de la nueva constitución de la República de Chile, tanto en la campaña por el plebiscito, durante la elección de los convencionales y, ni que decir, durante la elaboración misma de ella tanto en sus debates en sala, comisiones y en la opinión pública, el concepto de populismo será el arma arrojadiza de la derecha y centro derecha al intento de acabar con la institucionalidad establecida por la constitución de Guzmán y Pinochet actualmente vigente, incluidas las reformas incorporadas por los gobiernos de la Concertación.

De entrada, cualquier intento de recuperar para esta instancia constitucional su calidad de constituyente primario como representante único de la soberanía de la nación, es decir del poder del pueblo de Chile, para decidir que los acuerdos no pueden ser tomados por dos tercios de los constituyentes, que es lo que se pactó en la noche del 14 al 15 de noviembre, ya que en los hechos es reconocerle a una minoría de un tercio el derecho de veto sobre la mayoría, estableciendo en su lugar que la única votación con quórum calificado que asegura la democracia de las mayoría es la mayoría absoluta, es decir, la mitad más uno de los miembros de la constituyente. A no dudarlo tal propuesta, de cambiar las votaciones calificadas de dos tercios serán tildadas de populistas y antidemocráticas, por “irrespetar los derechos de las minorías”, dicen.

Asimismo, asuntos como la provisión pública, universal, gratuita y de calidad de los derechos a la salud, la educación y la previsión social serán tildadas de propuestas populistas y anti técnicas. Pero esas son las demandas más sentidas de la sociedad chilena y es el asunto central del estado, ahora y siempre, ya que en eso reposa la legitimidad de su existencia, la cual es asegurar su provisión de tal manera que la enunciación de ellos no sea meramente demagógica y populista.

 Temas tales como la recuperación de los recursos naturales para el estado con la finalidad de que sus rentas y utilidades sirvan para financiar la provisión de los derechos sociales antes indicados, tanto los no renovables tales como los mineros como el cobre –“el sueldo de Chile”-, el litio y otros, y , sobre todo, las tierras que les fueron usurpadas a la comunidades originarias por el Estado de Chile a partir de 1860, en particular al pueblo mapuche, para que estas le sean devueltas y aquellas puedan recuperar sus medios de vida tradicionales que son protectores del medio ambiente, la estabilidad climática y de los recursos genéticos locales, regionales y nacionales. También, se debe recuperar para el estado los recursos naturales renovables, principalmente el agua, que ha sido privatizada, para así asegurar una agricultura y ganadería que sean eficientes en la protección del medio ambiente y los recursos genéticos. Lo mismo acontece con los recursos hidrobiológicos que han sido privatizados y cuyo actual modelo de explotación comercial pone en grave riesgo su existencia. Asimismo, y con la misma finalidad de mejor financiar la provisión pública de los derechos sociales el estado debe recuperar las rentas y utilidades provenientes de las obras públicas y la provisión de los servicios públicos, que constituyen monopolios naturales.

Para terminar sobre la financiación de las prestaciones públicas a la cual se obliga el estado con su pueblo se debe asegurar constitucionalmente que los sectores sociales y empresariales de más altos ingresos no disfruten en términos impositivos de las elusiones, evasiones y exenciones tributarias, de tal manera que aumente ostensiblemente el recaudo de impuestos directos y disminuyan los impuestos indirectos que más afecta a los sectores de más bajos ingresos, tal cual acontece en los países de la OCDE.

Por otra parte, la nueva constitución debe establecer la garantía constitucional a los derechos laborales de acuerdo a los parámetros que instituye la OIT, donde se garantice la sindicalización universal, la convención colectiva por ramas y la titularidad sindical, estos son los derechos mínimos que la nueva constitución debe reconocer y asegurar, para que las y los trabajadores mejoren su capacidad negociadora en la redistribución de la riqueza nacional.

Finalmente, en términos sociales y culturales la nueva constitución debe garantizar, y suplir las carencias e inclumplimientos por el estado, los derechos fundamentales específicamente de las mujeres y los niños, de los pueblos originarios, de las minorías culturales o de género, de los inmigrantes, de los enfermos mentales, de quienes tiene facultades disminuidas o cualquier otra condición que desmejore su derecho a la igualdad y equidad. Una constitución que no garantice este conjunto de derechos universales será meramente demagógica y realmente populista en su sentido peyorativo.

[1] El sociólogo polaco británico Zygmunt Bauman, acuñó el término de modernidad líquida a los tiempos actuales, basándose en los conceptos de fluidez, cambio, flexibilidad, adaptación, entre otros, afirma que lo “líquido” es una metáfora regente de la época moderna, ya que esta sufren continuos e irrecuperables cambios, él lo aplicó al análisis político.

[2] Las encuestas tanto del PNUD como de Universidad Diego Portales indicaban que la población se iba volviendo “estatista” en educación, transporte, servicios públicos, banca, etc.

[3] La Peste: uso por el poder de la pandemia para controlar a la población.

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