El colapso del sionismo como expresión de la crisis imperialista y el reordenamiento mundial

por Gustavo Burgos

Una interpretación marxista del proceso histórico en curso revela que el sionismo político, más que un fenómeno local, representa una manifestación aguda del imperialismo en su fase de descomposición. Lo que presenciamos hoy no es sólo el agotamiento de un proyecto colonial específico en Palestina, sino un reflejo particular de una crisis de mayor profundidad: el debilitamiento estructural del dominio imperialista encabezado por Estados Unidos y el surgimiento de una nueva configuración geoestratégica encabezada por China.

Desde sus orígenes, el sionismo no fue una simple aspiración nacional. Fue concebido como proyecto colonial con apoyo de las potencias dominantes. Primero Gran Bretaña, luego Estados Unidos, utilizaron a Israel como enclave armado para sostener su hegemonía en una región vital para el control del petróleo, las rutas comerciales y los equilibrios geopolíticos mundiales.

La relación entre el sionismo y el imperialismo es, por tanto, orgánica. No puede entenderse el Estado de Israel sino como parte del aparato global de dominación capitalista. Se trata de un Estado artificialmente sostenido por la inyección constante de capital, tecnología y legitimidad política desde los centros hegemónicos del mundo capitalista. Pero esta relación, como toda relación entre metrópolis y colonia, tiene un límite histórico.

La fase actual del capitalismo global está marcada por una pérdida progresiva de poder real por parte del imperialismo norteamericano. Esto no es simplemente el resultado de derrotas militares o debilidad diplomática, sino de una tendencia económica estructural: la declinación relativa de la capacidad productiva, el endeudamiento crónico y la pérdida de legitimidad del dólar como moneda mundial.

En este contexto, los instrumentos geopolíticos del imperialismo —incluido el Estado de Israel— comienzan a mostrar signos de descomposición. La burguesía estadounidense ya no está dispuesta, ni en condiciones, de sostener sin condiciones un proyecto cuya utilidad estratégica es cada vez más cuestionable. Israel, en lugar de ser un pivote de estabilidad regional, se ha convertido en una fuente permanente de crisis, aislamiento diplomático y contradicción política.

Para la clase trabajadora, el imperialismo no es más que la lucha por la redistribución del mundo entre grandes potencias. Cuando una declina, otra la reemplaza. Hoy, el ascenso de China no se limita al terreno económico. Pekín impulsa un proyecto geopolítico propio —los cacareados BRICS— que choca directamente con las estructuras creadas por el imperialismo occidental. La franja euroasiática, con sus oleoductos, rutas comerciales y tratados bilaterales, está siendo reconfigurada sin necesidad de enclaves coloniales. En este nuevo marco, el sionismo con su arcaica forma colonial de asentamientos deviene no sólo un anacronismo, sino un estorbo.

A diferencia del viejo imperialismo europeo, que necesitaba puestos avanzados coloniales, el capital chino —más flexible y pragmático— puede prescindir de estructuras coloniales rígidas, optando por la penetración financiera, tecnológica y diplomática. Así, Israel queda marginado como actor relevante en el tablero global, especialmente ante la necesidad de establecer relaciones con el mundo árabe y musulmán, al cual el proyecto sionista ha subordinado y agredido históricamente.

Todo colapso del dominio imperial tiene consecuencias revolucionarias. El desfondamiento del sionismo no traerá automáticamente la emancipación palestina, pero crea condiciones nuevas para la acción política y militar de las masas del Medio Oriente. El descrédito de los regímenes colaboracionistas, el aislamiento del Estado colonial y el resurgir de formas de resistencia armada y popular indican una posible recomposición del sujeto revolucionario regional.

La posibilidad de una nueva etapa revolucionaria no proviene sólo de la debilidad del enemigo, sino también del carácter cada vez más visible de la lucha palestina como lucha antiimperialista y anticolonial. La resistencia armada palestina, de la que Hamás no es más que una columna, es el espacio político para la conformación de una nueva dirección política internacionalista, socialista y y obrera. Esta crisis, cuyos ribetes internacionales resultan manifiestos para cualquiera que haya apreciado en estos días las las protestas pro palestinas en las principales ciudades del mundo, puede convertirse en una oportunidad histórica para romper con el viejo orden regional.

El Estado de Israel, antaño símbolo de supremacía tecnológica y poderío militar, se ha transformado en una figura agónica del orden imperial. Su legitimidad está en ruinas, su capacidad de acción es cada vez más reactiva, y su papel estratégico ha sido superado por los cambios del sistema mundial. El sionismo no está cayendo por derrotas externas solamente, sino porque ha dejado de tener lugar dentro de las estructuras del capital mundial.

Como toda estructura colonial que sobrevive más allá de su necesidad histórica, Israel hoy representa el residuo de una fase del capitalismo global que agoniza. La tarea de los revolucionarios es doble: no solo apoyar sin reservas la descolonización de Palestina, sino también comprender el vínculo entre esta lucha y el horizonte estratégico de la revolución socialista mundial.