Debate sobre China: la formación de la clase obrera y el desafío de una revolución permanente

por Fernando López MacKenzie

En su ensayo La formación de la clase obrera en China (NLR 151, 2025), Teemu Ruskola traza un paralelo provocador entre el proceso descrito por E. P. Thompson en Inglaterra y la experiencia contemporánea de la República Popular China. Según Ruskola, la clase obrera china “existe” en sentido objetivo, pero carece aún de la autoconciencia política que caracterizó al proletariado inglés en su maduración. La analogía, aunque sugerente, encierra un sesgo culturalista: reduce el problema a la ausencia de identidad y cultura obrera, eludiendo la raíz política del asunto.

Desde el marxismo revolucionario, debemos ubicar a la clase obrera china no como una clase “en formación”, sino como la clase trabajadora más numerosa y estratégica del planeta, ya constituida en la producción, pero bloqueada políticamente por el aparato burocrático del Partido Comunista Chino (PCCh) y por su integración al capitalismo mundial.

El “cercamiento inverso” y la ley del desarrollo desigual y combinado

Ruskola subraya una particularidad decisiva: a diferencia de Inglaterra, donde los cercamientos campesinos precedieron a la industrialización, en China primero se mercantilizó el trabajo urbano y recién después se avanza en la mercantilización de la tierra rural. Un proceso que Inglaterra recorrió en siglos, en China se ha comprimido en décadas.

Aquí resuena la ley de desarrollo desigual y combinado formulada por Trotsky: ninguna nación repite el camino de las otras; los elementos atrasados y avanzados se combinan en configuraciones explosivas. En China, la base industrial construida bajo Mao —producto de un Estado obrero burocratizado— fue reciclada como cimiento de la restauración capitalista. El campesinado, lejos de desaparecer, fue subordinado a una lógica estatal peculiar: tierra urbana de propiedad estatal, tierra rural en manos colectivas.

Este dispositivo permitió al Estado abaratar el costo de reproducción de la fuerza de trabajo: los migrantes proletarizados en las ciudades podían sobrevivir porque conservaban derechos de uso sobre parcelas rurales. Pero el nuevo empuje del capital exige ir más allá: el cercamiento definitivo del campo, completando la proletarización. Esa es hoy una de las principales contradicciones sociales en China.

Una clase bloqueada, no “en formación”

Ruskola insiste en que el proletariado chino carece de autoconciencia política, luchando de modo fragmentario, casi como revueltas campesinas. Pero el problema no es de “madurez cultural”. La clase existe objetivamente porque está inserta en relaciones de producción capitalistas: produce plusvalor y sostiene la acumulación mundial.

El problema no es que “falten décadas para su formación”, sino que la clase está políticamente bloqueada. El PCCh, convertido en partido-burguesía, disciplina a los trabajadores con sindicatos amarillos y represión. El Estado combina paternalismo social, nacionalismo y un aparato de control digital sin precedentes para impedir la organización independiente.

La ausencia de conciencia de clase organizada no es un déficit de la clase, sino el producto de una relación de fuerzas impuesta desde arriba. La conciencia revolucionaria no brota espontáneamente: requiere de una dirección política, de un partido revolucionario.

Trotsky y la revolución permanente en China

Trotsky explicó que en los países atrasados, el campesinado no puede constituir una política independiente: o sigue a la burguesía, o se alía al proletariado. En China, el PCCh ha impedido esta alianza revolucionaria, utilizando al campesinado como base de legitimidad mientras subordinaba a la clase obrera a su proyecto de “modernización nacional”.

Hoy la contradicción es evidente: China es la segunda potencia mundial, integrada al capitalismo global. Pero en su base late una clase obrera de cientos de millones de explotados, sometida a ritmos de trabajo brutales, salarios bajos y desigualdades crecientes.

La perspectiva no es la “maduración lenta” hacia una conciencia thompsoniana, sino la posibilidad de que, en la crisis mundial del capitalismo, el proletariado chino irrumpa como actor político de manera explosiva. Trotsky lo previó en su teoría de la revolución permanente: las tareas democráticas y nacionales, en la época imperialista, sólo pueden resolverse bajo la dirección del proletariado, que arrastre al campesinado y abra paso a la transición socialista.

Conclusión: de la clase “en sí” a la clase “para sí”

El análisis de Ruskola permite entender cómo el Estado chino ha manipulado las formas de propiedad rural y urbana para sostener una acumulación feroz. Pero su lectura culturalista omite la clave política: la existencia de una clase obrera formada, bloqueada por la burocracia y aún huérfana de dirección revolucionaria.

La tarea del marxismo revolucionario no es esperar a que el proletariado chino “descubra” su identidad, sino construir la organización internacional capaz de ligar sus luchas dispersas a un programa de poder obrero y socialista.

El proletariado chino, el más grande del mundo, es ya una clase en sí. El desafío histórico es que se convierta en clase para sí, es decir, en sujeto revolucionario consciente. Para ello no bastan comparaciones históricas: hace falta el partido de la revolución mundial.