Crónica de Edmundo Moure: «Santiago y sus fantasmas»

Triste Santiago, lleno de rejas y carpas en Alameda de las Delicias, extendiéndose hacia el oriente —quién lo diría— en el mismísimo corazón de Providencia, otrora comuna exclusiva y tranquila, habitáculo de burgueses acomodados, hoy con su parque inundado de tiendas de nómades caribeños sin casa y de mecheros con acento gringo.

Aún no se abren las arboledas al paso del hombre y de la fémina libres, mientras te transformaste en un zoco irremediable… (ayer compré calcetines para diabético, a dos lucas el par y un cargador de teléfono por «luca quina»).

Y nadie me detuvo por receptación. Es que se hace imposible controlar un comercio callejero que pareciera exhibir más vendedores que compradores, en una desesperante paradoja que hubiese desconcertado a míster Adam Smith.

He caminado desde el oriente al poniente, calle Pedro Valdivia, bajando por Providencia, deteniéndome en las librerías de viejo, donde dos libreros juegan una partida de ajedrez, mientras aguardan el milagro de un cliente que se lleve una joya literaria por dos mil pesos…

En tus calles, plazas, ferias y mercados; en tus estadios otrora vueltos campos de exterminio; en tus hospitales y cuarteles; en mínimos vericuetos y anchos cementerios; en paisajes sin puestas de sol ni amaneceres venturosos, fuimos la generación diezmada, o los “Veteranos del 70”, según nos bautizaran Pepe Cuevas y el Mono Olivares, para mitigar con ironía el oscuro patetismo de aquellos días grises como tu rostro erizado de púas bajo la áspera neblina del valle de Huelén.

José Ángel Cuevas ya no te escribe; se le extraviaron las muchedumbres en la dieta de abstinencia y las prevenciones de la pandemia… Hernán Miranda Casanova sueña despierto con Doralisa y ha colgado la pluma. En la calle Londres las palomas celebran el centenario de vida de Marina Latorre.

No reparas, Ciudad, en nombres propios ni en otras identidades que no sean los epónimos de siempre, cagados por las palomas que no disciernen de prestigios ni pergaminos. Sería bueno retirarlas, colocando en sus pedestales a futbolistas exitosos o a cantantes de moda, cambiándolas de generación en generación, porque cada época tiene sus personajes conspicuos y para recordar viejas memorias amarillas están tus museos, esas extrañas criptas donde mueren las culturas que ya no palpitan, aferradas a fechas de aburridos profesores y de niños que se niegan a memorizarlas, porque para eso está la Ilustración Google.

Y es que de tanto odiar esta ciudad hosca y heterogénea, de groseras desigualdades y brutales alardes de injusticia, terminas amándola, como si fuera una vieja querida que hubieses despreciado ha mucho, y que redescubriste una tarde, tras las copas a medio vaciar, como joya encontrada sobre una playa sin geografía.

Ahora es peligroso recorrer tus entrañas en estos trenes atiborrados de individuos apáticos y anodinos, que olvidaron el paisaje y la vieja hospitalidad de los andenes, en cuyos rincones alguien esperaba por un amor extraviado en minúsculas estaciones del Sur, muchacha de negras trenzas que trae un canasto de primores olorosos y un poema de Jorge Teillier entre los pechos, acompasado en la métrica de rieles sonoros, con una carta de la abuela dibujada en lentas caligrafías. Hay un miedo latente en esta rara topografía de túneles negros donde acecha la muerte.

Los poetas no han sabido reinventar tus rincones amables

Camino hacia el sur, por la calle de los Ahumada, hermanos de Teresa de Ávila que dieron su epónimo a este paseo de imposible reposo. Pasada la rúa Moneda, donde se alza la Casa otrora derribada “por bandidos con aviones y sin moros”, enfilo por la diagonal Nueva York hacia uno de los últimos bares dignos que te quedan, con ancha barra color caoba, donde el vino derramado da un lustre más perdurable que todos los pergaminos y barnices —los que a ti te faltan, Nueva Extremadura—, porque tus amantes fundadores eran unos desarrapados, con más prontuario que todos los inmigrantes del siglo XXI que nos recuerdan a diario, en las grescas por apoderarse de tus calles, la miseria humana y la impotencia de sus dioses hechos de cartón piedra.

Bar Unión Chica, Nueva York 11, mirando el flanco oriente del Club de la Unión, ese mazacote de altas columnas, de estilo II Imperio, mal definido y peor ejecutado, antro de ricachones zafios que mandaron a la Gran Violeta a comer en la cocina… (Como “castigo divino”, pronto saldrán a remate sus falsas estatuas griegas.

Durante más de un año, el bar La Unión Chica estuvo sin abrir sus puertas de saloon del Farwest, las que batíamos, en los 80, con Jorge Teillier, Rolando Cárdenas, el Tote España, Álvaro Ruiz, y otros que recordar no logro.

Te has vuelto feo y nauseabundo, Sant Yago austral; has ahuyentado a los beodos ilustres y a las mujeres sonrientes tras la copa de vino. (¿Dónde se escondió Stella Díaz Varin?) No sé si es culpa del capitalismo salvaje o de los poetas que no han sabido reinventar tus rincones amables.

Santiago amargo y querido, capital del “horroroso Chile”, según Enrique Lihn, perdiste para siempre la dulce hospitalidad que cantó Machado a sus divas amables, pero hago mía la interrogante evocación de Pablo Neruda, el vate de las preguntas rumorosas:

¿Qué olvidé en tus calles que vuelvo/ de todas partes a tus calles?/ Como si vaya donde vaya/ recuerde de pronto una cita/ ¡y me apresuro y vuelo y corro/ hasta tocar tu pavimento!/ Y entonces sé que sé que soy,/ entonces sé que me esperabas/ y por fin me encuentro conmigo.