Debate argentino sobre la situación en Chile: ¡Abajo Piñera! por un Gobierno de los Trabajadores

de Partido de la Causa Obrera

Tras 50 días de movilización permanente, las concentraciones perdieron el carácter de espectacular masividad, aunque una numerosa vanguardia se mantiene activa. 

Esta situación no se debe sólo al desgaste de las constantes y casi diarias movilizaciones que se volvían multitudinarias y masivas los fines de semana. Se debe a que uno de los objetivos centrales en los que se concentró el odio popular, la caída de Piñera, no ha podido lograrse y ahora parece mucho más distante de alcanzar. Por otra parte, los partidos reformistas intentaron instalar -y en alguna medida lo han logrado-, la idea de que la movilización y la lucha que tantos muertos, mutilados, torturados y violados ha costado, alcanzó una pequeña “victoria” con los anuncios del acuerdo entre el gobierno y la “oposición” respecto de la convocatoria a elecciones para renovar la Constitución. 

El acuerdo alcanzado en noviembre del año pasado entre los partidos integrantes de Chile Vamos, la ex Nueva Mayoría, el Frente Amplio, PS y apoyado desde fuera por el PC, denominado «Acuerdo por la Paz y la Nueva Constitución», sólo sirve para encausar la movilización, metiéndola en una vía muerta dentro de los marcos del régimen. Una nueva versión de «Chile, la alegría ya viene» consigna levantada por la Concertación durante el plebiscito de 1988 y que no hizo más que perpetuar la dominación de la burguesía y su régimen político de explotación, miseria y opresión de los trabajadores y el pueblo chileno. 

En la medida en que no hay ninguna corriente política y social de peso, obrera, independiente de los partidos burgueses, que levante otro programa, toda la discusión y la movilización se limita a cuestionar los límites de la convocatoria a la Constituyente, y la mezquindad de las concesiones sociales.

Pero la realidad y la experiencia demostrarán que una Asamblea Constituyente no logrará resolver las demandas más sentidas por el pueblo trabajador, y en ese momento la movilización podrá retomarse desde un escalón más alto. Para que la nueva fase de ascenso de las luchas no sea frustrada con nuevos engaños o más represión es que tenemos que prepararnos. Hacer un balance de este intenso período y extraer sus principales enseñanzas es una condición fundamental para ello.

La lucha de los trabajadores y el pueblo chileno ante un punto de inflexión

Cuando comenzó el levantamiento, el gobierno apeló a la represión mediante los carabineros. Pero la rebelión empezó a ampliarse a distintas ciudades y todo el odio de la juventud oprimida se expresó en los saqueos, barricadas e incendios de los símbolos del poder económico, la desigualdad social y los atropellos del poder político. En ese momento, comprendiendo la gravedad del levantamiento, Piñera apeló al estado de sitio y desplegó a los militares por las calles de las principales ciudades. Al mismo tiempo declaró: “estamos en guerra”. Su plan “A” era derrotar a los miles de revoltosos mediante la represión.

Para justificar la represión el gobierno lanzó una campaña reaccionaria, impulsada por los grandes medios de comunicación, alrededor de los saqueos e incendios de supermercados, farmacias, el diario pinochetista El Mercurio, etc. Es muy posible incluso que algunos incendios –como el del Metro- hayan sido hechos por agentes al servicio del gobierno. Algunos saqueos, probablemente tuvieron “zona liberada” para que se concretaran. Pero en general, estas acciones fueron hechas contra establecimientos o instituciones que son símbolos que concentran el odio de la juventud trabajadora. Y los saqueos reflejan que hay un amplio sector de la juventud que está sumergido en la miseria, y ya no se detiene ante la legalidad burguesa. Son hechos característicos de todo levantamiento popular en las últimas décadas, desde el caracazo en adelante. 

Con la acción represiva por parte de carabineros y del ejército, salió a la luz la verdadera cara, el verdadero carácter de la “democracia” burguesa, que no es otra cosa que una dictadura del capital.

Sin embargo, Piñera subestimó la fuerza del odio de clase acumulado que impulsa a la lucha, a la protesta, a los enfrentamientos apenas con piedras contra el feroz aparato represivo chileno. 

Pero el 25 de octubre ingresó masivamente la clase media en Santiago, replicada en las movilizaciones de Viña-Valparaíso, avalando los reclamos de estudiantes, jóvenes y trabajadores que se habían manifestado hasta entonces. Esta nueva situación introdujo un giro en la política gubernamental. Era obvio que había fracasado el plan represivo. El gobierno ante la masividad alcanzada por la movilización tuvo que levantar el estado de excepción. 

Pero al mismo tiempo supo leer que la clase media le imprimía a las protestas un carácter pacífico y moderaba los reclamos políticos que apuntaban contra el poder presidencial. El ¡¡“Fuera” Piñera!!, es decir, una consigna que llamaba a su derrocamiento por medio de una ofensiva insurreccional del alzamiento popular, se fue transformando en ¡¡“Renuncia” Piñera!!, una apelación a su dimisión voluntaria que podría obtenerse bajo la simple presión del movimiento.

Sobre esa base social de clase media, los partidos reformistas con más influencia, especialmente el Partido Socialista, el Partido Comunista y el Frente Amplio, comenzaron a propagandizar su programa de “diálogo” político y social. En sus bancas parlamentarias, el “Renuncia Piñera” bajó otros varios escalones y se transformó en una “Acusación Constitucional” contra el presidente, y en la necesidad de una reforma constitucional. El objetivo de los partidos reformistas que sostienen al régimen capitalista era abrir un canal político al movimiento de masas, para desviar su potencial revolucionario, para que enfocara sus objetivos adentro del marco institucional. En la medida que las movilizaciones continuaban y obligaban a ampliar las concesiones, lo más a la izquierda que plantearon los reformistas fue una nueva constitución a través de la Asamblea Constituyente.

Las apelaciones a la paz y el retiro de las consignas que reclamaban “Fuera Piñera”, y la canalización institucional y amortiguadas de algunas demandas fue saludado con entusiasmo por el gobierno, que pudo entonces respirar; y con ello quedó habilitado su plan “B” consistente en avanzar con algunas concesiones y pequeñas reformas a un dialogo político institucional pensando con ello en diluir las protestas o por lo menos consolidar el carácter “pacífico” de los reclamos populares.

Mientras, la mesa de Unidad Social “acompañaba” el movimiento, con la presentación de notas al gobierno y con huelgas intermitentes, para no quedar afuera del juego institucional y social.

Con las huelgas de 48 hs y luego otra más de 24 hs, la mesa de “Unidad Social” dirigida por el PC y FA, este sector político reformista empezó a extender la consigna de Asamblea Constituyente hacia las organizaciones sindicales.

Tras la jornada del viernes 8 de noviembre, la movilización cedió en su masividad, pero en cambio ganó en combatividad por la presencia dominante de la juventud, al mismo tiempo se combinó con el ingreso momentáneo a la lucha de algunos sectores claves de trabajadores –como los portuarios-. Esta situación en la que el gobierno no había logrado todavía una desmovilización cualitativa con sus primeras concesiones, llevó a Piñera a decir que estaba dispuesto a discutir reformas constitucionales. 

La cosa fue enfilando para ese lado gracias al rol de los partidos reformistas PS-PC-FA y a la mesa de “Unidad Social” controlada por los mismos. Si bien no tienen un gran peso político en la población y están desgastados como los demás partidos, al no haber otro programa que sea llevado a la clase obrera y difundido ampliamente, se impone el de los reformistas.

Los propios alcaldes empezaron a convocar a cabildos y “asambleas” populares, como válvulas de escape para que el pueblo haga su catarsis, pero sin que se llegue a nada concreto. 

Llegado este punto, y si bien las manifestaciones continuaron, fueron perdiendo masividad, quedando los sectores más jóvenes y combativos. Es por ello que, en ese momento, Piñera se consideró en condiciones de asegurar que no iba a renunciar, casi como una provocación desafiante de la voluntad popular. A la vez que convocó al Cosena (Consejo de seguridad nacional) para darle garantías a los carabineros, para que repriman tranquilos que nadie los va a molestar por sus “excesos”, Luego con el voto de los diputados del PS y el Frente Amplio aprobó una ley para desplegar nuevamente las FFAA con el argumento de cuidar instalaciones vitales, y con duras sanciones contra los manifestantes.

Esta es la consecuencia de que las movilizaciones asediaron al poder y lo pusieron en jaque, pero dada su espontaneidad y falta de organización centralizada, no pudieron derribarlo. La espontaneidad es una gran fuente de energía que impulsa la lucha, le da formas “creativas” a la protesta, pero tarde o temprano esas energías se agotan si no hay una organización con un programa y objetivos claros, que planifique el asalto al poder. Una vez que el poder logra resistir los primeros embates del asedio de masas, está en condiciones de retomar la contraofensiva política –aun a costa de algunas concesiones- y la represión contra los restos del movimiento que se ha debilitado.

Piñera aguantó el embate popular, pero el régimen burgués profundizó su crisis 

El gobierno, el parlamento, los medios de comunicación, se han coludido para imponer esta salida a la crisis social dentro del régimen democrático burgués. Es obvio que el espanto de ver millones de personas manifestando y reivindicando sus derechos y necesidades más urgentes concertó voluntades para remover la lápida de la Constitución del 80, y negociar una nueva Constitución.

Una concesión del gobierno junto con el cambio del gabinete ministerial, forzados por el espontáneo y masivo estallido social. Todo esto bajo una lógica de desviar la atención, ganar tiempo y con el argumento de priorizar el orden público; de allí se desprende la declaración de Estado de Emergencia Nacional y con ello facultar a los militares y carabineros para reprimir indiscriminadamente. Mientras que de “la agenda social” sólo se han anunciado pequeñas dadivas, apostando al desgaste de las movilizaciones.  

La situación se agrava exponencialmente debido a las repercusiones económicas, habidas y por haber, teniendo en consideración el escenario mundial de crisis económica que pareciera ir rumbo a una franca recesión, y donde los imperialismos y potencias económicas están en una guerra (por ahora) comercial y en una lucha geopolítica por la repartición del mercado mundial. 

En este escenario, satisfacer las demandas principales de la “agenda social”, desde el punto de vista burgués se hace imposible, ya que se estima que solamente para solventar las míseras concesiones otorgadas para calmar a un sector de los manifestantes, el déficit fiscal ascendería a un 4,7 % del PIB. La reforma tributaria aprobada en el Parlamento es insuficiente, y obligaría al gobierno a tramitar una nueva reforma para recaudar el déficit.  Por otro lado, las posibilidades de crecimiento de la economía están cuestionadas por la situación de crisis internacional.

Otro factor que mantiene abierta la crisis política del régimen, es el descrédito de todas las instituciones que sostienen al estado burgués, esto como consecuencia de los casos de corrupción, soborno y nepotismo, incluyendo a la “reserva moral” de las iglesias evangélicas y católica corroídas por casos de corrupción y pedofilia. Son estos mismos sectores los que ante el apremio de una masa desbordante se “sensibilizan”, rasgan vestiduras y se golpean el pecho como penitencia por haber pecado, para luego, sintiéndose aliviados e iluminados, acuerdan despojarse de la Constitución de Pinochet para abrazar una nueva Constitución generada esta vez en “democracia”.

La trampa constituyente

Finalmente, el gobierno logró alcanzar el acuerdo político con los partidos PS-DC (Democracia Cristiana)-FA, para realizar un plebiscito en abril próximo, con dos preguntas: nueva constitución SI o NO; y sobre cuál sería el mecanismo: Convención Mixta, impulsada por el oficialismo (compuesta en mayoría por parlamentarios actuales y otros electos para esa función) o Convención Constituyente planteada por la oposición (con todos los miembros electos). Es decir, la reforma a la constitución se haría por medio del actual congreso o por constituyentes electos. En la primera variante que maneja Piñera esta la especulación de contar con la mayoría en diputados y una minoría importante en senadores, cuya mayoría está en manos de los partidos reformistas, por lo cual tampoco para la burguesía y su régimen político habría nada que temer. Si en el plebiscito se aprueba Convención Constituyente esta será elegida en octubre de 2020, y la nueva constitución debería ser sometida a referéndum en un máximo de un año, o sea en 2021.

En síntesis, se firmó convocar un proceso constituyente con el eufemismo de Convención Nacional, y a renglón seguido, sin apelar siquiera a la argucia de la nefasta “letra chica”, el acuerdo firmado por los partidos burgueses reformistas contiene limitaciones muy importantes:

– La elección a la Convención será por el mismo sistema que las actuales elecciones burguesas (es decir por candidatos propuestos por los partidos existentes)

– La Convención no será soberana, no podrá afectar los demás órganos del Estado, y no podrá decidir ni siquiera sobre sus propias normas, que estarían determinadas en la convocatoria.

– Las decisiones serán por quorum de 2/3, es decir si los sectores de la derecha conservadora consiguen 1/3, tendrán derecho de veto

– El Congreso actual, totalmente desacreditado y sin legitimidad, tendrá también que ratificar la constitución que saliera.

– Cualquier disputa sobre el acuerdo será dirimida por una comisión paritaria oficialismo – oposición, es decir el gobierno de Piñera tiene la última palabra.

Es decir, lo más a “la izquierda” que podría dar la consulta popular de abril sería una Convención totalmente contenida y controlada en los marcos del régimen.

Los partidos firmantes del acuerdo aceptaron como contrapartida el compromiso con el restablecimiento de la paz, el orden público y la institucionalidad democrática vigente. Es decir, se comprometieron a hacer todo lo posible para desmovilizar. El PC no firmó el acuerdo porque sabe por experiencia que, “sin considerar al movimiento social y la ciudadanía no hace sino restar validez a dichos acuerdos”. Es decir, que para no pagar un mayor costo político había que involucrar en los acuerdos a todos los sectores que tienen incidencia en la base obrera y popular, en particular a la “Unidad Social”, sobre la cual el PC tiene influencia, lo que además le hubiera permitido tener mayor peso a la hora de la negociación que acordando sólo como partido. 

Haciendo eje en los “limites” que tendrá la Convención, los partidos burgueses y pequeño-burgueses reformistas han instalado la discusión acerca de cuál es el tipo de Asamblea Constituyente que puede resolver los problemas del pueblo chileno. 

Algunos sindicatos de la mesa de Unidad Social cuestionan los “límites” descriptos arriba, porque no se incorpora a los movimientos feministas y la paridad de género, una representación de los pueblos originarios, el movimiento ambientalista y sectores «independientes». Pero un caballo, por más que tenga dientes más fuertes y tenga mejores herraduras, seguirá siendo un caballo.

¿Puede resolver una Asamblea Constituyente, la más democrática y representativa, las demandas históricas que provocaron el tan extendido estallido social, sin derrotar al Estado burgués? 

Supongamos que se le impone al régimen una AC que no “limite las posibilidades democráticas del pueblo chileno”. Los defensores de una convocatoria más democrática aseguran que ello daría un marco para “poder engendrar las leyes que den la solución a las demandas que la gente pide en las calles sin que terminen en vetos por razones constitucionales”.

Pero acaso alguien puede creer que, porque se voten unos artículos constitucionales muy democráticos y que contengan consideraciones y derechos sociales, la burguesía se va a someter a esa constitución. ¿Acaso no está todavía marcado en la piel que, en 1973, cuando la burguesía y el imperialismo vieron afectadas sus ganancias prepararon el golpe de Pinochet? ¿Porque ahora, manteniendo el poder económico y el poder militar, se sometería a un papel escrito?

¿Con qué poder haría “el pueblo” cumplir los artículos favorables que tuviera la constitución? 

No compañeros, la trampa del régimen es que nos conformemos con el caballo de Troya que introdujeron en la movilización como programa, como objetivo falso, y que discutamos sobre sus dientes, sobre sus herraduras, mientras la movilización se va diluyendo, dejando expuestos sus sectores más combativos a una redobladamente dura represión.

En su juventud histórica como clase social, la burguesía pactó ciertos derechos democráticos con el naciente proletariado y con la pequeña burguesía para posibilitar su asalto al poder contra el sistema feudal y la nobleza, impulsando revoluciones para imponer su dominación. Siglos atrás, crearon diversos regímenes políticos, siendo el régimen burgués con la forma de Republica el más democrático. En ese proceso histórico la Asamblea Constituyente fue la institución convocada para darle forma republicana al nuevo estado burgués. Pero el capitalismo, luego de agotar su fase reformista, entró en la fase imperialista, en la decadencia en la que se encuentra, y que al decir de Lenin es “reaccionaria en toda la línea”. En esta fase reaccionaria no puede garantizar los derechos democráticos (como, por ejemplo, la autodeterminación del pueblo Mapuche con la libre disponibilidad de las tierras que ocupa), sino que, por el contrario, las contradicciones propias del sistema económico capitalista que lo llevan a crisis cada vez más profundas, obligan a quitar derechos y conquistas a los trabajadores.  

El capitalismo ya no se puede reformar, el Estado burgués no se puede “democratizar” ni humanizar. Hay que derrocarlo por la vía revolucionaria.

Lo que caracteriza la situación actual es la crisis del sistema capitalista, que se arrastra desde el 2007 sin encontrar una salida. Donde el imperialismo norteamericano venía perdiendo terreno en todos los parámetros comparables en relación a otras potencias imperialistas, y donde emergen potencias económicas y militares que empiezan a disputarle las zonas de influencias que aun poseen.

En este marco, ninguna economía como la de Chile, puede avanzar en su desarrollo, manteniendo la estructura de un capitalismo semicolonial dependiente. En consecuencia, el gobierno no podrá satisfacer las demandas y derechos que exige el pueblo movilizado de forma permanente.  Con más o menos Asamblea Constituyente este seguirá protegiendo y garantizando los intereses de la burguesía, -y defendiendo a muerte la propiedad privada de los medios de producción- por muy democrática que esta sea. La irracionalidad y anarquía del sistema capitalista, que hunde en la miseria a los trabajadores, que contamina, depreda, destruye fuerzas productivas, no puede continuar. Sólo por medio de la Revolución Socialista se pueden obtener, tanto una amplia democracia para la mayoría del pueblo trabajador, como un desarrollo económico que permita responder a las demandas sociales fundamentales, buscando al mismo tiempo un equilibrio sustentable entre la sociedad y la naturaleza.

El llamado del gobierno, parlamento, unidad social, a una Asamblea o Convención Nacional para superar la crisis argumentando un nuevo «pacto social» no es otra cosa que perpetuar la dominación de la burguesía encubriéndola con una pincelada aparentemente democrática.

Es por eso que levantar la consigna de Asamblea Constituyente ya sea con el agregado de «libre y soberana» como lo plantea el PTR o hacer efectiva (o convocada) una Asamblea Constituyente desde las Asambleas Populares y Cabildos, como plantean el MIT (LIT) y otros grupos del centrismo “trotskista”, no fue un error ocasional, sino una política consecuente (la corriente internacional en la que milita el PTR, dirigida por el PTS de Argentina, la levanta como una estrategia, en todo tiempo y lugar) que a todas luces resulta funcional a la maniobra del régimen. O ¿acaso en Bolivia, en Venezuela, o en Ecuador, la Asamblea Constituyente sirvió para algo más que para desmovilizar a las masas y fortalecer al régimen burgués?

Es comprensible la falta de interés hacia los partidos, visto las traiciones y métodos burgueses de los partidos que dicen defender los intereses de la clase trabajadora y el pueblo, como es el caso del PC y PS. Cada cual, a su manera, han actuado como freno del torrente revolucionario preparando una salida a las crisis de la dominación burguesa. 

Pero sin una organización férrea de la clase obrera, sin un partido obrero revolucionario, los trabajadores y explotados del campo y la ciudad, no podremos avanzar en las transformaciones políticas y económicas que necesitamos para emanciparnos de la explotación capitalista. La vanguardia obrera y la juventud deben tomar en sus manos la tarea urgente y fundamental de construir este partido.

La tarea más inmediata es preparar la lucha por el poder para la clase trabajadora

En este momento en el cual la lucha ha entrado en un punto de inflexión, en un cuarto intermedio, es el momento del balance y de ajustar el programa y los métodos para el próximo período en el que vuelva a desencadenarse la lucha. Como lo planteara Lenin, “lo espontáneo de las masas es lo embrionario de lo consciente”.  Las movilizaciones espontáneas levantaron reivindicaciones económicas, sociales y políticas que en su dinámica y objetivamente (la mayoría) cuestionaban al sistema capitalista, pero aun en forma inconsciente. La ideología propagandizada por los partidos reformistas es que el problema es “el modelo neoliberal”. Les quieren hacer creer a los trabajadores y a los jóvenes, que “otro mundo es posible” por fuera del neoliberalismo. Pero ese mundo sigue estando dentro del capitalismo. Pretenden que es posible un capitalismo “humano”, que se puede democratizar el estado burgués y convencer a la burguesía y al imperialismo de que distribuya sus ganancias para que los trabajadores y el pueblo puedan tener una vida digna. Es la propaganda de los Tío Tom, de los esclavos de la casa del amo, del “nigger doméstico” al decir de Malcom X. De los que quieren que nos resignemos a vivir una vida de esclavos. ¡No puede haber una vida digna mientras sigamos siendo explotados y oprimidos! 

Pero la realidad les da golpes en su propia cara. El capitalismo populista que se ha disfrazado de revolución ciudadana en Ecuador, de socialismo del siglo XXI en Venezuela, de socialismo comunitario y capitalismo andino en Bolivia, que nunca rompió con la burguesía y el imperialismo, terminó –por una vía o por otra- abriendo paso a la derecha, o transformándose ellos mismos en un bonapartismo reaccionario, vaciado del apoyo popular que los llevó al poder. Lo mismo ocurrió con sus variantes socialdemócratas como el PT de Lula, o intermedias como el kirchnerismo.

De allí la necesidad de explicar pacientemente que dentro del marco capitalista no hay posibilidad de satisfacer de forma permanente las necesidades más básicas.  En consecuencia, debemos comenzar a preparar una lucha consiente contra las causas de toda explotación. Y esto nos lleva a distinguir esta lucha por lo que es, una lucha de clase contra clase, que sólo culminará con la derrota de la burguesía y la instauración de un gobierno de los trabajadores, basado en sus organismos de lucha, que termine con la explotación capitalista.

Los jóvenes estudiantes y trabajadores, los trabajadores sindicalizados, los sectores populares hundidos en las deudas y la miseria, que “despertaron”, y se movilizaron, no han aportado tanto sacrificio en vidas y tanto esfuerzo, sólo para obtener migajas. 

Quieren que se terminen los salarios miserables, la precariedad en los trabajos sin ningún derecho laboral y sin estabilidad. Que las empresas privadas dejen de lucrar con la educación y la salud. Jubilaciones que permitan transitar la vejez con dignidad y calidad de vida. Acceso a la vivienda y a los servicios de energía eléctrica, agua, desagües cloacales y gas natural. Cuidado del medio ambiente que permita una vida saludable. 

Algunas de las reivindicaciones más sentidas son: 

*Un salario mínimo vital que cubra completamente las necesidades de una vida digna (no menos de mil dólares o 765 mil pesos chilenos) indexado según la inflación real; 

*40 horas de trabajo y con estabilidad laboral; 

*Estatización de las empresas de los servicios básicos y congelamiento de las tarifas;

 *Estatización de las empresas del trasporte de pasajeros; pasajes gratis para estudiantes y tercera edad; 

*Derogación del decreto Ley 3500 y su reemplazo por un sistema de reparto; *Pensión básica igual al 82% del salario mínimo vital; 

*Viviendas sociales; salud y educación gratuitas y de calidad a cargo del Estado, condonación de las deudas de estudio. 

*Comisiones de trabajadores y pobladores con autoridad de control del medioambiente

No pretendemos hacer una lista de todas las reivindicaciones urgentes que deben ser debatidas en los organismos que vayan surgiendo en la lucha, pero estos reclamos sociales básicos sólo se pueden conquistar expropiando las palancas económicas fundamentales que están en manos de la burguesía chilena y el imperialismo: 

Por la estatización de la banca privada y del sistema de créditos, junto a la estatización del cobre y otros recursos naturales y de las principales ramas industriales, bajo gestión y control obrero. Pero es fundamental tener en cuenta que la estatización sólo dará resultados favorables si el poder estatal pasa de manos de la burguesía y los explotadores a manos de los trabajadores chilenos.

Ni siquiera las reivindicaciones democráticas elementales pueden ser resueltas hasta el final en el marco del régimen burgués: que se termine la salvaje represión a los trabajadores, la juventud y el pueblo Mapuche; Juicio y castigo a todos los represores tanto bajo la dictadura como en los gobiernos “democráticos” y ahora en el de Piñera; Libertad y desprocesamiento a los presos políticos. Por la inmediata desmilitarización del Wallmapu y el derecho a la autodeterminación del pueblo-nación Mapuche.

De fondo, los trabajadores y la juventud quieren que se termine con la explotación y la opresión de la gran burguesía que trata a su propio pueblo con desprecio y como “alienígenas”. Fuerza hay mucha en la caldera social, que se expresa todos los días en las estructuras laborales y en las calles. Pero hace falta una organizaciónque unifique y centralice la lucha, que pueda convocar a la huelga general y al levantamiento insurreccional. 

Una organización con un funcionamiento democrático y que sea representativa de las bases trabajadoras y de la juventud que participan en las luchas. Un plenario de delegados de base elegidos en asambleas en las fábricas, los puertos, las minas, los hospitales, las escuelas, en las poblaciones (barrios proletarios). Cordones industriales y territoriales, con Plenarios de delegados obreros y de pobladores regionales que confluyan en un plenario o congreso nacional.

Está claro por la experiencia actual que no se puede ir al seguro enfrentamiento contra los pacos con las manos vacías, así que los trabajadores en los sindicatos y los pobladores y estudiantes combativos deben ir fortaleciendo y articulando los piquetes de autodefensa.  

El objetivo estratégico de la lucha no puede ser otro que tomar el poder político e imponer un Gobierno de los Trabajadores responsable ante un congreso de delegados de base, y la disolución de todo el aparato represivo, y su reemplazo por milicias obreras. Porque sin conquistar el poder material, es decir el poder económico y el poder militar no se pueden obtener la satisfacción de las demandas populares. Sólo controlando el poder del Estado y las principales palancas de la economía los trabajadores podrán desarrollar un plan económico y productivo en beneficio de todo el pueblo, en base a una planificación económica discutida entre los trabajadores desde sus organismos de base hasta su congreso de delegados.  

Para luchar por el poder la herramienta más importante y fundamental es un partido obrero, marxista, que tenga como estrategia la lucha por la revolución socialista internacional. Sin esta organización la sangre derramada en los enfrentamientos parciales, la enorme energía desplegada por las masas, la humillación a la que son sometidas las compañeras y los jóvenes, habrá sido en vano, porque al final terminarán capitalizando todo el movimiento los partidos burgueses reformistas, que llevarán la movilización popular a la vía muerta de las urnas, vía que una y otra vez hemos probado y no ha llevado a ningún lado. 

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