Congreso del Partido Comunista: palabras grandes para objetivos conformistas

por Pablo Torres y Juan Valenzuela

El Partido Comunista (PC) realizó recientemente su XXVI Congreso. En su documento de resoluciones, proponen como tesis principal la necesidad histórica de “superar el neoliberalismo” y lograr una “victoria del pueblo”; y una “derrota estratégica a la oligarquía, las trasnacionales y el imperialismo”. En este artículo queremos debatir con algunos de sus planteamientos y proponer un programa y una estrategia de izquierda, socialista y basada en la clase trabajadora.

La estrategia de desgaste del PC

Creemos que estas diferencias en el programa que tenemos con el PC -ellos entienden que la pelea ahora es sólo contra el neoliberalismo pero no contra el capitalismo- van de la mano con diferencias en la estrategia de lucha, es decir, tenemos divergencias no sólo en por quéluchar sino que también en cómo conquistarlo. Empezaremos debatiendo con la estrategia política que ha desarrollado el PC.

En el presente, la tarea política más urgente para el PC es transformar la convención en Asamblea Constituyente. ¿Cómo lograr eso? Se trataría de ir “desgastando” la capacidad de resistencia de los sectores más reaccionarios que fueron artífices de las trabas antidemocráticas de la Convención, a través de la movilización social.

En el informe inicial presentado al Congreso, la dirección del PC señalaba “la necesidad rodear con la movilización de masas el desarrollo de la Convención Constitucional, impidiendo que las cocinas y el tecnicismo legal oscurezcan el sentido final de dicho organismo”.

Es fácil hablar…

En tiempos “electorales” cuando no hay grandes luchas en curso y menos una rebelión en ascenso, el PC puede hablar de “asediar” la Convención Constitucional con la movilización y enfrentar las trampas como los dos tercios. Pero en realidad, como lo aclaró Guillermo Teillier, presidente del partido, el asedio es sólo una metáfora: según él, se refería a simples movilizaciones y “participación social”.
Pero más allá de la aclaración del sentido de la palabra “asedio” que hace Teillier ¿es real el argumento del Partido Comunista?

Creemos que no. Tanto en el objetivo (transformar la Convención Constitucional en una Asamblea Constituyente) como en los medios para lograr ese objetivo (el “asedio” de “participación social”); el PC revela sus contradicciones.

Empecemos por examinar su planteamiento de “asediar” la Convención. Recordemos que el Partido Comunista dice esto creyendo que su papel durante octubre y noviembre de 2019 fue crucial para lograr abrir un proceso constituyente a través de la CUT, un proceso que sería una victoria, un triunfo. En sus palabras:

«Las organizaciones de trabajadores agrupadas en la CUT y la coordinación que se ha dado como Bloque Sindical, ha contribuido a establecer convergencias político-sociales y a orientar la dirección principal de la lucha en momentos claves que sin duda obligaron a una concesión del gobierno, la derecha y los poderes fácticos, a la apertura a un proceso constituyente, que de ninguna manera se trata de una acción de generosidad gubernamental».

Es indiscutible que el paro del 12N de ese año de rebelión atemorizó a la clase patronal chilena y al gobierno, que -sin que fuera parte de su programa original- tuvo que sentarse a negociar la apertura de un proceso constituyente, cuestión que se hizo el 15N de ese año, sólo tres días después de la huelga general.
Sin embargo, el planteamiento del PC, no da cuenta de la realidad:

a) La enorme participación de la clase trabajadora en esa jornada -90% del sector público y 60% del sector privado según el economista frenteamplista Hassan Akram-, no fue precisamente porque la CUT se la jugará a organizar y garantizar el paro. El PC confunde el paro como tal, que fue una gran acción histórica de la clase trabajadora y los sectores populares, con el rol de la CUT y el Bloque Sindical. La convocatoria del 12 de noviembre fue producto de la enorme presión por continuar y fortalecer la movilización de diversas organizaciones y sectores movilizados, en momentos donde la CUT seguía convocando a paros y marchas testimoniales y por objetivos acotados. Que millones hayan seguido el llamado a la huelga del 12 y que el “punto de inflexión” de la movilización se haya producido en el marco de una convocatoria a paro nacional realizada por las principales organizaciones sindicales y sociales, muestra el rol que puede jugar la clase trabajadora y sus organizaciones.

Pero la masividad y la combatividad -que se expresó con cortes arterias claves para la circulación en 24 ciudades del país- fue, ante todo, una enorme expresión de la fuerza social de la clase trabajadora y su potencial revolucionario, que confluyó con una jornada de protestas de sectores populares y juveniles y choques con las fuerzas represivas durante todo el día. Se desarrollaron múltiples iniciativas de coordinación y defensa desde abajo, como el fenómeno de la primera línea que ese día dio enormes fuerzas de combatividad. En Antofagasta, por ejemplo, no fue la CUT sino el Comité de Emergencia y Resguardo -que agrupaba al Colegio de Profesores y diversas organizaciones sindicales de trabajadores de la industria, a doctores y trabajadores de la salud, a pobladores y estudiantes- el que tomó la iniciativa de convocar al centro de la ciudad. La CUT tuvo que sumarse a esto, pero no fue su orientación la que predominó. En resumen, el PC no solo exagera el papel de conducción de la central, sino que la CUT fue la última que llamó a movilizarse, y lo hizo cuando la presión de la base a que los desbordaran era central. Convocó más bien para controlar y luego descomprimir el ascenso.

b) Segundo, el PC silencia un hecho no menor: que los límites que determinan el actual proceso constituyente también son consecuencia de la renuncia a la lucha que tuvo la CUT antes, durante, y después del acuerdo por la paz y una Nueva Constitución.

La noche del 15N, tras la huelga general, nace el infame Acuerdo por la Paz firmado desde el FA (actuales aliados del PC) a la UDI, que salvó a Piñera y le dio la iniciativa al viejo régimen para imponer una convención llena de trampas y limitaciones. De pronto los objetivos que se habían dado trabajadores y sectores populares en las calles, que se resumían en la aspiración de derribar una herencia económica y social preservada por 30 años y construida en dictadura, se “tradujeron” en un proceso con reglas acordadas por los partidos de gobierno y los principales dirigentes del gobierno, con tiempos y “reglas del juego” bien precisos -incluyendo el quórum de 2/3 que atenta contra un principio básico de mayoría- y en coexistencia con el gobierno de Sebastián Piñera, además de mantener todas las viejas instituciones del régimen de la transición.

Como sabemos, el PC en sus declaraciones cuestiona el “Acuerdo por la Paz” que es el que le dio forma al proceso de discusión de la nueva Constitución; de hecho, no se sentó en la cocina el 15N. Sin embargo, ya antes de la huelga general había abandonado la lucha que en las calles era la más importante: “Fuera Piñera”. Su consigna fue: “una negociación sin exclusiones”. Es decir, el objetivo de la huelga general del 12N para ellos era conseguir mayor “presión” para poder sentarse a negociar directamente con Piñera (una negociación de Piñera junto a los movimientos organizados en Unidad Social, en particular el “Bloque Sindical”). En los momentos donde el gobierno tenía a su cuesta y responsabilidad decenas de asesinados, cientos de personas con sus ojos mutilados, torturas, vejámenes, abuso sexual de parte de la policía, es decir de un gobierno criminal y asesino, la CUT y el Bloque Social les pedían “negociar”. Iban en contra de la pelea de las calles para “que se vaya Piñera”.

Tras la huelga del 12N se quedaron completamente callados desde la CUT. De las movilizaciones se retiraron temprano, buscando dividir a las fuerzas de las y los trabajadores, a las fuerzas de la juventud. Ese día, en los sectores estratégicos donde tienen fuerza, no movieron un dedo para paralizar (por ejemplo, en el Metro, aeropuertos, minería, forestales, todas ellas “posiciones estratégicas” donde no movieron un dedo las centrales; en muchas de ellas dirigen junto a la burocracia sindical de la ex Concertación, del PS y la DC). Tampoco convocaron a instancias de base, sino a un “comité de huelga” completamente burocrático y por arriba, impidiendo que desde las bases, con asambleas en lugares de trabajo y calles, emergiera un nuevo poder de la clase trabajadora y nuevas instituciones que unifiquen a los trabajadores organizados (la minoría) con la gran mayoría de trabajadores no organizados y precarios.

El PC no tuvo un plan de lucha alternativo y de ruptura política con el pacto por la paz, y en ese momento sí había fuerza al menos para pelear en serio por una verdadera Asamblea Constituyente, descartando el sucedáneo que dio el gobierno. En lugar de eso, el PC –en boca de su presidente Guillermo Teillier-, planteó -el mismo 15 de noviembre cuando se firmó el pacto- que:

«Se ha logrado el plebiscito, se ha logrado que este plebiscito pregunte por el mecanismo que se va a usar para construir la nueva Constitución, eso es un paso adelante innegable […] Nosotros vamos a participar de todo el proceso, indudablemente, en el Parlamento, en la Cámara de Diputados, en la Comisión de Constitución, y después en todo el proceso que venga para adelante. La lucha no ha terminado, la lucha sigue. Esto tiene que darse en todos los ámbitos, no solo en la construcción de las condiciones para el plebiscito, sino también hay algo que queda pendiente y es muy importante, que estuvo en todas las manifestaciones de protesta, que es la situación de los trabajadores, los bajos salarios, las bajas pensiones, los problemas en salud, de adultos mayores».

En esta declaración de Teillier, una cuestión que llama la atención es que diga que “hay algo que queda pendiente” que “estuvo” presente en las manifestaciones, para referirse a las demandas sociales más urgentes. ¿Daba por hecho a tres días de la huelga general más importante en décadas que era imposible lograr esas demandas?

No vemos, en sus palabras, confianza en la fuerza de los trabajadores. Las energías, para Teillier, tenían que empezar a enfocarse en cómo participar del proceso constitucional tal cual se estaba dando:

«ningún comunista, ningún militante de partido de izquierda, pudiera sentirse fuera de esto, de no tener algo que ver (…) el movimiento social, las organizaciones de trabajadores, los que llevaron y obligaron al gobierno a tener que ceder absolutamente en sus posiciones, que en un comienzo no daba nada. Ahora el gobierno ha tenido que abrirse, y por eso es que se ha producido este avance».

De esa manera, el PC fue clave para que este Acuerdo se desarrollara e instalara el desvío institucional. Es falso que se obligó al gobierno “a tener que ceder absolutamente en sus posiciones”. Piñera, la primera semana de noviembre, hablaba de una “convención constituyente” como la de Bachelet, pues sabía que era una trampa. Aunque no le gustaba que fuera 100% electa, estaba llano a aceptar (sobre todo tras la huelga general del 12N) esta convención pero en el marco que quedaba todo el viejo régimen “intacto” (o sea, todas las instituciones de la transición pactada que había montado la dictadura en pie), es decir los “poderes constituidos” (senado, diputados, pode judicial, organismos autónomos como Tribunal Constitucional), que fueron quienes amarraron una convención que no puede tocar al viejo régimen y llena de trampas.

El PC hace esta lectura porque si bien no fue parte de la “cocina”, sí fue parte de la “tregua” para impedir que la movilización de masas y la huelga general desarrollara toda su fuerza y potencial, para ir más allá: que cayera Piñera y todo este régimen de la transición pactada (los poderes constituidos) y que abriera el camino a una Constituyente verdaderamente libre y soberana.

Volviendo a las definiciones de su Congreso: ahora pueden hablar de “asediar” la convención, o de movilización social, ¿pero por qué les vamos a creer si en los momentos más álgidos renunciaron a desarrollar el potencial de la rebelión popular?
Nosotros estamos lejos de aquellos que creen que hay un proceso casi ininterrumpido en ascenso, que seguimos en rebelión en ascenso. El 12N se abrió el inicio de una situación revolucionaria, que podría haber abierto un proceso revolucionario haciendo caer al gobierno y al régimen. Sin embargo esta situación fue bloqueada por las direcciones, donde el PC jugó un rol clave, cuyos objetivos eran conseguir una negociación, no que caiga el régimen y Piñera. Por eso, son otra pata del acuerdo de la cocina pese a que no hayan firmado directamente, mediante “la tregua” que permitió al régimen tomar la iniciativa para desactivar una situación revolucionaria.

Así, tras el Acuerdo la rebelión entró en una fase de reflujo y se abrió una nueva situación de desvío institucional, para generar ilusiones que una convención constitucional llena de trampas, que no es libre ni soberana, pueda emanar una nueva constitución al servicio de las mayorías trabajadoras. No obstante, la etapa pre-revolucionaria de tiempos largos abierta el 18 de octubre, está lejos de cerrarse.

El milagro que promete el PC: que la Convención se transforme en Asamblea Constituyente

Este punto nos lleva a otro problema clave en la argumentación del PC: El objetivo político que proponen: un verdadero milagro: transformar la Convención Constitucional en una verdadera Asamblea Constituyente, como citábamos al inicio de este artículo. Eso, para el PC, sería posible si los representantes del pueblo fuesen mayoría.

Pero ¿qué pasaría si la nueva Convención electa desconociera las restricciones del pacto por la paz? Ya es difícil creer que el PC se va a poner en desacato directo con la institucionalidad que actualmente rige, pero en el caso hipotético de que lo haga: si la Convención Constitucional se declara órgano soberano y capaz de regular sus propios quórums y con potestad para discutir sin restricciones todos los asuntos del país aprovechando la presión de la movilización social ¿acaso los grandes grupos económicos y la clase capitalista, el poder ejecutivo, sus fuerzas armadas, no “romperían” con esta Convención si ven peligrar sus intereses y posiciones de poder? ¿No buscarían declararla ilegítima y reprimir? ¿Qué haría el PC tras ese choque más “violento”? Por eso es fácil hablar para confundir, pues el PC trabajará respetando las reglas del régimen, nunca contra él.

Daniel Jadue, un tiempo atrás, cuando unos parlamentarios plantearon la posibilidad de adelantar las elecciones presidenciales, planteó que aquello era innecesarioporque «las fórmulas que están contenidas en esta Constitución dan para resolver ese problema, si alguien lo quisiera plantear así. Yo soy partidario de cumplir los procesos y cumplir los cronogramas».

El hecho de que la Convención Constitucional coexista con el actual Congreso odiado por el pueblo, con el poder judicial, que mantiene a cientos de presos encarcelados mientras los grandes burgueses hacen clase de ética (Penta) y están en total impunidad los violadores de DDHH en dictadura y en la rebelión y con los demás poderes “autónomos” como Banco Central, Contraloría, Tribunal Constitucional, no electos por nadie, designados por el régimen y que regulan enormes aspectos de la vida social, económica y política; hace dudar de que sea tan fácil -sobre todo después de haber jugado un papel desmovilizador en momentos álgidos- transformar la Convención en una verdadera Asamblea Constituyente como dice querer hacer el PC.

O sea, el PC actúa dentro de los límites de las reglas impuestas por el viejo régimen. Más bien con sus reglas, dentro de las elecciones. El viejo régimen buscara a través de la nueva Constitución imponer todas sus reglas para que no se toquen los resortes del país. Es para eso que se están presentando como candidatos, personajes como Marcela Cubillos o Felipe Harboe.

Principales definiciones programáticas del Congreso del PC

Examinemos ahora sus ideas programáticas: las políticas por las cuales plantean que hay que luchar.

Según el documento de resoluciones del XXVI Congreso, estaríamos frente a un momento de “ruptura democrática (…) que se caracteriza por un rechazo creciente de las mayorías nacionales al sistema dominante”.

En el documento, explican que:

«El pueblo chileno exige una democracia sin restricciones y tutelas, una democracia participativa, de carácter paritario, una democracia plurinacional y multicultural. Una democracia con soberanía nacional, orientada a la satisfacción de todos los derechos sociales, que reconozca en las y los trabajadores un sujeto de transformación social; se sustente en las organizaciones sociales, las comunidades y la acción colectiva».

A partir de esta definición, extraen una conclusión muy relevante en términos políticos: “constituye un desafío estratégico seguir trabajando para que la convención constituyente se convierta en una auténtica Asamblea Constituyente”. Este planteamiento responde también al hecho de que, para el Partido Comunista, la contradicción principal del periodo es entre “neoliberalismo y democracia”. Desde esa consideración concluyen que hay que posicionar una constitución que no sea “mínima o neutra”, sino “pensada para los derechos y la soberanía del pueblo”.

La realización de estas tareas de democratización, para el Partido Comunista no es lo mismo que realizar lo que denominan el “objetivo histórico, la meta fundamental en el horizonte”: “la construcción de una sociedad socialista, que será realidad cuando prevalezca la dignidad del trabajo sobre el capital”. Eso es harina de otro costal: es futuro.

Ya resulta llamativo como el PC llega a asumir que en una sociedad socialista van a perdurar el trabajo y el capital, pues, la base del socialismo es una socialización efectiva de los medios de producción, que suprime la base material para la existencia de las clases sociales y la propiedad privada de los medios de producción.

Durante el siglo XX, el PC defendió la bandera del “socialismo en un solo país”: una concepción con la cual Stalin y su fracción emprendieron una lucha contra las mejores tradiciones internacionalistas del bolchevismo, planteando la idea de que era posible avanzar al socialismo en Rusia mientras se coexistía con el capitalismo e imperialismo a nivel mundial. En Latinoamérica y Chile, el PC sostenía que era necesaria una revolución antiimperialista y antioligárquica, como etapa previa a las transformaciones socialistas. Se trataba de una farsa, pues para avanzar al socialismo era (y es) necesario que la clase trabajadora tome el poder en una serie de países, en particular en los países centrales más desarrollados. Reorganizar la producción rompiendo con los límites de la propiedad privada capitalista y utilizar las conquistas de la técnica para satisfacer las necesidades humanas y no para enriquecer a un puñado de capitalistas, es lo que permite iniciar una transición al socialismo que permite unificar las fuerzas productivas a escala global y pasar del “reino de la necesidad al reino de la libertad”, a una sociedad sin explotación ni opresión, en la que la desaparición de los antagonismos de clase, hace innecesaria también la existencia del Estado.

Cuando el PC define el socialismo como una especie de “dignidad del trabajo” en coexistencia con el capital, está omitiendo una de las ideas centrales de lo que es el socialismo según lo entendió el marxismo: una sociedad en la cual las tecnologías, los conocimientos científicos, la tradición artística, son patrimonio de toda la sociedad y no de una clase de privilegiada. En una sociedad así se podría repartir el trabajo que sea necesario realizar entre todas las manos disponibles y aplicar todas las conquistas de tecnologías como la robótica a los procesos de trabajo, reduciendo radicalmente la jornada laboral y generando condiciones para que las y los seres humanos realicemos todas nuestras potencialidades superando la parcelación que nos impone la sociedad capitalista, amarrándonos a realizar casi toda la vida una única función repetitiva. Se trata de una lucha por reducir la jornada de trabajo necesaria para la reproducción de la vida, y para que se desarrolle el “tiempo libre”, destinado al ocio y la creación humana. Sólo allí comenzará la verdadera “vida”, donde el trabajo “libre” y creador será despojado de la explotación del capital.

Como verán, se trata de una concepción de socialismo radicalmente distinta a la que sostiene el PC que incluso llega a ideas tan descabelladas como que en China habría algo así como un “socialismo con peculiaridades” cuando estamos hablando de una de las sociedades más desiguales del planeta, donde la fuerza de trabajo es una de las más baratas del mundo, donde hay jornadas de trabajo de 14 o 16 horas diarias y condiciones de trabajo que recuerdan las peores crónicas de la industria en el siglo XIX. En China, en las últimas décadas han surgido poderosos intereses capitalistas ligados al Estado, con proporciones “transnacionales”, intereses que ahora buscan apoderarse de zonas estratégicas claves de países semicoloniales y dependientes como el nuestro como lo podemos ver con el litio o la energía).

Es contrario al socialismo que dice defender el PC, la postura de que “debemos acelerar nuestros esfuerzos para incorporar en Chile, el rol de los nuevos actores cada vez más incidentes en flujos económicos mundiales, como es el caso de China.” Justamente en momentos donde, tras la decadencia de la hegemonía de EEUU, China aparece como una nación “en disputa” con el imperialismo norteamericano, no para “salvar al planeta del imperialismo” sino para aprovechar la crisis de EEUU y competir por el dominio del mercado mundial, disputa cada vez más acelerada e intensa, donde China busca penetrar rápidamente en países semicoloniales y dependientes usando los vacíos de la débil hegemonía yanqui. Con China, así como con EEUU antes, no se abren nuevas condiciones de “liberación” para Chile y América Latina, sino nuevas confrontaciones crecientes por el reparto del mundo y el saqueo de las materias primas.

Pero lo único llamativo no es la definición de socialismo que hace el PC. Lo más relevante es la separación tajante que realizan entre las tareas democráticas y el objetivo de superar el capitalismo.

Esta separación es una herencia histórica de la concepción clásica del Partido Comunista que defendía la postura de que había países maduros para la revolución socialista y otros “inmaduros” como el nuestro, donde había que realizar tareas “anti-oligárquicas y anti-feudales”, pero no anticapitalistas (es decir, de expropiación de los capitalistas). Todo el planeta fue dividido en países “inmaduros” para la revolución socialista y solo se plantearon tareas de “democratización social y política”, con crecientes alianzas con sectores burgueses “progresistas” para impulsar más “democracia”. En la actualidad hablan de un proyecto antineoliberal que logre una “democracia sin restricciones y tutelas, una democracia participativa, de carácter paritario, una democracia plurinacional y multicultural”, de “soberanía nacional”, “derechos sociales”, e incluso hablan de reconocer en “las y los trabajadores un sujeto de transformación social”. Creen posible un nuevo tipo de democracia que “se sustente en las organizaciones sociales, las comunidades y la acción colectiva”.

¿Pero cómo sería posible eso cuando los grandes grupos económicos y el capital financiero, las multinacionales que controlan los principales resortes estratégicos de la economía y la sociedad, el personal político neoliberal y las fuerzas represivas del Estado dan sobradas muestras de que día tras día niegan cualquier ejercicio soberano de la democracia a las grandes masas populares? ¿No tenemos múltiples muestras de que los grupos que basan el crecimiento de sus riquezas en el extractivismo y la exportación primaria niegan día tras día cualquier posibilidad de democracia, si ésta atenta en contra de sus privilegios?

El PC no lo responde. Por esa razón elude también referirse a las experiencias de una serie de gobiernos que en Latinoamérica han ensayado un proyecto similar al que están proponiendo para Chile. ¿En qué “modelo” se apoyan? ¿Será el “peronismo” argentino que hace poco protagonizó, estando en el gobierno, uno de los más brutales desalojos a pobladores sin tierra, el mismo gobierno que pactó ajustes brutales junto al neoliberal FMI? ¿Será acaso el gobierno que hizo Correa en Ecuador, que “dolarizó” la economía y reprimió a las organizaciones sociales? ¿Será el gobierno de Maduro, que sostiene un régimen basado en una casta burocrático-militar, que de manera cada vez más abierta reprime toda muestra de descontento y protesta frente a la catástrofe social y económica, mancillando el nombre del socialismo? ¿Será acaso un Lula que co-gobernó con la derecha, abriéndole el camino a un golpe que incluso a él mismo lo metió en cárcel y proscribió su candidatura?

Estos gobiernos llamados “pos-neoliberales”, al no basarse en una política claramente anticapitalista y al pretender reemplazar la acción directa de las masas trabajadoras con la acción del Estado terminaron administrando el capitalismo y fueron incapaces de romper con la subordinación al imperialismo (cuyas multinacionales las economías nacionales en nuestro continente).

Sin embargo, no hay un muro que separe tajantemente la pelea por las tareas democráticas-estructurales irresueltas (romper con la injerencia imperialista en el país y el saqueo de recursos naturales, o terminar con la opresión al pueblo mapuche), con las medidas de carácter anticapitalista (expropiación de los expropiadores). Más bien al contrario, la única forma de realizar o resolver íntegra y efectivamente las tareas democrático-estructurales planteadas en nuestro país, es mediante la revolución de las y los trabajadores que ponga el poder en sus manos, lo que planteará la combinación de esas medidas democráticas con las de carácter anticapitalista. Dicho de otro modo: no habrá liberación frente al imperialismo si no se liquida el poder de las multinacionales que saquen los recursos; no habrá real derecho a la auto-determinación del pueblo mapuche (lo que implica su derecho a separarse del territorio chileno si así lo desean, con sus tierras ancestrales incluidas) sin expropiar a las grandes forestales y al viejo coloniaje empresarial. Y es que sólo con la fuerza de la clase trabajadora y los métodos de la lucha de clase es posible conseguir estos objetivos, porque el empresariado nacional durante la rebelión se ha demostrado, una vez más, como la guardiana de los negocios del imperialismo y las multinacionales, buscando reprimir e imponer el orden para no espantar las inversiones.

La realización de una “democracia sin restricciones” no pasa por posponer para un futuro indeterminado las tareas socialistas y ahora tratar de dar pequeños pasos en una etapa previa, sino por desarrollar la autoorganización de la clase trabajadora y un programa que partiendo de la movilización por las tareas y necesidades más inmediatas, las ligue a un programa de carácter transicional en la perspectiva del poder de las y los trabajadores y la ruptura con el capitalismo, única posibilidad de realizar íntegra y efectivamente las tareas planteadas en el país. La autoorganización puede ser la base de un gobierno en el que seamos millones deliberando y decidiendo sobre los destinos del país y no un puñado selecto que accede a las instituciones del Estado capitalista actual y a los directorios de las multinacionales y grandes empresas que toman decisiones que impactan en la vida de millones de seres humanos.

Para nosotros sólo esa democracia, una democracia de las y los trabajadores, es la que puede garantizar las transformaciones que necesitamos para superar la miseria a la que nos condena el capitalismo. Por eso en el presente, luchar por trabajo no precario, sueldos y pensiones dignas; luchar por salud y educación pública gratuita y de calidad; luchar por el derecho a la autodeterminación del pueblo mapuche, entre otras medidas; todo eso puede triunfar si se liga a un programa que cuestione la propiedad privada de los capitalistas, de los grandes recursos forestales, mineros, portuarios, etc., la energía, el agua o los grandes servicios, que están en manos de corporaciones multinacionales y grandes empresas nacionales.

Esto es algo que el Partido Comunista calla y es un secreto escondido bajo siete llaves. Nosotros, en cambio, mientras luchamos hasta por la mínima demanda que tenga fuerza vital, decimos claramente no sólo que la podremos conquistar en base a la movilización de la clase trabajadora y no en base a la colaboración con “progresistas” liberales: además, ligamos esa pelea a la lucha por un programa anticapitalista que termine con el saqueo de las mutlinacionales y grandes empresas, y ponga las riquezas y los recursos estratégicos del país en manos y al servicio de los trabajadores y todo el pueblo, y ya no del saqueo. El control y la gestión obrera es una pelea preparatoria para que sea la propia clase trabajadora, quien administre esos recursos y pueda encabezar un gobierno que tendrá la tarea de transitar hacia el socialismo en comunión con la clase trabajadora internacional. Es una ilusión pensar que podremos resolver las tareas planteadas en Chile sin enfrentar los “poderes reales” que verdaderamente gobiernan el país (los “poderes fácticos” detrás de los representantes de Chile Vamos y la vieja Concertación) y quienes buscarán impedir con todo el cuestionamiento a la propiedad privada de sus grandes medios de producción y distribución.

Esto más aún en momentos de crisis económica, donde son justamente los capitalistas quienes atacan hasta los mínimos derechos para aumentar sus ganancias, redoblando sus cadenas sobre el pueblo trabajador.

Una alternativa de izquierda revolucionaria

Para nosotros se trata de imponer una verdadera Asamblea Constituyente Libre y Soberana echando abajo el gobierno de Piñera y todo este régimen a través de un proceso de movilización creciente que culmine en una huelga general. En esa perspectiva presentamos una lista de trabajadoras y trabajadores revolucionarios para la Convención, no para sembrar la ilusión de que podremos realizar un milagro político como plantea el PC, convirtiendo la Convención en AC, sino para contribuir al desarrollo de las luchas por fuera de la misma convención, a la organización de trabajadoras y trabajadores, a la lucha extraparlamentaria, a la movilización por la libertad de los presos políticos y contra la agenda represiva del gobierno, preparando el camino para una huelga general revolucionaria que permita imponer la convocatoria a una real Asamblea Constituyente: en la que los mayores de 14 puedan votar y -por qué no- tengan representantes, en la que se pueda discutir todo, incluyendo la propiedad de los recursos estratégicos -sin que los inversionistas trasnacionales nos impongan el respeto sagrado a los tratados internacionales.
A diferencia del PC el 15N de 2019, nosotros denunciamos la trampa que se estaba gestando. Luchamos por la caída del gobierno de Piñera a través de la huelga general, lo que incluso significó persecución política a nuestro compañero Dauno Tótoro. Nosotros estábamos por echar abajo la obra de la dictadura, con las organizaciones de trabajadores y sectores populares convocando en ese momento a una verdadera Asamblea Constituyente Libre y Soberana para discutir todo. Pero tempranamente el PC llamó avance lo que en realidad era un desvío del proceso: el proceso de la cocina.

Aun con este balance crítico, reconocemos que hoy son millones de trabajadores quienes confían en que las grandes transformaciones las vamos a realizar a través de la Convención. Es un proceso que acompañamos. Por eso presentamos candidaturas. Pero vamos más allá de una simple elección electoral. Una de las razones de nuestra intervención en las elecciones y el proceso constitucional con la lista de trabajadoras y trabajadores revolucionarios, es que queremos llegar a millones de personas con un programa anticapitalista y socialista, para prepararnos para la ardua tarea que tenemos por delante enfrentando el poder de los dueños de Chile, lo que sólo podremos hacer a través de la huelga general y los métodos revolucionarios. Desde ya que para nosotros esta preparación va de la mano con una lucha política con el PC que termina siendo un obstáculo para el desarrollo de la clase trabajadora como sujeto político. Es esa preparación política y un arraigo profundo en la clase trabajadora y en sus luchas, lo que preparará y formará partido revolucionario de la clase trabajadora: el partido que podrá dar las batallas que nos llevarán a que gobiernen los trabajadores y a romper con esta sociedad capitalista en la que las ganancias empresariales importan más que nuestras vidas. Desde el PTR buscamos contribuir a esta perspectiva.

(Tomado de Izquierda Diario)

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