Alienación y sociedad

por Alan Woods

Mientras revisaba los artículos del presente número, me sorprendió que uno de los hilos comunes que los recorren es la alienación. Como no hemos tratado este tema con detalle en ediciones anteriores, he decidido convertirlo en el tema de este editorial.

Margaret Thatcher dijo en una ocasión: “La sociedad no existe”. Pero cuando Aristóteles dijo que el hombre es un animal político, quiso decir: el hombre es un animal social.

El filósofo existencialista jean-Paul Sartre dijo: “El infierno son los otros” (L’enfer, c’ est les autres). Esa idea puede atraerte si tu vecino ruidoso está haciendo una fiesta a las tres de la mañana. Pero si el infierno es otra gente, entonces tendríamos que añadir que el cielo también es otra gente, ya que somos lo que somos en y a través de otra gente y no podemos existir como individuos aislados.

Hegel, que, a diferencia de Sartre, era un filósofo serio, señaló que la riqueza del carácter de una persona es la riqueza de sus conexiones.

Nuestra vida personal, nuestras ideas, nuestras pasiones, nuestros amores y odios –en una palabra, los fundamentos psicológicos de la vida misma– están determinados por nuestras interacciones sociales; es decir, precisamente a través de otras personas. Una persona que está abandonada en una isla desierta o recluida durante muchos años en confinamiento solitario vería su capacidad de pensar y comunicarse gravemente deteriorada.

Este hecho evidente tiene sus raíces en toda la historia de la humanidad desde los primeros tiempos. La clave de todo desarrollo humano (incluido el pensamiento y el habla) es la actividad social, que tiene sus raíces en el trabajo colectivo.

El capitalismo tiende a aislar, atomizar y alienar a las personas, a quienes se les enseña a verse a sí mismas sólo como “individuos”. Pero esta noción, aunque profundamente arraigada, no tiene ninguna base ni en la ciencia ni en la historia.

De la naturaleza humana 

Al intentar refutar los argumentos de los marxistas, los defensores del statu quo a menudo argumentan que la noción de una sociedad igualitaria es contraria a la naturaleza humana, que, según ellos, es inherentemente egoísta.

Este argumento no es sólo infantil, sino que carece de base científica. Ahora sabemos cómo se desarrolló la conciencia humana en términos evolutivos.

Según los últimos hallazgos, nuestra especie, el Homo Sapiens, tiene al menos 300.000 años de antigüedad. Durante la gran mayoría de ese período, los hombres y las mujeres vivían en grupos de cazadores-recolectores donde no existía la propiedad privada más allá de las posesiones personales, y este estado de cosas se consideraba perfectamente natural.

Los antropólogos que han estudiado y vivido con algunos de los pocos grupos de cazadores-recolectores que quedan en el mundo han observado que son altamente igualitarios. Al igual que nuestros primeros antepasados, muchos no almacenan alimentos, sino que los consumen poco después de obtenerlos. No acumulan propiedades, comparten recursos y no tienen una estructura jerárquica de poder.

Esto crea naturalmente una psicología en la que las personas no sienten la necesidad ni el deseo de competir u oprimir a los demás, al menos dentro de su propia comunidad. De hecho, cualquier manifestación de tales tendencias antinaturales se encontraría con la reprobación más severa.

El célebre antropólogo Richard Lee hizo un estudio exhaustivo del pueblo !Kung que en ese momento vivía en pequeñas bandas de cazadores-recolectores en el borde occidental del desierto de Kalahari. Comentando sobre sus hallazgos, Richard Leakey escribe:

“En la misma línea que la ética de compartir deviene un sorprendente grado de igualitarismo. Los !Kung no tienen jefes ni líderes».1

Cuando se les preguntó si no tenían un jefe, expresaron sorpresa y respondieron: «Por supuesto, tenemos jefes», respondió uno. «De hecho, todos somos jefes; ¡cada uno de nosotros es un jefe de sí mismo!»2 Evidentemente, consideraron la pregunta como una gran broma.

El énfasis en la igualdad exige que se observen ciertos rituales cuando un cazador exitoso regresa al campamento. El objetivo de estos rituales es minimizar el evento para desalentar la arrogancia y la presunción: «El comportamiento correcto para el cazador exitoso», explica Lee, «es la modestia y la subestimación».3

Un hombre !Kung, Gaugo, lo describió de esta manera: “Digamos que un hombre ha estado cazando. No debe volver a casa y anunciar como un fanfarrón: ‘¡He matado a uno grande en el monte!’ Primero debe sentarse en silencio hasta que yo u otro se acerque a su fuego y le pregunte: ‘¿Qué viste hoy?’ Él responde en voz baja: «Ah, no soy bueno para la caza. No vi nada de nada… Tal vez sólo una presa pequeñita». Entonces me sonrío a mí mismo porque ahora sé que ha matado algo grande. Cuanto más grande es la pieza de caza, más se minimiza».4

No somos idealistas y no tenemos una visión sentimental o idealizada de la vida de nuestros primeros antepasados. Y, sin embargo, cuán noble y profundamente conmovedora es la modesta conducta del joven cazador en presencia de sus mayores, en comparación con el repugnante egoísmo y la fanfarronería de nuestros propios tiempos “civilizados”.

Alienación y religión 

Por supuesto, había otro lado más negativo en la sociedad primitiva. Las vidas de nuestros primeros antepasados estaban dominadas por un mundo aterrador en el que las fuerzas de la naturaleza, que aún no podían entenderse, tomaban la forma de espíritus invisibles. Para pacificarlos y evitar ser dañados por ellos, se consideraba necesario practicar rituales y hacer sacrificios.

De esta manera, los hombres y las mujeres por primera vez se subordinaron a fuerzas invisibles más allá de su control, y en el proceso, les dieron formas humanas o semi-humanas. La primera forma de alienación es la religión.

El mundo de la religión es un mundo mistificado, una impresión distorsionada de la realidad. Pero, como todas las ideas, estas nociones tienen su origen en el mundo real. Además, son una expresión de las contradicciones de la sociedad misma. Este hecho es muy claro en las religiones más antiguas.

En este extraño mundo de espíritus, todas las relaciones están boca abajo. Un hombre crea un ídolo con sus propias manos y luego se postra ante él. El sujeto se convierte en objeto y viceversa.

Propiedad privada 

Para la mente de los cazadores-recolectores, la propiedad privada de la tierra era algo absolutamente inconcebible. La tierra era vista como un regalo sagrado de la naturaleza para ser compartido por todos. Pero con el advenimiento de la propiedad privada, la sociedad se dividió entre ricos y pobres, los que tenían y los que no.

En su libro The Human Species, Anthony Burnett contrasta el comportamiento territorial de los animales con la propiedad de las personas. Entre los animales:

«Los territorios se mantienen mediante señales formales, comunes a toda una especie. Cada adulto o grupo de cada especie posee un territorio. El hombre no muestra tal uniformidad: incluso dentro de una sola comunidad, vastas áreas pueden ser propiedad de una persona, mientras que otras no tienen ninguna.

Y concluye:

“El hombre no tiene, de hecho, más ‘instinto de propiedad’ que ‘instinto de robar’”.5

El gran cambio vino con lo que Gordon Childe llamó la Revolución Neolítica: la transición de un modo de existencia cazador-recolector a la agricultura sedentaria, que finalmente produjo la propiedad privada de la tierra, de los animales y otros recursos.

Lejos de ser algo que surgió inevitablemente de una tendencia inherente al egoísmo, esto fue un trastorno violento en la vida y la conciencia de las personas. Por primera vez, el espíritu de egoísmo y competencia comenzó a emerger de los restos de las viejas relaciones y moralidad comunistas. Aquí encontramos las auténticas raíces de la alienación.

¿Qué es la alienación? 

Los fundadores del socialismo científico explicaron que la alienación era la expresión de contradicciones reales en la sociedad que surgieron en una etapa definida de su desarrollo histórico. Cuando el trabajo humano, que a su vez se reduce al trabajo abstracto y se fetichiza como dinero, se convierte en monopolio de una minoría, se presenta como una cosa extraña, un poder que está por encima de la sociedad.

En los Manuscritos económicos y filosóficos de 1844, Marx establece un paralelo entre la alienación religiosa y la alienación del trabajador de su propio trabajo:

«Cuanto más pone el hombre en Dios, tanto memos guarda en sí mismo. El trabajador pone su vida en el objeto pero a partir de entonces ya no se pertenece a él, sino al objeto. Cuanto mayor es la actividad, tanto más carece de objetos el trabajador. Lo que es el producto de su trabajo, no lo es él. Cuanto mayor es, pues, este producto, tanto más insignificante es el trabajador».6

La propiedad privada es la verdadera fuente de alienación social. Pero es sólo bajo el capitalismo que la alienación adquiere su expresión más completa y definitiva. Y el capitalismo es cualitativamente diferente de los modos anteriores de explotación.

En todas las sociedades clasistas anteriores existía la explotación del trabajo, pero era abierta, palpable, no disimulada. En la sociedad esclavista, el esclavo se reducía simplemente a un objeto (instrumentum vocale).

Bajo el feudalismo, el siervo tenía que entregar al señor un cierto porcentaje del producto de su trabajo. La explotación era evidente para todos. Pero en el capitalismo, la explotación se lleva a cabo de una forma disfrazada. El trabajador es formalmente libre y «voluntariamente» vende su capacidad de trabajar por un salario. Él o ella no está formalmente esclavizado ni es propiedad del patrón. Pero en realidad, los trabajadores están esclavizados a la clase capitalista en su conjunto.

La hipocresía, por lo tanto, reside en el mismo corazón del sistema, donde todas las relaciones sociales se invierten y se convierten en su opuesto. El dinero, una cosa inerte y sin vida, adquiere todos los atributos de un ser vivo. Durante una crisis financiera, se nos informa diariamente sobre el estado de salud de la libra esterlina (“La libra se recuperó un poco hoy”…), como si uno estuviera hablando de una persona muy querida que está enferma en una cama de hospital.

Por otro lado, se dice que un hombre tiene “un valor de mil millones de dólares”, reduciéndole así a la condición de una mercancía sin vida. En este punto, la alienación alcanza sus formas más grotescas e inhumanas. Y el trabajo –la actividad vital del individuo– se convierte en un accidente, algo externo a él: un medio para un fin, no un fin en sí mismo.

El Dios del Capital 

El Dios de la sociedad capitalista es Mammón. Su adoración es la adoración de las cosas y de las relaciones entre las cosas, en lugar de las personas. Este Ser todopoderoso, que todo lo ve, tiene sus templos, que se llaman Bolsas de Valores, y sus Sumos Sacerdotes con sus rituales y encantamientos. Adquiere los poderes mágicos de un Dios invisible que está por encima de la sociedad y penetra en cada uno de sus poros.

Pero los hombres y las mujeres son ignorantes de esta relación. Está envuelto en el misterio, y como en todas las otras religiones, este Dios cruel nunca revela su verdadero rostro, sino que se manifiesta en mil y un falsos disfraces. Este Gran Dios, ante el cual todos deben postrarse, puede realizar milagros, al lado de los cuales los de la Biblia palidecen en insignificancia, lo que Marx explica de la siguiente manera:

«Lo que mediante el dinero es para mí, lo que puedo pagar, es decir, lo que el dinero puede comprar, eso soy yo, el poseedor del dinero mismo. Mi fuerza es tan grande como lo sea la fuerza del dinero. Las cualidades del dinero son mis —de su poseedor— cualidades y fuerzas esenciales. Lo que soy y lo que puedo no están determinados en modo alguno por mi individualidad. Soy feo, pero puedo comprarme la mujer más bella. Luego no soy feo, pues el efecto de la fealdad, su fuerza ahuyentadora, es aniquilada por el dinero.

Según mi individualidad soy tullido, pero el dinero me procura veinticuatro pies, luego no soy tullido; soy un hombre malo y sin honor, sin conciencia y sin ingenio, pero se honra al dinero, luego también a su poseedor. El dinero es el bien supremo, luego es bueno su poseedor; el dinero me evita, además, la molestia de ser deshonesto, luego se presume que soy honesto; soy estúpido, pero el dinero es el verdadero espíritu de todas las cosas, ¿cómo podría carecer de ingenio su poseedor?

Él puede, por lo demás, comprarse gentes ingeniosas, ¿y no es quien tiene poder sobre las personas inteligentes más talentoso que el talentoso? ¿Es que no poseo yo, que mediante el dinero puedo todo lo que el corazón humano ansia, todos los poderes humanos? ¿Acaso no transforma mi dinero todas mis carencias en su contrario?»7

La única solución 

En una sociedad en la que la extracción de plusvalía es la única motivación para la vida económica, la codicia se eleva como la virtud más alta. Su moralidad es la de la selva, en la que los fuertes devoran a los débiles y los débiles perecen. Su cultura de codicia, avaricia y egoísmo engendra indiferencia hacia el sufrimiento humano.

El trato inhumano de las mujeres, los ancianos y los niños indefensos sería impensable en las sociedades que ahora describimos como «salvajes». Pero estas monstruosidades se han vuelto tan normales que se atribuyen rutinariamente a la «naturaleza humana».

Eso es una calumnia monstruosa contra la raza humana.

No es la naturaleza humana, sino un sistema monstruoso e inhumano que paraliza a hombres y mujeres física, mental y espiritualmente, los retuerce y distorsiona más allá de todo reconocimiento, fomentando la competencia y la división para perpetuar la dictadura de una pequeña minoría obscenamente rica de parásitos.

El punto de vista del burgués es egoísta por su propia naturaleza. Pero con la clase trabajadora las cosas son muy diferentes. Los trabajadores están obligados a cooperar en el trabajo colectivo, en la línea de producción, donde el modo de producción es social, no individual.

La conciencia del trabajador es, por lo tanto, naturalmente colectiva. Las armas de la lucha de la clase obrera son de carácter colectivo: la huelga, la huelga general, la asamblea de masas y las manifestaciones de masas. El individualismo es el sello distintivo de un rompehuelgas que coloca sus propios intereses egoístas por encima de los de sus compañeros de trabajo.

Es por eso que la prensa capitalista siempre elogia el «coraje» del esquirol, que supuestamente defiende «la libertad del individuo», mientras que para el resto de su clase, el rompehuelgas es la forma más baja de vida animal.

La continuación de este sistema senil y decrépito constituye la amenaza más grave para el futuro de la civilización humana –posiblemente, para el futuro de la propia raza humana–.

Pero el sistema capitalista no tiene ningún deseo de morir. Se aferra desesperadamente a la vida y se resiste a todos los esfuerzos para derrocarlo, utilizando una mezcla de violencia y astucia. En lugar de admitir que está condenado, está dispuesto a arrastrar a toda la raza humana consigo al abismo.

El marxismo tiene el deber de proporcionar una alternativa integral a los modos de pensamiento viejos y obsoletos. Ante la ideología podrida de la burguesía, levanta audazmente la bandera de una nueva filosofía: la filosofía de la revolución.

Junto con una nueva concepción revolucionaria del mundo, necesitamos una nueva moral, una moral proletaria. Y en la bandera de esta moral de clase revolucionaria está inscrito su primer mandamiento: Es moral y progresista lo que tiende a elevar la conciencia de clase del proletariado; es inmoral y reaccionario lo que tiende a rebajarla o retrasarla.

Desde ese punto de vista, todas las falsas teorías expuestas por el llamado posmodernismo juegan un papel completamente contrarrevolucionario. Se esfuerzan desesperadamente por confundir y dividir a los trabajadores con las “políticas de identidad”, que sirven para atomizar a la clase obrera y erradicar su conciencia de clase.

Lenin explicó que la lucha contra la clase dominante no puede detenerse en las fábricas, las calles, el parlamento y los consejos municipales. También debemos llevar a cabo la batalla en el terreno ideológico, donde la influencia de la burguesía no es menos perniciosa y dañina por estar oculta bajo el disfraz de una falsa imparcialidad y una objetividad superficial.

El sistema capitalista ha agotado cualquier papel progresista que pueda haber desempeñado en el pasado. Desde hace mucho tiempo ha sobrevivido a su razón de existir y se encuentra en un estado de decadencia senil avanzada. De hecho, está tan podrido que ha comenzado a apestar.

Sin embargo, contrariamente a aquellos que afirman que no existe el progreso y que un sistema social es tan bueno (o malo) como otro, la historia de diez mil años no ha pasado en vano. A través del desarrollo de las fuerzas productivas, se ha establecido la base material para el establecimiento del comunismo genuino, basado no en la escasez universal sino en la superabundancia.

Sólo el comunismo puede proporcionar las condiciones para un mundo basado en relaciones genuinamente humanas, genuina igualdad entre hombres y mujeres. Será el salto gigante de la humanidad desde el reino de la Necesidad al reino de la Libertad.

1 R E Leakey, The Making of Mankind, Abacus, 1982, pág. 107

Ibídem.

Ibídem.

Ibídem.

5 A Burnett, The Human Species, Penguin Books, 1961, pág. 142

6 K Marx, Manuscritos económicos y filosóficos de 1844, MIA, enero de 2001

ibid.

(Fuente: Lucha de Clases)

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