por Gustavo Burgos
La reciente nota de Michael Roberts publicada en estas páginas, “La inteligencia artificial y la restauración de la rentabilidad capitalista contra el salario”, tiene el mérito de volver a situar la cuestión tecnológica en el centro del debate marxista. Roberts insiste en una tesis correcta: la inteligencia artificial no representa una salida histórica a las contradicciones del capitalismo, sino una nueva forma de la ofensiva del capital contra el trabajo. La automatización, la robotización y los grandes modelos de lenguaje permiten elevar la productividad, reducir costos laborales y aumentar temporalmente la rentabilidad de determinadas empresas.
Sin embargo, el problema comienza precisamente allí donde termina el análisis de Roberts: en las consecuencias históricas de ese proceso cuando alcanza una escala masiva. La cuestión no es si la inteligencia artificial puede elevar la rentabilidad de determinadas ramas o incluso de economías nacionales durante un período. Eso es evidente. Lo hizo la máquina de vapor, lo hizo la electricidad, lo hizo la informática y lo hace hoy la IA. La cuestión es otra: ¿qué ocurre cuando el trabajo humano, única fuente creadora de valor, comienza a ser desplazado sistemáticamente del proceso productivo?
En este punto la discusión deja de ser una cuestión coyuntural sobre ganancias y salarios para convertirse en un problema estratégico acerca de la supervivencia misma de la economía capitalista.
En la concepción marxista, el capital no obtiene ganancias de las máquinas. Obtiene ganancias del trabajo humano. Las máquinas pueden transferir valor al producto final, pero no crean nuevo valor. Esta afirmación, que durante décadas pareció una discusión académica, adquiere hoy una importancia decisiva. La inteligencia artificial constituye el primer salto tecnológico capaz de desplazar no sólo trabajo físico sino también funciones intelectuales, administrativas, comerciales e incluso creativas. En otras palabras, amenaza con reducir precisamente aquello de lo que vive el capital: el trabajo vivo.
Roberts reconoce esta contradicción. Lo ha hecho durante décadas con total claridad. Pero su análisis suele detenerse en el movimiento cíclico de la tasa de ganancia. La automatización contemporánea plantea un problema cualitativamente distinto. No estamos frente a una nueva fase de mecanización semejante a las anteriores. Estamos ante tecnologías capaces de sustituir funciones intelectuales, administrativas, comerciales, logísticas e incluso creativas que hasta hace pocos años eran consideradas patrimonio exclusivo del trabajo humano.
La diferencia histórica es enorme. Durante la Revolución Industrial las máquinas desplazaban obreros en determinadas ramas mientras la expansión del mercado absorbía nuevos contingentes laborales en otras actividades. El capitalismo destruía empleos pero creaba otros. Hoy asistimos a un fenómeno diferente. La inteligencia artificial amenaza simultáneamente empleos industriales, administrativos, profesionales y de servicios. El capital continúa expulsando trabajadores, pero encuentra cada vez menos espacios donde reabsorberlos.
Aquí emerge una contradicción extraordinaria. Cada capitalista individual tiene incentivos irresistibles para reemplazar trabajadores por sistemas automatizados. Quien no lo haga será derrotado por sus competidores. Pero cuando todos actúan de la misma manera, el resultado agregado comienza a socavar las condiciones generales de valorización del sistema. Lo que aparece como una ventaja desde el punto de vista de la empresa individual se transforma en una amenaza desde el punto de vista del capital social global. La discusión ya no gira entonces en torno a la tasa de explotación ni siquiera en torno a la tasa de ganancia. La cuestión pasa a ser la propia existencia de una masa suficiente de trabajo vivo capaz de sostener la producción de valor.
Marx sostuvo que el capital vive de una contradicción permanente. Necesita aumentar la productividad mediante la incorporación de maquinaria para derrotar a sus competidores. Pero al hacerlo reemplaza trabajo vivo por trabajo muerto. Y como solamente el trabajo vivo crea nuevo valor, cada avance tecnológico contiene una tendencia autodestructiva. La misma fuerza que incrementa la productividad erosiona la fuente de la ganancia.
En Chile esta contradicción adquiere una forma particularmente aguda. La nuestra es una economía dependiente, exportadora de materias primas y caracterizada por una productividad históricamente baja. La automatización no aparece aquí como resultado de una expansión industrial nacional sino como importación de tecnologías desarrolladas en los grandes centros imperialistas. Por eso la robotización no fortalece una base productiva propia. Simplemente destruye empleo, reduce salarios y concentra riqueza. El resultado es una masa creciente de trabajadores sobrantes para las necesidades de acumulación del capital.
La paradoja es evidente. Cada robot puede resultar rentable para una empresa individual. Cada sistema de inteligencia artificial puede mejorar la posición competitiva de un banco, un supermercado o una minera. Pero cuando ese mismo proceso se generaliza aparece una contradicción social de escala superior: disminuye la masa salarial, se reduce la capacidad de consumo y se estrecha la producción de valor sobre la cual descansa toda la economía. La automatización aparece entonces como una solución para cada capitalista individual y como un problema para el capital en su conjunto.
Aquí emerge una diferencia importante con Roberts. Su análisis enfatiza la capacidad de la IA para restaurar temporalmente la rentabilidad mediante el aumento de la explotación y la reducción de costos laborales. Eso es cierto. Pero el problema histórico no es la restauración temporal de la rentabilidad sino la tendencia secular hacia la destrucción de la propia sustancia del valor. La economía capitalista no puede existir sin trabajo humano explotado. Puede existir con menos trabajadores. Puede existir con salarios reducidos. Puede existir con enormes masas de desempleados. Pero no puede existir si la producción deja de depender fundamentalmente del trabajo vivo.
Una fábrica completamente automatizada produce mercancías. Puede producir incluso millones de mercancías. Pero desde el punto de vista de la teoría marxista del valor no produce nuevo valor. Solamente transfiere al producto el valor previamente incorporado en las máquinas. El sueño tecnológico del capital contiene así una contradicción terminal: cuanto más exitoso es en la eliminación del trabajo humano, más socava el fundamento económico de su propia existencia.
No estamos afirmando que el capitalismo vaya a colapsar mañana. Nada más alejado al marxismo que el catastrofismo idealista. Tampoco que la inteligencia artificial provocará automáticamente el derrumbe del sistema. La historia nunca funciona de manera mecánica. Lo que sostenemos es que la automatización acelera tendencias que empujan hacia una crisis estructural cada vez más profunda. Incluso Michael Roberts ha señalado reiteradamente que el incremento de la composición orgánica del capital tiende a reducir la rentabilidad y generar crisis recurrentes.
La pregunta decisiva en este punto es política. Si la inteligencia artificial permite producir una abundancia material sin precedentes, ¿por qué la humanidad debería aceptar que esa abundancia continúe organizada bajo la forma de la ganancia privada? Si los robots y los algoritmos reducen la necesidad social de trabajo, ¿por qué la consecuencia debe ser el desempleo masivo y no la reducción radical de la jornada laboral? La respuesta es simple. Porque los medios de producción siguen siendo propiedad privada. La contradicción fundamental no se encuentra entre trabajadores y máquinas. Se encuentra entre las enormes posibilidades liberadoras de la tecnología moderna y las relaciones capitalistas que la subordinan a la acumulación de ganancias.
Por eso el problema de la inteligencia artificial no es tecnológico sino político. El conflicto decisivo no será entre humanos y robots. Esto no es Terminator, aunque la película es estupenda. Será entre una sociedad organizada para satisfacer necesidades humanas y un sistema que sólo reconoce como racional aquello que produce rentabilidad. La automatización anuncia una época extraordinaria. Puede abrir las puertas a una civilización basada en el tiempo libre, el conocimiento compartido y la planificación democrática de la economía. Pero bajo el capitalismo anuncia algo muy distinto: desempleo estructural, precarización masiva, concentración extrema de riqueza y crisis cada vez más profundas.
La inteligencia artificial no resolverá las contradicciones del capitalismo. Las llevará hasta sus últimas consecuencias. Y precisamente por eso la cuestión del socialismo vuelve a aparecer no como una aspiración moral ni como una utopía distante, sino como la única respuesta racional al desarrollo alcanzado por las fuerzas productivas de nuestro tiempo. Cuando una empresa reemplaza trabajadores por sistemas automatizados obtiene una ventaja competitiva inmediata. Produce más rápido, reduce salarios, disminuye costos y puede aumentar sus beneficios. Pero lo que aparece como una ventaja para cada capitalista individual se transforma en una contradicción para el sistema en su conjunto. Si la automatización se generaliza, la proporción de trabajo vivo incorporada a la producción disminuye de manera constante. La masa de valor nuevo creada por la sociedad comienza entonces a crecer más lentamente que la capacidad material de producir mercancías.
La paradoja histórica consiste en que el capitalismo desarrolla fuerzas productivas capaces de generar una abundancia material sin precedentes mientras deteriora simultáneamente la fuente económica que convierte esa producción en valor realizable. El resultado es una divergencia creciente entre riqueza física y riqueza capitalista. La sociedad puede producir cada vez más bienes, servicios e información con cada vez menos trabajo humano, pero precisamente por ello disminuye la base sobre la cual se originan la plusvalía y la ganancia.
Durante dos siglos esta contradicción fue compensada por la expansión geográfica del capitalismo, la incorporación de nuevas masas de trabajadores al mercado mundial, el crédito, la financiarización y la apertura de nuevas ramas productivas. Sin embargo, la inteligencia artificial plantea un escenario diferente. Por primera vez la automatización amenaza simultáneamente amplios sectores del trabajo manual, administrativo, intelectual y creativo. La expansión del capital ya no encuentra con la misma facilidad nuevos reservorios de trabajo vivo capaces de compensar la destrucción de los antiguos.
Esto permite anticipar algunas características fundamentales de la nueva forma de crisis que emerge en el horizonte.
La primera será una crisis de valorización más que una crisis de producción. El capitalismo del siglo XIX enfrentaba periódicamente escasez relativa de capacidad productiva. El capitalismo de la inteligencia artificial enfrentará el problema inverso: una capacidad productiva gigantesca que encuentra crecientes dificultades para transformarse en ganancia. El problema central dejará de ser cómo producir más mercancías y pasará a ser cómo realizar valor suficiente para justificar nuevas inversiones.
Esto se expresará dominantemente como una separación creciente entre los mercados financieros y la economía real. Si la producción de valor avanza más lentamente que la acumulación de capital monetario, una parte cada vez mayor de la riqueza buscará refugio en activos financieros, monopolios tecnológicos, patentes, datos y formas especulativas de apropiación. La hipertrofia financiera dejará de ser un fenómeno coyuntural para convertirse en una necesidad estructural del sistema.
La segunda y fundamental será la aparición de enormes masas humanas relativamente superfluas para las necesidades inmediatas de valorización. El desempleo tecnológico no se presentará únicamente como desocupación abierta. Adoptará formas más complejas: precarización permanente, empleo intermitente, subcontratación digital, economía de plataformas, renta estatal de subsistencia y expansión de actividades de baja productividad. La sociedad seguirá necesitando a esas personas como consumidores, pero el capital las necesitará cada vez menos como productores.
Esta disolución de las formas de la clase trabajadora —no en su papel estructural— sienta las bases materiales de las tendencias crecientes hacia regímenes cada vez más autoritarios y dictatoriales. El crecimiento del discurso libertario de los Trump, Milei y otros gorilas de un lado y del propio régimen chino por otro, se apoya materialmente en este fenómeno. Un sistema incapaz de integrar productivamente a sectores cada vez más amplios de la población deberá recurrir con mayor intensidad al control social, la vigilancia digital, la represión preventiva y la administración burocrática de poblaciones excedentes. La cuestión tecnológica se transformará así en una cuestión directamente política.
El siglo XIX ofrece un antecedente relevante. El proletariado industrial no nació sindicalizado. Nació desorganizado, atomizado, sometido a condiciones laborales brutales y disperso en pequeñas manufacturas. Los sindicatos, partidos obreros, cooperativas y consejos surgieron precisamente como respuesta a esa fragmentación inicial. Algo semejante podría ocurrir en el siglo XXI, aunque bajo formas distintas.
El prototipo de esta época lo conforman las organizaciones territoriales. A medida que el empleo estable pierde importancia como espacio de sociabilidad, el barrio, la comuna, el territorio y la ciudad tienden a transformarse nuevamente en espacios de organización política. No es casual que los grandes levantamientos recientes —Chile 2019, Colombia 2021, Francia con los Chalecos Amarillos, incluso ciertas expresiones de protesta en Estados Unidos 2026— hayan mostrado una fuerte dimensión territorial. Las masas precarizadas ya no se encuentran necesariamente en la fábrica, pero siguen viviendo juntas.
Otra forma sensible son los organismos vinculados a las plataformas digitales. Así ocurrió en Egipto 2011, Nepal y Bangladesh recientemente. Los trabajadores de aplicaciones, logística, reparto, transporte y servicios ya han comenzado a desarrollar formas de coordinación que atraviesan empresas, ciudades e incluso países. Las mismas tecnologías utilizadas para controlar el trabajo comienzan a transformarse en herramientas de organización colectiva. El capital crea invariablemente —así ocurrió con la prensa en su momento— las infraestructuras de comunicación de sus futuros adversarios.
Otro problema es la aparición de movimientos de «supernumerarios» o excedentes sociales. Marx habló del ejército industrial de reserva. Pero la automatización podría producir algo diferente: poblaciones enteras que no son temporalmente desempleadas sino estructuralmente sobrantes para las necesidades inmediatas de valorización. Estas masas podrían organizarse en torno a reivindicaciones que ya no serían exclusivamente salariales: vivienda, servicios públicos, acceso a recursos básicos, reducción de jornada, renta social, control de tecnologías y democratización de la producción. Quizá lo más significativo, sería la convergencia entre trabajadores ocupados y desocupados. Durante gran parte del siglo XX existió una separación entre ambos sectores. El trabajador industrial estable tendía a percibir al desempleado como un fenómeno externo. En una sociedad sometida a la automatización permanente esa distinción comienza a desaparecer. Todo trabajador se convierte potencialmente en un trabajador desplazable. La precariedad deja de ser una condición marginal para convertirse en experiencia universal.
La automatización creciente, la precarización estructural y la emergencia de masas relativamente excedentes para las necesidades inmediatas de valorización crean condiciones objetivas para nuevas formas de conflicto social, pero no determinan por sí mismas su desenlace. La nueva crisis no tendrá como rasgo principal la mera destrucción de fuerzas productivas, fenómeno clásico de las crisis capitalistas, sino precisamente la incapacidad de las relaciones sociales existentes para utilizar racionalmente fuerzas productivas extraordinariamente desarrolladas. La contradicción fundamental ya no aparecerá entre escasez y necesidades humanas, sino entre abundancia potencial y apropiación privada.
Por eso la inteligencia artificial no representa simplemente una innovación tecnológica más. Constituye un laboratorio histórico en el que se vuelve visible una contradicción largamente anunciada por Marx: el momento en que el desarrollo de las fuerzas productivas entra en conflicto abierto no sólo con determinadas formas de propiedad, sino con la propia lógica del valor como principio organizador de la vida económica.
La pregunta decisiva del siglo XXI podría formularse de manera extremadamente simple: si la humanidad puede producir cada vez más riqueza con cada vez menos trabajo humano, ¿por qué debería seguir organizando la sociedad alrededor de una medida —el valor— cuya existencia depende precisamente del gasto de trabajo humano que la tecnología tiende a eliminar?
Sin embargo, es precisamente aquí donde surge una interrogante que el propio análisis de Roberts deja abierta. Si la inteligencia artificial permite reducir drásticamente la necesidad de trabajo humano, si incrementa la productividad y abarata los costos laborales, ¿qué ocurre con la fuente misma de la valorización capitalista? Roberts tiene razón al señalar que la inteligencia artificial puede convertirse en una poderosa herramienta para restaurar temporalmente la rentabilidad. Como toda innovación tecnológica importante, permite a los capitalistas apropiarse de ganancias extraordinarias, derrotar competidores y aumentar la explotación relativa de la fuerza de trabajo. Pero precisamente porque esto es cierto, resulta necesario llevar el razonamiento hasta sus últimas consecuencias.
Durante buena parte del siglo XX esta contradicción fue compensada por diversos mecanismos. La expansión imperialista incorporó centenares de millones de nuevos trabajadores al mercado mundial. La industrialización de Asia, América Latina y posteriormente China amplió enormemente la base social de la valorización. Nuevos sectores productivos absorbieron mano de obra expulsada de ramas más antiguas. Pero la inteligencia artificial introduce una novedad histórica. Por primera vez el desarrollo tecnológico amenaza simultáneamente grandes segmentos del trabajo industrial, administrativo, profesional y de servicios.
Marx imaginó esta posibilidad en los Grundrisse cuando sugirió que el desarrollo de la gran industria podía conducir a una situación en la cual el conocimiento social acumulado, la ciencia y la tecnología desplazaran progresivamente al trabajo directo como fundamento inmediato de la producción. Si ese proceso alcanza cierto umbral, la contradicción deja de situarse únicamente entre capital y trabajo. Comienza a situarse entre las fuerzas productivas desarrolladas por la humanidad y la forma social basada en el valor y la ganancia.
Tal vez ése sea el verdadero problema que la inteligencia artificial coloca ante nosotros. No si aumentará o disminuirá la rentabilidad durante la próxima década. No si destruirá más o menos empleos. Sino si el capitalismo puede sobrevivir indefinidamente a un desarrollo tecnológico que tiende precisamente a eliminar la sustancia económica sobre la que descansa su existencia: el trabajo humano creador de valor.
A modo de conclusión
Entre la contradicción económica y sus consecuencias históricas median la lucha de clases, las organizaciones políticas, los programas, las direcciones y las experiencias concretas de millones de personas. Las tendencias autoritarias que hoy recorren amplios sectores de las burguesías mundiales, la emergencia de proyectos abiertamente dictatoriales en importantes fracciones del capital tecnológico (Peter Thiel) o el fortalecimiento de corrientes de extrema derecha constituyen respuestas posibles a esta crisis. Pero también lo son los levantamientos populares, las nuevas formas de organización territorial, las coordinaciones internacionales de trabajadores y la reaparición de la cuestión socialista. La inteligencia artificial puede estar abriendo una contradicción inédita entre fuerzas productivas altamente desarrolladas y relaciones sociales basadas en el valor, pero sólo la lucha histórica concreta permitirá establecer si nos encontramos ante una nueva fase de adaptación del capitalismo o ante el comienzo de una crisis de civilización comparable a las grandes transiciones que marcaron el paso entre los siglos XIX y XX.
Precisamente porque el desenlace permanece abierto, la cuestión política adquiere una importancia decisiva. La automatización no anuncia automáticamente el socialismo, del mismo modo que la crisis económica no anuncia automáticamente la revolución. Lo que anuncia es una intensificación de las contradicciones objetivas que estructuran la sociedad contemporánea. Y es sobre ese terreno donde se decidirá si las fuerzas productivas creadas por la humanidad serán utilizadas para consolidar nuevas formas de dominación oligárquica y tecnológica o para abrir paso a formas superiores de organización social basadas en la propiedad colectiva, la planificación democrática y el gobierno de los productores asociados.
