por Alejandro Valenzuela Torres
La muerte del filósofo alemán Jürgen Habermas ha provocado una avalancha de elogios que lo presentan como uno de los grandes pensadores democráticos de nuestro tiempo. Durante décadas fue el intelectual público más influyente de Alemania y una referencia central de la teoría política europea. Su nombre quedó asociado a una idea que ha tenido enorme éxito en la filosofía política contemporánea: que las sociedades modernas pueden legitimarse mediante el “diálogo racional” entre ciudadanos libres e iguales. Sin embargo, detrás de esa imagen de filósofo del consenso aparece una trayectoria intelectual mucho más problemática, especialmente cuando se examina desde una perspectiva marxista y se la sitúa en el contexto histórico del capitalismo en su fase imperialista.
El núcleo de la obra de Habermas —expresado en textos como Teoría de la acción comunicativa o Historia y crítica de la opinión pública— consiste en la idea de que la legitimidad política puede surgir de procesos de deliberación racional entre individuos que discuten públicamente en condiciones de igualdad. En ese modelo la política deja de entenderse como una lucha por el poder entre intereses sociales enfrentados y pasa a concebirse como un proceso de argumentación orientado por la fuerza del mejor argumento.
La propuesta posee, sin duda, una apariencia atractiva en momentos de confusión y derrota. Pero precisamente por su éxito, conviene preguntarse algo que los obituarios rara vez formulan: qué papel histórico desempeñó este tipo de pensamiento en las sociedades donde surgió. Porque una teoría social puede volverse influyente no sólo por su rigor intelectual, sino también por su capacidad para encajar con las necesidades ideológicas del sistema en el que aparece.
Para comprender ese papel es necesario situar a Habermas dentro de la evolución de la Escuela de Frankfurt. Aquella corriente había surgido en el siglo XX con la promesa de renovar la crítica social europea inspirándose en Karl Marx. Sin embargo, muy pronto se produjo en su interior un desplazamiento decisivo. Mientras Marx había situado el centro de su crítica en la economía política —en la producción de valor, la explotación del trabajo y las relaciones de clase— la llamada teoría crítica fue abandonando ese terreno para concentrarse en la cultura, la ideología y la psicología social. El resultado fue un enfoque que, al desligar la crítica cultural de las relaciones materiales que organizan la sociedad capitalista, terminaba convirtiéndose en un discurso perfectamente integrable dentro del propio sistema.
Habermas heredó ese desplazamiento culturalista, pero lo llevó aún más lejos. En lugar de analizar las estructuras de poder que organizan la producción y la vida material, su proyecto filosófico se concentró en el problema de cómo legitimar el orden social existente mediante procedimientos racionales de deliberación. Cuando el análisis abandona las relaciones de poder que estructuran una sociedad, la política queda reducida a un problema de normas y procedimientos, ocultando el hecho fundamental de que las sociedades capitalistas están atravesadas por conflictos entre clases con intereses objetivamente antagónicos.
Este desplazamiento teórico se vuelve particularmente visible cuando se confronta la teoría habermasiana con la realidad de las sociedades contemporáneas. Las democracias capitalistas no están organizadas sobre la base de individuos iguales que deliberan libremente en la esfera pública. Están estructuradas por enormes desigualdades económicas y por concentraciones de poder que condicionan profundamente el funcionamiento de la política. Las grandes corporaciones controlan recursos económicos gigantescos, los medios de comunicación pertenecen a conglomerados empresariales y los gobiernos toman decisiones bajo la presión permanente de los mercados financieros y de los grupos de poder que los dominan.
Cuando esa realidad desaparece del análisis, la teoría política se transforma inevitablemente en una justificación normativa del orden existente. La idea de que la legitimidad democrática puede construirse mediante la deliberación racional entre ciudadanos iguales describe menos el funcionamiento real de las sociedades contemporáneas que una imagen idealizada de ellas.
La trayectoria política de Habermas confirma en gran medida esta función ideológica de su pensamiento. Durante las revueltas estudiantiles alemanas de los años sesenta, cuando amplios sectores de la juventud comenzaron a cuestionar el orden político de la República Federal, el filósofo reaccionó denunciando la radicalización del movimiento como una forma de “fascismo de izquierda”. La expresión marcaba una línea política nítida: cuando el conflicto social dejó de ser una discusión académica y empezó a cuestionar el orden existente, el pensador del diálogo se alineó con ese orden.
La misma lógica reaparecería décadas más tarde en el plano internacional. En 1999, durante los bombardeos de la OTAN contra Yugoslavia, Habermas defendió la intervención militar argumentando que podía interpretarse como una acción legítima por razones humanitarias. La paradoja resulta evidente. El filósofo que había dedicado buena parte de su obra a fundamentar la legitimidad política en normas jurídicas y procedimientos racionales terminaba justificando una guerra realizada al margen del derecho internacional. En la práctica, esa posición ofrecía una legitimación filosófica a una nueva doctrina de intervenciones militares occidentales que marcaría la política internacional posterior a la Guerra Fría.
Su defensa del proyecto de integración europea revela un problema similar. Habermas imaginó la Unión Europea como una posible forma de “democracia postnacional”, donde ciudadanos de distintos países deliberarían dentro de instituciones comunes. Sin embargo, el funcionamiento real de la Unión muestra algo muy diferente. Las decisiones fundamentales sobre política económica no dependen de procesos deliberativos entre ciudadanos libres e iguales, sino de instituciones diseñadas para garantizar la estabilidad del capital financiero y la disciplina fiscal de los Estados. Organismos como el Banco Central Europeo o la Comisión Europea operan con escaso control democrático, mientras miles de grupos de presión empresariales influyen permanentemente en la elaboración de políticas comunitarias.
Su actitud negacionista —de claro contenido sionista e imperialista— al negar el genocidio en la Gaza ocupada por el Estado de Israel, lo dejó finalmente en sus últimos días, alineado con la extrema derecha mundial.
Desde esta perspectiva, la enorme influencia de Habermas no puede explicarse únicamente por sus méritos académicos. Su pensamiento resultó especialmente útil para un sistema político que necesita presentarse como democrático aunque sus decisiones fundamentales se tomen fuera del alcance de los ciudadanos. La teoría habermasiana ofrece precisamente esa justificación: permite considerar legítimo un orden social profundamente desigual por el mero hecho de que existan procedimientos formales de deliberación pública.
Esta función ideológica del habermasianismo adquiere un significado particular cuando se examina su recepción en Chile. Después del golpe de Estado de 1973, la izquierda chilena se enfrentó a una derrota histórica que puso en cuestión sus fundamentos estratégicos y teóricos. A esa crisis se sumó, años más tarde, la disolución de la Unión Soviética, que fue interpretada por amplios sectores de la intelectualidad progresista como la confirmación del fracaso del socialismo del siglo XX.
En ese contexto, la obra de Habermas apareció como una alternativa teórica capaz de ofrecer un nuevo horizonte ideológico a la izquierda reformista derrotada. Sus conceptos de “esfera pública”, “democracia deliberativa” y “ética del discurso” permitían reinterpretar la tragedia chilena no como el resultado de un conflicto de clases irresuelto, sino como la consecuencia de una insuficiente institucionalidad democrática. La política dejaba de entenderse como un proceso de transformación estructural de la sociedad para convertirse en un problema de reconstrucción institucional y deliberación pública.
Durante los años de la transición neoliberal, estas ideas desempeñaron un papel importante en la cultura política de la nueva izquierda institucional. El lenguaje de la ciudadanía, los derechos y la deliberación reemplazó progresivamente al vocabulario clásico del conflicto de clases y de la crítica de la economía política. La democracia pasó a concebirse como un sistema de acuerdos racionales entre actores responsables dentro de un marco constitucional común.
El resultado fue una profunda reconfiguración ideológica. El objetivo dejó de ser la transformación del modelo económico heredado de la dictadura y pasó a ser su administración dentro de un sistema político estable. En ese contexto, la teoría habermasiana funcionó como una legitimación filosófica del nuevo consenso democrático que estructuró la transición chilena.
Sin embargo, las crisis sociales que han atravesado el país en las últimas décadas —y especialmente el levantamiento popular de 2019— han puesto en evidencia los límites de ese modelo. La persistencia de desigualdades extremas y la subordinación de la política a los poderes económicos han demostrado que la democracia no puede sostenerse únicamente sobre procedimientos deliberativos cuando las bases materiales de la sociedad permanecen profundamente desiguales.
Por ello, el legado de Habermas debe evaluarse críticamente. Su obra contribuyó a defender la importancia de la discusión pública y de las libertades democráticas después de las catástrofes políticas del siglo XX. Pero también participó en un desplazamiento intelectual que transformó la crítica social en una teoría normativa de la legitimidad del orden existente.
La influencia de Habermas revela, en última instancia, el papel que ciertos intelectuales pueden desempeñar dentro de las sociedades capitalistas avanzadas: proporcionar un lenguaje filosófico que permita presentar como racional y democrático un sistema donde el poder real continúa concentrado en manos de élites económicas que escapan al control de los ciudadanos. En ese sentido, la teoría de la “democracia deliberativa” aparece menos como una explicación del funcionamiento real del poder que como una de las más sofisticadas formas contemporáneas de su legitimación ideológica. Por lo mismo, leer a Habermas mientras el imperialismo «democrático» masacra a la población en el Medio Oriente, es en estos momentos una necesaria forma de sepultarlo, después de todo hace bastante sus ideas ya estaban muertas.
