por Gustavo Burgos
La discusión sobre la decadencia del imperialismo norteamericano suele naufragar, no por falta de datos empíricos, sino por una confusión teórica persistente entre planos distintos del análisis marxista: la decadencia histórica de un modo de dominación, la evolución de las fuerzas productivas y la iniciativa política coyuntural de una clase dominante que, aun en declive, conserva una enorme capacidad de daño. Buena parte de quienes impugnan la noción de decadencia —intelectuales de la pequeña burguesía, comentaristas escépticos profesionales de la derrota, analistas habituados a confundir correlaciones de fuerza momentáneas con leyes históricas— parten de una premisa falsa: que hablar de decadencia implicaría negar la expansión tecnológica, el dominio mundial del capital o la potencia militar de Estados Unidos. Desde allí se precipitan a una conclusión aún más errónea: si el capital sigue gobernando el planeta, entonces no hay clase obrera, no hay sujeto revolucionario y la lucha de clases quedaría reducida a una cuestión anímica, sometida a la parálisis y al desaliento.
Desde una óptica marxista, la decadencia no se define por la ausencia de crecimiento económico o por la incapacidad de innovación técnica, sino por la contradicción cada vez más aguda entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones sociales que las encorsetan. El imperialismo norteamericano puede expandir plataformas digitales, inteligencia artificial o complejos militares-industriales, y al mismo tiempo mostrar una incapacidad estructural para estabilizar su propio régimen económico y político. Precisamente en esa tensión se inscribe el análisis desarrollado por La crisis del Imperio Norteamericano, de Guillermo Kane, que reconstruye los fallidos intentos de “normalización” ensayados por las distintas administraciones estadounidenses desde la crisis de 2008.
En efecto, el rescate masivo al gran capital bajo Obama-Biden, lejos de inaugurar un nuevo ciclo de estabilidad, consolidó un estancamiento prolongado, una precarización brutal del trabajo y una desigualdad social sin precedentes. El posterior experimento bonapartista de Trump-Pence —retiro parcial de Medio Oriente, proteccionismo selectivo, guerra comercial— no expresó fortaleza imperial sino un recurso desesperado ante la imposibilidad de recomponer la hegemonía por vías “normales”. El resultado fue exactamente el inverso al prometido: polarización extrema, movilizaciones sociales en casi todo el país y una reaparición de la lucha de clases a una escala desconocida desde fines de los años sesenta. Que un gobierno de derecha radicalizada haya sido el escenario de las mayores protestas de décadas no refuta la decadencia; la confirma.
Luego, el giro “hacia adelante” de la administración Biden-Harris, basado en una ofensiva imperialista más explícita —Ucrania, Medio Oriente, contención de China— vuelve a exhibir el mismo límite: la imposibilidad de traducir la iniciativa militar y diplomática en una estabilización duradera del orden mundial bajo liderazgo estadounidense. La combinación de guerras prolongadas, crisis fiscales internas y fractura social muestra que el imperialismo no avanza desde una posición de equilibrio, sino desde una huida hacia adelante, típica de las potencias en declive histórico. Confundir esa ofensiva con una revitalización estructural equivale a confundir el manotazo del ahogado con la brazada del nadador.
Uno de los rasgos más reveladores de este período —y que incomoda profundamente a los negadores de la decadencia— es la reaparición masiva de la lucha de clases en el corazón del imperialismo. La pandemia, con su salto abrupto de la desocupación y la obscena transferencia de recursos hacia grandes empresas y bancos, desnudó el carácter del Estado burgués norteamericano con una claridad pedagógica. En su momento, el asesinato de George Floyd actuó como detonante de una rebelión que, al expandirse y radicalizar sus consignas, mostró que la supuesta pasividad estructural de la clase trabajadora era un mito conveniente. Millones en las calles, un movimiento multirracial, nuevas tentativas de organización sindical y una ruptura abierta con el relato de la armonía social constituyen hechos materiales, no estados de ánimo.
Finalmente, la política de Donald Trump durante su retorno a la Casa Blanca no puede ser explicada con una lógica psicologista que reduzca su rumbo a “las excentricidades de una personalidad MAGA.” En el plano tanto interior como exterior, su conducta política es el síntoma de una debilidad estructural del imperialismo norteamericano que revela la fragilidad de su hegemonía y la ausencia de una política estatal coherente, más que la rabieta de un líder aislado. Esta debilidad se expresa en tensiones internas crecientes, contradicciones sociales agudas y decisiones exteriores erráticas que ponen en evidencia la incapacidad de los Estados Unidos para articular un programa de Estado sólido frente a la competencia geopolítica con China y otros actores globales.
A nivel doméstico, la política de Trump respecto a inmigración y libertad de expresión ha exacerbado tensiones estructurales profundas. Históricamente, su administración recurrió a políticas draconianas como las órdenes ejecutivas que suspendieron la entrada de refugiados y ciudadanos de varios países, provocando caos en aeropuertos y enfrentamientos con tribunales y organizaciones de derechos civiles en los Estados Unidos —resultado de una política de fronteras que viola derechos fundamentales— bajo el pretexto de la “seguridad” nacional y que incluso fue parcialmente anulada por jueces federales por violar las libertades civiles básicas. Estas medidas no solo profundizan la división social entre sectores de la clase trabajadora y las comunidades inmigrantes, sino que alimentan crisis políticas donde se confrontan el Estado burgués y amplios sectores sociales que perciben estas políticas como ofensivas, discriminatorias y autoritarias. En materia de libertad de expresión, los ataques retóricos de Trump y sus aliados a medios, académicos o movimientos sociales que desafían sus políticas reflejan no una estrategia clara de consolidación política, sino una política reactiva que intenta negar el derecho a cuestionar al poder. Esta dinámica no genera cohesión nacional ni “seguridad”, sino que intensifica la polarización interna, socava la legitimidad del Estado y revela fracturas culturales profundas que ninguna retórica MAGA puede resolver.
En política exterior, esta misma debilidad estructural se manifiesta en actos de desorientación estratégica y gestos de fuerza erráticos que contradicen la imagen tradicional de Washington como gestor de un orden mundial estable. La captura militar del presidente venezolano Nicolás Maduro en 2026 —una operación que incluyó bombardeos y la detención de líderes extranjeros lejos de cualquier mandato multilateral claro— ha sido interpretada por críticos internacionales como una violación del derecho internacional y un reflejo de la incapacidad del imperialismo estadounidense para construir alianzas legítimas o estrategias multilaterales eficaces. Tras esta acción, Trump ha multiplicado amenazas directas contra Colombia, Cuba, México y Groenlandia, sugiriendo posibles intervenciones o presiones militares bajo argumentos de seguridad nacional o influencia china y rusa —un conjunto de advertencias que los gobiernos afectados han rechazado de plano y que amplían tensiones globales sin objetivos estratégicos claros.
El caso de Groenlandia es particularmente ilustrativo: la insistencia de la Casa Blanca en adquirir o incluso considerar el uso de la fuerza para tomar control de este territorio autónomo ha generado rechazo explícito por parte de sus autoridades locales y del gobierno de Dinamarca, un aliado tradicional dentro de la OTAN, quienes han señalado que los Estados Unidos no tienen derecho a anexar el territorio y que este tipo de amenazas pueden poner en riesgo la alianza atlántica misma. Este tipo de gestos diplomáticos coercitivos, lejos de consolidar la hegemonía estadounidense frente a potencias como China, exponen precisamente la percepción de debilidad y desesperación de Washington para mantener su zona de influencia estratégica, y revelan una política exterior sin coherencia ni apoyo internacional sólido.
En este contexto, la retórica agresiva y las amenazas unilaterales no son expresiones de una política imperial fuerte, sino la manifestación de una clase dominante que ya no posee la capacidad de hegemonizar consensos globales ni de presentar proyectos políticos creíbles, y que recurre a impulsos de fuerza como paliativos a su crisis de legitimidad y capacidad estratégica. Esta política errática debilita alianzas tradicionales, refuerza la narrativa de que los Estados Unidos actúan en modo reactivo e improvisado, y ofrece espacios para que otros actores como China presenten alternativas de poder más estables y atractivas. La espectacular crisis de hegemonía a la que aludimos se apoya en términos de relaciones de fuerza mundiales, y no en anécdotas de carácter. Jugar ajedrez no es saber cómo se mueven los piezas, sino por qué se mueven.
En este punto, el escepticismo pequeño burgués suele replegarse hacia una segunda línea defensiva: admitir la protesta social y los levantamientos populares —no les queda otra— pero negar su potencial político, atribuyendo su fracaso a la ausencia de dirección o a la cooptación institucional. Kane aborda este problema al polemizar con la estrategia de los Demócratas Socialistas de América y con figuras como Bhaskar Sunkara —y hoy del alcalde neoyorkino Zohran Mamdani— mostrando cómo la subordinación al Partido Demócrata, la renuncia a la independencia de clase y la reivindicación de un reformismo neokautskista funcionan como freno consciente a la radicalización de las masas. Pero de esta constatación no se sigue la inexistencia del sujeto revolucionario, sino exactamente lo contrario: la urgencia de una organización revolucionaria capaz de intervenir en una situación objetiva de polarización creciente.
Negar la decadencia del imperialismo norteamericano en nombre de su poderío tecnológico o de su dominación global equivale, en última instancia, a naturalizar el orden existente y a clausurar toda perspectiva histórica de superación. Es la coartada teórica de quienes, habituados a diagnosticar derrotas ajenas desde la comodidad del análisis retrospectivo, confunden la persistencia del dominio burgués con su eternidad. El marxismo, por el contrario, enseña que ninguna clase dominante abandona la escena sin librar batallas feroces y que la decadencia de un sistema se manifiesta tanto en su violencia creciente como en su incapacidad para ofrecer una salida progresiva a la humanidad. La formidable reconstrucción del régimen en Chile —tras el glorioso levantamiento popular de Octubre del 19— que llevó a Kast a La Moneda, luego de una campaña electoral en que todas las fuerzas del régimen, Jara incluida, giraron en torno del programa de la extrema derecha, demuestra el vigor político del imperialismo. Sin embargo, la crisis del imperialismo norteamericano no es un problema de percepciones ni de estados de ánimo ni aún de vigor político, sino un hecho histórico objetivo cuyo desenlace sigue abierto y cuya resolución depende, como siempre, de la lucha de clases.
