Entre Kiev y Gaza: la crisis del imperialismo norteamericano y la bancarrota de su orden mundial


por Alejandro Valenzuela Torres

A fines de julio de 2025, dos hechos aparentemente inconexos estremecieron la arquitectura del orden imperialista global:
— Masivas protestas contra el presidente Zelensky sacudieron las principales ciudades de Ucrania.
— La filtración de un informe jurídico de la Unión Europea confirmó que Israel está cometiendo crímenes de guerra sistemáticos, reconociendo de facto el genocidio en Gaza.

Ambos procesos, lejos de ser hechos aislados, deben leerse como expresiones agudas de la crisis estratégica del imperialismo norteamericano, cuya dominación mundial se enfrenta hoy a límites insalvables: derrotas militares, inviabilidad política de sus regímenes aliados, colapso productivo interno y un profundo malestar social dentro de sus propias fronteras.

I. Ucrania: la implosión de un régimen artificial

El régimen de Zelensky, consolidado tras el golpe del Euromaidán en 2014, ha sido desde entonces un apéndice político del Departamento de Estado. Diseñado como peón militar de la OTAN para cercar a Rusia, su viabilidad política estaba atada a la promesa de victoria militar. Hoy esa promesa ha colapsado.

Tras tres años de guerra, Rusia ha avanzado territorialmente en todos los frentes, mientras que la infraestructura militar ucraniana depende casi por completo de un aparato logístico occidental agotado. Pero es en el plano social donde la crisis se vuelve insoluble: las protestas actuales estallaron tras un nuevo intento del gobierno de someter los órganos anticorrupción —NABU y SAPO— al control presidencial, revelando una lucha intestina entre oligarcas, burócratas y fracciones imperialistas rivales.

Lo esencial es esto: Zelensky ya no puede mantener el equilibrio interno ni el externo. Su proyecto ha perdido la legitimidad popular, depende de un aparato represivo saturado y vive la descomposición propia de los regímenes creados desde afuera por el imperialismo.

II. Israel: el callejón sin salida del sionismo

La situación de Israel es aún más dramática. Tras 18 meses de guerra genocida contra Gaza, el proyecto de Netanyahu se revela como inviable, tanto militar como políticamente.

La masacre de civiles, el desplazamiento forzoso de millones y el uso de hambre como arma de guerra han sido documentados incluso por los órganos diplomáticos de sus propios aliados europeos. La reciente filtración del aludido informe de la UE no solo desenmascara la barbarie sionista, sino que muestra que ni siquiera la legalidad burguesa europea puede sostener el proyecto de «colonización democrática» de Netanyahu.

El sionismo ya no es una herramienta funcional del imperialismo: es un factor de desestabilización regional. Netanyahu, atrapado entre sus ambiciones expansionistas y la necesidad de no arrastrar a EE.UU. a una guerra con Irán o Turquía, ha perdido el favor de sectores clave del establishment estadounidense, incluido el actual gobierno de Trump. Su aislamiento crece. La resistencia palestina, lejos de ser eliminada, se ha multiplicado y profundizado.

III. Un telón de fondo en llamas: decadencia interna de EE.UU.

Tanto Ucrania como Israel son expresiones externas de la hegemonía estadounidense. Pero esta hegemonía descansa sobre una base interna cada vez más erosionada:

  • El aparato productivo estadounidense ha perdido capacidad relativa frente a China.
    Mientras Washington gasta más de 800.000 millones de dólares anuales en defensa, su infraestructura colapsa y su sistema ferroviario es del siglo pasado.
  • La desindustrialización ha generado regiones enteras en crisis social permanente.
    El «Rust Belt» es hoy el rostro de una nación descompuesta: opioides, desempleo estructural, suicidios masivos.
  • Las instituciones políticas están fragmentadas.
    El ascenso de Trump al poder, en medio de la descomposición de los partidos tradicionales, expresa la polarización social y la pérdida de legitimidad de las élites. Su intento de imponer una «retirada táctica» del aparato imperial se enfrenta a la resistencia de sectores que aún apuestan a la «globalización armada».
  • La sociedad norteamericana vive un malestar profundo.
    Movimientos como Black Lives Matter, las huelgas obreras en sectores automotrices y de servicios, y la radicalización de franjas juveniles, muestran un país en lucha consigo mismo.

La imagen global de Estados Unidos, otrora faro del “mundo libre”, es hoy la de un imperio decadente, incapaz de garantizar estabilidad ni en su periferia ni en su centro. La política de Trump en lugar de resultar enérgica como se proponen desde la Casa Blanca, ha devenido en caótica e imprevisible, lo que no solo aleja la posibilidad de repatriar los capitales que durante los últimos 50 años han emigrado a China, la India y Brasil, sino que es una explícita manifestación de la impotencia del Gobierno para conducir a la gran burguesía norteamericana en su conjunto.

IV. Del derrumbe imperial a la alternativa revolucionaria

No hacemos un culto de las derrotas. Pero sabemos que cada derrota del imperialismo abre una grieta para la revolución. La bancarrota del régimen sionista e israelí no puede ser entendida si no se vincula con la bancarrota general del orden imperialista mundial. La clase dominante estadounidense no puede ya gobernar como antes, y la resistencia desde abajo comienza a hacerse presente a escala internacional. En América Latina, Medio Oriente, África y Europa Oriental, el descontento se multiplica.

La tarea histórica es poner en pie una dirección revolucionaria internacional que conecte estas luchas con una estrategia socialista. El estallido de la revolución no será espontáneo. Requiere de cuadros, de partido, de claridad programática. Ni la diplomacia europea, ni los “contrapesos institucionales” ucranianos, ni los debates jurídicos sobre Israel resolverán la crisis. La disyuntiva es clara: o se derriba el orden imperialista mundial mediante la revolución socialista internacional, o nos hundimos en una era de guerras, pogromos, limpieza étnica y descomposición civilizatoria.

Desde Gaza a Donetsk, desde Chicago a Jersón, los pueblos del mundo están escribiendo nuevas páginas de lucha. Es tiempo de elegir bando. La revolución no es una utopía: es la única salida realista.