por Alejandro Valenzuela Torres
El 19 de julio de 1979, el pueblo nicaragüense protagonizó una de las gestas más audaces y conmovedoras de la segunda mitad del siglo XX. Ese día, una insurrección popular y guerrillera encabezada por el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) entraba triunfante en Managua, derrocando a la dinastía de los Somoza, uno de los regímenes más brutales y longevos del continente.
Fue un momento que electrizó a la juventud revolucionaria en todo el mundo: desde El Salvador hasta Palestina, pasando por las poblaciones pobres de Santiago, en Soweto y en Belfast. La juventud revolucionaria de los 80 se formó viendo «La ofensiva final» (que acompañamos a esta nota) y vibró con «La montaña es algo más que una inmensa estepa verde» de Omar Cabezas. Nicaragua era la prueba viviente de que era posible derrotar a una dictadura sostenida por el imperialismo. Fue por lo mismo y muy especialmente, una de las fuentes más potentes de radicalización de la juventud chilena en los años más duros de la dictadura pinochetista. Nicaragua ardía, y con ella volvía a arder la esperanza.
La Revolución Sandinista no fue un simple cambio de gobierno. Fue un levantamiento popular que, con apoyo masivo del campesinado, el proletariado urbano y sectores medios radicalizados, desmanteló las instituciones del viejo Estado burgués. Las masas armadas habían derrotado a la Guardia Nacional, y una ola de organización popular recorría los barrios, las fábricas, los campos. La insurrección nicaragüense fue, en su raíz, una revolución social que abrió la posibilidad —breve pero real— de un tránsito al poder de los trabajadores.
Pero a medida que la dirección del FSLN consolidaba el poder, una contradicción profunda se instaló en el corazón del proceso. El mismo frente que había guiado la guerra popular emprendió la reconstrucción de un nuevo orden estatal, esta vez no al servicio de Somoza, pero sí del capital. El pueblo fue desarmado, los comités de defensa desmontados, la autonomía obrera desarticulada. El proceso de institucionalización fue la alfombra bajo la cual se barría el impulso revolucionario.
Con el paso de los años, el FSLN se transformó en una maquinaria electoral y caudillista. Daniel Ortega, símbolo del pasado insurgente, devino en un nuevo Bonaparte tropical: pactó con la Iglesia, con el gran capital, con el propio imperialismo. Hoy, Nicaragua es gobernada por un régimen autocrático, personalista, represivo y burgués, en el que la izquierda ha sido proscrita y los ex compañeros como Dora María Téllez, Hugo Torres Jiménez y Julio García Guevara han sido encarcelados, exiliados o asesinados. Se gobierna con puño de hierro mientras se protege la inversión extranjera y se reprime cualquier brote de organización independiente. La revolución fue traicionada, no desde fuera, sino desde su propio vértice.
La paradoja nicaragüense es una lección amarga pero necesaria: una insurrección puede derribar al viejo Estado, pero si no se avanza hacia la dictadura del proletariado —organizada democráticamente por los trabajadores armados—, el vacío será llenado por nuevas formas de dominación. El poder no admite vacío. Y en ausencia de organismos de poder asamblearios, vendrán los pactos con el capital, la cooptación de los movimientos, la represión del disenso.
Hoy, al conmemorar un nuevo aniversario de la Revolución Nicaragüense, rendimos homenaje a quienes ofrendaron su vida por la liberación social. Pero también reafirmamos la necesidad de una estrategia política revolucionaria que no delegue el poder conquistado por las masas en manos de direcciones nacionalistas. El internacionalismo proletario debe extraer lecciones de esta historia: sin ruptura con el capitalismo, no hay liberación. Y sin democracia obrera, no hay revolución que sobreviva.
Nicaragua duele. Pero también convoca. Que su memoria no sea solo conmemoración, sino advertencia y compromiso.
¡Gloria a los combatientes del 19 de julio! ¡Abajo el régimen burgués de Ortega y Murillo! ¡Por la reconstrucción de una alternativa revolucionaria en Nicaragua y en toda América Latina!
