Metamorfosis del trabajo y fetichismo electoral: la mistificación de la «nueva clase obrera» en la estrategia populista del PTS

por Ulra Valle

La concepción de que el sistema capitalista ofrece brechas superestructurales que la izquierda debe ocupar pacíficamente representa un desvío analítico y práctico respecto a las bases del marxismo revolucionario. Esta visión asume que las posiciones parlamentarias conquistadas por el Frente de Izquierda, a través de figuras como Myriam Bregman o Gabriel Solano, operan como un fin en sí mismo para administrar los resquicios del régimen. Sin embargo, la teoría del valor y de la lucha de clases demuestra que el capital no cede espacios voluntarios ni existen vacíos institucionales gratuitos; toda crisis o fractura en el orden de dominación burguesa es consecuencia directa de las presiones de la clase trabajadora. El Estado burgués y sus instituciones están diseñados orgánicamente para garantizar la reproducción del capital. Por ello, cualquier «brecha» que el sistema parezca abrir es rápidamente instrumentalizada por la burguesía para asimilar e institucionalizar a sus adversarios, neutralizando la confrontación real. La única forma de evitar esa cooptación es sostener que cada posición conquistada debe servir exclusivamente como un tribunal de denuncia para impulsar la organización extraparlamentaria y la destrucción del Estado burgués rumbo a la dictadura del proletariado, en disolución del estado en instituciones democráticas creadas por los propios protagonistas, los y las trabajadoras, no como un espacio de adaptación a las dinámicas administrativas del régimen.

El electoralismo centrista queda al desnudo cuando la adaptación parlamentaria termina diluyendo los principios del internacionalismo proletario. Un ejemplo contundente de este fracaso metodológico ocurrió el jueves 18 de junio de 2020 en la Legislatura porteña (aprobación de la Ley N° 6.309), cuando Myriam Bregman, Alejandrina Barry (ambas del PTS) y Gabriel Solano (PO) votaron a favor de un proyecto conjunto del macrismo y el Frente de Todos para adherir a la definición de antisemitismo de la Alianza Internacional para el Recuerdo del Holocausto (IHRA). Esta resolución buscaba igualar explícitamente el antisionismo con el antisemitismo, criminalizando el apoyo a la causa palestina y el cuestionamiento al carácter genocida del Estado de Israel. La excusa posterior del 26 de junio, donde ensayaron un tibio pedido de derogación intentando justificar su voto original como un traspaso de papeleo y una falta de lectura de las leyes a libro cerrado, expone la debilidades de fuerzas politicas de trabajadores y los peligros de asimilarse a la maquinaria burocrática del Estado capitalista.

Ante un error político de esta envergadura, que comprometió gravemente el apoyo a la lucha del pueblo palestino, la rectificación no debía limitarse a una mera fe de erratas administrativa ocho días después. Desde una perspectiva verdaderamente clasista, lo que correspondía era la renuncia inmediata a esas bancas, dejando su lugar a trabajadores e intelectuales de la clase mejor preparados para sostener ese puesto de trinchera. Si estas bancas respondieran efectivamente a una política proletaria, los comités de base del FITU habrían revocado los mandatos de inmediato, devolviendo a los legisladores a la militancia de base para ser sancionados, recuperar fuerzas, procesar la experiencia y asimilar críticamente la derrota. De esta manera, una brecha clasista real habría funcionado como una enorme lección educativa para toda la clase obrera sobre cómo superar los errores propios y fortalecer sus cuadros. En su lugar, el aparato del partido del PTS y el PO decidió tirar humo burocrático y ampararse en el previsible sistema de rotación de bancas, priorizando mantener el control electoral y esquivando la rendición de cuentas ante el escrutinio obrero.

Para salir del electoralismo, es fundamental comprender qué significa realmente tener un rol dirigente en esta etapa. Sería un error profundo que la base militante caiga en la lógica de «agradecer» o rendir pleitesía a figuras como Myriam Bregman o a la dirección del PTS por encabezar las listas o los conflictos que gracias a ellos abren brechas. Por el contrario, la dirección del PTS y del FITU debe asimilar teóricamente que sus posiciones actuales no son producto de una astucia táctica infalible ni de una sagacidad individual, sino el resultado transitorio de una nueva relación de fuerzas que emerge desde abajo. Tienen que saber que nada es para siempre. Todo lo sólido se desvanece en el aire. Es la propia clase obrera la que, en su necesidad de soltar lastre y desembarazarse de la asfixiante burocracia en los sindicatos y en las organizaciones, empuja hacia la izquierda buscando una alternativa genuina de clase.

En este sentido, el procedimiento mediante el cual el PTS y Bregman intentan «desarrollar» estas brechas no obedece a un análisis marxista, sino a una lógica de aparato basada en un populismo voluntarista y electoralista que deforma conceptualmente la teoría marxista. Esta distorsión queda explícita cuando la dirección del PTS, como se lee en su «Manifiesto Programático del PTS «, confunde lo que es objetivamente una reconfiguración de las formas de explotación del capital con el surgimiento de una supuesta «nueva clase obrera». Como ha demostrado con contundencia el sociólogo marxista Ricardo Antunes en sus estudios sobre la metamorfosis del trabajo, los cambios tecnológicos y la precarización contemporánea (como los repartidores de plataformas o el teletrabajo) no crean una «nueva» clase en términos estructurales. Se trata, por el contrario, de la misma clase obrera mundial, ampliada y más heterogénea, sometida a formas renovadas y más flexibles de subsunción real al capital.

Al hablar de «nueva clase obrera», la dirección del PTS no hace un descubrimiento sociológico, sino que elabora una justificación teórica a medida para abandonar la centralidad en las fábricas y las concentraciones obreras estratégicas, desplazando el eje de su construcción hacia sujetos más difusos, «movimientos» atomizados y lógicas ciudadanas que rinden mejor en las urnas. De este modo, la clase trabajadora deja de ser pensada como el sujeto histórico de la producción —con capacidad para paralizar el metabolismo del capital— y pasa a ser tratada como un significante vacío y electoralista, diluyendo el programa clasista en un populismo de izquierda que busca votos en lugar de preparar la huelga general.

Esta confusión entre la reconfiguración de la explotación y el surgimiento de una nueva clase no es un mero error terminológico. Tiene consecuencias políticas gravísimas, porque orienta la intervención militante hacia la búsqueda de «nuevos sujetos» desvinculados de la producción material, cuando en realidad la tarea central sigue siendo la organización de los trabajadores en los puntos neurálgicos donde se detiene el flujo de valor, las fábricas, los puertos, el transporte, la logística. La estrategia del PTS, al fetichizar la novedad, termina por desmovilizar a la vanguardia obrera tradicional y dispersar sus fuerzas en luchas fragmentadas que no ponen en jaque al sistema en su conjunto.

Como planteaba magistralmente León Trotsky en el Programa de Transición (1938), «la crisis histórica de la humanidad se reduce a la crisis de la dirección revolucionaria». La tarea de los revolucionarios no es erigirse en un aparato que sustituye a las masas para administrar cargos estatales ni inventar «nuevas clases» para justificar su abandono del movimiento obrero real, sino empalmar con la vanguardia para expulsar a los agentes del capital (la burocracia sindical). Toda la política debe orientarse a garantizar la independencia absoluta de las organizaciones obreras respecto al Estado capitalista.

El problema de fondo, entonces, es que el PTS ha dejado de pensar la clase como un sujeto colectivo con intereses objetivos y ha comenzado a tratarla como una categoría maleable al servicio de su estrategia electoral. Cuando se habla de «nueva clase obrera» para referirse a los trabajadores precarizados, lo que se oculta es el abandono de la perspectiva de la totalidad, la clase es una, aunque sus formas de explotación sean múltiples. La fragmentación de las condiciones de trabajo no implica la fragmentación del sujeto histórico, sino que exige con mayor urgencia la construcción de instrumentos unitarios que articulen todas las luchas en un frente común. Al atomizar a los trabajadores en «nuevas clases» según su sector o modalidad de contratación, el PTS reproduce ideológicamente la estrategia del capital, que busca dividir y segmentar a la fuerza de trabajo para debilitar su capacidad de acción colectiva.

En esta misma sintonía, y lejos de cualquier dirigismo burocrático, Rosa Luxemburgo aportó una claridad meridiana sobre la relación dialéctica entre el partido y la clase. En su balance sobre la revolución alemana, advirtió que un partido sin masas es una cáscara vacía, y concluyó que si bien las direcciones pueden fracasar, estas «pueden y deben ser creadas de nuevo por las masas y a partir de las masas. Las masas son lo decisivo, ellas son la roca sobre la que se basa la victoria final de la revolución». El socialismo exige que el proletariado deje de ser una masa meramente dirigida para encauzar la vida política por su propia autodeterminación.

La crítica a la deformación del PTS no es, por tanto, una disputa interna menor entre corrientes de izquierda. Es una batalla por la vigencia del marxismo como método de análisis y como guía para la acción. Si la clase obrera es reemplazada por un significante electoral, si las brechas se convierten en fines en sí mismos y si la lucha de clases se diluye en una administración progresista de las instituciones burguesas, entonces el proyecto revolucionario queda vaciado de contenido. Por eso resulta tan necesario subrayar que la dirección del PTS, al promover esta confusión conceptual, no solo se equivoca en el plano teórico sino que desarma políticamente a las fuerzas que podrían construir una alternativa real al capitalismo.

Asimismo, recuperando a Lenin en El Estado y la Revolución, es imperioso recordar que la maquinaria estatal burguesa no puede ser simplemente «tomada» y puesta a funcionar para los fines del proletariado; debe ser destruida. El parlamentarismo revolucionario no consiste en utilizar las instituciones del enemigo para ensalzar figuras de la izquierda, sino para desenmascarar el fraude de la democracia burguesa frente a millones de explotados. Por lo tanto, proponemos con la firmeza irrenunciable del marxismo revolucionario que el Frente de Izquierda y de los Trabajadores Unidad retome la senda de los principios clasistas. Es imperioso someter la labor de todos los representantes públicos al escrutinio implacable de comités de base integrados por trabajadores, asumiendo cada error no con justificaciones burocráticas, sino con la rotunda autocrítica que requiere el combate. Las bancas, el aparato y los liderazgos deben ser meras herramientas transitorias; el único fin estratégico es el fortalecimiento orgánico de la clase trabajadora para la toma del poder.