por Fernando López Mackenzie
A 46 años de la Operación Reptil, el espectacular atentado que acabó en Asunción con Anastasio Somoza Debayle permanece como uno de los episodios más audaces de la lucha armada latinoamericana del siglo XX. La acción prolongó, fuera de las fronteras de Nicaragua, la derrota sufrida por la dinastía somocista en julio de 1979 y adquirió una significación continental. Desde una lectura marxista de aquella experiencia, sin embargo, la liquidación física del dictador plantea inmediatamente una cuestión mayor: la diferencia entre destruir al tirano y destruir las relaciones sociales que hacen posible la tiranía.
La revolución alcanzó a Somoza en Asunción
El 17 de septiembre de 1980, poco más de un año después de que la insurrección sandinista derribara a la dictadura nicaragüense, Anastasio Somoza Debayle encontró la muerte a miles de kilómetros de Managua, en una avenida de Asunción. Había encontrado refugio bajo la dictadura de Alfredo Stroessner, uno de los regímenes más longevos y represivos del continente. Allí reconstruía una vida de privilegios y negocios mientras seguía siendo considerado por los revolucionarios nicaragüenses como una amenaza potencial contra el nuevo régimen. El operativo que terminó con él fue denominado Operación Reptil y estuvo encabezado por el revolucionario argentino Enrique Haroldo Gorriarán Merlo, antiguo dirigente del PRT-ERP, junto con combatientes argentinos que habían participado previamente en la lucha contra la Guardia Nacional somocista. La investigación histórica disponible señala que la iniciativa surgió del grupo de Gorriarán, fue comunicada al Frente Sandinista y recibió su aprobación.
En ese sentido político —más que estrictamente orgánico— el atentado puede entenderse como una prolongación de la revolución del 19 de julio. Somoza había perdido el Estado, el ejército y Nicaragua, pero no había desaparecido como personaje de la contrarrevolución latinoamericana. Su acogida por Stroessner demostraba además la solidaridad que enlazaba a las dictaduras del continente. La revolución nicaragüense había destruido a la Guardia Nacional y expulsado a la dinastía; la Operación Reptil llevó esa confrontación hasta el lugar donde el último Somoza había encontrado protección.
La preparación tuvo dimensiones cinematográficas. Durante meses los integrantes del comando reconstruyeron los movimientos del exdictador. Alquilaron una casa próxima a su recorrido habitual, vigilaron la avenida España y montaron un puesto de observación disimulado como quiosco. Gorriarán recordaría posteriormente que el observador debía identificar el automóvil y transmitir mediante radio la señal convenida; una camioneta bloquearía la marcha del Mercedes, mientras Hugo Alfredo Irurzún —el capitán Santiago— utilizaría un lanzacohetes y Gorriarán cubriría la operación con un fusil M-16. El propio Gorriarán describió años después aquella distribución de funciones.
La mañana del 17 de septiembre llegó finalmente la señal. El automóvil fue interceptado. Entonces ocurrió el incidente que pudo hacer fracasar toda la operación: el primer disparo del lanzacohetes de Irurzún falló. Gorriarán abrió fuego sobre el Mercedes para impedir su fuga mientras el arma era recargada. El vehículo quedó inmovilizado y el segundo proyectil alcanzó directamente al automóvil. Somoza murió junto con su chófer, César Gallardo, y su asesor financiero Joseph Baittiner. Las fuentes contemporáneas y las reconstrucciones posteriores coinciden en lo fundamental de esta secuencia, aunque difieren en algunos detalles sobre armas, horarios y número exacto de participantes.
La retirada no tuvo, sin embargo, un desenlace completamente limpio. Irurzún no consiguió escapar del aparato represivo stronista. Las versiones iniciales afirmaron que había muerto en un enfrentamiento; investigaciones posteriores sostienen que habría sido capturado y torturado antes de morir, permaneciendo desaparecidos sus restos. Pero acaso la imagen políticamente más poderosa de aquella jornada no se produjo en Paraguay sino en Nicaragua.
Cuando la noticia atravesó Centroamérica, los barrios populares que habían sufrido los bombardeos de la Guardia Nacional celebraron. Hubo fogatas, cohetes y manifestaciones de júbilo; el FSLN habló públicamente del «regocijo nacional». La lluvia impidió algunas celebraciones previstas, pero las crónicas registraron festejos en Managua y otras ciudades que habían soportado la guerra contra Somoza. Incluso en San Salvador, tras conocerse la noticia, un grupo ocupó la catedral e hizo sonar sus campanas.
No era simplemente la muerte de un hombre. Para quienes habían vivido bajo el somocismo, el apellido designaba una dinastía, una Guardia Nacional, cárceles, torturas, asesinatos, exilio y una gigantesca apropiación privada del país. De allí la dimensión simbólica que adquirió la escena: el dictador que había escapado de la revolución descubría que la derrota política sufrida en Managua podía perseguirlo hasta el corazón mismo de otra dictadura sudamericana.
De Carrero Blanco a Somoza y de Somoza a Pinochet
La espectacularidad de la Operación Reptil remitía inevitablemente a otro episodio que había ingresado pocos años antes en la imaginación política de las organizaciones armadas: el atentado del 20 de diciembre de 1973 contra Luis Carrero Blanco, presidente del Gobierno español y figura fundamental para la continuidad institucional del franquismo. ETA había estudiado sus desplazamientos, construido clandestinamente un túnel bajo la calle Claudio Coello y colocado explosivos bajo la ruta habitual de su automóvil. La detonación lanzó el vehículo por encima de un edificio y acabó con quien aparecía como una pieza fundamental de la sucesión franquista.
No existe evidencia suficiente para afirmar que la Operación Reptil fuera simplemente una reproducción técnica de aquella acción. La semejanza más profunda estaba en otra parte: la transformación del atentado contra una figura central de una dictadura en un acontecimiento político de enorme potencia simbólica. Inteligencia prolongada, clandestinidad, conocimiento minucioso de la rutina del objetivo, construcción de una infraestructura secreta y concentración de fuerzas sobre un instante decisivo convertían una acción de pocos combatientes en un acontecimiento capaz de conmover a todo un régimen.
En Paraguay ese efecto fue inmediato. El atentado no solamente destruyó el Mercedes de Somoza: puso en evidencia la vulnerabilidad del aparato de seguridad de Stroessner. ABC Color recuerda todavía hoy, al cumplirse 46 años, que el llamado «bazucazo» sacudió al stronismo y fue seguido por una extensa operación represiva.
Para Chile la resonancia tenía una significación todavía más inquietante. El triunfo sandinista de julio de 1979 ya constituía una advertencia para la dictadura: una revolución acababa de destruir un régimen militar latinoamericano estrechamente relacionado con Estados Unidos. Ahora, apenas catorce meses después, un comando relativamente pequeño demostraba que ni siquiera el exilio protegido por otra dictadura garantizaba la seguridad de Somoza.
La inquietud chilena no es solamente una reconstrucción retrospectiva. Una investigación histórica sobre las relaciones del régimen de Pinochet con la revolución sandinista, basada en documentación diplomática, registra que después del atentado —y particularmente tras la detención en Paraguay del fotógrafo chileno Rafael Mella Latorre— surgió preocupación en Santiago ante la posibilidad de que organizaciones opositoras estuvieran adquiriendo capacidad para realizar operaciones de gran envergadura fuera de sus propios países. Seis años después aquella preocupación adquiriría una forma concreta.
El 7 de septiembre de 1986, el Frente Patriótico Manuel Rodríguez desplegó en la cuesta de Las Achupallas, en el Cajón del Maipo, la Operación Siglo XX. El dispositivo presentaba elementos que pertenecían ya a esa experiencia acumulada de las organizaciones político-militares: estudio prolongado de los movimientos del objetivo, casas y actividades utilizadas como cobertura, compartimentación, bloqueo de la ruta, concentración sorpresiva de fuego y utilización de fusiles y lanzacohetes contra una caravana protegida. La emboscada causó la muerte de cinco integrantes de la escolta y dejó varios heridos, pero Pinochet sobrevivió.
Aquí la conexión con Carrero Blanco es documentalmente directa. César Bunster, uno de los participantes de la Operación Siglo XX, explicó posteriormente que el proyecto inicial contra Pinochet tomó expresamente como modelo el atentado de ETA de 1973. El FPMR había excavado un túnel destinado a instalar explosivos bajo el camino por donde debía pasar la comitiva. El descubrimiento de parte del arsenal de Carrizal Bajo obligó a abandonar aquella variante y condujo finalmente a la emboscada de Las Achupallas.
Puede reconstruirse entonces una genealogía política y militar —no una simple sucesión mecánica de copias— que atraviesa tres dictaduras y trece años de historia: Madrid, 1973; Asunción, 1980; Cajón del Maipo, 1986. Carrero Blanco mostró que una operación clandestina podía alcanzar el corazón aparentemente inexpugnable de un régimen; Somoza convirtió esa posibilidad en una escena latinoamericana; la resistencia chilena volvió a plantearla frente a Pinochet. Pero precisamente allí comienza el problema político que una lectura marxista no puede eludir.
Matar al dictador no significa destruir la dictadura del capital
El atentado de Asunción condensó de manera extraordinaria la fuerza simbólica alcanzada por la revolución nicaragüense. Un año antes, las masas insurrectas habían desmantelado el aparato estatal somocista y obligado al dictador a huir. Ahora la revolución parecía extender su brazo hasta Paraguay. Sin embargo, la espectacularidad de aquella victoria contiene también una advertencia histórica: ningún problema fundamental de una revolución social se resuelve mediante la eliminación física del dictador.
Somoza podía morir y el capitalismo nicaragüense continuar existiendo. Pinochet podía haber muerto en el Cajón del Maipo y las relaciones de propiedad construidas y reorganizadas bajo su régimen podían sobrevivirlo. Franco murió en su cama y buena parte de las estructuras económicas edificadas durante su régimen se integraron posteriormente a la democracia parlamentaria española. La cuestión decisiva para el marxismo no reside, por tanto, en la biografía del tirano sino en las relaciones de clase que el Estado protege.
Desde esa perspectiva puede formularse la contradicción histórica de la revolución sandinista. En julio de 1979 había llegado mucho más lejos que la sustitución de un gobierno: destruyó el aparato militar somocista, movilizó a obreros y campesinos, expropió propiedades de la familia gobernante y abrió una situación revolucionaria en Centroamérica. Pero aquella revolución no culminó en la abolición de las relaciones capitalistas ni en la construcción de un poder político independiente de la clase trabajadora. La propiedad privada capitalista sobrevivió y, con ella, las bases materiales para la reconstrucción de una burguesía y para nuevas formas de desigualdad y dominación.
La paradoja adquiere una fuerza particular cuarenta y seis años después. El automóvil destruido de Somoza permanece como una de las imágenes más espectaculares de la historia revolucionaria latinoamericana. Demostró hasta qué punto una dictadura que parecía invulnerable podía ser derrotada y hasta qué punto las fronteras nacionales resultaban estrechas frente al internacionalismo práctico desarrollado por militantes que habían combatido en distintos países del continente. Pero también permite distinguir entre tiranicidio y revolución social.
En términos de de clase, la tarea histórica pendiente no se agotaría, por ello, en acabar con un Somoza ni con cualquier otro gobernante individual. Su horizonte sería la transformación de las relaciones sociales que sobreviven a los dictadores: la explotación del trabajo asalariado, la concentración de la riqueza, la propiedad privada de los grandes medios de producción y las relaciones de subordinación económica y política respecto de las grandes potencias.
Ésa es la tensión histórica que deja abierta aquel 17 de septiembre de 1980. La Operación Reptil consiguió alcanzar al dictador; la cuestión que la revolución nicaragüense dejó sin resolver fue cómo alcanzar las bases sociales que habían hecho posible su dictadura. La desintegración del régimen nicaragüense bajo la conducción del matrimonio Ortega son una demostración concreta de las limitaciones del propio sandinismo y su programa. Desde una perspectiva marxista revolucionaria, ése constituye el problema estratégico pendiente: la construcción de una dirección obrera independiente capaz de transformar la movilización contra la tiranía en una lucha por un gobierno obrero, por la socialización de los grandes medios de producción y por la ruptura de las relaciones imperialistas.
Cuarenta y seis años después, las fotografías del Mercedes convertido en un amasijo de hierro siguen conservando su formidable potencia histórica. Pero contienen dos imágenes superpuestas. Una pertenece al pasado: Somoza había escapado de Nicaragua, pero no de la revolución que lo había derribado. La otra plantea una pregunta que permanece abierta para quienes interpretan aquella experiencia desde el marxismo: cómo pasar de acabar con los dictadores a acabar con las relaciones de explotación que permiten que nuevos regímenes de dominación ocupen su lugar.
