por Alejandro Valenzuela Torres
El texto de Perry Anderson que hoy presentamos, Consideraciones sobre el marxismo occidental, constituye una de las obras canónicas en la delimitación del debate marxista contra las corrientes que, desde el estructuralismo hasta las diversas variantes del posmarxismo, tendieron a separar la teoría revolucionaria de la experiencia histórica concreta de la lucha de clases. Publicado originalmente en 1976 y concebido a partir de reflexiones desarrolladas durante los primeros años de la década de 1970, el ensayo surge en un momento particularmente dramático de la historia mundial: la derrota de grandes procesos obreros y populares en América Latina, el aplastamiento de experiencias revolucionarias y el avance de dictaduras militares en Chile, Argentina, Uruguay y otros países de la región, coexistían con el enorme prestigio conquistado por las revoluciones de Cuba y Vietnam y con la persistencia del impacto histórico de Octubre de 1917.
Esa tensión entre derrota y revolución no era un problema meramente político. También se expresaba en el terreno de la teoría. Mientras las masas buscaban orientarse en una época de crisis, guerras y contrarrevoluciones, una parte considerable de la intelectualidad europea proclamaba el agotamiento de las categorías clásicas del marxismo, desplazando el centro de gravedad de la reflexión desde la economía política, la estrategia revolucionaria y la organización de la clase obrera hacia los sistemas filosóficos, la lingüística, la cultura o la teoría de las estructuras. Anderson se propuso entonces estudiar históricamente ese fenómeno, reconstruyendo el itinerario del denominado “marxismo occidental” desde Lukács hasta Althusser, desde Gramsci hasta Sartre, no para descartarlo mecánicamente, sino para explicar las condiciones históricas que habían producido su separación progresiva de la práctica revolucionaria. Como él mismo señala en el prólogo, su objetivo era situar las “coordenadas generales” de esa tradición intelectual y comprender las estructuras que definían su unidad histórica.
La fuerza del libro reside precisamente en que Anderson rechaza toda explicación puramente filosófica. El marxismo occidental no aparece como el resultado de una evolución autónoma de las ideas, sino como la expresión intelectual de una secuencia histórica determinada: las derrotas de la revolución europea después de 1917, el aislamiento de la Unión Soviética, la consolidación de burocracias partidarias y estatales, y el alejamiento creciente entre los grandes teóricos marxistas y los movimientos obreros de masas. Frente a la tradición clásica de Marx, Engels, Lenin, Luxemburgo y Trotsky —cuya producción teórica se encontraba orgánicamente vinculada a partidos, sindicatos, huelgas, insurrecciones y revoluciones—, Anderson identifica el surgimiento de una producción intelectual cada vez más confinada a la universidad, la filosofía y la crítica cultural. El libro constituye así una defensa implícita de la unidad entre teoría y práctica revolucionaria que había caracterizado al marxismo de su período clásico.
Su actualidad resulta extraordinaria. Durante décadas, el posmodernismo y el posmarxismo proclamaron el fin de las clases sociales, la desaparición del sujeto revolucionario, la imposibilidad de los proyectos universales de emancipación y el carácter obsoleto de la tradición marxista. Sin embargo, la realidad histórica ha seguido un curso muy distinto. La crisis económica permanente del capitalismo, las guerras imperialistas, el genocidio en Palestina, la creciente militarización internacional, el derrumbe de las ilusiones democráticas construidas tras la caída del Muro de Berlín y la reaparición de grandes levantamientos populares en distintos continentes han vuelto a colocar en primer plano las preguntas fundamentales que el marxismo clásico intentó responder: la cuestión del poder, de la organización, del programa y de la revolución.
Por eso la lectura de Anderson adquiere una importancia renovada. No porque entregue respuestas acabadas para los problemas contemporáneos, sino porque reconstruye una discusión indispensable: la relación entre las derrotas históricas de la clase trabajadora y las transformaciones ideológicas producidas en su seno. Allí donde el posmodernismo celebró la fragmentación y la renuncia a toda perspectiva estratégica, Anderson recordó que las formas del pensamiento no son independientes de las formas de la lucha de clases. Allí donde el estructuralismo y sus herederos buscaron desplazar la centralidad de la acción histórica de las masas, Anderson insistió en que la teoría marxista sólo puede comprenderse adecuadamente en relación con los procesos revolucionarios reales que le dieron origen.
En tiempos en que amplios sectores vuelven a interrogarse sobre el significado del socialismo, la crisis del capitalismo y las perspectivas de transformación revolucionaria de la sociedad, Consideraciones sobre el marxismo occidentalpermanece como una referencia obligada. No sólo porque ofrece una genealogía rigurosa de las corrientes intelectuales que dominaron buena parte del siglo XX, sino porque recuerda una verdad elemental del marxismo: las grandes elaboraciones teóricas nacen de la experiencia histórica de la lucha de clases y encuentran su sentido último en la orientación práctica de quienes aspiran a transformar el mundo.
PUEDES BAJAR EL LIBRO AQUÍ
