Perros policiales, represión y preparación de la resistencia social

por Valeria Menéndez

La declaración de la Asociación Observadores Defensores de Derechos Humanos de Chile (ODDH-Cascos Azules) abre una discusión relevante y necesaria. Su cuestionamiento al uso de perros policiales en manifestaciones pone de relieve una contradicción evidente: mientras el Estado chileno dispone de una legislación que reconoce a los animales como seres sensibles merecedores de protección, las propias instituciones represivas los utilizan como instrumentos de coerción en escenarios de confrontación social, exponiéndolos a gases lacrimógenos, ruidos extremos, situaciones de estrés y riesgo físico permanente.

El problema, sin embargo, trasciende el ámbito del bienestar animal. Los perros policiales no son una simple herramienta de apoyo operativo. Forman parte de un dispositivo represivo, de terror de Estado, cuyo objetivo es intimidar, dispersar y controlar a quienes ejercen el derecho a manifestarse. La discusión sobre las condiciones de los animales permite iluminar una cuestión más amplia: el perfeccionamiento constante de los mecanismos de control social desplegados por el Estado frente a la protesta popular. La Dictadura de Pinochet fue el último período en que fueron utilizados para la represión y la tortura. Su utilización por lo mismo tiene un significado político muy particular.

No es casual que la reaparición de perros adiestrados en las calles coincida con un período de creciente endurecimiento político. Durante los últimos años, el régimen construido a partir del Acuerdo por la Paz ha impulsado sucesivas reformas represivas, ampliando facultades policiales, fortaleciendo la persecución penal de la protesta y normalizando la presencia de dispositivos de control cada vez más agresivos. La utilización de animales para labores de orden público se integra en esa misma lógica: aumentar la capacidad disuasiva de las fuerzas policiales mediante recursos destinados a provocar temor y desmovilización.

La experiencia histórica enseña que ninguna de estas medidas surge de manera aislada. Cada avance represivo responde al temor de las clases dominantes frente a la posibilidad de que las masas vuelvan a irrumpir en la escena política. Cuando la crisis social se profundiza, cuando aumentan la desigualdad, la precariedad y el descrédito de las instituciones, el Estado se prepara para enfrentar futuras explosiones sociales. El despliegue de perros policiales debe ser comprendido en ese marco general.

Por ello, la discusión no puede limitarse a la exigencia de protocolos más humanitarios o a una regulación más estricta del uso de animales. Tales demandas pueden ser legítimas, pero resultan insuficientes frente al problema de fondo. Lo que se encuentra en desarrollo es una política sistemática de fortalecimiento de los aparatos represivos destinada a garantizar la estabilidad de un orden social crecientemente cuestionado.

La principal conclusión que deben extraer las organizaciones populares, estudiantiles, sindicales y territoriales es la necesidad de prepararse para enfrentar este escenario. La defensa de los derechos democráticos exige comprender las nuevas formas de represión, denunciar su implementación, desarrollar organismos de observación y defensa de derechos humanos, fortalecer las redes de solidaridad y construir formas de organización capaces de resistir físicamente la criminalización de la protesta.

La historia del movimiento obrero demuestra que toda etapa de ascenso de la lucha social ha estado acompañada por intentos de perfeccionar los mecanismos de coerción estatal. Frente a ello, la respuesta nunca ha sido el pacifismo. La tarea fundamental del período consiste en preparar política y organizativamente a los trabajadores, estudiantes y sectores populares para enfrentar la represión que inevitablemente acompañará las futuras luchas sociales. Defender a los animales utilizados como instrumentos de coerción es una causa justa; pero la cuestión decisiva sigue siendo organizar la fuerza social capaz de poner fin al régimen que convierte tanto a los seres humanos como a los propios animales en instrumentos al servicio de la dominación.