No votaré en el plebiscito y seguiré luchando

por Guillermo Correa

Ir contra la marea del Apruebo, aunque sea a cabeza gacha, es algo muy mal visto en nuestro país y si no lo haces así eres considerado un bicho raro, un ultra, un violentista, un antidemocrático y un sinnúmero de otros epítetos que te definen finalmente como un “traidor” y alguien que le hace el juego a la derecha.

Ha sido difícil tomar la decisión de escribir esta crónica manifestando que no participaré del proceso constituyente en curso ni votaré en el Plebiscito del 25 de octubre, aun  cuando esto ya lo he planteado claramente en otras crónicas que he realizado anteriormente (“Espejismo Constituyente”, “¿Terminó el Carnaval de Máscaras Neoliberal?”; “Qué Aprueba el Apruebo”) , pero he sentido la necesidad de hacerlo en forma explícita ya que considero que es parte de una opción, de un acto político meditado, no de una posición emocional ni antojadiza, posición que nada tiene que ver con participar o no de los procesos electorales o “ciudadanos” en general, sino que simplemente es la opción política de no participar en este proceso creado desde las élites, con sus propias , meditadas y bien delimitadas reglas.

Quienes creen que mediante este mecanismo se cambiará el actual modelo de sociedad tienen todo el derecho a pensar así y participar en el Plebiscito acordado por la clase política institucional,  pero quienes tenemos una visión y opción distinta y consideramos este mecanismo como una inteligente maniobra política destinada a “encausar” la rebeldía popular en el camino institucional de este proceso constituyente, también tenemos el mismo derecho de no aceptar este proceso ni transitar por este estrecho torniquete donde nos convocan a pasar los poderosos de siempre.

Para muchos sectores la única posibilidad de participar en política es siendo un ciudadano que acude en forma disciplinada a participar en eventos electorales. El acto de no acudir a votar es considerado como una acción antidemocrática, una “herejía cívica”, siendo que también es un acto político, que expresa no aceptar lo que propone con límites y reglas bien precisas el actual proceso.Advertisement

No solo el gobierno de Sebastián Piñera fue rotundamente cuestionado en la rebelión popular iniciada en octubre del año pasado, sino también toda la clase política institucional, que fue precisamente la que materializó desesperadamente el Acuerdo por la Paz  y la Nueva Constitución del 15 de noviembre del 2019, pero como nuestra memoria es tan frágil, se nos ha olvidado completamente todo esto y nadie quiere quedar fuera de la marea roja ganadora del  “apruebo convención constitucional”.

Hoy es el tiempo de la unidad, de juntar nuestras fuerzas para propinarle una derrota estrepitosa a la derecha,  esa es la idea fuerza con que refuerzan el argumento de la participación en este Plebiscito, pero a este punto es lícito preguntarse de qué derecha estamos hablando, ¿de aquella derecha tradicional que va desde los sectores liberales, moderados hasta  los sectores ultra conservadores y pinochetistas; o de aquella derecha disfrazada de centro izquierda que desde la década del noventa en adelante asumió en la práctica concreta las políticas neoliberales, las políticas privatizadoras, e incluso las políticas represivas de la derecha política, perfeccionando y profundizando el modelo plasmado en la Constitución del 80.?

De esta forma, quienes no participaremos de un proceso constituyente tramposo y fraudulento, hecho a la medida de los poderosos , con la complicidad de la gran mayoría de la clase política institucional que firmó el Acuerdo por la Paz y la Nueva Constitución para frenar el ímpetu rebelde y tratar de proyectar otros treinta años de somnolencia, manipulada con las promesas de un cambio de modelo de sociedad, terminamos siendo considerados unos parias, aún cuando este cambio prometido mediante la propaganda y la publicidad no sea posible realizarlo dentro de las precisas y estrechas reglas que delimitan el proceso constituyente institucional en curso.

Las verdades a medias de la efectiva propaganda difundida a través de los más variados espacios comunicacionales, especialmente las redes sociales e incluyendo por cierto la franja electoral de la televisión abierta, han penetrado tan profundamente en el inconsciente colectivo que aun cuando se muestren otras “verdades” respecto a este proceso, refrendadas por la Ley 21.200 que regula este Plebiscito y Convención Constitucional, simplemente se leen y se ignoran, ya que no son funcionales a la opción ganadora que se ha decidido asumir.

Esta  “inmunidad plebiscitaria” tranquiliza el deber ciudadano y republicano de participar y votar lo que, como decía anteriormente, se reafirma mediante  la “publicidad engañosa” en curso, dejando en las penumbras o entre los bastidores de los avisos publicitarios las limitaciones y las  normas cuidadosamente escritas que regulan este proceso constituyente institucional.

Así, como si se tratara de una bebida de fantasía, nos dicen que construiremos un nuevo Chile de múltiples colores, como una amarga metáfora del arcoíris del Plebiscito del 88 y de la alegría que nunca llegó.

La propaganda del Plebiscito del 25 de octubre partió con la franja electoral mediante cadena nacional y los avisos publicitarios prometen un cambio radical de modelo económico, político, social y cultural en nuestro país, sin mencionar para nada las reglas impuestas desde el poder para este proceso, que en la práctica impedirán que dichas promesas se cumplan. Para resaltar tan solo una de ellas, podemos mencionar el altísimo quórum de los 2/3 para aprobar lo que se pretenda plasmar en la “nueva Constitución”. Este último tiempo, este factor de los 2/3 está apareciendo cada vez con más frecuencia en numerosos artículos, opiniones y comentarios, mostrándolo como una de las trampas o candados más notorios definidos en el Acuerdo por la Paz y la Nueva Constitución, pero se relativiza y se coloca tras bambalinas, como si se tratara de un detalle sin importancia.

Pero como nuestra idiosincrasia legalista y electoralista, junto con nuestra memoria corta, el mal menor y los triunfos morales, nos lleva a utilizar los argumentos más diversos para olvidarnos de un plumazo de la exigencia de una Asamblea Constituyente  soberana, junto con el rechazo rotundo a las instituciones neoliberales, al gobierno excluyente y represivo de Sebastián Piñera  y a la clase política institucional en general, demandas que se plantearon en las multitudinarias movilizaciones iniciadas en octubre, de la noche a la mañana, tal como se fraguó el Acuerdo por la Paz, se fue aceptando el camino fijado y delimitado con reglas precisas y claras por las mismas instituciones y la  clase política que se rechazaba, camino que ha sido trasformado con el arte  de la magia  publicitaria como un “gran triunfo de la rebelión popular”.

“Saltaremos todos los torniquetes Aprobando; será una Constitución creada entre todos; la alegría nunca llegó, pero ahora llenaremos de colores nuestro país; la salud digna y de calidad será un derecho; vamos a escribir entre todos la Constitución; construiremos como pueblo un país más justo; este nuevo Chile será escrito con nosotros; el Plebiscito es del pueblo; celebraremos una nueva Constitución nacida en democracia; despiertos y despiertas a escribir la Constitución que siempre soñamos; pondremos fin a las zonas de sacrificio; los adultos mayores tendrán las pensiones dignas que se merecen; garantizará dignidad y derechos sociales para todas y todos; el Apruebo es para que cambie todo en Chile; para que las semillas y el agua no sean de propiedad privada; construiremos un país que nos haga felices; es una oportunidad histórica de escribir juntos una Constitución en democracia donde todas las voces sean escuchadas, un Chile inclusivo, justo y solidario; etcétera, etcétera”, son algunas de las múltiples frases que se escuchan en la propaganda electoral.

Todas estas promesas no dejan de ser solo buenas intenciones, que este amañado proceso constituyente, con reglas hechas a la medida por las elites institucionales, no permitirán concretar, transformándose en una propaganda publicitaria, como si los derechos del pueblo fueran una bebida de fantasía más.Advertisement

En forma disciplinada, en paz, en orden y tranquilidad, con un lápiz azul en la mano, mascarilla y alcohol gel, respetando en actitud republicana el estado de derecho, ejerceremos el acto democrático del voto.

La maraña electoral extiende sus redes más allá del Plebiscito, puesto que una serie de procesos electorales se agolpan a la vuelta de la esquina, como las elecciones municipales y de gobernadores e incluso ya han aparecido candidatxs presidenciales para todos los gustos.

El triunfo del Apruebo no será con reglas en donde hayan participado quienes se alzaron en rebeldía, sino con aquellas creadas y fijadas desde el poder institucional. De esta manera el sistema dominante logró introducir una potente cuña, en el transversal  y multifacético universo que formó parte del pueblo rebelde que desbordó las grandes alamedas de nuestro país y que permanece en un estado de pausa obligada por la emergencia sanitaria provocada por el coronavirus. Tras bambalinas ha quedado, además del quórum de los 2/3, el hecho que la “participación de todas y todos” en la Convención Constitucional  para “escribir la nueva Constitución” será a través de 155 miembros elegidos con las  normas que rigen para la elección de diputados, con candidatas y candidatos inscritos en las listas de los Partidos Políticos institucionales, aún cuando los independientes pueden inscribir su propia lista adicional si son capaces de reunir y legalizar ante notario una cantidad determinada de firmas, pero las posibilidades de que puedan competir con éxito contra las listas de los partidos políticos es mínima, por otra parte tampoco “importa”, para quienes han aceptado participar en este proceso constituyente institucional, que los Tratados de Libre Comercio hayan sido excluidos y permanezcan intocables. Como un dato adicional, los Convencionales Constituyentes electos recibirán un sueldo de 50 UTM mensuales, es decir 2.518.600 pesos a la fecha actual, más las asignaciones que definan en el reglamento de funcionamiento de la Convención Constitucional, lo que no deja de ser un “estímulo” para competir por un cupo como miembro Convencional.Advertisement

Los caminos de la rebeldía popular se ven complejos y será muy difícil recomponer esa potente unidad  que irrumpió con fuerza en las calles de Chile proveniente desde los más variados sectores y territorios extraparlamentarios, totalmente alejados de los espacios institucionales que hoy se han retomado con una energía y emotividad que acepta sin cuestionarse la dulce zanahoria de la “nueva Constitución”, pero los poderosos han preparado y mejorado el garrote de la represión, el cual está listo para actuar si se apartan del camino institucional fijado o cuando la institucionalidad neoliberal lo estime conveniente.

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