por Gustavo Burgos
El “auge” económico proclamado por Donald Trump —respaldado por el ruido mediático en torno a los beneficios de las Siete Magníficas— oculta un cuadro estructural de debilitamiento productivo, caída de márgenes empresariales, aumento del desempleo industrial y persistencia de la inflación. En este contexto, la nueva ofensiva arancelaria es presentada como un instrumento para “recuperar” la industria manufacturera norteamericana y “proteger el empleo nacional”.
Sin embargo, un análisis riguroso, como el que despliega Michael Roberts sobre este punto, revela que esta política no revertirá la decadencia productiva ni la desindustrialización de Estados Unidos, y que su verdadero objetivo es preparar un ataque frontal contra las conquistas sociales y las libertades de la clase trabajadora conquistadas en la posguerra.
La falacia del retorno industrial vía aranceles
En la época del imperialismo —como explicaron Lenin y Trotsky— la localización de la industria obedece a la búsqueda del máximo beneficio a escala mundial. Las empresas trasladaron producción a países como China, India o Brasil no por “traición nacional” sino porque allí las condiciones de explotación del trabajo permiten tasas de ganancia muy superiores: salarios reales más bajos, jornadas más largas, menor cobertura social y libertad empresarial para destruir sindicatos.
Para que el capital “repatriara” masivamente producción a suelo estadounidense bajo el capitalismo, tendría que reproducir aquí esas mismas condiciones: destruir derechos laborales, eliminar la seguridad social, reducir drásticamente el salario real y quebrar cualquier resistencia sindical. Es decir, la “reindustrialización” capitalista solo es posible como guerra social contra el proletariado estadounidense.
Aranceles como instrumento de guerra de clases
Lejos de fomentar una nueva base productiva, los aranceles de Trump actúan como impuestos indirectos que se trasladarán al consumo interno, reduciendo el poder adquisitivo de la población. Según las estimaciones del Budget Labde Yale, su efecto inmediato será un aumento del 1,8 % en los precios y una pérdida media de 2.400 dólares por hogar. Esto, en un momento en que los ingresos reales están estancados desde antes de la pandemia, significa un empobrecimiento adicional de la clase trabajadora.
Además, el encarecimiento de insumos importados frenará la inversión en manufacturas nacionales y reducirá aún más los márgenes de beneficio, precipitando nuevos despidos y cierres. Lejos de ser un plan industrial coherente, se trata de una política de saqueo interno que prepara el terreno para exigir “sacrificios patrióticos” a los trabajadores.
La meta real: liquidar las conquistas de la posguerra
El proletariado de Estados Unidos aún conserva —pese a décadas de ofensiva neoliberal— vestigios de las conquistas logradas en el periodo de posguerra: seguridad social, salarios indirectos, negociación colectiva en determinados sectores, regulación parcial de las condiciones de trabajo. Trump, como expresión política de un sector del capital norteamericano, busca utilizar la bandera del “interés nacional” para destruir este marco.
El paralelismo con la Europa posterior a la Primera Guerra Mundial es evidente: allí, la reacción se vistió de “defensa nacional” para liquidar derechos y quebrar la resistencia obrera, con el fascismo como forma extrema. Hoy, en la fase imperialista tardía, el nacionalismo económico de Trump es la antesala de un proyecto político autoritario que combina proteccionismo, militarización y represión interna.
Conclusión: preparar la respuesta obrera
La política arancelaria de Trump no es una herramienta de “recuperación industrial” sino una bandera de guerra social. La experiencia histórica y la lógica del capital muestran que el retorno de las cadenas de producción al territorio estadounidense solo podría lograrse mediante la degradación de las condiciones de vida y trabajo del proletariado hasta niveles comparables a los de las zonas más dinámicas —y más explotadas— del capitalismo global.
En este sentido, el proteccionismo trumpista debe ser comprendido como parte de un plan estratégico para demoler las conquistas de la posguerra y reforzar el poder del capital frente a un proletariado debilitado pero aún capaz de resistir. La ultraderecha latinoamericana, los Bolsonaro, Milei, Kast y cía son simples títeres agentes de tal política imperialista, absolutamente incapaces de desplegar la más mínima bandera nacionalista que se alce contra el imperialismo. La tarea de los revolucionarios es desenmascarar este discurso y preparar una política independiente de clase que unifique a los trabajadores de todos los países contra el nacionalismo burgués y la ofensiva capitalista.
