Las asambLeas barrIaLes y La construccIón de Lo “púbLIco no estataL”: la experIencIa en La cIudad autónoma de buenos aIres

por Hernán Ouviña

Habrá aún asambleas en las plazas públicas y movimientos en los que no teníais pensado intervenir.

Primer Manifiesto Surrealista

André Breton

El presente artículo es producto de una investigación realizada durante el año 2003 que se centró, en un principio, en la caracterización del fenómeno asambleario en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, plan- teando en primera instancia algunas comparaciones con las asociacio- nes vecinales existentes durante el siglo XX en Argentina, organizadas en torno a los problemas territoriales en sus respectivos barrios. En segundo término, nos propusimos abordar las dimensiones organiza- tivas de las asambleas surgidas en los diferentes barrios capitalinos, atendiendo a su ubicación geográfica, al tipo de estructura interna que generan en sus prácticas, a la composición social de los miembros que las integran, a las actividades que están encarando en relación al barrio y los vecinos, a las instancias de articulación que establecen con otras asambleas, y también al vínculo que entablan con otras organizaciones y actores sociales, tales como los movimientos de trabajadores deso- cupados (piqueteros), los obreros de las empresas “recuperadas” y las cooperativas de cartoneros.

Durante el transcurso de nuestra investigación fuimos reformulando nuestro marco analítico-conceptual, en particular en lo referido a la delimitación entre lo que definimos como práctica política y lo que caracterizamos como “espacios públicos no estatales”, entendiendo bajo este nombre a un tipo de instancia que involucra formas de intervención colectiva y participación voluntaria de los vecinos, bajo lógicas que se distinguen de las que tradicionalmente guiaron a los órganos de gestión pública, por no estar acotadas al ámbito estatal ni al mercantil. En este sentido, nos abocamos a investigar los alcances y límites de estas moda- lidades de participación que –creemos– inauguran novedosos escenarios de vivencia democrática, así como sus posibles articulaciones con otras formas de autoorganización urbana, preguntándonos si pueden o no consolidarse como mediadoras reales de la acción política de los sectores populares por sus intereses, bajo control de estos, sin atarse mecánicamente al derecho estatal ni a la forma organizativa partidaria que regulan la representación política (Genro, 2000). Al respecto, una faceta relevante en esta etapa ha sido el análisis de otras modalidades de gestión que se están llevando adelante en diversas asambleas, explorando similitudes y diferencias en las posibilidades de articulación con otras formas de gestión como la estatal y la privada. Tal es el caso de los predios “recuperados”, los llamados socio-emprendimientos, y proyectos de economía solidaria.

A lo largo del artículo, intentaremos dar cuenta de todo este complejo proceso. Comenzaremos discutiendo en un nivel teórico qué en- tendemos por lo “público no estatal” y cuán innovadores resultan estos espacios con respecto a fenómenos similares surgidos en otros contextos históricos (por ejemplo, sociedades de fomento). Luego se realizará una breve reseña de lo que consideramos es el preludio social y político de las asambleas, en los años previos a su surgimiento, haciendo hincapié en la dinámica de construcción de los movimientos de trabajadores desocupados a partir de 1996 y 1997, así como de los acontecimientos que se sucedieron durante el año 2001 y que desembocaron en las jornadas del 19 y 20 de diciembre de ese año. En tercer lugar, se abordará el análisis del propio fenómeno asambleario, ahondando en las principales dimen- siones que lo caracterizan, e intentando dar cuenta de su complejidad y singularidad. Por último, a modo de complemento, se efectuará un breve balance de la experiencia de las asambleas barriales, a la luz de su aparente repliegue y, en algunos casos, virtual desaparición.

La década del noventa implicó una profunda modificación de los límites entre lo público y lo privado, en particular en Argentina. El proceso de privatización de los servicios públicos y de descentralización de deter- minadas funciones estatales –iniciado en los primeros años, en el marco de las leyes de Emergencia Económica y de Reforma del Estado– fue exhibido como un intento por parte del gobierno de Menem de fortalecer la sociedad civil. En esto tuvo que ver un diagnóstico hegemónico que observaba a la hipertrofia del Estado como principal responsable de los serios desajustes producidos en el financiamiento del gasto público. De ahí que los programas neoliberales de ajuste estructural aparecieran como la respuesta “técnicamente racional” para recuperar los equi- librios macroeconómicos perdidos. Sin embargo, el balance proviso- rio realizado por numerosos investigadores del tema indica que, en realidad, se terminó incrementando el poder de un reducido grupo de conglomerados económicos, beneficiarios del creciente predominio del mercado como reasignador de recursos (Oszlak, 1997; Boron, 2000; Thwaites Rey, 2001; Ouviña, 2002c).

La propuesta neoconservadora de la instauración en la región de un “Estado mínimo” no sólo tendió a acentuar las desigualdades sociales y económicas de gran parte de la población latinoamericana, sino que además tornó endebles a los propios aparatos estatales para garantizar de manera idónea sus funciones básicas. Poco a poco, distintas instituciones y especialistas comenzaron a hacerse eco de la necesidad de una “reconstrucción del espacio público”, otorgando una importancia sustancial en este proceso a las formas de propiedad y de control social “no estatales” (Fernandes, 1994; Bresser Pereira y Cunill Grau, 1998; Cardoso, 1997). La mayoría de estos autores, tal como ex- presa Cunill Grau (1997: 58), coinciden en que la noción de lo “público no estatal” remite a la creación de una institucionalidad que no sólo involucre la necesidad de tornar la gestión pública más permeable a las demandas emergentes de la sociedad, sino también de retirar del Esta- do y de los agentes sociales privilegiados el monopolio exclusivo de la definición de la agenda social. Esto implica un concepto de interés pú- blico plural y descentrado que, de acuerdo a Vera Telles (1994), brinde además la posibilidad de “publicitar conflictos privados, universalizar reivindicaciones, forzar el reconocimiento de alteridades y constituir actores colectivos que no pueden más dejar de ser tomados en cuenta en políticas y programas del Estado”1.

Cierto es que la sociedad civil en abstracto como tal no existe. En este sentido, consideramos que Antonio Gramsci (1998) aporta una definición interesante, entendiéndola como aquel terreno en donde se disputan relaciones de fuerza entre polos sociales antagónicos. De ahí que tampoco pueda equipararse a la sociedad civil con “lo público” a secas, ya que ella cobija también (y hasta está moldeada por) vínculos mercantiles y enajenantes. Así pues, lo “público no estatal” se construi- ría en esa especie de zona gris entre el mercado y el Estado, pero no como ámbito complementario con respecto a estas dos esferas, sino en tanto potencial impugnación de la existencia de estas mediaciones que apuntan a organizar la vida misma en función del proceso de acumu- lación capitalista. La noción nos obliga entonces a repensar y revisar el concepto de política. En este punto, coincidimos con Joachim Hirsch (2001) en que es preciso trascender las categorías tradicionales que identificaban política con Estado.

Aunque pueda resultar paradójico, habida cuenta de la impor- tancia crucial de las transformaciones ocurridas en la relación Estado/ sociedad, en Argentina existe una escasa literatura especializada re- ferida a estas nuevas formas de gestión pública y participación social denominadas “no estatales”, e incluso la misma se ha ocupado en for- ma fragmentaria del tema. Si bien algunos trabajos abordan la proble- mática, lo hacen a partir de análisis de casos específicos, tales como la opción de cogestión cooperativa de servicios públicos urbanos en la ciudad de Córdoba (Zilocchi, 1998), o bien la experiencia realizada por una ONG en materia de fiscalización ciudadana (Kohen, 1998). En ambas ocasiones, además, se tienden a omitir ciertos factores sociales, políticos y económicos que, a nuestro entender, permitirían dar cuenta de una manera más englobadora de este tipo de procesos.

Por otro lado, debido al carácter reciente y novedoso de las asam- bleas barriales2, prácticamente no existen investigaciones o artículos que intenten teorizar este fenómeno. Antes de su surgimiento, los po- cos autores que en los últimos años tuvieron como foco de análisis las protestas vecinales hicieron especial hincapié en las figuras del “con- sumidor” y el “usuario”, postulando que casi la totalidad de las luchas ancladas en lo barrial se caracterizaban por expresar demandas de tipoparticular, desarrollando una especie de “lobby” a favor de un interés corporativo (Nardacchione, 2000).

antecedentes hIstórIcos de La (auto)organIzacIón vecInaL


En Argentina3, el fenómeno más cercano a las asambleas barriales en términos históricos es el llamado “fomentismo”, constituido mayorita- riamente por Juntas Vecinales y Consejos Comunitarios del Gran Bue- nos Aires. Si bien pueden rastrearse sus orígenes hacia finales del siglo XIX, es a partir del proceso de industrialización sustitutiva de importa- ciones iniciado en 1930 que cobra relevancia y se expande, adquiriendo arraigo social junto al crecimiento de la ciudad que se generaliza en la segunda mitad de la década del cuarenta (García Delgado y Silva, 1989: 219). Su característica principal en términos de demandas era una es- pecie de vecinalismo de petición, centrado en la reivindicación de obras públicas para el mejoramiento del barrio que habitaban.

Un proceso similar se vivió por aquellos años en la Ciudad de Buenos Aires. Al proceso de migración interna se le sumaron los nuevos medios de transporte, la extensión del pavimento y los loteos de tierras baldías; fenómenos todos que, en conjunto, hicieron que muchos tra- bajadores abandonaran los conventillos del centro y se trasladaran a la periferia de la ciudad. Así nacieron numerosos barrios, como Almagro, Caballito, Flores, Belgrano, Pompeya, Mataderos y Villa Urquiza. Estos factores, combinados con la paulatina ampliación de la participación política y la necesidad de acelerar la extensión de los servicios urbanos, impulsaron el surgimiento de asociaciones de fomento, clubes de barrio y bibliotecas populares, todos ellos verdaderos espacios que respondían a la “recreación, educación y sociabilidad que se iban generando en el seno de la sociedad barrial” (Thompson, 1995: 51-52).

No obstante, el objetivo prioritario del fomentismo –no siempre reconocido por sus dirigentes– no era tanto el desarrollo de la “cultura popular”, como el convertirse en portavoces de las demandas edilicias ante el gobierno municipal o provincial. La instalación de los principales servicios públicos, en especial los de transporte y electricidad, constituía un reclamo de los habitantes del barrio que se nucleaban cada vez más en torno a estas organizaciones, en la medida en que se incrementaba el desfasaje entre sus expectativas vecinales y la capacidad de realización de obras de infraestructura por parte del Estado. Cabe destacar, ade- más, que la estructura organizativa propia de las sociedades de fomento era jerárquica, basada en una Dirección Ejecutiva elegida, por lo gene- ral, sobre la base de una lista única, que garantizaba la reelección por varios mandatos consecutivos de sus referentes máximos.

Con la consolidación del populismo, la regulación de las asocia- ciones vecinales por el Estado se intensifica, tendiéndose a la captación de lo social en parámetros estatales (González Bombal, 1995: 68)4. Los sucesivos gobiernos civiles y militares no hacen sino disminuir aún más el poder autónomo de las organizaciones barriales, intentando que su rol se restrinja al de meros apoyos de un régimen restrictivo, teniendo como horizonte una concepción corporativa de la acción política. Du- rante la presidencia de Videla se llega incluso a prohibir a las asociacio- nes fomentistas la posibilidad de federarse, y a las comisiones barriales se les prohíbe integrar autoridades de las sociedades de fomento.

A partir de finales de 1982, con los llamados “vecinazos” produ- cidos en el sur de la provincia de Buenos Aires a raíz del incremento de la tasa de alumbrado, barrido y conservación de la vía pública, emergen dirigentes y organizaciones barriales que tienden a desbordar la diná- mica institucional propia de las sociedades de fomento tradicionales5. No obstante este crecimiento y radicalidad (reflejados en su entendi- miento de la política como algo constitutivo del movimiento, así como en estructuras de funcionamiento más horizontales y democráticas), sus demandas tendían a restringirse –en tanto ciudadanos “contribu- yentes”– a un interés inmediato como vecinos-propietarios, solicitando una razonabilidad por parte de las autoridades municipales en el cobro de los impuestos (González Bombal, 1989).

Durante los años noventa no se produjeron grandes protestas vecinales, aunque sí se vivieron situaciones en las cuales habitantes de varios barrios capitalinos manifestaron su descontento frente a in- cumplimientos por parte de las autoridades de los servicios públicos o del gobierno. Tal es el caso del prolongado “apagón” sufrido en pleno verano de 1999 por vecinos de los barrios de Almagro, Boedo, Parque Patricios, Once, Congreso, Constitución, San Cristóbal, San Telmo, Puerto Madero y San Nicolás. En aquella ocasión, cientos de usuarios llegaron a cortar, en varias oportunidades, calles y avenidas, incendian- do neumáticos y bolsas de basura como modalidad de protesta frente a la negligencia de la empresa Edesur y la inoperancia del gobierno nacional y municipal (Ouviña, 2001). Aunque no llegaron a articularse gestando algún tipo de organización territorial (salvo el caso de los vecinos de Boedo que crearon una especie de foro de debate barrial), el hecho puede ser visto, en parte, como un antecedente del profundo descontento que tiempo después desencadenaría la rebelión popular del 19 y 20 de diciembre de 2001.

Hecho este breve racconto, consideramos que la emergencia de las asambleas en los distintos barrios de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires constituye un quiebre –o cambio cualitativo– con respecto a los diferentes casos mencionados, debido a que gran parte de sus prácticas, como veremos, tienen como objetivo satisfacer necesidades públicas, a través del fortalecimiento de la “sociedad civil”, entendida como una ter- cera esfera entre el Estado y el mercado (Bresser Pereira y Cunill Grau, 1998)6. Precisamente, una de nuestras hipótesis es que ellas operan desde una lógica inversa al “fomentismo” antes descripto: la intervención veci- nal, lejos de menguar, en muchas ocasiones se amplía e intensifica en la medida en que se logran ciertos objetivos consensuados a nivel comunita- rio en la propia asamblea. Esta creciente apertura de procesos decisorios y autogestivos en el ámbito social nos obliga a repensar –a la vez que distinguir– las nociones tradicionales de Estado y espacio público.

Las asambleas –en tanto instancias de “desprivatización” de lo social– permitirían recuperar la idea de lo “público” como algo que excede a (y hasta se contrapone con) lo propiamente estatal7. El hecho de que la mayoría de ellas funcionen en ámbitos abiertos, en muchos casos reapropiándose de terrenos anteriormente sumidos en una lógica privada8, no hace más que reafirmar esta hipótesis. La recuperación activa de lo “público”, tan imprescindible para la superación de la diná- mica mercantil propia de la sociedad capitalista, es practicada a diario por los vecinos-asambleístas9. Reformulando el planteo del movimiento feminista, podría decirse que “lo vecinal es político”. Así pues, aquello que tanto desde el Estado como desde el mercado es considerado un problema individual emerge como una cuestión colectiva, a resolver en el ámbito de la comunidad. Se quiebra así uno de los pilares básicos para el triunfo del neoliberalismo.

La política –entendida en su más amplio sentido– se reinscribe en lo barrial, al calor de la lucha y la construcción constante10. Este interés se ha materializado en la constitución de Comisiones de Trabajo11 que abor- dan una multiplicidad de cuestiones a niveles micro y macrosocial, dina- mizando el debate y, sobre todo, las acciones llevadas a cabo desde ese territorio en disputa permanente –o espacio vivido– que es el barrio12.

Esta y otras características que desarrollaremos más adelante nos permiten definir a las asambleas vecinales como ámbitos de cons- trucción de un espacio “público no estatal”. Veamos, por último, el con- texto inmediatamente previo en el cual emergen, para así comprender de manera más cabal sus dimensiones principales.

eL preLudIo asambLearIo

Sería erróneo suponer que las asambleas barriales surgieron como con- secuencia directa y unívoca de los acontecimientos sucedidos el 19 y 20 de diciembre de 2001. No obstante, podemos establecer esta fecha como condensación de un momento histórico que da origen a la auto- organización vecinal, especialmente en barrios de la Ciudad de Buenos Aires y, en menor medida, del conurbano bonaerense y otras regiones céntricas del país13.

El antecedente más próximo de prácticas asamblearias, dejando de lado las experiencias que anteriormente enunciamos, lo constituyen los numerosos grupos “piqueteros”, que en diversos barrios y rutas co- menzaron a realizar, desde fines de 1996, un claro ejercicio de democra- cia directa. Podemos mencionar, por ejemplo, el caso de los MTD de la zona sur del Gran Buenos Aires14, uno de los primeros movimientos de desocupados surgidos al calor de las políticas neoliberales. De acuerdo con uno de sus integrantes, al comienzo “una de las cosas que más cautivó fue la forma organizativa, que todo se manejara en asambleas, que nadie tuviera el cargo comprado, que todos fueran removibles” (MTD-CTD Aníbal Verón, 2000: 4). De manera análoga, un compañero del MTD de Solano afirma lo siguiente:

La asamblea es el órgano que tiene la mayor importancia, es el lugar donde se discuten las propuestas, donde se toman las principales decisiones: los planes de lucha, la creación de nue- vas áreas, la elección de delegados para cada barrio (Colectivo Situaciones, 2001: 26).

Por su parte, el Movimiento Teresa Rodríguez, integrante del Bloque Piquetero Nacional, expresa lo siguiente en su “Libro Celeste” (especie de manifiesto fundacional):

El alma de nuestro Movimiento son los Cabildos (asambleas). Quienes integramos el MTR gobernamos y deliberamos a tra- vés de nosotros mismos. No delegamos en nadie ni el gobierno ni nuestra capacidad de deliberar. Nos reunimos en Cabildos y decidimos por consenso o por mayoría qué se hace o se deja de hacer. Además, elegimos entre nosotros a los compañeros que consideramos los más capaces para encabezar la ejecución –y sólo la ejecución– de lo resuelto.

Siguiendo a Ana Dinerstein, podemos entonces afirmar que “la energía y los espacios ganados con las luchas que surgieron contra la violencia de la estabilidad, herederas de una historia de resistencia en Argentina, dieron forma a la insurrección de diciembre” (2002: 24). En efecto, previo a estas jornadas, se sucedieron una multiplicidad de hechos de enorme enverga- dura que concluirían el 19 y 20 de diciembre de 2001 su ciclo de ascenso. Merece destacarse, sin duda, la creciente relevancia que asumen los cor- tes de ruta efectuados por trabajadores desocupados y, en menor medida, ocupados. Esta nueva modalidad implica una sustancial transformación de la forma de protesta en la Argentina, que trae como consecuencia la emergencia de un nuevo actor social y político en la segunda mitad de la década del noventa: el movimiento piquetero. La conflictividad irá en ascenso hasta adquirir dimensión nacional en julio y agosto de 2001, meses antes del estallido popular. Cabe destacar que, en los sucesivos piquetes, la dinámica asamblearia devino no sólo en órgano de decisión política, sino en auténtico dispositivo de regulación de la vida, tomando como parámetro la solidaridad y el compañerismo. De esta manera, tal como expresa Pablo Perazzi (2002: 56), poco a poco el piquete “deja de representar únicamente una medida de acción directa –y por lo tanto de duración limitada–, expresando cada vez más un modo de organiza- ción relativamente estable que suele exceder la inmediatez del reclamo puntual”, buscando tornar visibles idearios político-sociales, a través del traslado de la oscura realidad barrial a una geografía pública.

Asimismo, a las sucesivas acciones de protesta bajo la modalidad de “apagones”, contra las arbitrariedades cometidas por las empresas públicas privatizadas (evidenciadas en la explosiva combinación de una deficiente prestación del servicio y la imposición de aumentos tarifarios), cabe agre- gar el hecho de que en los comicios legislativos del 14 de octubre el llamado “voto bronca” resultó primera fuerza en la Ciudad de Buenos Aires y Santa Fe, registrando un incremento, sin antecedentes en la historia, en el resto del país. A pesar de existir cerca de veinte propuestas en cada uno de los distritos, un considerable porcentaje de votantes optó por votar en blanco, anular el sufragio o directamente no participar del acto electoral. Sobre un padrón de 24.883.991 votantes, 10.218.924 no habían elegido candida- tos (Camarasa, 2002: 12). Casi 1.400.000 personas, además, votaron por partidos de izquierda (Clarín, 2001: 20). A esto se sumó la confiscación de ahorros realizada por el gobierno nacional desde el 3 de diciembre, hecho que generó un profundo malestar en alrededor de 3 millones de personas que se veían imposibilitadas de extraer de sus cuentas corrientes y cajas de ahorro más de 250 pesos por semana de dinero en efectivo.

Como respuesta al conjunto de medidas implementadas por el gobierno, las tres centrales sindicales –Confederación General del Trabajo (CGT) “oficial”, CGT “disidente” y Central de los Trabajadores Argentinos (CTA)– convocan para el 13 de diciembre a un paro activo nacional. Además de lograr un alto acatamiento, la jornada culmina con varios incidentes, destacándose los cruentos enfrentamientos que se producen entre la policía y numerosos desocupados en Neuquén. En los sucesivos días, los “saqueos” y expropiaciones a comercios y supermercados, que en un comienzo no eran más que focos aislados, se generalizan a varias provincias argentinas, incrementando la espi- ral de violencia. Asimismo, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, trabajadores pasantes de la empresa Telefónica de Argentina deciden ocupar por esos días las oficinas centrales, en demanda de mejores condiciones de empleo y contra la amenaza de despidos. Bajo este delicado contexto, la consulta popular realizada entre el 13 y el 17 de diciembre de 2001 por el Frente Nacional de Lucha contra la Pobre- za (FreNaPo) logra convocar a más de 3 millones de personas. Esta concurrencia masiva, así como el llamado “voto bronca” de octubre, fueron claros indicadores del descontento generalizado de una por- ción importante de la población, y pueden leerse retrospectivamente como antecedentes inmediatos del 19 y 20 de diciembre de 200115.

En cuanto a las jornadas mismas –conocidas popularmente como el “argentinazo”–, han sido caracterizadas de la más diversa manera. Si para algunos este “levantamiento popular” fue “el más preparado de to- dos los que lo antecedieron” (Altamira, 2002: 27), para otros, en cambio, significó una “insurrección espontánea” (Cotarelo, 2002: 87). Por su par- te, autores como Sanmartino y Romano (2002: 17) hablarán de “jornadas revolucionarias”, en el marco de una suerte de empate transitorio –expre- sado como crisis hegemónica– entre las clases fundamentales en pugna.

Consideramos que, al margen de los aportes y/o deficiencias de estas diferentes posturas16, nos acercamos más al planteo de concebir aquel acontecimiento en tanto insurrección17 de masas, fundamental-mente contra las políticas gubernamentales, implicando en términos históricos un punto de “no retorno”. Con ella se cierra definitivamente un ciclo iniciado –a escala nacional– el 24 de marzo de 1976 con el te- rrorismo de Estado, y continuado (más allá de los avances y retrocesos) durante los sucesivos gobiernos civiles de Alfonsín, Menem y De la Rúa, a lo largo del cual los sectores subalternos no logran trascender, más allá de breves interregnos, su accionar defensivo.

En cuanto al debate en torno al carácter espontáneo de la re- vuelta, podemos expresar, siguiendo a Negri (1994: 361), que “la es- pontaneidad no es un hecho negativo; al contrario, es el resultado de experiencias y de luchas pasadas, inteligencia que se hace cuerpo y voluntad y que por eso se convierte en activación insurreccional”. A esto aludía Antonio Gramsci (1998: 327) cuando manifestaba que en la historia nunca se da la espontaneidad pura, ya que ella coincidiría con la mecanicidad “pura”. Por ello, hasta en el movimiento “más es- pontáneo” existen elementos de dirección consciente; lo que ocurre es que estos no han dejado huellas o documentos identificables. Tal es el caso del 19 y 20 de diciembre de 2001, cuando lo que pasó fue que convivieron una multiplicidad de elementos, sin que ninguno de ellos tendiera a predominar. Por otra parte, si espontaneidad se entiende en su sentido etimológico (del latín, sponte, es decir, que se hace libre o voluntariamente, sin causa externa), entonces los acontecimientos que quebraron la institucionalidad burguesa en diciembre de 2001 fueron más luxemburguistas que leninistas clásicos.

Ambas jornadas tuvieron, además, un componente social suma- mente amplio, destacándose el 20 de diciembre la presencia juvenil. Es de resaltar, asimismo, la ausencia tanto de organizaciones sindicales como de movimientos piqueteros. De ahí que, si bien el detonante ini- cial de la rebelión fue la declaración del Estado de Sitio, que se sumaba a la falta de medidas oficiales concretas para paliar los efectos negativos del “corralito”, no deba descontarse toda la serie de acontecimientos antes mencionados, que supusieron una lenta acumulación de fuerzas que culminó con la caída –por primera vez como consecuencia de una agitación de masas– del gobierno civil.


Según relatan los vecinos protagonistas del 19 y 20 de diciembre de 2001, ya en esos días se comienzan a reunir en plazas, monumentos y esquinas cientos de hombres y mujeres que, en función de la cercanía territorial, confluyen en puntos neurálgicos de cada uno de los barrios capitalinos. Ezequiel, de la asamblea del Cid Campeador, describe el surgimiento de esta de la siguiente manera:

En las cercanías del Cid, una chica de 19 años se enteró de que en otros barrios comenzaban a organizarse asambleas. Fue a ver cómo funcionaban, y se le ocurrió que nuestro barrio necesitaba una. Con la ayuda de una amiga y de un comerciante de la zona de unos 60 años, pegó carteles invitando a una reunión para el viernes siguiente. Muchos vecinos, entre ellos yo, vieron esos carteles y decidieron concurrir. Así nació la Asamblea Po- pular del Cid Campeador, que funciona semanalmente desde el 11 de enero (Adamovsky, 2002: 48).

La caracterización de la situación inicial se asemeja a la realizada por numerosos asambleístas consultados. A modo de ejemplo, podemos re- producir el caso de la asamblea de Plaza Palermo Viejo. El siguiente es un breve relato brindado por sus integrantes.

En el barrio algunos vecinos nos reunimos por primera vez el lunes 28 de enero de 2002, en la esquina de Thames y Nicara- gua. La asistencia a la convocatoria fue en aumento, hasta que se resolvió cambiar el lugar de reunión. Decidimos entonces trasladarnos a la plaza que lleva el nombre del barrio. El cam- bio de espacio finalmente se concretó el 18 de febrero y en esa misma reunión se decidió el nombre que hoy nos identifica (Asamblea de Plaza Palermo Viejo, 2002: 2).

No hay, por lo tanto, coincidencia total sobre el momento en el cual se gestó la primera asamblea vecinal: mientras algunos la ubican en el barrio porteño de Floresta a finales del mes de diciembre (Colectivo Situaciones, 2002: 174), otros postulan como instante fundacional el propio miércoles 19 a la noche en San Martín y Juan B. Justo, barrio de Paternal (Guerrero, 2002: 54). Sin embargo, de acuerdo con nuestra investigación, muchas datan –si bien todavía sin nombre ni consisten- cia plena– de días antes del estallido, como las reuniones llevadas a cabo por los vecinos del barrio de Liniers, o los autoconvocados de San Cristóbal. Pero más allá de la discusión que este contrapunto generó, lo cierto es que podemos afirmar que la inmensa mayoría de las asam- bleas surgieron con posterioridad al 19 y 20 de diciembre de 2001, más específicamente hacia finales de diciembre y todo el mes de enero de 2002, al menos en el caso de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Ya a partir de febrero y marzo comienzan a funcionar de manera plena las diferentes comisiones que dinamizan el debate surgido en las asam- bleas, favoreciendo así “el proceso de recuperación de la capacidad de acción” de las mismas (Svampa, 2002a: 57).

Por otro lado, con respecto a la ubicación geográfica de las asam- bleas, podemos mencionar que, al menos en los primeros meses de emergencia, casi la mitad de ellas se encuentran en la ciudad capitali- na (donde viven uno de cada diez habitantes del país), mientras que el resto se distribuyen mayoritariamente en la provincia de Buenos Aires y, en menor medida, Santa Fe, Córdoba, Entre Ríos, Río Negro, La Pampa, Neuquén y San Juan (Pereyra, 2003). Cabe agregar que, en el caso específico de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, la mayor concentración se ubica en aquellos barrios cuya composición social es predominantemente de clase media, tales como Belgrano, Palermo, Almagro y Flores18. En las regiones periféricas de la Capital Federal (Pompeya, Villa Luro, Villa 31, Villa Soldati) su número es mucho más reducido, registrándose en casi la totalidad de estos barrios sólo una asamblea permanente. No obstante, es importante no absolutizar estos datos, ya que en algunos barrios con mayor poder adquisitivo también se verifican escasas asambleas (Recoleta). Consideramos que la com- posición social es uno de los factores relativos, aunque desde ya no el único, que influye en la proliferación o no de una mayor cantidad de asambleas. Otros condicionantes que pueden mencionarse a modo de ejemplo son la existencia o no de organizaciones vecinales previas, con trabajo territorial en la zona, así como el carácter espontáneo o no del surgimiento de cada asamblea (es decir, si fue convocada desde un comienzo por partidos políticos o referentes de agrupaciones no guber- namentales, o por el contrario se gestó como consecuencia directa de los sucesivos “cacerolazos”).

Sería infructuoso reseñar la totalidad de asambleas existentes en los diferentes barrios que componen la ciudad. Mientras algunas de ellas han sido disueltas, muchas se han fracturado, al tiempo que otras han decidido fusionarse. No obstante, en su mayoría todavía continúan funcionando y realizan múltiples actividades. Incluso en el transcurso de la segunda mitad de 2002 y comienzos de 2003 se han creado nuevas asambleas, producto de rupturas o de la propia iniciativa de vecinos autoconvocados.

La composIcIón socIaL de Las asambLeas: una muLtIpLIcIdad en movImIento
Siguiendo a Maristella Svampa, podemos decir que tanto amplios sec- tores de las clases medias como grupos de jóvenes “encontraron su espacio de articulación –bajo la forma de la convergencia o del conflicto latente– en las asambleas” (2002b: 29). No obstante esta primera gran definición, debemos aclarar que, tanto en diferentes estudios efectua-dos (Quintar et al., 2003; Svampa et al., 2002; Fernández et al., 2002) como en las entrevistas realizadas, se refleja una compleja multiplici- dad en términos de edades, género, inserción laboral, nivel educativo o experiencias políticas previas. Así pues, una de las características dis- tintivas de las asambleas es su alto grado de heterogeneidad, que, lejos de suponer un eclecticismo caótico y amorfo, emerge en tanto diálogo permanente y transversal entre las diversas prácticas y corrientes de opinión al interior del campo popular. En este tipo de espacios (auto) organizativos, cientos de vecinos y vecinas confluyeron en pos de un proyecto colectivo diverso, que se delinea en su propia acción cotidiana como una instancia fundamental de aprendizaje (con)vivencial.

Ligado a esta cuestión, un tema que generó mucha discusión desde el origen mismo del movimiento fue su carácter vecinal. Al- gunos autores han planteado que esto no hace más que expresar el contenido pequeñoburgués de esta instancia organizativa: la catego- ría de vecino –afirman– subsume y opaca la clásica dicotomía entre capital y trabajo, o bien entre burguesía y proletariado. Sin embargo, creemos que la recuperación de una palabra tan bastardeada como la de “vecino” contiene numerosas potencialidades. Merecen destacarse las siguientes.

–  La noción se vincula con la idea de territorialidad. Esto puede observarse también en el movimiento piquetero, pero no sólo en él, ya que tanto los zapatistas chiapanecos como el Movimiento de Trabajadores Rurales Sin Tierra de Brasil arraigan gran parte de sus luchas en la recuperación de un espacio a nivel colectivo, en paralelo a la recomposición de los lazos de solidaridad rotos por el Estado y la dinámica fragmentaria del mercado. El vecino no necesita, pues, hacer “entrismo” en su barrio. Sería sencilla- mente un contrasentido.

–  El vecindario permite asumir un compromiso de lucha que, hoy en día, a raíz de la reestructuración capitalista de las últimas décadas, se torna cada vez más difícil en el ámbito laboral. Frente a una tasa de desocupación y subocupación enorme, y una flexi- bilización galopante, muchos hombres y mujeres encuentran en el barrio un espacio propicio para la construcción de una contra- hegemonía social, política y cultural.La organIzacIón Interna y sus dInámIcas de funcIonamIentoLa organización de cada asamblea, más allá del barrio, tiene caracte- rísticas similares, que podemos sintetizar de la siguiente manera: au- sencia de una estructura interna con cargos permanentes, dinámica de exposición y posterior debate coordinado, por lo general, por un vecino rotativo, designado por la propia asamblea19. Además de este plenario ge- neral en el que se delibera sobre problemáticas nacionales pero también aquellas restringidas al barrio, fueron surgiendo, con el correr del tiem- po, comisiones temáticas –prensa, salud, compras comunitarias, política y economía, etc.–, con el objetivo de operativizar las acciones discutidas semanalmente (Quintar et al., 2003). En algunos casos, estas instancias llegaron a autonomizarse al punto de constituir un colectivo con una dinámica propia con respecto a la reunión asamblearia semanal20.

Con referencia a los numerosos debates generados en torno a las limitaciones y potencialidades de la democracia directa, las asambleas han dado cuenta de esta tensión en sus propias prácticas. Desde sus orígenes, fueron conscientes de que la horizontalidad, si bien impres- cindible para la construcción permanente de nuevos vínculos, no puede, bajo ningún concepto, devenir en un “fetiche” remedio de todos los ma- les21. Antes bien, es necesario combinar los métodos de participación y discusión colectiva con los de la designación rotativa de delegados, que permitan llevar a cabo las actividades consensuadas con los vecinos. Esta forma de construcción no implica, sin embargo, la generación de liderazgos ni la escisión entre dirigentes y dirigidos. Tampoco, reifi- car una falsa dicotomía entre representación política y democratismo acérrimo, principal “caballito de batalla” de los impugnadores de la forma asamblearia. A contrapelo, las múltiples comisiones de trabajo, Mesas de Enlace, Encuentro de Asambleas Autónomas y respectivas Interzonales por barrio demuestran cuán equivocados están quienes interpretan como caótico y desarticulado a este espacio comunal. No están ausentes en él, por supuesto, las contradicciones. Aquí radica, aunque pueda resultar paradójico, uno de los sustanciales aportes de las asambleas: lejos de intentar saldarla –o anularla lisa y llanamente–, han decidido poner la contradicción en movimiento, echarla a andar para que, en la misma dinámica de la lucha y la discusión, pueda ir constituyendo un motor para la creación de lo nuevo, sustentada por recursos y fuentes no convencionales que potencian la desobediencia civil. Sepultar la soberbia política ha sido uno de los objetivos priorita- rios de las asambleas. Al parecer, en el transcurso de este tiempo, los partidos y organizaciones tradicionales fueron los menos permeables a esta tarea quijotesca que plasma en la praxis misma una profunda autocrítica con relación a las formas de in(ter)vención política.

Cabe agregar que, en especial a partir de 2003, casi la totalidad de las asambleas han dejado de votar para la toma de decisiones, llegando a acuerdos generales basados en el consenso. Consideramos que esto no anula la diversidad ontológica que cada espacio asambleario cobija, sino que evidencia una notable madurez social ligada a una nueva forma de construcción basada en la confianza, el respeto y la escucha de esa pluralidad de voces habitada por el hacer-pensar, estando contenidos los fines propuestos en los propios medios de construcción. Se ha pasado, en palabras de un vecino de la asamblea Gastón Riva de Caballito, “de la declamación a la pregunta”. De esta manera, la práctica militante, lejos de ser obturada por lo afectivo, se ha ido nutriendo de ello, dando origen así a una amalgama de acciones cooperantes, en donde el deseo no se contrapone sino que confirma la validez de la creación política por parte de esta congregación de voluntades críticas, que reniega de aplazar para “después de la revolución” la consolidación de vínculos fraternales.

La vIncuLacIón con otros actores socIaLes y poLítIcos

Otro aspecto que merece destacarse es la relación o vínculo que las asambleas barriales han generado desde su surgimiento. En primer lugar, cabe mencionar al Estado, no solamente como interlocutor sino también en tanto antagonista político. Resulta claro que, más allá de ser reacias, nunca fueron totalmente ajenas con respecto al Estado22: de manera análoga al movimiento piquetero, tres son las formas de “vinculación” de las asambleas con respecto a lo estatal.

–  Reapropiación colectiva de las energías expropiadas por la for- ma-Estado a la comunidad (gestión democrática de espacios y servicios públicos, apertura de merenderos, etcétera).

–  Cooptación institucional (por ejemplo, a través de los Centros de Gestión y Participación del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires u otras instancias estatales)23.22 Entendiéndolo en sus diversas dimensiones, a saber: relación social de dominación; conjunto de aparatos institucionales; y políticas públicas. Para una profundización de esta concepción, ver Ouviña (2002a).23 Es sintomático el eslogan utilizado durante 2002 y 2003 por parte de los CGP del Go- bierno de la Ciudad de Buenos Aires –“¡Que se vengan todos… los vecinos!”–, con una clara intención de acercamiento a, y búsqueda de institucionalización de, los espacios asamblearios.

–  El tradicional intento de aparatear el espacio por parte de militantes que trazan su línea de acción al interior del partido, buscando luego imponer a la asamblea sus opciones.

–  El copamiento, es decir, la práctica de una organización que, expli- citando su pertenencia, trata de llevar el movimiento de las asambleas de modo tal que confluya con sus intereses partidarios.

–  La infiltración, metodología empleada por afiliados a partidos que participan de la asamblea sin mencionar su pertenencia, pero tratan de influir en sus deliberaciones y acciones.

–  El amedrentamiento, estrategia propia de los sectores de derecha, que puede ir desde el merodeo amenazante del lugar donde se desarrolla la asamblea hasta la agresión física directa.Teniendo en cuenta estas relaciones conflictivas, es importante destacar que el recelo de muchos asambleístas con respecto a los partidos de iz- quierda no significa, per se, despolitización. Por el contrario, en muchos casos supone un paso frustrado y traumático por sus asfixiantes filas. El antes mencionado intento de aparateo de algunas agrupaciones quedó abollado, desde el inicio, por la férrea voluntad de numerosos vecinos con pasada experiencia militante, que encontraron nuevamente un ám- bito de participación en las asambleas. Resulta sorprendente observar a cientos de personas que promedian los cincuenta años debatir en plazas y esquinas. Tres años atrás, la mayoría de ellos no trascendía tal vez de la protesta individual frente al televisor o la noticia de tapa del diario. Además, si bien denuncian y luchan contra el sometimiento y la opre- sión general, hacen un fuerte hincapié en desarticular las relaciones de dominación locales y específicas que, aunque (o precisamente por) invisibles y sutiles, garantizan la reproducción del orden existente día a día. Esto ha sido olvidado por casi la totalidad de las organizaciones populares, que reducen el combate a una mera disputa y acumulación de fuerzas por el poder estatal, subestimando las redes capilares de expropiación del hacer humano que operan cotidianamente.Christian Rath, del mismo agrupamiento político, denuncia “la conspiración del MST [Mo- vimiento Socialista de los Trabajadores] en el seno de las asambleas populares” (reproducidoen <www.poloobrero.org.ar>). Por su parte, Adriana Vitoli, candidata por Izquierda Unida a la Legislatura Porteña e integrante de la asamblea de Entre Ríos y San Juan, contraataca acusando al Partido Obrero de no haber “dudado en utilizar todos los medios a su alcance, incluyendo la agresión física”, para “lograr que el movimiento asambleario tome su política” (Prensa Obrera, 2003). Varios asambleístas entrevistados coinciden en criticar este tipo de acciones. Mientras uno de ellos expresa que “a los militantes de izquierda no les interesa la discusión entre vecinos ya que tienen su propio ámbito de debate que es el partido”, otro agrega que “el error de los partidos es tratar de imponerles a los vecinos un pensamiento político, cuando ese pensamiento lo tenemos que construir entre todos” (Fernández, 2002: 6).

Finalmente, podemos mencionar el caso de los cartoneros. Varias asambleas, desde sus inicios, han tenido una íntima vinculación con este actor social. La asamblea de Colegiales, por ejemplo, debido a su proximi- dad geográfica con el ramal del llamado Tren Blanco (destinado a trasladar exclusivamente a trabajadores cartoneros), ha realizado actividades junto con ellos. Durante el año 2002, se llevó a cabo una campaña de vacunación que dio resultados sumamente positivos, consiguiéndose además –luego de movilizaciones conjuntas de las asambleas de Colegiales, Palermo Viejo y Núñez-Saavedra– la autorización de acceso a la estación Carranza para los cartoneros, quienes se habían visto imposibilitados de ingresar a ella duran- te ocho meses. En particular, la asamblea de Colegiales brinda la casa de uno de sus integrantes para el acopio de materiales reciclables y alimentos juntados por cartoneros y vecinos. También la asamblea de Palermo Viejo ha enviado un cargamento, junto con cartoneros con quienes trabajan hace ya más de un año, para los inundados de Santa Fe. Por su parte, la asamblea po- pular de Villa Pueyrredón viene colaborando, junto con otras asociaciones y ONGs del barrio, en un proyecto de (auto)organización de los cartoneros como Cooperativa de Recuperadores Urbanos. En una carta abierta dirigida a los vecinos, en donde comentan las actividades que están llevando a cabo en el predio recuperado en Artigas y las vías, expresan:

Los cartoneros son trabajadores y su función, la de ser el pri- mer eslabón en la cadena de reciclado de basura, tiene impor- tantes consecuencias económicas y ecológicas que redundan en beneficios para todos (QSVT, 2004: 3).

El 9 de abril de 2003, varias de estas asambleas barriales participaron junto a un grupo de cartoneros de una Audiencia Pública en la Legislatura, con el objeto de debatir los contratos sobre recolección de residuos en la Ciudad de Buenos Aires, logrando parar un proyecto que aspiraba a restringir la actividad de los cartoneros en los barrios capitalinos. Actualmente, las res- pectivas Comisiones de acción social de las asambleas dinamizan el vínculo con los cartoneros27. Esto ha traído aparejado un debate al interior de la propia organización vecinal, en la medida en que muchas perciben que el compromiso de la asamblea es escaso con relación a esta problemática.

Con respecto a los movimientos piqueteros, desde un comienzo, la relación ha sido muy fluida, plasmada en la famosa consigna: “pique- te y cacerola, la lucha es una sola”. Podemos mencionar el recibimiento por parte de los vecinos nucleados en la asamblea popular de Liniers realizado a los hombres y mujeres integrantes de la Corriente Clasista y Combativa (CCC) y la Federación de Tierra y Vivienda (FTV) como uno de los puntos culminantes del encuentro entre ambos sectores. En esta ocasión, más de 200 personas prepararon en Rivadavia y José León Suarez una calurosa bienvenida a los miles de trabajadores de- socupados que ingresaban a la ciudad de Buenos Aires, en el marco de una marcha originada en el partido bonaerense de La Matanza. Esto, de acuerdo al testimonio de un miembro de la asamblea, fue una ver- dadera “fiesta de confraternidad”, ya que “antes, en todas las marchas que hacían los desocupados, los comerciantes de Liniers cerraban las persianas automáticamente. Pero, por un trabajo que se hizo en el ba- rrio, por primera vez se mantuvieron las persianas abiertas”.

Asimismo, debemos destacar el hecho de que varias comisiones de desocupados de asambleas hayan devenido, con el tiempo, en espacios autónomos con una dinámica de construcción propia y diferenciada: de las prácticas desplegadas por parte de la asamblea de San Telmo surgió, a mediados de 2002, el núcleo embrionario del Movimiento de Trabajado- res Desocupados de San Telmo; de la de Juan B. Justo y Corrientes y par- te de la de Villa Crespo, el MTD de Villa Crespo; de la de Parque Lezama, un importante sector de lo que luego constituiría el Polo Obrero de San Telmo y La Boca; y de la del barrio de Floresta, el MTD “1o de mayo”.

En otras ocasiones, el reparto de bolsones de comida por parte de asambleas generó un vínculo cercano al asistencialismo con vecinos en condiciones de pobreza extrema, tornando problemático el trabajo terri- torial en el barrio. El resto de las asambleas, si bien no descartan prác- ticas en común con ningún grupo, han ido priorizando, crecientemente, el vínculo y la solidaridad con los MTDs integrantes de la Coordinadora Aníbal Verón, debido a su mayor grado de afinidad, por su carácter “autónomo”. De hecho, alrededor de veinte de ellas han conformado un espacio de reunión mensual denominado Ronda de Pensamiento Autó- nomo, que, si bien comenzó realizándose en la fábrica recuperada Gris- sinópoli, al poco tiempo se trasladó a Roca Negra, un predio cedido por las Madres de Plaza de Mayo a los MTDs de Solano, Almirante Brown y Lanús, ubicado en el barrio de Monte Chingolo28.

A su vez, con relación a las empresas “recuperadas” (gestionadas, bajo diversas modalidades, sin patrón), nuevamente podemos referirnos a la asamblea de Colegiales, Chacarita y Villa Ortúzar, que ha apoyado desde el comienzo la lucha de los obreros de Grissinópoli (fábrica de grisines rebautizada por ellos como Cooperativa “Nueva Esperanza”), brindando cobertura social a sus actividades políticas y culturales. La asamblea de Pompeya, asimismo, realizó numerosas acciones en pos del fortalecimiento de las prácticas autogestivas defendidas por la im- prenta Chilavert, que incluyen la apertura de un centro cultural en sus instalaciones. La asamblea de Lacarra y Directorio, por su parte, si bien no tiene una cercanía geográfica con la fábrica metalúrgica IMPA (gestionada por sus trabajadores desde 1998), ha establecido con ella (y, en un plano más general, con el Movimiento Nacional de Empresas Recuperadas) redes de solidaridades, así como planificación de prác- ticas en común, llegando inclusive a pensar en la presentación de una lista unificada para la elecciones de la Ciudad de Buenos Aires. También la asamblea de San Cristóbal, y la de San Juan y Boedo, han hecho lo propio con las trabajadoras de la empresa textil Brukman, lográndo- se generar inclusive un espacio de coordinación entre asambleas –que funcionó durante varios meses todos los miércoles a las 19 hs– en la plaza donde se ubicaba la carpa del aguante, instalada a metros de la fábrica como repudio al violento desalojo sufrido por parte de las fuer- zas policiales. La organización del “maquinazo” del 30 de mayo frente a la Jefatura de Gobierno de la Ciudad, el “mesazo” del 13 de junio en el microcentro para juntar firmas y otras actividades de menor enver- gadura contaron con la iniciativa y participación activa de numerosas asambleas de Capital Federal y Gran Buenos Aires. Por último, el Hotel Bauen, ubicado en pleno centro porteño, contó desde los primeros días con “guardias” rotativas brindadas por numerosas asambleas, y hoy se ha convertido en un ámbito de confluencia y hermandad de estos sectores en lucha.

Los espacIos recuperados

La dinámica de constante deliberación y acción callejera antes descrip- ta fue generando en muchas asambleas una bifurcación en su trayec- toria que dio comienzo a un proceso propio de ocupación de predios abandonados, con el objeto de recuperarlos para su uso público. En al- gunos casos, este derrotero estuvo acompañado por un abandono de las esquinas y plazas como ámbito de reunión, trasladando las asambleas a lugares públicos pero cerrados; y, en tal sentido, los ámbitos ocupados fueron un espacio privilegiado para esos encuentros (Quintar et al., 2003). La noción de lo “público no estatal” cobró, en estas ocasiones, una relevancia sustancial a los efectos de caracterizar el tipo de densi- dad asociativa que se pretendía construir territorialmente.

Su función comunitaria fue variando de acuerdo al tipo de lugar “recuperado”, pero en todos los casos implicó un sinuoso tránsito desde dispositivos asamblearios de debate colectivo a la búsqueda de concreción de formas de gestión popular solidaria, a través de la implementación de comedores para sectores pauperizados, emprendimientos de trabajo co- operativo, ferias artesanales, salas de asistencia médica y centros cultura- les, que inauguraron nuevas prácticas políticas, no exentas de tensiones.

La ocupación de predios y espacios públicos por parte de diver- sas asambleas barriales fue una de las actividades más originales y pujantes realizadas desde este movimiento. El primer espacio fue un ex Banco Mayo ubicado en las inmediaciones de Parque Avellaneda. Al poco tiempo, el sábado 16 de febrero, la asamblea de Vecinos Auto- convocados de Villa Urquiza recuperó para el barrio, con el objetivo de convertirlo en una plaza pública, el predio que supermercados Coto había usurpado “ilegítimamente”. De acuerdo a los vecinos, “mediante una dudosa concesión por 20 años, la empresa pretendía asegurar la posesión de espacio sin contemplar los intereses del barrio” (Periódico Asamblea de Villa Urquiza, 2002). Semanas más tarde, varias asambleas avanzaron en un mismo sentido tomando espacios, en sus respectivos barrios, sumidos en el abandono y la suciedad, para convertirlos en ámbitos de experimentación colectiva29.

Según relatan varios asambleístas que participaron en tomas de espacios, en cada uno de los casos ha sido una constante el hecho de que los meses posteriores a la apropiación del edificio estuvieron surcados por las lógicas contingencias vinculadas a cómo garantizar en el tiempo la toma del local (Svampa et al., 2002: 54). La mayoría de la veces, esta cuestión tendió a desgastar a los integrantes de la asamblea, en la me- dida en que, tal como testimonian numerosos vecinos, muchas de sus prácticas “estaban supeditadas a ese objetivo prioritario”.

El balance provisorio brinda resultados disímiles: mientras que en unos pocos casos la ocupación de edificios generó una especie de implosión y quiebre al interior de la asamblea vecinal (tal es el caso de la frustrada experiencia del predio recuperado por la asamblea de Villa Crespo), en otros brindó un espacio para la expansión de múltiples acti- vidades comunitarias de vinculación con el barrio (Asamblea Popular del Cid Campeador y La Alameda de Lacarra y Directorio), potenciando –y hasta desbordando– la práctica territorial de los propios asambleístas.

A pesar de que en un comienzo no sufrieron grandes amedrenta- mientos judiciales, a lo largo de 2003 varios de los predios recuperados han sido desalojados, en un contexto de ofensiva enmarcado en acciones similares sufridas por los habitantes del Patronato de la Infancia (edificio público en desuso ocupado por decenas de familias “sin techo”), integrantes del MTD de San Telmo, artistas del Centro Cultural Tierras del Sur y del Circo Trivenchi, y trabajadores de las fábricas Sasetru, Zanón y Brukman. Por su parte, la asamblea vecinal de Boedo fue obligada a desalojar el local lindero a la autopista en el cual, además de realizar actividades culturales y educativas, funcionaba un merendero. También la asamblea de Lezama Sur perdió el edificio del ex Banco Mayo, ubicado en Suárez 1244, luego de un impresionante operativo policial que desplegó más de 50 agentes. Meses más tarde, la asamblea de Haedo, en provincia de Buenos Aires, padeció un desalojo similar, y todo parece indicar que en el corto plazo varios espacios más se encuentran amenazados por la misma problemática30. El caso más emblemático ha sido el de la asamblea popular “20 de diciembre”, de Parque Avellaneda: luego de sufrir un desalojo, los vecinos lograron recuperar el predio, y se encuentran a la espera de la sanción de una ley de expropiación por parte de la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires.

Es por ello que la adquisición reciente de predios por parte de asambleas tiene un carácter menos confrontativo, y se vincula más a la negociación con el Gobierno de la Ciudad que al esfuerzo y aporte soli- dario de los propios vecinos. Así, desde hace unos meses, la asamblea de Juan B. Justo y Corrientes obtuvo un permiso municipal para usufructuar un local ubicado en Humboldt y Corrientes, mientras que la asamblea popular de Liniers optó por alquilar uno en Cosquín al 500, a metros de donde realizan su reunión habitual.

Los socIo-emprendImIentos y La construccIón de una “economía soLIdarIa”


Una de las actividades que más se ha extendido en los últimos dos años en varios barrios capitalinos es la consolidación de socio- emprendimientos (diferenciados, en la mayoría de las veces, de los microemprendimientos, asociados a los proyectos que tienden a ser financiados por las ONGs y el Estado) que apuestan a una “produc- ción libre de explotación”, en base a un “precio justo” y un “consumo responsable”, según los comentarios de varios asambleístas consulta- dos. La experiencia de mayor envergadura es la impulsada por los in- tegrantes de la asamblea de Núñez-Saavedra, quienes, teniendo como punto de partida un emprendimiento llamado “La bolsa y la vida” (anclado en las tradicionales compras comunitarias), avanzaron en la constitución de una red cooperativa de distribución de productos generados por el Movimiento Campesino de Santiago del Estero, el Movimiento Agrario Misionero, quinteros del Gran Buenos Aires, fá- bricas recuperadas y emprendimientos realizados por varias comisio- nes vecinales. Procurando el encuentro de consumidores dispuestos a optar por artículos elaborados de forma alternativa, la cooperativa apuesta a que estos tengan un precio “en el que se cristaliza una rela- ción que trasciende la compra-venta y supone un intercambio social donde lo determinante es el valor del trabajo incorporado” (volante de La Asamblearia, octubre de 2003).

Asimismo, merece destacarse la fabricación de artículos de lim- pieza por parte de la asamblea Gastón Riva de Caballito, la elaboración de papel reciclado por miembros de la asamblea de Villa del Parque, las artesanías y títeres en cartapesta realizados por la asamblea de Scalabrini Ortiz y Córdoba, las bolsas de residuos generadas por los vecinos de Pompeya, así como el taller de reciclado de computadoras del Espacio de Proyectos de Parque Patricios, la fabricación de pañales por la asamblea de Boedo, la producción de alpargatas por parte de la de Plaza Palermo Viejo de fideos artesanales en la de Colegiales, y las ferias de productos comunitarios armadas por la asamblea de Ángel Gallardo y Corrientes en su tradicional esquina, y por la de Palermo Viejo en un enorme predio recuperado en la calle Bompland, en donde funcionaron durante meses más de cien puestos de exhibición e intercambio. De acuerdo con un proyecto diseñado por los integrantes de esta última asamblea, la “economía solidaria” es una apuesta a “resignificar el in- tercambio económico a partir de nuevas relaciones entre los ámbitos de la producción, la circulación y el consumo”, fortaleciendo “todo el movimiento de autogestión social y de formas colectivas de gestión de lo público” (Asamblea de Palermo Viejo, 2003).

Por su parte, Lucio, de la asamblea de Núñez-Saavedra, reconoce que este sector o “subsistema de economía alternativa”, al menos por el momento, “necesariamente va a tener que manejarse dentro de un con- texto capitalista”. Sin embargo, agrega que la de ellos constituye “una forma de producir, distribuir y consumir que rechaza el lucro y pone el acento en la forma de decisión igualitaria y democrática”. Más allá de las posibles limitaciones, consideramos que este tipo de prácticas, muchas de ellas todavía embrionarias, apuestan a reinventar un universo de comuni- dades político-laborales compuesto no meramente de “ciudadanos”, sino de cooperantes voluntarios que (re)construyen vínculos y tejidos sociales, así como bienes públicos, capaces de contrarrestar el poder privatista del capital, sin delegar ese cuidado en funcionarios profesionales.

Las InstancIas de coordInacIón entre asambLeas

La conformación de la Asamblea Interbarrial –cuya primera reunión data del 13 de enero de 2002 en el Parque Centenario– apareció, al menos en sus comienzos, como un emergente de coordinación entre las más de treinta asambleas que venían funcionando desde el mes de diciembre en Capital Federal y, en menor medida, en el Conurbano bonaerense31. Su función primordial era potenciar los reclamos de los vecinos de la ciudad y, a la vez, crear un espacio en donde puedan discutirse objetivos comu- nes. Si bien durante los primeros meses mantuvo su heterogénea masi- vidad (con una concurrencia semanal fluctuante de entre mil y cuatro mil personas), poco a poco su rol se fue desvirtuando, deviniendo en una arena de resolución de los conflictos y mezquindades de los partidos polí- ticos y organizaciones de izquierda más sectarias. Esto fue percibido por numerosas asambleas, que optaron por generar instancias intermedias de articulación entre ellas mismas, en función de la cercanía geográfica y la filiación barrial. Así es como han ido emergiendo las Interzonales y las Mesas de Enlace, conformadas por alrededor de una decena de asambleas, aunque su número varía según el caso. Estos espacios, si bien hicieron menguar el nivel de intervención de los vecinos en la Interbarrial de Parque Centenario, instaron a su vez a un profundo debate acerca de las modalidades de deliberación en este último ámbito. Como consecuen- cia, se decidió finalmente modificar la dinámica de participación en la Interbarrial, restringiendo la votación resolutiva a un delegado rotativo con mandato por asamblea barrial32. No obstante, en un primer momen- to logró aglutinar a un gran número de asambleas de Buenos Aires, a punto tal que el 17 de marzo de 2002 se llevó a cabo la primera Asamblea Nacional Interbarrial, reuniendo a alrededor de 150 asambleas de todo el país en la zona de Parque Centenario. Meses más tarde, se intentaría repetir la experiencia con la segunda Asamblea Nacional, aunque en un contexto ya de reflujo general de este movimiento en el país33.

Otro ámbito de articulación asamblearia fue el llamado Espacio de Colombres. La denominación alude a la calle donde se encuentra ubicado el Centro Cultural creado por ex empleados del Banco Mayo, y que es utilizado por numerosas organizaciones sociales y políticas para la realización de reuniones y encuentros en común. En este caso, su surgimiento se vincula con algunos partidos –el Partido Obrero, el Movimiento Socialista de los Trabajadores y el Partido Comunista– que explicitaron al interior de las asambleas barriales la necesidad de con- figurar una instancia en la cual confluyan movimientos de tipo social con organizaciones “estrictamente políticas”.

Por su parte, la Asamblea Interzonal de Salud, o Intersalud, nu- clea a los referentes de las Comisiones de Salud que funcionan en cada una de las asambleas barriales de Capital Federal y GBA. Constituida entre marzo y abril de 2002 en función de la confluencia en la acción de dichas comisiones, según sus propias palabras, trata de “encargarse del problema cada vez más agravado de la salud en la Ciudad y alrededo- res”. En tal sentido, visitan hospitales públicos, piden medicamentos a laboratorios, realizan eventos, se conectan con trabajadores de la salud y pacientes, han participado del Foro Social de Salud y debaten medidas a tomar ante la inacción o complicidad de los responsables de esta situa- ción. La Intersalud también ha elaborado un programa de 30 puntos con demandas específicas del área. Uno de sus logros más importantes ha sido el proyecto de fábrica de pastas y panadería para el Hospital Bor- da, el cual, con sólo 20.000 pesos que tiene que ceder el Gobierno de la Ciudad, puede alimentar y dar trabajo no sólo a los internos de ese hos- pital, sino también a los del Moyano y el Tobar García, y a los comedores populares de los barrios de la Boca y Barracas. En su último Informe de Reunión del 23 de junio de 2003, han expresado en tono crítico:

La Intersalud no pretende ser el espacio líder en defensa de la salud y el hospital público y gratuito, sino aportar lo mejor que pueda a la lucha y buscando permanentemente la coordinación con otros espa- cios de luchadores tan válidos como el nuestro. En esa dirección ve- nimos recomponiendo nuestro espacio con un criterio más abarca- tivo de contención y potenciación de las compañeras y compañeros. Como en su momento hemos acordado, la Intersalud no es sólo un ámbito de asambleístas sino también de todos aquellos que en forma individual o de grupos estén comprometidos en la lucha contra estas políticas sanitarias, construyendo al mismo tiempo coordinación y unidad para ser más contundentes con nuestras iniciativas.

Del mismo modo, merece destacarse la Comisión por el control y recu- peración de los servicios y empresas públicas privatizadas, surgida en febrero de 2002 en el seno de la Interbarrial de Parque Centenario. Una asambleísta miembro entrevistada relata:

[La Comisión] se viene juntando desde hace más de un año, más específicamente la primera reunión en Colombres fue el 7 de mayo de 2002 (me acuerdo porque era el aniversario del nacimiento de Eva); desde ahí hubo reuniones todos los martes. Aparte también se hicieron encuentros para temas particulares. La idea de empezar a reunirse todas las asambleas surgió en Parque Centenario; después de que cada asamblea hablara, se nos ocurrió juntar a todas las que habían hablado de esto. Si bien nuestra asamblea había pensado en hacer algo al respecto, al poco tiempo nos empezamos a reunir con otros de la mesa de enlace34.

La Intertomas, a su vez, se gestó como una necesidad por parte de aquellas asambleas que habían recuperado predios, ante las constantes intimidaciones judiciales que sufrían. Su actividad ha sido sumamente acotada, y en la actualidad ha dejado de reunirse. Teniendo como lema la consigna “si tocan a una, tocan a todas”, sirvió en un comienzo como espacio de socialización de prácticas de resistencia frente a la posibili- dad de desalojo, o bien a la intención de tomar algún edificio público.

Piquete y Cacerola es un espacio generado a iniciativa de la asam- blea de Lezama y de asambleístas integrantes del Partido Obrero, en el marco de las sucesivas Asambleas Nacionales de Trabajadores Ocupados y Desocupados, convocadas en su mayor parte por el Bloque Piquetero Nacional, aunque con presencia de otros sectores sociales, sindicales y políticos. En él confluyen alrededor de diez asambleas que han tenido un rol más protagónico en la vinculación con el movimiento piquetero. En la actualidad ha menguado el nivel de participación de las asambleas barria- les. De acuerdo con un vecino participante del espacio, esto en parte fue producto “del intento de algunas de ellas de hegemonizar su dirección”.

Por último, recientemente comenzó a funcionar el llamado En- cuentro de Asambleas Autónomas, en tanto instancia aglutinante de aquellas asambleas que no se encuentran subordinadas a partidos po- líticos o instancias gubernamentales como los Centros de Gestión y Participación. Si bien la primera reunión ocurrió en enero de 2003 en el barrio de Villa Real, el antecedente inmediato que dio lugar a su con- formación fue la Primera Jornada Nacional de Intercambio de Experien- cias de Asambleas realizada el 7 de septiembre de 2002 en Villa Elisa (La Plata), que contó con la presencia de miembros de 19 asambleas. Cada encuentro general se realiza una vez por mes, de manera rotativa, por lo general en predios recuperados. Allí, en una primera etapa se debate en Comisiones (Política Institucional, Trabajo y Economía Solidaria, Sa- lud, Cartoneros, Justicia, Medios Alternativos, Empresas Privatizadas, Cultura y Vivienda), para luego realizar una puesta en común, dando lugar a un Plenario en donde se discuten las acciones centrales a desa- rrollar por parte del movimiento asambleario en las próximas semanas. En la actualidad, están participando en este ámbito buena parte de las asambleas de Capital y Gran Buenos Aires, con la salvedad de que la mayoría de quienes asisten no lo hacen con “mandato”.

En medio de una tensa turbulencia, cruzada por intentos de co- optación por parte de ciertos nucleamientos de izquierda y amenazas o represiones realizadas por patotas del Partido Justicialista, ha resultado sin duda todo un logro que, tras el supuesto repliegue generalizado que se vivió en los meses posteriores a la caída de De la Rúa, se hayan man- tenido incólumes buena parte de las asambleas vecinales y sus ámbitos de coordinación, consolidando cada una de las prácticas horizontales y democráticas que las caracterizan, en el propio territorio del barrio. Más aún teniendo en cuenta que los espacios que se vienen ensayan- do últimamente –no sólo entre asambleas sino también con respecto a otras organizaciones– tienden a sepultar los vicios y mezquindades vanguardistas que en un comienzo atravesaban instancias como la de Parque Centenario o Colombres.

Hoy, los mejores ejemplos de ello son, además del mencionado Encuentro de Asambleas Autónomas, las Rondas de Pensamiento Autó- nomo. En ambos casos, más allá de ciertos límites y tensiones, se busca generar un diálogo entre prácticas y saberes sociales, multiplicando los ámbitos informales y deliberativos ajenos a la representación delegati- va. Estas y otras instancias de composición no implican, sin embargo, una apuesta en pos de que la desobediencia disruptiva se concentre en un solo punto que opere como antesala de una futura mayoría guber- namental. Lo más fructífero no parecen ser los “plenarios” fogoneados por los pocos integrantes de partidos de izquierda que aún pululan por las asambleas, sino los bordes que se tejen de manera subterránea en estas redes, socializando experiencias e iniciativas varias, distanciadas tanto de la acción espectacular como del autismo político.

a modo de concLusIón: Las asambLeas barrIaLes como LaboratorIos de experImentacIón

Revisadas las principales dimensiones que caracterizan a la asambleas barriales, podemos expresar que la multiplicidad de emprendimientos, acciones y espacios de coordinación llevados a cabo por las asambleas les han permitido conquistar una legitimidad social considerable en la población, que ya no ancla en la práctica mediática que al inicio reifi- caban muchas de ellas a través de desgastantes movilizaciones hacia la Casa Rosada, supuesto emblema del “poder”. Numerosos vecinos que quizás no participan más, físicamente, de la asamblea de su barrio, mantienen todavía una vinculación permanente con ella a través de variadas redes de intercambio y apoyo, que exceden en demasía a la propia reunión semanal. A tal punto esto es así que, en varias ocasio- nes, ocurre que el arraigo territorial de la asamblea es inversamente proporcional a la cantidad de miembros que la componen. De cientos de vecinos vociferando de manera caótica en esquinas y plazas, hoy han quedado –luego de sucesivos tamices– comprometidos activistas que pueden ser vistos como sedimentos del 19 y 20 de diciembre de 2001, materializados en prácticas cooperantes, periódicos alternativos, bibliotecas y ollas populares, comisiones de trabajadores desocupados, talleres de serigrafía, de salud reproductiva y de autoempleo, meren- deros, grupos de arte callejero, y un conjunto de actividades colectivas que conforman un espacio “público no estatal”, allí donde antes existían

bancos quebrados, predios abandonados, terrenos baldíos, espacios pri- vatizados o lazos de solidaridad rotos. En esta edificación, medios y fines instituyen una reciprocidad inmanente.

En la actualidad, varios son los interrogantes que atraviesan a las asambleas: cómo articular lo estrictamente barrial con las luchas nacionales, regionales y hasta mundiales que se desenvuelven a diario de forma dramática, o cuáles deben ser los criterios que fomenten la conformación de nuevas relaciones sociales duraderas y sustraídas de la lógica de la dominación estatal, sin perder la creatividad exploratoria que constituye la columna vertebral del movimiento. Las respuestas, por supuesto, no son meramente teóricas, sino un producto de la praxis que se va delineando en el propio andar. De ahí que “Caja de Pandora” sea quizás la metáfora más correcta para caracterizar el destino de las asambleas barriales, en la medida en que su forma de construcción su- pone una apuesta sin garantías. Por ello, si bien podemos expresar que las asambleas han sido y son un complejo espacio “público no estatal” en el cual se combinan, de manera desigual, las diversas dimensio- nes constitutivas enunciadas a lo largo de este artículo, desde su inicio mismo esta instancia estuvo atravesada por diferentes tensiones y am- bivalencias, cuya persistencia y cristalización ponían en riesgo, según Svampa (2002a), esa misma dinámica inaugural.

Cierto es que algunas asambleas han desaparecido, otras sufrieron divisiones, y muchas han mutado o bien sobreviven al calor de la intem- perie y la fragmentación, con unos pocos vecinos que a fuerza de pul- món y alegría batallan contra la soberbia del poder. No obstante, luego de sucesivas marchas, represiones, rupturas, abandonos y frustraciones, siguen aventurándose a construir una nueva manera de hacer política, anclada en una temporalidad opuesta a la electoral. La cuestión es saber si, como vecinos de la ciudad, estamos dispuestos a ejercer prácticas de in(ter)vención desde su núcleo vivencial, para que –tal como añoraban los surrealistas del siglo pasado– nuestros sueños conmuevan la realidad.

apéndIce

excursus: notas InterpretatIvas sobre La consIgna “¡que se vayan todos!”
Sin duda alguna, la consigna política que aglutinó desde el comienzo a las asambleas barriales fue: “¡que se vayan todos!”. Las interpreta- ciones en torno a su significado han sido, desde ya, múltiples. No es nuestra intención reproducir en este apartado cada una de ellas, sino más bien dar cuenta de las tensiones discursivas, así como de las poten- cialidades que la frase encierra. Repetida hasta el hartazgo, ella podría implicar –desde una lectura inmediatista y literal– la suposición de que el problema político crucial se reduce a un cambio de autoridades al interior del aparato estatal (sintetizado en la apelación a la “caducidad de todos los mandatos”), sin realizar en paralelo una crítica radical al mismo, conteniendo por tanto el peligro potencial de caer en una con- cepción instrumentalista del Estado. Una vez “saneado”, este asumiría un carácter neutro, permitiendo que los nuevos representantes llenen de contenido anticapitalista dichas estructuras. Este discurso subyace en forma explícita en agrupaciones como la Central de los Trabajadores Argentinos (CTA), pero empapa también a varios de los partidos de izquierda que participan activamente al interior de las asambleas35.

Sin embargo, si bien no desmerecemos esta interpretación (esen- cialmente como posibilidad cierta), desde otro ángulo podríamos aven- turar que el sintagma contiene un aporte fundamental a la construcción de una alternativa total a la escisión entre dirigentes y dirigidos. Tal como se postula en Fernández et al. (2002: 73), el mismo no opera tanto a modo de propuesta programática, sino que confronta con la política pensada en términos de lo posible, poniendo en evidencia la radicalidad de aquello que habrá que inventar colectivamente. Por ello, la importan- cia no estribaría en la literalidad inocente de la frase, sino “en el vacío que deja cuando reclama aquello que no es posible”, demandando la ineludible invención de lo por-venir. Asimismo, configura una universa- lidad que no busca englobar ni atravesar a las diversas identidades pre- sentes durante las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001, abriendo “una zona de creación y disputa política acerca del sentido de la misma en la que puede participar cualquiera” (Cerdeiras, 2002: 63).

Podemos postular que, además, el enunciado sintetiza algo que para el marxismo tradicional resulta una piedra en el zapato: el que se vayan todos es, por definición, anti-vanguardista. La negatividad –pa- radójicamente positiva– y el quiebre con respecto al orden existente son el motor político de las asambleas. Más allá de ellas no hay casi nada, salvo las nuevas e inestables relaciones humanas sobre las que se solventan. En este sentido, Walter, de la asamblea de Colegiales, Chaca- rita y Villa Ortuzar, expresa que el slogan ¡QSVT!, si bien “nació antes de definirse, resume la catarsis del ‘ya no aguanto más’” (Asamblea de Colegiales, Chacarita y Villa Ortuzar, 2002).

Es posible, entonces, afirmar que, más que una crisis de repre- sentantes36, lo que existe en Argentina desde hace años, y terminó porconsolidarse el 19 y 20 de diciembre de 2001, es una radical crisis de representación37, en el sentido etimológico del término: en Grecia, ori- ginariamente estaba ligado a la actuación (praxis) del prot-agon que asumía una forma de lucha o combate histórico. En efecto, durante aquella dramaturgia urbana acontecida en un verano tan intenso como caluroso, se impugnó toda una serie de modalidades tradicionales de pensar y hacer política. La precondición para “que venga lo que nunca ha sido” es despojarnos del ropaje de espectadores, (re)apropiándonos creativamente de ese escenario público cuyo tizón aún se mantiene encendido. De lo contrario, tal como profetizaba Marx, la tragedia se repetirá indefectiblemente como farsa.

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37 Uno de los mayores críticos de la noción de representación es, sin duda, Antonio Negri. De acuerdo al filósofo italiano, ella opera como “uno de los instrumentos jurídico-constitucionalesfundamentales para el control y la segmentación del poder constituyente”, no siendo “más que una rueda de la máquina social de la división del trabajo”. Por contraposición, el poder constituyente “se define emergiendo del vértice del vacío, del abismo de la ausencia de determi- naciones, como una necesidad totalmente abierta. Es por esto por lo que la potencia constitutiva no se concluye jamás en el poder” (1994: 20-32). De manera coincidente, diversos autores han caracterizado a la práctica asamblearia como una construcción desde este abismo.

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* El autor es Licenciado en Ciencia Política, Universidad de Buenos Aires. Becario del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) y docente de la Facultad de Ciencias Sociales, UBA. Miembro del Comité Editor de la revista Cuadernos del Sur.

(Tomado de Laburantes)

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