La polémica Moreno-Santucho. La lucha armada y la ruptura del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT)

por Martín Mangiantini

Diversos procesos políticos acaecidos hacia finales de la década de 1960 tales como el Mayo Francés, la Primavera de Praga o la rebelión estudiantil mexicana, significaron un cambio de paradigma en las concepciones, tanto sobre las formas organizativas de las estructuras políticas revolucionarias como también, en los esquemas de movilizaciones imperantes hasta entonces. El resurgir de esta serie de levantamientos masivos de la población signados por la reaparición de la clase obrera, como actor social protagónico, y la participación de una juventud radicalizada que pugnaba por el cambio social, supuso en diversos espacios políticos un cuestionamiento del paradigma organizativo vigente hasta entonces. En este sentido, la concepción imperante, desde el triunfo de la Revolución Cubana que primaba la construcción de estructuras políticas armadas como métodoorganizativo más apto para el triunfo revolucionario, la primacía del campesinado como sujeto revolucionario, y la guerra de guerrillas como estrategia central a seguir para forjar el cambio social, se vieron puestas en debate desde diversos espacios. En el seno de la militancia de diversas organizaciones revolucionarias, se produjeron debates teóricos en torno a la caracterización sobre la lucha armada como estrategia, el tipo de organización política a construir o el sujeto social que protagonizaría la transformación revolucionaria de la sociedad.

En Argentina, el ascenso de la clase obrera y del movimiento estudiantil que explotó a partir del denominado Cordobazo colaboró, a su vez, para profundizar en esta misma discusión a escala local. Luego de años de retroceso en el conflicto social con diversas derrotas en las luchas de la clase obrera, el Cordobazo abrió una nueva etapa de ascenso que incluso llegó a ser caracterizada por diversos actores, como el inicio de una coyuntura prerrevolucionaria. En esta coyuntura internacional y nacional, el debate en torno a la lucha armada como método, cruzó transversalmente a las diversas estructuras políticas y actores sociales. Uno de los ejemplos locales de este debate se produjo en el seno del Partido Revolucionario de los Trabajadores (en adelante, PRT), organización que inició un proceso de discusión interna y que desembocó en luchas fraccionales además de la posterior ruptura de la organización.

El PRT surgió en enero de 1965 de la fusión de dos organizaciones políticas: el Frente Indoamericanista Popular (FRIP), liderado por los hermanos Santucho, y la corriente trotskista Palabra Obrera, liderada por Nahuel Moreno2. El FRIP fue una corriente con cierta inserción política en el norte argentino. Poseía un contenido ideológico propio del revisionismo nacionalista y el indigenismo, y caracterizaba como sujeto revolucionario al proletariado rural. Palabra Obrera fue una organización trotskista que venía a poner en práctica la táctica del denominado entrismo en el seno del peronismo. Ésta, consistía en la inserción de los militantes en una organización ideológicamente diversa a la propia (aunque soslayando y matizando estas diferencias), pero con arraigo en los sectores populares (como lo era en este caso el movimiento peronista), con el fin de provocar que susintegrantes viraran ideológicamente hacia la izquierda. La táctica del entrismo debía realizarse, según Moreno, en un tiempo no muy extenso. Con esta orientación, dicha corriente comenzó a editar el periódico Palabra Obrera, el que utilizaron como herramienta para relacionarse con distintos sectores fabriles. Las fuentes partidarias dan cuenta de que este periódico fue de gran utilidad para insertarse en el movimiento peronista y en sus ámbitos de trabajo. Fue así que a la propia corriente morenista se la empezó a conocer directamente con el nombre de Palabra Obrera. El entrismo como táctica, fue aplicado por el morenismo hasta aproximadamente 1964, cuando viró su orientación ante una coyuntura política que permitió un cierto retorno del peronismo a la legalidad (por ejemplo, la presentación de partidos neoperonistas o líderes sindicales de esta corriente en las elecciones a realizarse). En este contexto, la continuidad de una retórica cercana al peronismo, supondría un cambio en la práctica que conllevaría un disciplinamiento, dirección política antes ausente. La siguiente cita esboza una breve explicación sobre este viraje:

(…) La legalización del Partido Justicialista significó que el peronismo dejaba de estar fuera del régimen, y se institucionalizaba como partido electoral burgués, con sus órganos y estatutos, dirigentes legales y disciplina, para garantizar el control sobre sus bases obreras. (…) Para Palabra Obrera era el fin del entrismo que había practicado, ya que no iba a disciplinarse políticamente a una dirección burguesa, y las posibilidades de seguir declarándose peronista, sin acatar esa disciplina, de ahí en más desaparecían.3

Paralelamente a la situación argentina, es menester mencionar el vínculo internacional imperante y el accionar de las corrientes trotskistas en ella. La Revolución Cubana abrió nuevos debates y perspectivas implicando redefiniciones dentro de las organizaciones provenientes del trotskismo. Luego de debates e intercambios, en 1963, se definió la construcción del denominado Secretariado Unificado (SU), una corriente de organizaciones trotskistas que expresó su apoyo al proceso revolucionario cubano. Algo que caracterizó uno de los resultados de esta revolución, fue la aparición en Cuba de un nuevo Estado obrero que reconoció a Fidel Castro como líder y vanguardia en el proceso revolucionario continental. La corriente de Nahuel Moreno seincorporó a este reagrupamiento dado el carácter internacionalista que presentó en sus inicios el proceso revolucionario cubano. Ese es el argumento que esgrime Ernesto González, dirigente de esta corriente política:

La política del Che y de la plana mayor cubana, de crear ‘dos, tres, muchos Vietnam’ fundamentalmente en Latinoamérica y África, contradecía las tradicionales posiciones de los partidos comunistas sobre la ‘coexistencia pacífica entre sistemas’ y ‘el socialismo en un solo país’. (…) las posiciones cubanas representaban un peligro cierto para todos los sectores de poder que pretendían dominar a las masas y defender sus propios intereses.4

En relación con esta redefinición, en Argentina, la corriente morenista acusó el impacto de la Revolución Cubana, y se propuso iniciar una construcción política que tuviera por objetivo la confluencia con otros grupos revolucionarios, no necesariamente provenientes de la tradición trotskista o con inserción en el proletariado industrial. A partir de esta concepción se explica la confluencia de dicha corriente con el FRIP, una estructura mayormente ligada al proletariado rural de Santiago del Estero, y sin una trayectoria ideológica cercana al trotskismo.

El PRT actuó en la coyuntura argentina entre 1965 y 1968. El proceso de ruptura de este partido se inició en 1967 en un marco de derrotas del movimiento obrero argentino frente a la dictadura de Onganía, y un viraje en la dirección cubana que caracterizó el advenimiento de una guerra civil continental en toda América Latina. A esto se sumaba el impacto que generó en un sector de la organización la presencia de Ernesto Che Guevara en Bolivia para desarrollar la estrategia de la guerra de guerrillas. En este contexto, se inició un proceso de diferenciación entre la línea del partido que sostuvo la necesidad de estrategia de la lucha armada con la consecuente creación del ejército revolucionario, y aquel sector que pugnó por la forma organizativa partidaria leninista tradicional, caracterizando a la guerrilla y a la lucha armada como estrategias que se alejaban de las organizaciones revolucionarias. Paulatinamente, las diferencias se hicieron insuperables y se produciría la ruptura definitiva en 1968 con la formación de dos organizaciones diversas.

El objetivo general será reflejar y analizar este debate teórico que culminó con la división del PRT en dos organizaciones políticas: el PRT—El Combatiente (liderado por los hermanos Santucho), que luego derivará en el PRT-ERP (Partido Revolucionario de los Trabajadores– Ejército Revolucionario del Pueblo) y el PRT—La Verdad (dirigido por Nahuel Moreno) que terminaría desembocando en el Partido Socialista de los Trabajadores (PST).

Específicamente, este trabajo cuenta con tres objetivos. En primer lugar, se trata de un acercamiento introductorio a las posiciones teóricas esbozadas por la dirigencia del PRT en su proceso de ruptura como organización. La elección de los aspectos teóricos del debate en torno a la viabilidad de la estrategia armada, se debe a un recorte temático que excluye otras aristas de la polémica esgrimidas en su momento. Aunque la discusión política entre las figuras de Moreno y Santucho podría entenderse como un mero debate de corte teórico, en realidad el contenido teórico de esta polémica se insertó dentro de una discusión entre dos dirigentes políticos revolucionarios que, a partir de la caracterización coyuntural, diferían en la estrategia a adoptar para la inserción de sus organizaciones revolucionarias en la lucha de clases entonces vigente. En ese sentido, es necesario aclarar que la discusión teórica de aquel entonces se complementó con otros aspectos relevantes, tal como el análisis de la época argentina del contexto latinoamericano y mundial, y el de las posiciones esgrimidas dentro del trotskismo internacional (a través de los diversos referentes la IV Internacional). Como parte de una selección, serán dejadas fuera de este trabajo permitiendo las posiciones de aquellos dirigentes en torno a la caracterización de la guerrilla como táctica, la forma de establecer relación entre una estructura política de vanguardia con respecto a las masas y el debate en torno al sujeto revolucionario que encabezará la transformación social.

En segundo lugar, si bien el trabajo pretende reflejar la discusión esgrimida por los dirigentes Nahuel Moreno y Mario Roberto Santucho (como referentes de las dos fracciones de esta organización), a lo largo del relato se dará mayor protagonismo a las posiciones elaboradas por el primero. La decisión comienza por una caracterización sobre la historiografía existente de la militancia revolucionaria de fines de la década del sesenta y principios de los setenta. En este sentido, existe una abundante producción historiográfica en torno a diversas temáticas relacionadas con esta época como, por ejemplo, la radicalización de la clase obrera, la juventud o la intelectualidad. No obstante, el mayor bagaje académico recae en los aportes historiográficos sobre la izquierda armada de este período. En este terreno, priman los estudios sobre las distintas organizaciones revolucionarias, con particular énfasis en la actuación de Montoneros y el PRT-ERP. Estas se caracterizan ya sea a través de la descripción de sus acciones más paradigmáticas (Plis- Sterenberg, Larraquy, Zuker), o bien, del análisis de su estructura organizativa, de su relación con la clase obrera, o sobre el uso de la violencia como estrategia política (Pozzi, Caviasca, Weisz, Carnovale, Gillespie, Lanusse). Sin embargo, es factible visualizar que un espacio escasamente explorado, recae en la producción académica sobre la izquierda argentina no armada de diversas raigambres ideológicas existente en la década de 1970. La ausencia de un análisis profundo de las distintas corrientes políticas de la izquierda revolucionaria no armada desde finales de los ‘60 hasta 1976, se empareja con la interpretación dentro del campo. Reduce la convulsionada coyuntura previa a la dictadura como un enfrentamiento entre organizaciones revolucionarias armadas, por un lado, y el aparato represivo estatal, por el otro, quedando así diversos actores al margen de los análisis de época. La ausencia de relatos e investigaciones profesionales sobre aquellas estructuras revolucionarias no armadas, colabora con la alimentación de esta errónea teoría. En este sentido, y a sabiendas de un desbalance en el desarrollo de ambas posiciones, se priorizará el análisis de una corriente política escasamente explorada como lo es la morenista, a través de las posiciones que desarrolló su principal referente en el marco del debate político-organizativo dentro del PRT.

Por último, es intención de este trabajo establecer un paralelismo una reflexión final entre la discusión política de entonces, sostenida por Nahuel Moreno y Mario Roberto Santucho, en relación con el debate que existe actualmente en Argentina sobre la violencia política y la lucha armada como estrategia. Esto, con motivo para preguntarse sobre las rupturas y continuidades entre las reflexiones, por entonces esgrimidas, y aquellas que imperan en la actualidad en el campo de la historiografía.

Para el análisis y desarrollo de estos tres objetivos, se utilizarán fuentes existentes al momento de producirse este debate. Sin embargo, no se utilizarán documentos de años posteriores a esta discusión, más allá de la existencia de una continuidad de esta polémica (por ejemplo, la corriente morenista, en los años ochenta, realizó balances más acabados en torno a la estrategia de la lucha armada y la guerra de guerrillas o autores tales como Daniel De Santis o Luis Mattini han realizado sendos balances sobre el PRT-ERP). Sin embargo, utilizar documentación posterior a la ruptura (habiéndose producido la derrota de las organizaciones revolucionarias tras la concreción de la dictadura militar de 1976) puede dar lugar a la realización de anacronismos que dificulten el reflejo del debate de época.

El debate en torno a la lucha armada

El debate alrededor de la posibilidad de la puesta en práctica de la lucha armada en Argentina, encontró en el PRT un escenario de discusión teórico-política. La diferencia interna no recayó en un debate abstracto sobre la viabilidad y la utilización de la lucha armada en ciertas circunstancias, sino en el modo de poner en marcha esta metodología y en los factores . a tener en cuenta previamente a la adopción de esta estrategia.

La relación entre la producción de Nahuel Moreno y la teoría guevarista (justificadora de la guerra de guerrillas como metodología en práctica de la lucha armada), pasó por diversos momentos. En los años posteriores a la concreción de la Revolución Cubana, la caracterización de Moreno sobre este proceso, tuvo definiciones que lo acercaron a un fenómeno más bien político. En documentos producidos en este contexto, Moreno calificó a la Revolución Cubana como la “vanguardia de la revolución latinoamericana”5 e identificó este proceso con la teoría de la revolución permanente de León Trotsky, dado que Cuba demostró como una transformación política que inicialmente fue democrático-burguesa en su contenido, terminó radicalizándose y convirtiéndose en una revolución socialista (agraria y antiimperialista)6. Paralelamente, y lo que puede parecer contradictorio, Moreno argumentaba que el campesinado y la pequeña-burguesía podrían cumplir en América Latina un papel revolucionario7. Sin duda, se trató del momento de mayor acercamiento de la corriente morenista a la teoría de la lucha armada, y a su proyecto de extensión en el continente latinoamericano. La imagen de una Cuba convertida en vanguardia en un proceso revolucionario latinoamericano, el impulso y el apoyo de su dirección a estructuras armadas en diversos países del continente, y el aún no expresado alineamiento del castrismo a la dirección internacional del stalinismo, podrían argüirse como hipótesis posibles para las posiciones de Moreno.

Según el trabajo de Eduardo Weisz sobre el PRT-ERP8, es en este momento del morenismo donde se produjo un acercamiento al FRIP de Santucho dando origen, finalmente, al PRT. Se deduce así que el sector liderado por Santucho mantuvo una coherencia teórica a lo largo de su trayectoria mientras que la corriente política liderada por Nahuel Moreno viró en sus posiciones en los momentos posteriores a la unificación política con el FRIP. De esta afirmación es que surgen dos reflexiones. Por un lado, resulta evidente que las posiciones teóricas del morenismo con relación a la lucha armada viraron a lo largo de estos años y que de un posicionamiento que poseía ciertas expectativas en las vanguardias armadas latinoamericanas impulsadas desde la dirección cubana, se pasó a la defensa de estructuras partidarias marxistas- leninistas tradicionales, y a la construcción política dentro de la clase obrera y el movimiento estudiantil. Por otro lado, y en un aspecto que no se desprende del trabajo de Weisz, resulta evidente (a través del relevo de los documentos políticos de la corriente morenista) que este viraje ya se habría producido con preexistencia a la unificación de Palabra Obrera con el FRIP de Santucho, tal como se manifiesta en el documento de Nahuel Moreno Dos métodos frente a la revolución latinoamericana. ¿Lucha guerrillera o lucha obrera y de masas?, publicado por primera vez en el año 1964 en la Revista Estrategia, y que aquí tomaremos como punto de partida.

Desde el punto de vista teórico, este documento se convirtió en un quiebre estratégico para el debate en torno a la conveniencia de la lucha armada, dado que se trató de una polémica que Nahuel Moreno sostuvo tomando como base diversos trabajos de Ernesto Che Guevara9 alrededor de la guerra de guerrillas como método. El disparador central del posicionamiento de Moreno, que se repitió a lo largo de diversos trabajos, no fue invalidar a la guerra de guerrillas como una metodología plausible para la concreción de una revolución socialista, sino más bien el cuestionamiento a que ésta fuera la única de las posibilidades válidas para obtener un resultado político exitoso10. En este sentido, Moreno cuestionó tres aspectos de las teorías guevaristas. En primer lugar, que la guerra de guerrillas era la única posibilidad de protección de una dirección revolucionaria que en el contexto urbano estaría mayormente expuesta. Para Moreno, esto no se trataba de un problema de tipo geográfico sino político-social: la dirección revolucionaria debía permanecer en aquel lugar geográfico para que tuviera mayor inserción política, ya sea rural o urbana. Así, un grupo guerrillero inserto geográficamente en el mundo rural, pero sin inclusión política entre la población de ese espacio, estaría condenado a fracasar11. En segundo lugar, la idea de Guevara sobre la necesidad de la guerra de guerrillas como método, dado que el campesinado latinoamericano se encontraba en un momento de rebelión contra las estructuras feudales que lo oprimían, era una posición rechazada por Moreno. Dada la historia mundial y latinoamericana, el campesinado se movilizó y obtuvo triunfos (la misma Revolución Rusa, la lucha campesina en Bolivia) con metodologías diversas a la guerra de guerrillas tales como grandes movilizaciones de masas, la actividad sindical o la ocupación de tierras12. En ese sentido, para Moreno, que el sujeto de transformación haya sido el campesinado no significaba que su metodología de lucha fuera, indefectiblemente, la guerra de guerrillas. Por último, Guevara planteaba la necesidad de la guerra de guerrillas como metodología dado que la lucha tenía un carácter continental. Moreno responde a esto con que los denominadores comunes del proceso revolucionario latinoamericano (la necesidad de unidad latinoamericana, la oposición al imperialismo norteamericano, entre otros) no determinan el carácter y el modo que esa lucha necesita en cada uno de los países del continente13. Estos posicionamientos críticos ya se habían esgrimido por parte del morenismo años antes de la unificación política con el FRIP. Paralelamente, vale aclarar que esta toma de distancia no se convirtió en un rechazo a la figura del Che Guevara, de quien paralelamente, la corriente morenista reivindicó diversos aspectos teóricos. El haber comprendido que la mejor defensa de la Revolución Cubana recaía en su extensión a escala continental (punto en el que Moreno asocia a Guevara a la teoría trotskista de la revolución permanente), considerar a la etapa de transición al socialismo como un proceso revolucionario no regido por patrones de acumulación, productividad o racionalidad capitalistas, fue motivo para una firme moral socialista y una constante elevación de consciencia de los trabajadores. Al mismo tiempo, reivindicaba las críticas de Guevara a la política comercial de la URSS, caracterizada como burguesa e injusta con respecto a los países atrasados; su lucha por la unidad económica de los países “socialistas” y de los “atrasados”; y, por último, su enfoque sobre la necesidad de un internacionalismo revolucionario14. Este debate sostenido por Moreno con los posicionamientos teóricos del Che Guevara encontrará luego su correlato, tanto dentro del PRT en particular, como entre las diversas corrientes del trotskismo internacional en la dinámica interna de la IV Internacional.

La guerrilla como táctica

El debate de fondo en torno a la lucha armada cuestionó el tipo de estructura política a construir para la obtención de un triunfo revolucionario. La dicotomía entonces recayó entre la puesta en marcha de un aparato político-militar, o bien, la de un partido político revolucionario con inserción y construcción política en las masas (particularmente, en la clase obrera). Podríamos identificar el punto de partida del pensamiento de Nahuel Moreno a partir de la diferenciación realizada en torno a los conceptos de “teoría”, “estrategia” y “táctica”. Moreno entendía por teoría a aquellas leyes generales del proceso histórico (en el caso del trotskismo, se trataría de la teoría de la revolución permanente que se convertiría en la ley general de la revolución y del movimiento de masas en la etapa de transición del capitalismo al socialismo)15. La estrategia será para Moreno un objetivo de largo plazo y la táctica serán los medios para alcanzar ese objetivo. En este caso, el objetivo estratégico recaerá en la necesidad de la movilización de las masas, particularmente de la clase obrera, y en la construcción de partidos bolcheviques (marxistas-leninistas) como condición y única herramienta necesaria para tomar el poder junto a la clase obrera superando así al imperialismo y al capitalismo alcanzando la dictadura del proletariado16. En este sentido, para la construcción de un partido político revolucionario y la toma del poder, era necesario redefinir la táctica en cada momento de acuerdo a los cambios coyunturales. Por ello, Moreno criticaba cuando se colocaba en un primer plano a la táctica y ésta se convertía en un fin en sí mismo:

(…) el partido sólo podemos construirlo si utilizamos en cada momento tácticas diferentes y adecuadas, que cambian tanto como cambia la lucha de clases. Si hay elecciones podemos ser electoralistas. Pero si no las hay, no debemos serlo. Si hay campesinos dispuestos a luchar en forma armada contra los terratenientes, debemos ser guerrilleros rurales. Pero si no lo hay, no debemos serlo. Si nos imponemos por cinco, diez o quince años ser guerrilleros rurales, nos atamos las manos para cambiar tanto como sea necesario las distintas tácticas que resultan imprescindibles para fortificar el partido y al movimiento de masas junto con él. (…) repitiendo como tartamudos la misma consigna, nunca podremos hacer crecer al partido17.

Se vislumbra con esta cita, que Moreno no descartaba ninguna de las distintas tácticas que puedan llegar a sucederse al calor de las luchas sociales de acuerdo al ir y venir del momento histórico. Tomar las armas, decretar una huelga general por tiempo indeterminado, practicar el entrismo, presentarse a elecciones y forjar una disputa política en ese terreno institucional, fueron para Moreno, opciones válidas siempre y cuando se mantuvieran presentes como objetivos de fondo a la necesidad de la construcción partidaria y de la movilización de las masas para la toma del poder. En definitiva, la utilización de la guerrilla fue una cuestión estratégica que cada país o partido debía determinar. El error político para Moreno, recaía en convertir esa táctica guerrillera en una orientación estratégica que, inevitablemente, subordinaría a la orientación estratégica de la construcción del partido revolucionario de masas18.

Paralelamente, el cuestionamiento de Moreno no recayó en la utilización de violencia política, sino más bien, en la táctica de implementarla en determinados contextos históricos. Con esto, se diferenciaban los conceptos de lucha armada guerra de guerrillas además de marcar que se trataba de un error en la interpretación de éstos como sinónimos. La lucha armada significaba, para Moreno, la posibilidad de que las masas del proletariado y el campesinado protagonizaran una verdadera insurrección o guerra civil, mientras que la guerra de guerrillas era una táctica que podría utilizarse de acuerdo a la coyuntura sin que ello supusiera el objetivo estratégico superador de alcanzarlo por parte de una organización revolucionaria19. Son a raíz de estas posiciones que los críticos de Moreno lo calificarían como hacedor de una política oscilante desde el punto de vista metodológico y estratégico.

Dentro del PRT, antagónicamente a esta línea defendida por Moreno, se manifestó con fuerza la tendencia liderada por dirigentes como Mario Roberto Santucho, Oscar Prada y Helio Prieto, quienes impulsaron la necesidad de que el partido se preparase adecuadamente para el inicio de tareas de tipo militar, las que iban desde la construcción de una logística militar (talleres de investigación, fabricación, sanatorios, etc.) hasta la organización de una red de información o la enseñanza a la militancia partidaria de técnicas y prácticas como por ejemplo, el armado y desarmado de pistolas en la oscuridad20. Este sector de la organización no renegaba la necesidad de construcción de un partido político al estilo leninista que cumpliera el papel de dirección política. La diferencia de fondo recayó sobre la necesidad de construcción de un ejército revolucionario que actuara como brazo armado del partido revolucionario a modo de “guerra civil prologada”. Por otra parte, dicho sector entendía que este ejército debía residir en un ámbito geográfico adecuado para su preservación, el espacio rural, y que al mismo tiempo se diera forma a centenares de grupos armados obreros y populares que actuaran en las ciudades apoyando las movilizaciones de masas. Así, se llevaría a cabo una acción militar independiente21. De acuerdo a esta concepción, el ejército revolucionario crearía las condiciones políticas adecuadas para una revolución socialista triunfante.

Con un criterio que podría identificarse como gradualista (la expectativa de experimentar indefectiblemente ciertas etapas), el PRT planteaba que toda lucha revolucionaria debía recorrer tres etapas. En la primera, la revolución se encontraba poco desarrollada y con una estrategia defensiva; en la segunda, y gracias a la lucha revolucionaria, se produciría un equilibrio de fuerzas donde la revolución pasaría a la ofensiva; y por último, la revolución llegaría a la ofensiva y el enemigo se defendería. Esta dinámica probablemente provocaría, según estos dirigentes, la intervención del imperialismo, transformándose el conflicto de guerra civil revolucionaria en una guerra nacional antiimperialista22. De la misma forma, y en lo que también puede considerarse como un gradualismo pero desde el punto de vista de la historia de las ideas revolucionarias, este sector del PRT consideró al castrismo como la síntesis teórica del conjunto de los revolucionarios (desde Marx hasta Lenin, pasando por Trotsky y Mao) argumentando que la táctica fundamental para los procesos revolucionarios latinoamericanos era la construcción de guerrillas23. Si bien en primera instancia debían estar integradas por el campesinado y ubicarse en el mundo rural, esto no eliminaba la posibilidad de guerrillas urbanas de acuerdo a las condiciones de cada país24. Así, el PRT se valió de afirmaciones específicas de cada uno de los teóricos preexistentes: la idea de Marx sobre la estrategia de la toma de poder por parte de la clase obrera, basada en las condiciones de las fuerzas productivas y en la estrategia militar; la caracterización que Lenin realizaba sobre el éxito de las insurrecciones con posterioridad a una guerra civil prolongada dada la debilidad que por sí solo poseía el proletariado; las concepciones de la Revolución Permanente y el Programa de Transición de Trotsky y el concepto de guerra prolongada maoísta para finalizar con un intento de síntesis en donde la Revolución Cubana se caracterizaba por fusionar las diversas tendencias, esto es, la idea de revolución continental expresada en la consigna sobre la creación de dos, tres, muchos Vietnam, y la construcción del ejército revolucionario como método a partir de la guerrilla sobre la base de la unidad político- militar de la dirección revolucionaria25. En definitiva, la construcción partidaria no podía desligarse de la construcción militar. En este sentido, afirmaban: donde no existen partidos revolucionarios, habrá que crearlos como fuerzas militares desde el comienzo. Donde existen y son débiles, habrá que desarrollarlos, pero transformándolos en fuerzas militares de inmediato, para que puedan responder a las exigencias que plantea una estrategia político-militar de poder en esta época. (…) en esta época la política y el fusil, no pueden ir separados26.

Se desprende así que el debate de fondo entre los miembros del PRT no recaía en la necesidad o no de construir un partido político revolucionario, sino más bien, en el rol que éste tendría. Mientras que, para el sector morenista, el partido tendría un rol de vanguardia política hacia el movimiento de masas y debía pugnar por su inserción en la clase obrera y en el movimiento estudiantil de cara a su movilización para la concreción de una revolución socialista; para el sector militarista se trataba de una herramienta política complementaria a una construcción militar, la creación de un ejército popular, de un brazo armado del partido, que sería quien, en la práctica, crearía las condiciones objetivas para la transformación social.

De este debate surgen, a su vez, diversas temáticas propias de toda organización revolucionaria que pugna por la transformación de la sociedad como, por ejemplo, la inserción de la organización política entre las masas; la identificación de un sujeto revolucionario y el programa político de la organización, entre otros aspectos.

La relación vanguardia-masas

Uno de los debates centrales que se desprende en relación al tipo de construcción política, es la relación entre ésta y las masas que se buscaba dirigir y guiar hacia la revolución. Este debate estaba ligado, tanto a la forma a construir (partido-ejército revolucionario) como a la táctica que profundizaría la movilización de las masas y la adhesión de ellas a la organización revolucionaria. En este aspecto, una de las claves en torno al debate teórico fue en dónde debía poner el acento una organización revolucionaria que buscaba la inserción en las masas. La dicotomía consistió tanto en la prioridad dada al desarrollo de las consignas como en la realización de ciertas acciones.

Para Nahuel Moreno la estrategia recaía en la construcción de un partido leninista que tuviera como objetivo la inserción en las masas participando en sus movilizaciones y presentándose como alternativa de dirección revolucionaria en las organizaciones existentes. Esto suponía la concepción de no ignorar los organismos que las propias masas forjaron (como, por ejemplo, las comisiones internas y los cuerpos de delegados) sino insertarse en ellos levantando allí las reivindicaciones transicionales capaces de ayudarlas a profundizar sus concepciones políticas y elevar las formas de la lucha de clases. En este sentido, para dirigir a las masas era necesario un programa que tomara en cuenta sus necesidades más inmediatas. Para Moreno, la línea de Santucho terminó despreciando los acontecimientos de la lucha de clases dado que en su idea de una guerra prolongada, el objetivo político central era la construcción de un ejército revolucionario omitiendo los propios organismos que las masas se daban en un contexto de lucha. Se desprende del análisis de Moreno que, al identificar Santucho erróneamente como sinónimos las concepciones de lucha armada con el paradigma guevarista de la construcción de organizaciones guerrilleras, las masas pasarían a tener un papel secundario en el proceso de cambio social. Según Moreno, el paradigma guevarista que servía de inspiración de la línea de Santucho, planteaba que un pequeño núcleo decidido a comenzar la acción armada en pequeña escala podía generar la respuesta de las masas, dado que cientos de luchadores se unirían y darían apoyo logístico a esas acciones. Así, en una guerra prolongada, las guerrillas paulatinamente ganarían fuerzas y derrotarían al ejército burgués. Se trataba así de organizar una vanguardia armada que, al calor de las acciones, ganarían la simpatía y el apoyo de las masas27.

Se deduce del análisis de Moreno que la lógica del accionar de la guerrilla generaba una brecha entre las acciones militares y las políticas, y una separación entre la vanguardia y las masas. Según este dirigente, una vez que un grupo, aislado del movimiento de masas, iniciaba acciones armadas, robo de bancos, ataques a comisarías, secuestros por nombrar algunas, al mismo tiempo estaban haciendo más dificultosa la tarea de inserción dado que la actividad guerrillera suponía una lógica de clandestinidad y protección de las fuerzas represivas estatales que alejaban a la vanguardia del conjunto de la población. Por otro lado, cuando las organizaciones armadas percibían la existencia de esta problemática de aislamiento, para resolverla, se volcaban hacia acciones paternalistas, tales como la entrega de alimentos entre los sectores marginales, lo cual no resolvía la ausencia de ligazón real 28 . En definitiva, la corriente morenista analizó la problemática resultante de la guerrilla como forma de construcción de la apertura de una brecha entre las acciones políticas y las militares quedando las primeras, en una relación de subordinación con respecto a las segundas (a decir de Moreno, la política cede ante el fusil).

La visión de Santucho en los momentos de la ruptura con relación a esta dialéctica, entre vanguardia y masas, comenzó de la afirmación de que ese partido revolucionario aún no existía en Argentina y que, por eso mismo, la tarea de un ejército revolucionario debía ser gradual, esto es, ir de las acciones simples a las más complejas, procurando su ligazón con las necesidades y simpatías de las masas29. Solamente en el curso de esa lucha revolucionaria, de esa guerra civil, antiimperialista y prolongada, la clase revolucionaria adquiriría la “nueva conciencia política necesaria”, y construiría su partido y ejército revolucionario, desarrollando los organismos necesarios para derrocar el régimen30. Se vislumbra de esta cita dos conclusiones. En primer lugar, la táctica planteada por Santucho no adhería a la teoría del foco31, característica en esta coyuntura, sino al desarrollo de la lucha armada en un contexto de lucha de masas y, en segundo orden, no minimizaba la importancia del proletariado como sujeto revolucionario de cambio. Sin embargo, Santucho afirmaba que si bien el proletariado industrial es fundamental por ser el motor de la revolución, en la etapa actual de la lucha contra el imperialismo, éste no tenía ninguna posibilidad de triunfo si no era respaldado por un ejército revolucionario estratégicamente construido en el campo32. En definitiva, se desprende la acción política o sindical resultaba ineficaz para Santucho sin el aparato militar que le serviería como resguardo.

Lo anterior tiene estrecha relación con una problemática propia de toda organización revolucionaria marxista: de qué forma influir – como estructura política en la conciencia de las masas– de modo tal que éstas la reconozcan como vanguardia política. Tanto Moreno como Santucho partían del paradigma leninista sobre la importancia de una organización revolucionaria que influyera en la transformación de la conciencia de la clase trabajadora. Pero, luego de esta semejanza, se establecía una diferencia táctica entre ambos referentes. La posición de Nahuel Moreno primó la inserción del partido en las estructuras forjadas por la misma clase obrera y en los conflictos por ellos sostenidos. En ese sentido, para Moreno, la conciencia de clase significaba que los obreros supieran que la sociedad sufría un cáncer—el régimen capitalista e imperialista—y que el único remedio eran el programa y el partido. Ese conocimiento era adquirido por el movimiento obrero y de masas en el transcurso de sus acciones políticas, en las que se encontraban con los diversos partidos que existían en su seno. Si existía un partido revolucionario que diera la política correcta (es decir, que respondiera a los intereses históricos e inmediatos de la clase obrera) en cada una de las luchas, el movimiento obrero y de masas lo reconocería como su Partido y se habría elevado así la conciencia política de clase. El papel del marxismo sería entonces transformar los intereses históricos e inmediatos de la clase obrera en un programa de movilización, es decir, en una respuesta política para cada lucha real del movimiento de masas, que tendiera a elevar esa lucha hacia la toma del poder. De esa manera, se podría ganar a las masas, al programa y al partido liquidando lo que Moreno identificaba como las direcciones traidoras y oportunistas33. En este aspecto, resulta relevante el modo de inserción que un partido revolucionario debía darse en el seno de la clase obrera. Para Moreno, existía la posibilidad de cometer dos errores: insertarse en un conflicto extremando más allá de lo conveniente a las posiciones de los propios obreros. Por ejemplo, a un obrero en huelga que está practicando la metodología del piquete, el partido le dice que la estrategia debe ser construir un partido, oponiendo a ello la acción del obrero, es decir, sólo tiene validez la huelga y el piquete si el obrero percibía la necesidad de construir un partido revolucionario. El otro error, sería una adaptación absoluta del partido al grado de conciencia del obrero en ese momento, esto es, decirle al obrero que la estrategia y el fin es la huelga y el piquete sin plantear ninguna perspectiva superadora a ello (adaptándose al extremo a las formas de lucha que la misma clase obrera expresaba). Para Moreno, el punto medio y el rol del partido sería insertarse en ese conflicto como militantes y colaborar en que el mismo finalizara en un triunfo. De la misma forma, explicarles a los obreros de vanguardia que así como hoy el método es un piquete, mañana la lucha de clases les planteará que organicen manifestaciones, la defensa de una fábrica ocupada o las milicias obreras, o que hagan propaganda, sean candidatos en las elecciones, etc. Porque la lucha no empieza ni termina en esa huelga, sino que es histórica y terminará cuando la clase obrera tome el poder y construya el socialismo. En tercer lugar, que para lograrlo, hace falta un partido que dirija a todos los trabajadores, así como ellos dirigen a sus compañeros de fábrica34.

De esta concepción, surge de Santucho la crítica hacia Moreno sobre su fetichismo con respecto a las formas de organización obrera tales como las comisiones internas o los cuerpos de delegados. Según Santucho, Moreno consideraba que la actividad central de un partido revolucionario era la lucha por las reivindicaciones inmediatas de fábricas, y que dirigir al proletariado era tener mayoría en las comisiones internas y cuerpos de delegados, organismos desde donde se podría orientar hacia la lucha de clases al movimiento obrero35. De aquí se desprende la acusación al morenismo por parte de Santucho de ser una corriente sindicalista. Esta crítica se encuentra en línea con distintos análisis historiográficos actuales que atribuyen en las posiciones de Moreno una tendencia al espontaneísmo, es decir, un acompañamiento del partido a la conciencia real, espontánea, de los trabajadores, suponiendo una evolución lineal de esa conciencia a partir de la lucha económica-sindical36. En este sentido, se desconoce lo antes dicho por Moreno en cuanto a una táctica de inserción en la clase obrera y en su conflictividad que no supusiera simplemente la adaptación a sus métodos sino la participación en los mismos como forma de pugnar por la superación de éstos.

La adquisición por parte del trabajador de una conciencia revolucionaria no podía desligarse, en opinión de Santucho, del contexto político existente caracterizado como un momento de guerra civil. En relación con ello, la conciencia por parte de las masas se despertaría a partir de las acciones militares de la vanguardia revolucionaria. Para Santucho: de la misma manera que no se concibe un militante revolucionario separado de las masas, del trabajo político, en una situación de guerra no pueden existir sectores o militantes del Partido que no estén incorporados a la tarea de la guerra en el nivel que la realidad de su región o frente de trabajo lo permita. Un Partido de combate se caracteriza por eso mismo, porque combate, y en esta Argentina en guerra, la política se hace en lo fundamental armada, por lo tanto en cada lugar en donde el partido esté presente en las masas se deben impulsar las tareas militares. Combatir, formar el ejército en la práctica de la lucha armada: quien no pelea no existe37. En este sentido, a través de cada acción armada se buscaba la movilización y educación de las masas y se pretendía organizarlas e incorporarlas a la lucha38. Esta posición política caracterizada como militarista, será la causante de la acusación por parte del morenismo de aquel entonces, de primar lo militar por sobre lo político y, más allá de no tratarse de su intención, aislarse de las masas. En esta misma línea, existe una producción historiográfica actual (que se analizará en el último apartado) relativamente numerosa que empieza a raíz de esta idea y analiza que la primacía por lo militar terminó por subordinar el accionar político produciéndose una separación entre las acciones militares de gran resonancia y el desarrollo de la organización de sus necesidades políticas.

En sus momentos de debates más álgidos, la corriente de Nahuel Moreno calificó a la tendencia guerrillera como una desviación ultraizquierdista. Afirmaba que esta categoría no era una novedad en el movimiento revolucionario mundial y que, en esta coyuntura, había renacido bajo la nomenclatura de guevarismo39. Moreno la caracterizó como una desviación de izquierda proveniente de la influencia dentro de un partido revolucionario de sectores de la pequeña-burguesía radicalizada, que tendía a salidas desesperadas e individualistas40. A partir de acciones tales como el secuestro de empresarios que, posteriormente, realizaría el sector liderado por Santucho, este debate se incrementaría. Para Moreno, estas acciones desorganizaban y educaban mal al movimiento de masas en el que los métodos correctos de lucha preveían al enemigo de los pretextos necesarios para responder de la misma forma, generando una mayor represión sobre movimiento de masas41. De acuerdo a las concepciones de Santucho esta era una forma de golpear duramente a la dictadura de los monopolios y ponía en evidencia la fragilidad del régimen.

En definitiva, una desviación de tipo sindicalista-economicista o una tendencia hacia un militarismo alejado de la política, fueron las acusaciones cruzadas que las dos tendencias que supieron conformar una misma estructura política, esgrimían como causante de la escasez de inserción en las masas de la otra.

Sobre el sujeto revolucionario

Un debate íntimamente relacionado a la discusión estratégica y a las formas organizativas de las estructuras revolucionarias, recayó en la definición del sujeto revolucionario que protagonizaría las acciones tendientes a la concreción de una transformación social. La polémica principal consistió en que, tras el triunfo de la Revolución Cubana, el campesinado se convirtió en el sujeto revolucionario por excelencia. Esto no era casual: el campesinado se convirtió en el actor que mejor se adecuaba en la táctica de la guerra de guerrillas con la concepción de una dirección revolucionaria refugiada en el espacio geográfico agrario a resguardo de la represión y la reacción. Años después, la propia dirección trotskista de la IV Internacional revalidó este esquema de pensamiento afirmando que el campesinado latinoamericano cargaría con el peso mayor de la lucha y que la pequeña burguesía revolucionaria aportaría los cuadros al movimiento42.

En Argentina, Santucho hizo eco de esta teoría pero no puede afirmarse que la misma se tomara de manera lineal y esquemática. Como se explicó antes, para Santucho, el papel revolucionario del proletariado industrial resultaba fundamental pero siempre estaría incompleto y tendería al fracaso si éste no se era respaldado por un ejército revolucionario estratégicamente construido en el campo. Esto era causa de que la articulación represiva limita las posibilidades de desarrollo y éxito de los movimientos de masas urbanos 43 . Esta caracterización (más allá de algunos matices) se mantendrá en las concepciones de construcción de Santucho. Pocos años después, argumentará que el desarrollo de la lucha armada en Argentina se iniciaría en Tucumán donde la vanguardia eran los obreros azucareros ligados al proletariado rural y al campesinado pobre, por lo que primaba allí la construcción de la guerrilla rural relegando a las acciones urbanas y suburbanas a tareas secundarias44. A su vez, Santucho justificaba esta necesidad en relación a la represión más sistemática que se producía en el mundo urbano. En este sentido, afirmaba que importantes contingentes de gendarmería están ya aferrados al terreno en las grandes ciudades (Córdoba, Rosario, Buenos Aires) y su empleo en acciones antiguerrilleras rurales es poco probable45.

Moreno, ya en 1964, discutía las teorías guevaristas en torno a que, en Latinoamérica, la clase de vanguardia era el campesinado mientras que las clases urbanas o el proletariado agrícola jugaban un rol de acompañantes en las primeras etapas de la lucha armada. Según Moreno, el planteo de Guevara estaba dado porque el campesinado era la clase, y el campo la zona ideal para el desarrollo de la guerrilla. Es decir, la guerrilla y la lucha armada no estaban al servicio del movimiento de masas del país sino, por el contrario, el movimiento de masas y los lugares geográficos, al servicio de la guerra de guerrillas46. Por otra parte, para Moreno, la clase explotada y la vanguardia de la revolución cambiaban de acuerdo a las características de cada país. Argumentaba que, si bien se había superado el esquema trotskista clásico de que solo el proletariado sería la vanguardia de la revolución, ahora el peligro recaería en adoptar otro esquema igualmente cerrado e inamovible. En este sentido, era necesario evitar el dogma campesino y tener en cuenta las particularidades de cada lugar47. Por otro lado, Moreno debatía con las teorías guevaristas el hecho que éstas ignoraran el protagonismo del movimiento de masas urbano y obrero en diversas experiencias históricas. Así, aunque se produjeron revoluciones que encontraron su vanguardia en las acciones guerrilleras de las masas campesinas (como por ejemplo, Indochina, Cuba, Argelia, entre otros), también se produjeron procesos políticos victoriosos a partir de la acción insurreccional de las masas urbanas y obreras (tales como Rusia, Alemania, Hungría o Bolivia)48.

En relación con esto, Moreno planteaba que la teoría que favorecía la construcción de guerrillas insertas en el mundo rural ignoraba la importancia que, en los últimos procesos de lucha, había tenido una juventud radicalizada. Este avance no podía desligarse de un ascenso manifestado en el espacio urbano, inserto en una participación de este sector ligada a los trabajadores 49 . Es en relación a esta caracterización que la corriente morenista se dio como una de las principales tareas la militancia en el seno del movimiento estudiantil como forma de profundizar su ligazón a la clase obrera en particular y al movimiento de masas en general50.

Este debate se profundizaría hacia los años 1968-1969 en el seno de una IV Internacional que sostenía mayoritariamente la concepción de la táctica de la guerrilla para América Latina y el campesinado como sujeto revolucionario ligado a ella. En este debate, que excede el presente trabajo, la corriente morenista argumentaría la necesidad de un replanteo en torno a las formas de lucha y organización del movimiento de masas y afirmaría que éste podía tomar el camino de la guerra de guerrillas, o bien, de la insurrección obrera (tal como lo demostraban procesos recientes tales como el Mayo Francés), e incluso, podrían darse combinaciones de ambas formas51. De hecho, fenómenos insurreccionales recientes demostraban, para el morenismo, el inicio de una etapa de ascenso con la participación de sectores urbanos, particularmente estudiantiles y de la clase obrera y de allí, y en relación con el punto anterior, la necesidad de un partido inserto en esta clase.

Comentarios finales

A partir de un criterio de selección temática, en el presente análisis no se abordaron aspectos también incluidos en el debate entre los referentes del PRT determinantes para entender el proceso de diferenciación que daría como resultado final la ruptura definitiva de esta organización. Sin embargo, es importante decir que la discusión entre Moreno y Santucho alrededor de la lucha armada no solamente se abocó a aspectos teóricos como los antes mencionados, sino que también, abarcó otras temáticas de igual trascendencia. En ese sentido, la relación entre la lucha armada y el contexto mundial (especialmente, Latinoamericano) con la experiencia de la Revolución Boliviana y el impulso por parte de la dirección de la Revolución Cubana de apoyo a diversas revoluciones latinoamericanas, también fueron aspectos a tener en cuenta. De igual modo, cobra una relevancia fundamental, el análisis que las diversas facciones hicieron de la coyuntura que experimentaba Argentina. En ese sentido, el análisis de los momentos previos al cambio que significó para la realidad local el denominado Cordobazo, es otro de los aspectos a tener en consideración. Por último, también será necesario incorporar en futuros estudios, la discusión que se produjo en el seno del propio trotskismo internacional del que tanto Moreno como Santucho formaron parte. Los debates producidos dentro de la IV Internacional y las caracterizaciones diversas en torno a la relación entre la lucha armada como táctica y el trotskismo como ideología resultan de interés, encuentran eco y se retroalimentan con la discusión local.

Por último, y a modo de reflexión, resulta interesante trazar un paralelismo entre la discusión teórica de aquel momento entre Moreno y Santucho alrededor de la lucha armada, y el debate historiográfico hoy vigente en Argentina. Se convierte en un aspecto a resaltar, ya que buena parte de los argumentos que historiográficamente en la actualidad se utilizan para el análisis de alguna de las dos tendencias, son similares a las concepciones teóricas que se esgrimían en la época de estas discusiones. Así, la caracterización por parte de diversos autores sobre la corriente de Nahuel Moreno catalogando a ésta como una corriente con tendencias a las desviaciones economicistas sindicalistas entiendo por ello una tendencia hacia el espontaneísmo, esto es, el seguidismo a la conciencia real, espontánea, de los trabajadores, priorizando la lucha por las reivindicaciones inmediatas suponiendo una evolución lineal de la conciencia a partir de la lucha económica, sindical (Weisz52, Caviasca53) no deja de ser la esencia de la crítica que el propio Santucho realizaba de su antiguo aliado político.

De la misma manera, el análisis historiográfico que encuentra como problema central de las organizaciones revolucionarias armadas el hecho de relegar la construcción política a las acciones militares—lo cual dificultaba la inserción de estas estructuras en el movimiento de masas—sigue presente en la actualidad. Pilar Calveiro es una de las principales autoras en desarrollar esta hipótesis. Para ella, se produjo en las organizaciones armadas revolucionarias un desplazamiento de lo político por lo militar que concluyó en la militarización y, en consecuencia, en la degradación de la política (reducida a una lógica amigo-enemigo)54. En una línea similar se inserta el trabajo de María José Moyano55 quien define la militarización como una conducta desviada consistente en el predominio de las consideraciones militares

sobre las políticas en los grupos que practicaron la lucha armada. Esto llevaría a la intensificación de la violencia, definiendo al conflicto como guerra (lo que se plasma en ataques frontales a instalaciones militares) y a emular a las fuerzas armadas (adoptando uniformes y rangos, por ejemplo). En algún aspecto coincidente, Pablo Pozzi en su estudio sobre el PRT-ERP afirmó que, en esta organización, lo militar no guió a lo político pero sí tendió a autonomizarse 56 . Son este tipo de caracterizaciones las que no se alejan demasiado de las posiciones que el propio Nahuel Moreno esgrimió en su momento al configurar a las organizaciones armadas. En definitiva, y en lo que se podría continuar profundizando, existe un puente estrecho entre las interpretaciones historiográficas actuales, alrededor de la violencia política en la Argentina de los sesenta y setenta, y aquellas esgrimidas por sus mismos protagonistas en el momento en que esos hechos acontecieron.

Obras citadas

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Caviasca, Guillermo. Dos caminos. ERP-Montoneros en los setenta. Buenos Aires: Ediciones del CCC, 2006.

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—. (Coordinador). El trotskismo obrero e internacionalista en la Argentina. Tomo 3: Palabra Obrera, el PRT y la Revoluciónpage25image11697728

56 Pablo Pozzi, Por las sendas argentinas… Op. Cit.

Mangiantini 66

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Pozzi, Pablo. Por las sendas argentinas. El PRT-ERP, la guerrilla

marxista. Buenos Aires: Imago Mundi, 2004
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Documentos

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Resoluciones del V Congreso del PRT-El Combatiente. 1970. En: De Santis, Daniel. A vencer o morir. PRT-ERP. Documentos. Tomo 1. Buenos Aires, EUDEBA, 1998. Disponible en: http://www.cedema.org/

Santucho, Prada y Prieto. “El único camino hacia el poder obrero y el socialismo”. 1968. En: De Santis, Daniel. A vencer o morir. PRT- ERP. Documentos. Tomo 1. Buenos Aires, EUDEBA, 1998. Disponible en: http://www.cedema.org/

(Tomado de A Contra Corriente)

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