La emigración y su impulso vital: el hambre

por Edmundo Moure

Los desplazamientos masivos de un grupo étnico en búsqueda de mejores condiciones de vida es una de las peores sangrías humanas, y pone al descubierto las miserias de nuestra condición: egoísmo, codicia, odio racial, desprecio por el otro y, sobre todo, exaltación de la supina ignorancia frente a la riqueza cultural y a la diversidad que representan el extraño, distinto y casi siempre «enemigo» que nos visita desde afuera.

Voy a referirme a la emigración gallega, la que conozco más de cerca, como hijo de emigrante. Las características de este largo proceso, de más de un siglo, pueden ser válidas para analizar también la diáspora irlandesa o la italiana o la yugoslava, teniendo en cuenta sus particularidades específicas.

Los actuales flujos migratorios, desde Asia Menor a Europa desde África al continente europeo, desde Centroamérica y México a los Estados Unidos; desde países latinoamericanos a Chile, obedecen al mismo y urgente móvil de la necesidad, al que debemos agregar el exilio político, otra clase de hambre, tan acuciosa como la alimentaria.

Los oponentes y detractores son parecidos: provienen de las clases acomodadas y de sectores «aspiracionales» que no entienden, o no quieren enterarse, del significado de la palabra «prójimo».

Convengamos en que los movimientos migratorios son parte del inquieto devenir transeúnte de la especie, desde épocas prehistóricas. Sus orígenes son diversos, sin ser numerosos.

Los celtas llevaron a cabo un larguísimo camino, iniciado en 600 AC, que les llevaría a detenerse en el promontorio más occidental del mundo europeo, el finisterrae del norte de Galicia y Portugal, donde se establecieron hasta la irrupción invasora de los romanos. Buscaban el camino de la luz, el lugar donde cada crepúsculo desaparecía el Sol, su deidad proveedora y metafísica.

Ese era su mito atávico, aunque antropólogos, historiadores y sociólogos aporten interpretaciones y teorías de base más empírica y científica. Sin embargo, la raíz de todo gran mito recoge una verdad simbólica que, en la época de su gestación, constituye sustento verosímil y satisfactorio para interpretar el mundo.

Viajeros de la desesperación

Más allá de la inevitable «idealización romántica o tópica» con que los descendientes de la segunda, tercera o cuarta generación, adornen el drama emigrante y procuren ocultar sus trágicas ocurrencias, hay una realidad insoslayable: los pueblos —en este caso los gallegos— emigraron bajo el impulso o acicate silencioso y eficaz del hambre.

No abandonaron su terruño, «vendiendo llas vacas, os bois, a manta da cama, i o pote do caldo…», para cambiar de aires o conocer nuevas tierras.

Marcharon porque su nación, esa madre anónima y gregaria, les negaba mínimas posibilidades de progreso y desarrollo, desde una sociedad estratificada en un modelo de relaciones feudales y caciquiles, al margen de toda modernidad, que se mantuvo en la Galicia aldeana hasta más allá de la primera mitad del siglo XX.

Estos viajeros y viajeras de la desesperación iban a encontrarse con un mundo «ancho y ajeno», de propietarios que defendían, defienden y defenderán, con ferocidad de lobos, sus prerrogativas, su patrimonio amenazado por estas muchedumbres que se mueven, constantemente, atravesando montes, valles y océanos, en busca de la cada vez más esquiva esperanza, imaginando paraísos que nunca existieron, como no fuera en la enfebrecida memoria.

Hay una curiosa bitácora de la emigración que se apropia y reviste del minoritario rostro de los «triunfadores», esos emprendedores afortunados que lograron alcanzar el mentado «éxito», cuyas tres sílabas solo se remiten a destacar, y aun sacralizar, logros económicos, el acceso —siempre restringido— a la vitrina de los ganadores, con su aleatoria movilidad de clases y estatus.

El resto, la inmensa mayoría, quedará relegada a las sombras, diluida y despersonalizada por lugares comunes y clichés, junto a la absurda idealización —utopía del pretérito— de modos de vida ya ajenos, de extremo rigor existencial y de múltiples carencias que hoy nos parecen inconcebibles y, por supuesto, nos asustan hasta la negación de lo inminente o el disfraz bucólico para turistas de tarjeta postal o descendientes ávidos de pergaminos nobiliarios.

La pérdida de las identidades

Recuerdo la respuesta que le dio Conchiña, una campesina ligada a nuestros cercanos de la Galicia profunda, en los alrededores de A Touza —julio de 1985— a mi amigo chileno José López, cuando éste le comentó:

—¡Qué lindo el paisaje, qué bonita la puesta de sol!

—Pra vostede que veñe de fóra será bonito, non pra min que estou metida na merda…

Claro y preciso, con el saber desnudo e irrefutable de la existencia cotidiana, extendida de sol a sol en siete jornadas de catorce o quince horas por cada semana, que suele ser más profundo que toda instrucción académica o pretendido vuelo poético.

La emigración una de las peores sangrías humanas. Pone al descubierto las miserias de nuestra condición: egoísmo, codicia, odio racial, desprecio por el otro y, sobre todo, exaltación de la supina ignorancia frente a la riqueza cultural de la diversidad que representa «el otro», extraño, distinto y casi siempre «enemigo».

La emigración lleva a quienes la padecen a la pérdida de identidades, al extravío de las culturas de origen, al olvido de la lengua madre y a la entrega, más o menos sumisa, ante las servidumbres esclavizantes de un sistema de luces fatuas y falsos ídolos, que minimiza y suprime lo más esencial del ser humano: su libertad de soñar y de crear, la búsqueda del fuego propiciatorio que debemos robar a los dioses, para no volver al estado de simios manipulados, aun cuando reemplacemos el garrote por el teléfono celular y la imagen sobre el agua por la pantalla multicolor.

(Tomado de Cine y Literatura)

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