La contrarrevolución de los 70: realismo capitalista y fascismo neoliberal

por Julio Cortés Morales

Sergio Villalobos-Ruminott publicó durante el 2020 el libro “Asedios al fascismo. Del gobierno neoliberal a la revuelta popular”[1], título que según cuenta “intenta describir una formación rizomática de combates y empalizadas, independientes unas de otras, aunque todas orientadas, activamente y sin reparos, a cuestionar las diversas manifestaciones del fascismo contemporáneo”. Pues para él, tal como en Hobbes la base del Derecho es el temor a la muerte violenta, “esa tensión básica por darle forma a la vida, sin poder evitar, en esa misma formación, despotenciarla, es lo que define la continuidad insospechada entre los fascismos históricos, como aquellos encarnados en la figura de Josef Mengele o en la arquitectura monumental de Auschwitz, y aquellos que proliferan en los discursos del ministerio de salud pública o en la oficina de inmigración de cualquier país, hoy en día”. 

El subtítulo se explica porque el libro contiene dos polos: “por un lado, las mutaciones históricas del fascismo; por el otro, el conatus de la existencia expresado en la rebeldía y la revuelta”, o dicho de otro modo, “la tensión entre la perseverancia de ser y las dinámicas del poder”.

Su visión es expresada claramente en el primer texto, donde describe al “fascismo neoliberal”. Con base en Guattari, el autor considera que ha operado una metamorfosis del fascismo histórico, de la cual ha surgido un “neofascismo” que se expresa de un modo menos costoso que en su forma previa. Si el neoliberalismo es la “organización de los cuerpos basada en un principio de productividad”, este neofascismo “suplementa ese principio mediante lógicas de autocontrol y vigilancia mutua que resultan más económicas que la burocracia estatal y represiva del fascismo tradicional”.

Si el fascismo histórico “surgió de la decadencia experimentada por la democracia liberal en el contexto de reconfiguración del capitalismo imperial clásico”, el fascismo neoliberal forma parte del contexto represivo posterior a 1968, y “no puede ser explicado sin atender a la reconfiguración del patrón de acumulación gracias al proceso de globalización contemporáneo, flexible y planetariamente integrado”. Antes de eso, el autor identifica otra supervivencia o mutación del fascismo histórico, desde el Tercer Reich a la Pax americana, en que se reconfigura la articulación entre capitalismo, militarismo y devastación.  Con esto Villalobos-Ruminott se opone a la “pretensión de excepcionalidad del nazismo y la supuesta condición antimoderna de sus fundamentos”[2]

La metamorfosis del fascismo lo llevaría a operar no tanto en el plano “superestructural” sino que a nivel molecular, y desde ahí intenta “controlar la existencia social, dándole forma y organización”: 

“La xenofobia, la homofobia, las retóricas identitarias y securitarias, la masculinidad tóxica y el patriarcalismo funcional (el capacitismo), las retóricas del éxito y la auto-realización, el anti-islamismo y la redefinición del conflicto central en términos monumentales (Occidente vs Oriente), junto a una serie de políticas anexas, sobre inseminación artificial, cultivo de células madres, tratamiento epidemiológico de enfermedades asociadas con ciertos grupos o comportamientos reñidos con la norma, eugenesia y eutanasia, el aborto, e incluso el divorcio, etc.”[3].

Al entender que se produjo una “metamorfosis histórica del fascismo en el contexto de democracias neoliberales en crisis” Villalobos-Ruminott se separa expresamente de Enzo Traverso, que considera tales temas como parte de la problemática del “posfascismo”.

Parte importante del análisis de Villalobos-Ruminott se centra en las oposiciones tramposas que se instalan a nivel ideológico. El neoliberalismo pretende encarnar la democracia liberal, denunciando como “totalitaria” cualquier forma de intervencionismo estatal. En ese esfuerzo los neoliberales demonizan metiendo en el mismo saco al fascismo, el nacionalsocialismo, y al “comunismo” (lo escribo entre comillas porque creo que en rigor se trata más bien del estalinismo o el “comunismo de Estado”[4]), a los que dan por históricamente superados, con lo cual se oculta “cómo el neofascismo contemporáneo es una proliferación de ‘agujeros negros’ que atrapan el deseo para hacerlo rentable”.

La ideología neoliberal se ve a sí misma como “libertaria” e incluso “anti-estatal”. Esta es la veta a partir de la cual se ha desarrollado dentro de la nueva derecha toda una corriente que se pretende “anarco-capitalista”, y que ha sido tratada en cierto detalle por Pablo Stefanoni en uno de los capítulos de su libro “¿La rebeldía se volvió de derecha?” (2021) y por quien suscribe en un capítulo de “¿Patria o Caos?”[5]. Villalobos-Ruminott nos recuerda que “esta concepción liberacionista del neoliberalismo deriva, sin duda, de los presupuestos antropológicos de la Escuela Austríaca que radicaliza el individualismo posesivo del primer liberalismo histórico y lo convierte en criterio de racionalidad económica”. 

La misma idea es luego reelaborada por la Escuela de Chicago, que tan bien conocemos en Chile, convertida en el dogma del homo economicus.  De esta manera, de haber algo de “anarquía” en los autodenominados ancaps y libertarios de derecha, se enlazaría con uno de los sentidos estrictamente negativos que se la daba al término antes del surgimiento del anarquismo a mediados del siglo XIX. Tal como explica Patricia Gasc Gallo en su Tesis “La anarquía en Chile (2010-2017)”[6] la anarquía puede tener un sentido negativo o positivo. La concepción original de anarquía proviene del griego an-arkhé, que puede significar negación del mando, ausencia de líder o jefe -el sentido que se la da en Homero: Iliada, II, 793 y 726; Heródoto: Historias, IX, 23-, o del principio mismo de todas las cosas: arkhein, que según Aristoteles sería el equivalente del latín principium. Recién a mediados del siglo XIX surge el anarquismo, que reivindica una concepción positiva de la anarquía como orden sin Estado.

La anarquía de los anarcocapitalistas no tiene nada que ver con el concepto anarquista de la anarquía, sino que enlaza con la acepción que le da el poeta inglés Percy Bysshe Shelley en “The masque of Anarchy” en 1819, escrito desde su estadía en Italia en respuesta a la Masacre de Peterloo ocurrida en las afueras de Manchester en agosto del mismo año. En este brillante poema político Shelley describe en un estilo apocalíptico su encuentro con el Asesinato, el Fraude, y la Anarquía, que montando manchada de sangre su caballo blanco proclama “Soy Dios, soy Rey, soy Ley”. Es decir, la anarquía como la ausencia absoluta de restricciones para los poderosos, en sintonía con los fascistas que en el film “Saló” de Pasolini (1974) declaran ser los “verdaderos anarquistas”[7].  

Al identificar al neoliberalismo como una forma metamorfoseada de fascismo Villalobos-Ruminott derriba la falsa oposición entre totalitarismo y democracia liberal: el neoliberalismo “busca su fundamento en el descrédito de toda intervención estatal, intenta monopolizar las críticas al totalitarismo, mientras se resiste a cualquier programa reformista que contradiga su modelo antropológico y su ingeniería social molecular”. Es precisamente ahí, “en la convergencia entre una antropología reduccionista y utilitaria y una ingeniería social individualista y optimizadora donde se hacen manifiestas las características distintivas de un tipo particular de fascismo, el fascismo neoliberal”.

Desde otra perspectiva, Mark Fisher en “Comunismo ácido” (2016) ha descrito al neoliberalismo como el agente principal de la defensa de la civilización capitalista contra “el fantasma de un mundo que puede ser libre” (Marcuse). Su verdadero objetivo no eran sus enemigos oficiales (New Deal y bloque soviético); el neoliberalismo se entiende mejor si lo pensamos “como un proyecto orientado a la destrucción de los experimentos de socialismo democrático y comunismo libertario que afloraban a finales de los sesenta y principios de los setenta, al punto de volverlos impensables”[8]

A los efectos generales en el plano de la cultura e ideología dominante tuvo la contrarrevolución que eliminó esas posibilidades Fisher los denomina realismo capitalista, “la aceptación resignada de que no hay alternativa al capitalismo”. Su acontecimiento fundador fue “la violenta demolición del gobierno de Salvador Allende en Chile por parte del golpe del General Pinochet, apoyado por los Estados Unidos”, destruyendo su alternativa socialista y democrática que “ofrecía una alternativa real tanto al capitalismo como el estalinismo”, y transformando a Chile en “un laboratorio en el que se ensayaron las medidas que luego se lanzarían en otros centros del neoliberalismo (desregulación financiera, apertura de la economía al capital extranjero, privatización)”. No resulta para nada casual que para imponer el realismo capitalista en Chile se haya acudido a lo que Hayek elogió como una “dictadura liberal”, y que Pasolini identificó como un retorno provisional al fascismo clásico[9]. En otros países esta implementación fue más lenta, pero el resultado final quedó asegurado a partir de ahí, extirpando definitivamente las posibilidades de un socialismo democrático o un comunismo libertario mediante la respuesta contrarrevolucionaria global al proceso abierto en 1968. 

En un sentido similar al de Villalobos-Ruminott, Rodrigo Karmy en sus “Tesis sobre el fascismo” (2021)[10] define a este como “una técnica de poder orientada a la producción de identitarismos en conflicto”[11], y postula que el fascismo contemporáneo es el “neoliberalismo”. El fascismo histórico, identificado por el liberalismo como “totalitarismo”, sería “tan solo una fase del devenir fascista de lo moderno, una fase que está marcada por el carácter ‘estatal-nacional’ del orden político y económico”. Pero “el fascismo histórico se ha transfigurado desde el carácter ‘estatal-nacional’ hasta su devenir ‘económico-gestional’ bajo la forma de la lucha por la competencia planteada, desde el principio, por el régimen neoliberal”. 

Lo interesante en esta visión es que, si bien Kast “condensa al fascismo neoliberal chileno”, no lo totaliza, pues éste “concierne tanto al conservadurismo neoliberal (derecha) como al progresismo neoliberal (concertación) que abrazaron –pues no fueron más que eso- el pacto transicional impuesto por los vencedores desde el golpe de Estado de 1973”. Eso podría explicar el que, tras la derrota electoral de Kast en diciembre de 2021, asumida por las izquierdas en Chile como una victoria antifascista, ninguno de los dispositivos del fascismo legal y social ya instalados haya sido derogado o desactivado (desmesuradas facultades policiales, legislación represiva, gobierno a través de estados de excepción, etc.). 

Muy por el contrario: ahora la Ley de Seguridad del Estado de 1958 se suma a la Ley Antiterrorista de 1984 como parte del arsenal represivo del Ministerio del Interior, y los estados de excepción constitucional “acotados” son esgrimidos sin mucha vergüenza por el gobierno progresista, feminista, plurinacional y paritario conducido por Gabriel Boric, Giorgio Jackson, Camila Vallejo e Izkia Siches. 

La respuesta del progresismo neoliberal cuando se les critica su deriva autoritaria es una sola: “con Kast sería peor”.


[1] En versión digital (o e-book creo que se llama). El 2021 fue impreso en Chile por Doble A Editores.

[2] Ver dentro del libro el capítulo 2: “Excepción, modernización y crisis (del Tercer Reich a la Pax americana)”.

[3] Villalobos-Ruminott, Sergio. Asedios al fascismo. Del gobierno neoliberal a la revuelta popular. Santiago, DobleAEditores, 2021, pág. 25.

[4] Expresión absurda como pocas si tenemos en cuenta que en tanto sociedad sin clases el comunismo es la abolición del Estado.

[5] Disponible como columna en: https://lavozdelosquesobran.cl/opinion/la-nueva-derecha-chilena-sobre-anarcocapitalistas-y-pinochetistas-libertarios/16062020

[6] Universidad de Valparaíso, 2022.

[7] Tal como refiero en “¿Patria o Caos?”, ya Bakunin en “Dios y el Estado” hacía ver que la burguesía, “esa clase tan numerosa y tan respetable no exigiría nada mejor que se le concediese el derecho o, más bien, el privilegio de la más completa anarquía; toda su economía social, la base real de su existencia política, no tiene otra ley, como es sabido que esa anarquía expresada en estas palabras tan célebres: ‘Laissez faire et laissez passer’. Pero no quiere esa anarquía más que para sí misma y sólo a condición de que las masas, ´demasiado ignorantes para disfrutarla sin abusar’, queden sometidas a la más severa disciplina del Estado”.

[8] “Comunismo ácido. Introducción inconclusa (2016). EnMark Fisher, K-Punk, Volumen 3. Escritos reunidos e inéditos (Reflexiones, Comunismo ácido y entrevistas). Buenos Aires, Caja Negra, 2021, pág. 125.

[9] “Ampliación del ‘boceto’ sobre la revolución antropológica en Italia” (Entrevista publicada en 1974, incluida en Escritos Corsarios).

[10] Nuestra República, 20 de octubre de 2021. En: https://nuestrarepublica.org/columna/tesis-sobre-el-fascismo

[11] “El “migrante” versus el “nacional”; “terroristas” versus “demócratas”; el “comunismo versus libertad”, “Anarquismo versus orden”; el “feminismo versus la familia” entre otros”. El fascismo es la técnica conduce a las masas a la guerra contra otro”.

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