Keynes: el oráculo de la fatalidad utópica e impotente del capitalismo

por Adam Booth

El crack de 2008 y la crisis del coronavirus han reavivado el interés por las teorías del economista liberal inglés J. M. Keynes. Pero una mirada a la vida y las ideas de Keynes muestra que no era amigo de la clase obrera. Necesitamos socialismo, no keynesianismo.«¡Ahora todos somos keynesianos!» Así dicen que exclamó el presidente Richard Nixon en 1971, cuando su gobierno Republicano de entonces intervino para rescatar la economía estadounidense.

El desempleo y la inflación iban en aumento, algo que los modelos económicos dominantes decían que no podía ocurrir. La fortaleza y la estabilidad del dólar estaban siendo cuestionadas. Y el sistema de Bretton Woods, que había apuntalado el auge de la posguerra y la hegemonía imperialista de Estados Unidos, estaba al borde del colapso.

En realidad, la cita es probablemente apócrifa. Sin embargo, representa una verdad reveladora: que los políticos burgueses de todas las tendencias y colores están dispuestos, ante la crisis, a utilizar todos los recursos del Estado para apuntalar al capitalismo.

Si avanzamos casi cuatro décadas, la validez de esta afirmación vuelve a ponerse de manifiesto. La historia se repite con la crisis del coronavirus 13 años después del gran crack de 2008, cuando los gobiernos de todo el mundo volcaron el dinero de los contribuyentes en los bancos para evitar una implosión financiera.

En total, hasta ahora se han inyectado más de 16,5 billones de dólares en ayudas estatales a la economía mundial en el transcurso de la pandemia. Y en Estados Unidos, el presidente Biden está impulsando un gasto adicional de 4,5 billones de dólares, además del paquete de estímulo de 1,9 billones de dólares ya promulgado en marzo de este año, por no hablar de los billones repartidos por la administración Trump en forma de cheques a las familias y financiación de emergencia a las empresas.

La intervención del Estado en la gestión del capitalismo, el endeudamiento y el gasto de los gobiernos para salvar el sistema: este es el legado por el que sin duda se recordará siempre a John Maynard Keynes.

Y es un legado que ha sido acogido calurosamente por los líderes del movimiento obrero actual, que hace tiempo abandonaron el llamamiento por un auténtico socialismo.

En lugar de luchar por la transformación de la sociedad, los dirigentes reformistas se resignan ahora sólo a intentos fútiles –pero supuestamente «realistas»– de remendar el capitalismo. E, irónicamente, son las teorías de un autoproclamado economista liberal burgués de toda la vida a las que recurren estas damas y caballeros en sus esfuerzos por justificar su aquiescencia.

Pero como demuestra The Price of Peace (El precio de la paz), una biografía de Keynes recientemente publicada-, el inglés y sus propuestas no siempre estuvieron tan de moda. De hecho, durante la mayor parte de su vida, Keynes fue ignorado por la clase dirigente, que consideraba sus divagaciones como «expresiones extremas y temerarias».

Como el propio Keynes se vio obligado a admitir, cuando escribió en 1931 en el prefacio de su Ensayos sobre la persuasión, que sus consejos «pragmáticos» y sus advertencias a las élites no eran más que «los graznidos de una Casandra que nunca podría influir a tiempo en el curso de los acontecimientos».

Más tarde, las ideas de Keynes se pusieron de moda entre los economistas y los políticos.

Sin embargo, para los socialistas, lejos de ofrecer una solución a las crisis que afronta la humanidad, el keynesianismo es un programa destinado a rescatar un sistema en bancarrota. Los trabajadores y la juventud deben dar la espalda a estas ideas y luchar, en cambio, por la ruptura con el capitalismo, por la revolución socialista.

Liberalismo y utopía

John Maynard Keynes fue un verdadero producto de su tiempo y sus condiciones. Nacido en 1883 en el seno de una familia académica, y educado en Eton y Cambridge (originalmente en matemáticas), «Maynard» siempre se sintió más cómodo cuando se codeaba con otros miembros de la élite de la torre de marfil.

Mientras estudiaba en el King’s College de Cambridge, llegó a ser presidente de la cámara de debate de la universidad y también de su Club Liberal. Y pronto fue reconocido por sus compañeros, que lo invitaron a unirse a la sociedad secreta de los «Apóstoles», un grupo exclusivo de intelectuales, dominado en aquella época por las filosofías abstractas y formalistas de G.E. Moore, y más tarde por pensadores similares como Bertrand Russell.

Fue a través de los Apóstoles que Keynes entabló las amistades que más tarde se conocerían colectivamente como «El Grupo de Bloomsbury», entre cuyos otros miembros se encontraban el novelista E.M. Forster y la escritora Virginia Woolf.

Aunque algunos de estos bohemios y artistas más adelante se verían empujados a la izquierda por los acontecimientos, la característica primordial del Grupo era la de un «individualismo insuperable», como reconoció el propio Keynes en una conferencia titulada Mis Primeras Creencias ( My Early Beliefs), pronunciada en 1938.

«Además», subrayó Keynes con orgullo, «nuestra filosofía… sirvió para protegernos a todos del… marxismo».

«[Nosotros] mismos hemos permanecido –¿no tengo razón al decir todos nosotros?– totalmente inmunes al virus, tan seguros en la ciudadela de nuestra fe más profunda como el Papa de Roma en la suya».

Al mismo tiempo, Keynes confesó: «Estábamos entre los últimos utópicos… que creen en un progreso moral continuo en virtud del cual la raza humana ya está formada por personas fiables, racionales y decentes, influidas por la verdad y las normas objetivas…»

En este sentido, JMK representaba el crepúsculo del liberalismo, con su creencia idealista en «verdades eternas», «valores universales» e «individuos racionales», una filosofía que en última instancia reflejaba las necesidades e intereses materiales de la burguesía en su pasado apogeo.

Y fue un idealismo utópico el que acompañó a Keynes durante el resto de su vida, como veremos, llevándolo a ser constantemente rechazado por una clase dominante que no pensaba en términos de «racionalidad» y «decencia», sino en el frío y duro cálculo de la «realpolitik» capitalista.

Intereses de clase

Keynes deseaba desesperadamente volver a la «Edad de Oro» del siglo XIX: una época en la que caballeros «civilizados» como él habían vivido una existencia pacífica, a costa de la clase obrera y de las colonias, por supuesto.

«¡Qué extraordinario episodio en el progreso económico del hombre fue esa época que llegó a su fin en agosto de 1914!» declaró Keynes, mirando hacia atrás tras la «Gran Guerra» –olvidando convenientemente el hecho de que fueron precisamente los desarrollos contradictorios de este período, durante el desarrollo del imperialismo, los que intensificaron los antagonismos que finalmente estallaron con el inicio de la Primera Guerra Mundial.

De hecho, como señala el biógrafo Zachary D. Carter, los escritos de Keynes están «fusionados con una nostalgia ingenua por la política de antes de la guerra que elude los ultrajes coloniales del siglo XIX para meditar sobre su propia experiencia de ocio de clase».

Más adelante en su vida, explica Carter, Keynes «se había desilusionado con la forma en que su país gestionaba su imperio, pero nunca había dejado de trabajar por el ideal de Gran Bretaña que había atesorado de joven: una nación fuerte que guiara al mundo hacia la verdad, la libertad y la prosperidad».

Esta visión teñida de rosa del Imperio Británico y de su historia imperialista pone de manifiesto, una vez más, los verdaderos intereses de clase que Keynes y que sus compañeros liberales buscaban –y siguen buscando– defender: los del imperialismo y de la clase capitalista.

El concepto liberal de progreso de Keynes, por su parte, no se medía por el nivel de vida de la gente de a pie, sino por la cantidad y la calidad de la cultura burguesa; por la posición que se otorgaba a quienes –como él mismo– se encontraban en los estratos superiores de la sociedad.

En realidad, Keynes despreciaba a la clase obrera. Para él, «el bienestar de las masas es una conveniencia que eleva el nivel cultural de las élites», subraya Carter, «mientras que las propias masas son un peligro que hay que desactivar«. (Énfasis nuestro)

Y, como para que no quede ninguna duda, en un ensayo de 1925 titulado ¿Soy un liberal?, el economista inglés declaró categóricamente su desprecio hacia el naciente Partido Laborista y la clase obrera, en términos nada ambiguos:

«[Los laboristas] son un partido de clase, y la clase no es mi clase. Si voy a perseguir intereses sectoriales, perseguiré los míos. Cuando se trata de la lucha de clases como tal, mis patriotismos locales y personales, como los de todo el mundo, salvo ciertos celos desagradables, están ligados a mi propio entorno. Puedo dejarme influir por lo que me parece justo y sensato; pero la lucha de clases me encontrará del lado de la burguesía culta.» (Énfasis nuestro)

Estas palabras, por sí solas, deberían bastar para demostrar que Keynes no era amigo del movimiento obrero ni de la clase trabajadora.

La guerra y la paz

Después de graduarse en Cambridge, Keynes entró en la administración pública como empleado de la Oficina de la India, antes de volver a su alma mater para seguir una carrera académica.

Cuando estalló la Primera Guerra Mundial en 1914, Keynes fue convocado de nuevo a Londres para ayudar al gobierno a sostener el patrón oro en Gran Bretaña, que estaba bajo presión debido a las turbulencias financieras que trajo la guerra.

Keynes y el resto del grupo de Bloomsbury eran nominalmente pacifistas. Y sin embargo, después de salvar la City de Londres, Keynes pasó el resto de los años de la guerra en el Ministerio de Hacienda, asesorando al gobierno sobre cómo financiar sus esfuerzos militares imperialistas.

«Fue una extraordinaria maraña de convicciones», escribe Carter en El precio de la paz. «Keynes recaudaba dinero para el esfuerzo bélico incluso cuando trataba de privar al ejército británico de sus soldados. Le repugnaba el chovinismo nacionalista de los políticos británicos, pero estaba ayudando a esos mismos líderes a ganar una guerra por el territorio imperial. Keynes estaba en guerra consigo mismo».

Como recompensa por este trabajo, Keynes fue ascendido a un puesto que más tarde le ayudaría a alcanzar fama mundial: representante oficial del Tesoro en la Conferencia de Paz de París de 1919, donde se negoció el infame Tratado de Versalles.

Keynes observó la conferencia de primera mano, con acceso a los debates y documentos oficiales. Sobre esta base, pudo elaborar una crítica mordaz del Tratado y de sus principales protagonistas, titulada Las consecuencias económicas de la paz. Este libro se publicó ese mismo año con gran éxito.

El libro se convirtió en un best-seller internacional. En él, Keynes denunciaba a los líderes aliados –en particular a Clémenceau, el Primer Ministro francés– que, en su opinión, habían elaborado un acuerdo diseñado para «debilitar y destruir a Alemania de todas las maneras posibles», en interés del imperialismo francés, británico y estadounidense.

«La vida futura de Europa no era su preocupación; sus medios de vida no eran su inquietud», escribió Keynes. «Sus preocupaciones, buenas y malas por igual, estaban relacionadas con las fronteras y las nacionalidades, con el equilibrio de poder, con los engrandecimientos imperiales, con el futuro debilitamiento de un enemigo fuerte y peligroso, con la venganza y con el traslado por parte de los vencedores de sus insoportables cargas financieras a los hombros de los vencidos».

Los políticos británicos, mientras tanto, no eran menos culpables que los franceses, creía Keynes. El primer ministro liberal Lloyd George, por ejemplo, estaba presionado por los conservadores en su país para «exprimirla [a Alemania] hasta la última gota».

Juntos, afirmaba Keynes, Lloyd George, Georges Clémenceau y su homólogo estadounidense, el presidente Woodrow Wilson, lograrían una «paz cartaginesa», basada en la ruina de Alemania y su pueblo. Las reparaciones exigidas por los aliados, demostró el economista inglés, eran sencillamente impagables. Esto que Keynes predijo proféticamente, allanaría el camino para una mayor animosidad y antagonismo en toda Europa.

El pesimismo de Keynes no tardó en confirmarse. La República de Weimar, en bancarrota y quebrada, recurrió a la emisión de dinero para hacer frente a sus deudas. Se produjo una hiperinflación y un empobrecimiento terrible.

Esto, a su vez, allanó el camino para un recrudecimiento de la lucha revolucionaria; y cuando ésta fue derrotada, para el ascenso del fascismo y el resurgimiento de las ambiciones imperialistas alemanas a un nivel aún más alto, bajo la bandera del nazismo.

El miedo a la revolución

Las Consecuencias Económicas de la Paz han pasado a la historia por sus mordaces críticas a los dirigentes europeos, junto con sus agudos ataques a la Liga de las Naciones por ser «una sociedad de debate políglota y poco flexible… a favor del statu quo».

Pero no se trataba de la polémica anti-sistema que se ha pintado posteriormente. Más bien, el libro de Keynes fue la primera de muchas advertencias ingenuas e idealistas ofrecidas por el adivino liberal a lo largo de su vida, todas ellas concebidas como súplicas desesperadas a las élites políticas, con el objetivo de evitar un posible desastre.

Lo más importante es que no era tanto la caída del nivel de vida alemán lo que preocupaba a Keynes, sino el miedo a la posible ola revolucionaria que esto provocaría.

«Mientras escribo, las llamas del bolchevismo ruso parecen, al menos por el momento, haberse apagado», afirmó Keynes. «Pero, ¿quién puede decir hasta qué punto es soportable, o en qué dirección buscarán los hombres por fin escapar de sus desgracias?».

Como señala Carter en su biografía, a Keynes le gustaba verse a sí mismo como un hombre del progreso ilustrado. Pero su perspectiva de los acontecimientos siempre estuvo profundamente influenciada por el conservadurismo reaccionario de Edmund Burke, cuyos escritos le habían atraído cuando era estudiante.

Esto, a su vez, reflejaba su propia posición de clase privilegiada y sus antecedentes, de los que nunca se apartó. Y estos puntos de vista influyeron en todos los consejos que Keynes ofreció a la clase dirigente.

Al fin de cuentas, afirma correctamente Carter, «Keynes hizo sus propuestas radicales [Las consecuencias económicas de la paz] en un esfuerzo por preservar lo que se podía salvar del statu quo, que él creía que se enfrentaba a una amenaza existencial».

«Keynes había elaborado un cóctel filosófico innovador», continúa Carter. «Como Burke, temía la revolución y la agitación social. Como Karl Marx, preveía una gran crisis en el horizonte del capitalismo. Y como Lenin, creía que el orden mundial imperialista había alcanzado su límite final».

«Pero entre estos pensadores, Keynes era el único que creía que todo lo que se necesitaba para resolver la crisis era un poco de buena voluntad y cooperación. La calamidad que preveía en 1919 no era algo inevitable, inscrito en la lógica fundamental de la economía, el capitalismo o la humanidad. Era simplemente un fracaso político, que podía superarse con el liderazgo adecuado.

«Mientras que Marx había llamado a la revolución contra un orden capitalista quebrado e irracional, Keynes se contentó con denunciar a los líderes de Versalles y pidió la revisión de los tratados. Como Burke, era la propia revolución lo que Keynes esperaba evitar».

Pero, como ocurrió en los años siguientes, los llamamientos de Keynes cayeron en saco roto.

Lo que este pensador liberal nunca pudo entender o aceptar es que la clase capitalista y sus representantes políticos no actúan sobre la base de lo que es «racional» o «correcto». No les persuade el poder de las ideas, sino la búsqueda ciega del beneficio y el desnudo interés imperialista. Y ninguna cantidad de prosa elocuente o de argumentos articulados cambiará eso.

En resumen, la sociedad no está hecha por «Grandes Hombres» con «Grandes Ideas», sino por una lucha de fuerzas vivas; una lucha entre clases antagónicas, que luchan por sus propios intereses materiales.

Esta es la visión materialista de la historia, tal como la explican Marx y Engels en las primeras líneas del Manifiesto Comunista: «La historia de toda la sociedad hasta ahora existente es la historia de las luchas de clases».

Pero es un punto de vista con el que Keynes –que personifica el liberalismo idealista de su propia clase– nunca pudo reconciliarse. Y así se vio destinado a desempeñar repetidamente el papel de oráculo impotente; una «Casandra graznando», siempre desairada por las mismas élites cuyo sistema intentaba salvar.

Decadencia y ocaso

Las mordaces observaciones de Keynes en Las consecuencias económicas de la paz no le granjearon, en los años siguientes, la simpatía de la clase dirigente británica. Apartado de Whitehall, Keynes volvió a la burbuja del mundo académico. Al mismo tiempo, se pluriempleó como periodista y apostador en la bolsa de valores para poder pagarse los gastos en los círculos de la alta sociedad a los que se había acostumbrado.

Desde esta cómoda posición, Keynes se forjó una reputación de intelectual y comentarista político influyente. Y tras la guerra, no le faltaron crisis que comentar.

Gran Bretaña había entrado en la guerra como el centro del mundo capitalista, con un poderoso imperio que abarcaba todo el mundo. Pero había salido como una potencia de segunda categoría, incapaz de competir con el creciente poderío de la industria y las finanzas estadounidenses.

De hecho, los resultados de las negociaciones de Versalles supusieron un pequeño golpe de realidad para los imperialistas británicos y franceses. Mientras reclamaban reparaciones a Alemania, Londres y París descubrieron que, a su vez, debían enormes sumas a Washington y Wall Street. El centro de gravedad se había desplazado firmemente al otro lado del Atlántico.

Pero la clase dominante británica no podía aceptar su nuevo y disminuido papel en la escena mundial. Engreídos por su propio sentido de la prepotencia y de grandeza imperial, la clase dirigente sobrestimó enormemente la fuerza del capitalismo británico, que estaba en franca decadencia.

León Trotsky describió este proceso en su libro ¿Adónde va Inglaterra?, en el que describe vívidamente la caída en desgracia del imperialismo británico:

«Durante la guerra, la gigantesca dominación económica de los Estados Unidos se había demostrado total y completamente. La salida de Estados Unidos del provincianismo de ultramar desplazó de inmediato a Gran Bretaña a una posición secundaria…

«Las fuerzas productivas de Gran Bretaña, y sobre todo sus fuerzas productivas vivas, el proletariado, ya no corresponden a su lugar en el mercado mundial. De ahí el desempleo crónico».

Esta decadencia económica, mientras tanto, se reflejó políticamente como una crisis del liberalismo, un credo burgués construido sobre una fuerza y una estabilidad que ya había desaparecido. Como Trotsky señaló astutamente:

«La ruptura del Partido Liberal corona un siglo de desarrollo de la economía capitalista y de la sociedad burguesa. La pérdida de la dominación mundial ha llevado a ramas enteras de la industria británica a un callejón sin salida y ha asestado un golpe letal al capital industrial y comercial mediano y autosuficiente, la base del liberalismo. El libre comercio ha llegado a un punto muerto.

«En el pasado, la estabilidad interna del régimen capitalista estaba en gran medida asegurada por la división del trabajo y la responsabilidad entre el conservadurismo y el liberalismo. La ruptura del Liberalismo expone todas las demás contradicciones en la posición mundial de la burguesía británica al mismo tiempo que revela la crisis interna del régimen.»

Esta volatilidad económica y política condujo a una serie de elecciones entre 1922 y 1924. Un Partido Liberal en decadencia perdía rápidamente terreno frente a un Partido Laborista en ascenso, lo que indicaba la creciente organización y radicalización de la clase obrera.

En medio de la confusión, los conservadores lograron imponerse, y Stanley Baldwin formó un gobierno de mayoría en las elecciones generales de 1924. Pero con el capitalismo británico desmoronándose, éste resultaría ser un gobierno conservador de crisis de principio a fin.

Churchill y el oro

La cuestión clave a la que se enfrentaba el gobierno conservador era qué hacer con la relación de Gran Bretaña con el patrón oro. Para el establishment, no se trataba de una mera cuestión económica, sino de orgullo y prestigio.

Gran Bretaña había difundido y gestionado eficazmente el patrón oro en el siglo XIX, dado el dominio del Imperio, que proporcionaba una base relativamente firme para el comercio mundial (en interés de los industriales y financieros británicos, por supuesto). Pero con el estallido de la Primera Guerra Mundial, el gobierno había suspendido el patrón oro, que se derrumbaba ante las turbulencias financieras.

Al mismo tiempo, la guerra había puesto de manifiesto las debilidades del capitalismo británico, que ya no era competitivo en comparación con sus rivales estadounidenses y alemanes. Y, sin embargo, no se había producido ningún ajuste en el valor de la libra para reflejar esta nueva realidad.

La arrogante clase dirigente, decidida a devolver al país a sus antiguas glorias, insistió en que Gran Bretaña debía volver al patrón oro al tipo de convertibilidad de antes de la guerra. Para la clase dirigente, explica Carter, «el patrón oro tenía un profundo significado social», que expresaba el «antiguo principio del liberalismo de la Ilustración».

«El oro representaba una situación normal en la que el mundo se deslizaba inexorablemente hacia la paz, la prosperidad y el progreso. Y puesto que el sistema de preguerra se había derrumbado en su apogeo, la vuelta al patrón oro se veía como una oportunidad para revivir una gloria perdida, para demostrar que había algunas cosas que ni siquiera la Gran Guerra podía destruir.

«Para los banqueros prominentes, señaló Keynes, restaurar el valor oro de la libra era una cuestión de «prestigio nacional», de asegurar una Gran Bretaña «más gloriosa»».

Junto a esta pomposidad nacionalista, la presión de la City londinense también jugó un papel importante. Al fin y al cabo, cualquier devaluación de la libra significaría que las deudas existentes –que se debían a los banqueros– quedarían anuladas.

«Los grandes de la City más sofisticados», continúa Carter, «creían que si Londres esperaba recuperar el poder financiero que había cedido a Wall Street durante la guerra, tendría que demostrar que invertir en Gran Bretaña era una mejor apuesta que invertir en Estados Unidos».

«Eso significaba demostrar a los mercados financieros mundiales que el gobierno británico no permitiría que nada devaluara sus inversiones en dinero o deuda británicos, ni siquiera la guerra».

Y así, en 1925, los tories promulgaron la Ley del Patrón de Oro Británico, fijando la libra esterlina al oro al antiguo tipo de cambio de antes de la guerra.

Keynes se oponía rotundamente a esta medida y había expresado su preocupación por adelantado en numerosas ocasiones. En una serie de artículos y discursos, explicó que el capitalismo británico sólo podía seguir comerciando de forma competitiva a ese tipo de cambio tan sobrevalorado aplicando una política de «devaluación interna», es decir, atacando los salarios y las condiciones de los trabajadores.

«Podemos intentar a toda costa restaurar el equilibrio de preguerra de grandes exportaciones y grandes inversiones extranjeras», declaró Keynes, «pero los que piensan que la vuelta al patrón oro significa volver a estas condiciones son tontos y ciegos… La vuelta al oro ha hecho que esto sea imposible sin un ataque total a los salarios».

El Ministro de Hacienda de la época no era otro que Winston Churchill. Y en una referencia a su propio trabajo anterior, Keynes apuntó al Canciller tory en un ensayo titulado Las consecuencias económicas del Sr. Churchill.

«Esta política sólo puede alcanzar su fin intensificando el desempleo sin límite», escribió Keynes en su última polémica, «hasta que los trabajadores estén dispuestos a aceptar la necesaria reducción de los salarios monetarios bajo la presión de los duros hechos».

Sin embargo, como siempre, Keynes estaba ciego ante los insensibles intereses económicos que había detrás de la decisión de Churchill. «¿Por qué hizo [Churchill] una cosa tan tonta?», se preguntaba retóricamente el académico de Cambridge; «porque… fue ensordecido por las voces clamorosas de las finanzas convencionales; y, sobre todo, porque fue gravemente engañado por sus expertos».

Keynes creía sistemáticamente que podía apelar a la «razón»; que podía hacer ver a estos despiadados representantes de la clase capitalista el error de sus actos. Pero sus esfuerzos fueron inútiles.

«En base a la justicia social, no se puede justificar la reducción de los salarios de los mineros. Ellos son víctimas de la fuerza de la economía. Representan en carne y hueso los ‘ajustes fundamentales’ diseñados por el Tesoro y el Banco de Inglaterra para satisfacer la impaciencia de los padres de la City…

«Ellos (y otros que les seguirán) son el ‘sacrificio moderado’ todavía necesario para asegurar la estabilidad del patrón oro. La situación de los mineros del carbón es la primera, pero no –a menos que tengamos mucha suerte– la última de las Consecuencias Económicas del Sr. Churchill.»

Previsión y sorpresa

La impotencia del liberalismo utópico de Keynes se revela aquí a la vista de todos. Y aún más claramente cuando se yuxtapone con los escritos de León Trotsky de la misma época.

En «¿Adónde va Inglaterra?», Trotsky escribía para la clase obrera, preparando y armando al movimiento obrero con las perspectivas e ideas necesarias para luchar contra la burguesía. Su homólogo liberal inglés, mientras tanto, intentaba persuadir a los políticos conservadores de que respetaran la «justicia social», en efecto, intentaba convencer a los tigres carnívoros de que se hicieran veganos.

Una vez más, Keynes estaba profetizando la fatalidad. Pero al igual que con sus críticas al Tratado de Versalles, los gritos de Keynes sobre el patrón oro no estaban motivados por la preocupación por los trabajadores, sino por su innato miedo liberal a la lucha de clases y a la revolución.

«No se puede esperar que las clases trabajadoras entiendan mejor que los ministros del gabinete, lo que está sucediendo», imploraba Keynes en su carta abierta a Churchill. «Aquellos que son atacados primero se enfrentan a una depresión de su nivel de vida… Por lo tanto, están obligados a resistir mientras puedan; y debe ser la guerra, hasta que los más débiles económicamente sean derrotados». (Énfasis nuestro)

Tanto Trotsky como Keynes, por lo tanto, tuvieron la capacidad de ver la lucha de clases que se estaba gestando en Gran Bretaña. De hecho, sólo un año después de estos escritos, en 1926, el país se vio sacudido por la Huelga General.

Pero a diferencia de Trotsky, que estaba armado con la teoría marxista, el ingenuo Keynes se quedó sorprendido por lo que percibía como una incomprensible terquedad y estupidez de la clase dominante. Y así se vio abocado a resoplar con desolada rabia.

«Keynes creía que la huelga era un desastre social», explica Carter en su biografía, «causado no por algún conflicto históricamente inevitable entre la clase obrera y el régimen capitalista, sino por un simple error intelectual».

«Churchill y el Banco de Inglaterra simplemente se habían equivocado y se habían negado a escuchar a la razón. Keynes había ofrecido lo que se estaba convirtiendo en su formulación política clásica: perseguir el objetivo conservador de evitar una revuelta de clases aplicando una reforma poco ortodoxa y de izquierdas: romper con el patrón oro.

«Y Churchill lo había rechazado, no porque estuviera corrompido por intereses creados o por la solidaridad de clase con los ricos, sino porque simplemente no pensaba bien. Se le podría haber convencido de lo contrario.

«Había algo más que una pizca de ingenuidad en la fe de Keynes en el poder de las ideas y la persuasión, pero él descansaba sus esperanzas en el proceso intelectual de hombres sensatos en el gobierno, más que en los altos despachos».

Irónicamente, al igual que con sus «graznidos» sobre las reparaciones de guerra, Keynes fue ampliamente reivindicado por la historia. Churchill admitió más tarde que fue un error vincular la libra al oro a niveles tan elevados, dados los graves efectos de austeridad y deflación que ello conllevaba. Y la propia propuesta alternativa del economista de una «moneda gestionada» es efectivamente lo que Gran Bretaña, Estados Unidos y otros países monetariamente «soberanos» tienen ahora.

El hecho es, sin embargo, que las sugerencias de Keynes fueron rechazadas por la clase dirigente, un patrón que le resultaría demasiado familiar a lo largo de su vida. Y lo mismo ocurre con todos los comentaristas liberales histéricos de hoy en día, que denuncian infructuosamente la «locura» de los «populistas», pidiendo que la «gente sensata» se haga cargo.

Sus patéticos lamentos, en palabras del autor, están «llenos de ruido y furia, y no significan nada».

La teoría general

Mientras que el capitalismo británico experimentaba un declive a lo largo de la década, Estados Unidos vivía las vertiginosas emociones de los «locos años veinte». Sin embargo, la alegría se convertiría en lágrimas con el crack de Wall Street de 1929, que dio paso a la Gran Depresión, la crisis más profunda en la historia del capitalismo.

No es este el lugar para explicar las razones del Crack, que ya hemos explicado ampliamente en otro lugar. Tampoco es necesario repetir aquí la crítica marxista de la obra magna de Keynes, su Teoría General del Empleo, el Interés y el Dinero. Para ello, recomendamos nuestro artículo en profundidad sobre Marx, Keynes, Hayek y la crisis del capitalismo.

Lo que vale la pena discutir aquí es el impacto que tuvieron las ideas de Keynes en ese período.

La Teoría General fue una obra forjada en el seno de la Depresión, con unos niveles de desempleo masivo nunca vistos. En ella, Keynes identificó correctamente la espiral descendente que se observa en una depresión: los trabajadores desempleados no tenían salarios para comprar bienes; los capitalistas no invertirían si no podían vender sus bienes; y sin inversión, el desempleo aumentaría, y así sucesivamente.

Para romper este círculo vicioso, Keynes llegó a la conclusión de que era necesaria la intervención del Estado para salvar y gestionar el capitalismo; que los gobiernos capitalistas tendrían que intervenir en tiempos de crisis para «estimular la demanda» mediante el endeudamiento y el gasto. Como se ha mencionado anteriormente, este es el legado principal y el pilar fundamental de lo que tradicionalmente se conocería como «keynesianismo».

Pero lo que Keynes nunca pudo explicar fue por qué se producían esas crisis en primer lugar. Tampoco consideraba necesaria esa explicación.

A diferencia de los fanáticos ultraliberales del libre mercado que le precedieron, a los que consideraba meros «apologistas» del capitalismo, Keynes se veía a sí mismo como un «pragmático». Su trabajo no consistía en justificar el capitalismo teóricamente, sino en salvar el capitalismo en la práctica, en salvar al capitalismo de sí mismo.

Con La teoría general, escribe Carter en El precio de la paz, Keynes había «abierto la puerta a un nuevo mundo de posibilidades políticas que tanto el establishment financiero como sus críticos marxistas habían creído imposible».

«Significaba que la sociedad podía tener un aspecto muy diferente al actual, pero también que no era necesario destruir o derrocar el orden imperante para mejorarlo. Llevaba las semillas de la transformación radical a través de la preservación del orden social existente y sus instituciones«. (Énfasis nuestro)

En la medida en que Keynes ofreció una explicación para el crack, era una explicación puramente idealista. El problema, afirmaba, era simplemente una «pérdida de confianza», provocada por los instintos de rebaño y los «espíritus animales».

«Hoy nos hemos metido en un embrollo colosal», escribió Keynes en un ensayo sobre La Gran Depresión de 1930. «En este momento la depresión está probablemente un poco exagerada por razones psicológicas».

La solución era fácil, afirmaba Keynes. Los gobiernos capitalistas de todo el mundo deberían simplemente «unirse en un plan audaz para restablecer la confianza… que serviría para reactivar la empresa y la actividad en todas partes, y para restablecer los precios y los beneficios, de modo que a su debido tiempo las ruedas del comercio mundial volverían a girar».

Eso es: ¡»restaurar la confianza»! Si sólo alguien más hubiera pensado en eso; entonces todo el mundo podría haber evitado todo este «colosal embrollo» y volver a casa a tiempo para el té.

Pero esto sólo pone de manifiesto, una vez más, el idealismo de Keynes y el liberalismo utópico que encarnaba. Es cierto que la «confianza» desempeña un papel importante en la economía de mercado, que funciona de forma anárquica, según las señales volátiles de los precios que proporciona la «mano invisible».

En el capitalismo, sin embargo, esta confianza tiene una base material: la capacidad de los capitalistas de obtener y realizar un beneficio. Si hay mercados rentables que los empresarios puedan explotar y en los que puedan vender, la confianza rebosará. Si no, como es el caso de las crisis de sobreproducción del capitalismo, entonces la confianza se disolverá y desaparecerá.

Es este mismo idealismo el que llevó a Keynes –y a los posteriores acólitos keynesianos– a ir también al otro extremo: a ver al capitalismo como un sistema mecánico de relojería, definible mediante ecuaciones y modelos abstractos; una mera máquina que podía ser gestionada de arriba abajo por burócratas estatales.

Y así es como hoy en día los libros de texto de economía de la corriente dominante enseñan a los estudiantes las maravillas de la «macroeconomía»: la teoría errónea de que los bancos centrales y los funcionarios del Tesoro pueden determinar la producción económica ajustando variables como los tipos de interés y los niveles de impuestos; una teoría que hoy en día se estrella repetidamente contra las duras rocas de la crisis capitalista.

Estímulo y austeridad

Volvamos a la Gran Depresión. Más concretamente, Keynes sugirió que los gobiernos deberían compensar el déficit de demanda, causado por el colapso de la inversión empresarial y el consumo de los hogares.

Para ello, sugirió que debían pedir préstamos y gastar. La clave era llevar dinero a los bolsillos de los trabajadores, que podrían utilizar para consumir otros productos, lo que a su vez estimularía la inversión privada, y así sucesivamente. De este modo, esbozó Keynes, los gobiernos podrían sustituir el círculo vicioso de la depresión por un círculo virtuoso de crecimiento.

Haciendo gala del cinismo característico de un liberal distante, Keynes se mostraba ambivalente en cuanto a la forma en que este dinero debía acabar en manos de los trabajadores.

«Sería, en efecto, más sensato [pagar a los trabajadores para que] construyan casas y cosas por el estilo», afirmaba Keynes en su Teoría General. Pero si esto no fuera posible debido a «dificultades políticas y prácticas», entonces el gobierno debería simplemente «llenar viejas botellas con billetes, enterrarlas a profundidades adecuadas en minas de carbón en desuso… y dejar que la empresa privada, siguiendo los principios bien probados del laissez-faire, vuelva a desenterrar los billetes».

En otras palabras, el objetivo no era planificar la economía para satisfacer las necesidades de la sociedad. No, el objetivo era simplemente conseguir que los beneficios volvieran a fluir a las arcas de las grandes empresas, para que el motor del capitalismo, que se tambaleaba, volviera a arrancar.

Desgraciadamente para Keynes, sus propuestas no tuvieron éxito en su país. En el período previo a las elecciones generales de 1929, el economista liberal había escrito un ensayo titulado «¿Puede hacerlo Lloyd George?», en el que pedía un programa «keynesiano» de inversión gubernamental para hacer frente al azote del desempleo masivo en Gran Bretaña, que nunca había desaparecido desde la vuelta al patrón oro en 1925.

Pero fue el Partido Laborista, y no los liberales, el que ganó las elecciones, a pesar del apoyo de Keynes a estos últimos. Y en lugar de aplicar sus sugerencias, los laboristas, ante la crisis, renegaron incluso de sus propias promesas de izquierda.

Ante la catástrofe económica, y bajo la presión de los banqueros, el líder laborista de derechas Ramsay MacDonald rompió con su partido, cruzó el umbral y formó un Gobierno Nacional. Austeridad y ataques, no «inversión» ni «crecimiento», fueron los únicos platos del menú.

El New Deal

Y así fue como Keynes buscó al otro lado del Atlántico apoyo político para sus ideas, que encontró en la forma del presidente Franklin D. Roosevelt (FDR) y su New Deal. Después de todo, Roosevelt parecía estar en la misma frecuencia que Keynes en lo que respecta a las causas psicológicas de la crisis, declarando que «el miedo en sí mismo» era el principal problema al que se enfrentaba la sociedad.

Después de aprender por las malas que los comentarios acerbos no llevaban a ninguna parte, Keynes cambió de rumbo y mostró un cálido entusiasmo hacia FDR. Esto puede verse en la serie de cartas que escribió al líder estadounidense a lo largo de la década de 1930, elogiando su programa del New Deal, con títulos amistosos como Estimado Sr.Presidente.

«Estimado Sr. Presidente», comenzaba Keynes en diciembre de 1933, «Usted se ha convertido en el representante de aquellos que, en todos los países, buscan reparar los males de nuestra condición mediante experimentos razonados dentro del marco del sistema social existente«. (énfasis nuestro)

Nótese el énfasis aquí. Una vez más, la principal preocupación de Keynes sobre la Gran Depresión no es su impacto devastador en la vida de la gente común. Más bien, su temor es que esto provoque una reacción revolucionaria; que la «epidemia bolchevique» se extienda si el desempleo y la pobreza no se controlan.

Y así continuó en la misma carta: «Si usted fracasa, el cambio racional se verá gravemente perjudicado en todo el mundo, dejando que la ortodoxia y la revolución se enfrenten… Esta es una razón suficiente para que me atreva a exponer mis reflexiones ante usted…»

En 1938, sin embargo, el tono cordial de la correspondencia de Keynes se había enfriado. Después de varios estancamientos y algún repunte ocasional, la economía estadounidense había vuelto a desplomarse en el otoño de 1937. Roosevelt se vio presionado por las grandes familias financieras, que creían que el gobierno se estaba haciendo demasiado grande para sus botas. Y en lugar de redoblar el New Deal, como sugería Keynes, el Presidente estaba cediendo a las exigencias de Wall Street.

Los intentos de mitigar el ego de FDR no habían funcionado mejor que los anteriores ataques frontales de Keynes contra Clémenceau y compañía. A fin de cuentas, todos estos líderes tenían una cosa en común: eran políticos de las grandes empresas, que respondían a las demandas de los capitalistas, no a los garabatos de un académico inglés.

«[Para] el presidente», señala Carter, «Keynes era un místico poco práctico. Aunque insistió… en que le «gustaba» el economista británico «inmensamente», la verdad era que FDR se había sentido molesto por la bruma de alta teoría en la que Keynes había envuelto su conversación.»

«En particular», continúa el biógrafo, «FDR pensaba que Keynes era políticamente ingenuo en cuanto a la relación del presidente con Wall Street. Creía que un sector bancario hostil a su programa de reformas hacía subir los tipos de interés de la deuda pública.»

«Hay un límite práctico a lo que el gobierno puede pedir prestado», cita Carter que dijo Roosevelt, «especialmente porque los bancos ofrecen una resistencia pasiva en la mayoría de los grandes centros».

Al final, la Depresión continuó hasta la Segunda Guerra Mundial. De hecho, en la década que siguió al crack de Wall Street, la economía mundial sufrió repetidas caídas bruscas y repentinas, sobre todo en respuesta a las políticas proteccionistas de «empobrecimiento del vecino» que introdujeron las distintas potencias capitalistas, todas ellas con la intención de exportar la crisis a otros lugares.

El New Deal –el mayor experimento vivo de las propuestas «pragmáticas» de Keynes– había fracasado. Sólo con la absorción de trabajadores en el ejército y en el sector armamentístico, el desempleo acabó por caer definitivamente.

Los acontecimientos habían demostrado que la idea del capitalismo tecnocrático gestionado por el Estado sólo podía aplicarse con éxito en tiempos de guerra. Esta ironía no fue desaprovechada por el «pacifista» Keynes, quien a su vez comentó de mala gana:

«Parece que es políticamente imposible para una democracia capitalista organizar el gasto a la escala necesaria para hacer los grandes experimentos que demostrarían mi caso, excepto en condiciones de guerra».

Bretton Woods y más allá

Cuando llegó la Segunda Guerra Mundial, Keynes ya no era persona non grata entre la clase dirigente. La clase dirigente tenía claro que las advertencias del economista sobre el Tratado de Versalles y el patrón oro habían sido correctas. Y estaba ganando un flujo constante de seguidores en el mundo académico y entre las élites, gracias a la publicación de La teoría general y a sus vínculos con FDR.

Por lo tanto, durante los años de la guerra, Keynes volvió al redil de Whitehall, reclutado por el gobierno para que lo asesorara. Y al igual que en la Primera Guerra Mundial, este «pacifista» liberal utilizó su mente económica para ayudar a los esfuerzos bélicos británicos.

El primero fue Cómo pagar la guerra, un folleto publicado en 1940. En él, Keynes empleaba sus nuevas ideas macroeconómicas para sugerir cómo el Estado podía maximizar la producción industrial sin causar inflación.

Por supuesto, las cuestiones de la nacionalización, el control obrero y la planificación socialista no entraban en sus ecuaciones. En su lugar, se pidió a los trabajadores que aceptaran un sistema de «pago diferido», para limitar el consumo y así poner un tope a la demanda.

Estas propuestas fueron adoptadas posteriormente por el gobierno en su presupuesto de 1941. Mientras tanto, las grandes empresas no desaprovecharon ninguna oportunidad para esquilmar a la clase trabajadora mediante la especulación y a través de jugosos contratos gubernamentales.

Más tarde, Keynes también participó en los debates que contribuyeron al Informe Beveridge. Éste sentó las bases del Estado del Bienestar, establecido por el gobierno laborista de 1945, que introdujo la ayuda «de la cuna a la tumba» y el Servicio Nacional de Salud.

Pero el trabajo de Keynes en estos frentes se vio atravesado por un proyecto aún mayor: diseñar el sistema de instituciones internacionales que surgirían de la guerra: el sistema de Bretton Woods.

A pesar de su mala salud y de su avanzada edad, Keynes fue enviado a la conferencia de Bretton Woods en New Hampshire (EE.UU.) en 1944 como principal representante y negociador del Reino Unido. Y acudió con un plan. Sin embargo, como todos los planes mejor trazados, el suyo no sobrevivió al primer contacto con el enemigo, en este caso, Estados Unidos.

Al crear una nueva arquitectura mundial para el dinero y el comercio, Keynes creía que lo más importante era evitar cualquier desequilibrio internacional importante. Estos, afirmaba, eran una fuente fundamental de tensión entre las naciones.

Por lo tanto, era necesario tomar medidas para evitar grandes deudas y déficits comerciales. El primer paso del plan en tres partes de Keynes era la creación de una «Unión Internacional de Compensación». Esto, sugirió, obligaría efectivamente a las naciones a importar más si tenían un superávit comercial (a través de una revalorización de su moneda), y viceversa en el caso de déficit comercial (a través de la devaluación).

Al mismo tiempo, Keynes se oponía rotundamente a cualquier forma de patrón oro. Los acontecimientos habían demostrado que una configuración de este tipo sería demasiado rígida para acomodar las diferentes direcciones y velocidades en las que las distintas economías nacionales podían –y debían– moverse. En su lugar, abogó por monedas flexibles y gestionadas (segundo paso).

Keynes propuso la creación de una nueva moneda mundial, regulada y distribuida por un «Banco Supranacional» (tercer paso). Este banco central internacional, a su vez, estaría disponible para ayudar a cualquier país que se enfrentara a una crisis económica.

La esperanza de Keynes era que esto proporcionaría a los gobiernos nacionales la libertad de llevar a cabo estímulos (como había defendido en su Teoría General), y evitar el desastre de la austeridad deflacionaria.

Pero los planes de Maynard murieron al instante. Como siempre, las brillantes ideas de Keynes eran completamente abstractas y utópicas, totalmente divorciadas de la realidad de las relaciones mundiales tal y como estaban al final de la guerra. En resumen, Gran Bretaña no estaba en condiciones de decirle a su nuevo hermano mayor –el imperialismo estadounidense– lo que tenía que hacer.

En realidad», escribe Carter, «el gobierno de Estados Unidos simplemente no tenía ningún interés en crear un orden internacional que disminuyera el poderío estadounidense». El gobierno de Roosevelt tenía muy claras las consideraciones de realpolitik del poderío bruto».

Al final, no se adoptó ninguna de las propuestas de Keynes. «En su lugar», continúa Carter, «todas las naciones que se unieron al proyecto de Bretton Woods acordarían hacer convertibles sus monedas en dólares a un tipo de cambio fijo. El dólar, solo entre estas monedas, sería convertible en oro».

«En lugar de un banco central internacional para regular los déficits y superávits comerciales, se establecería un Fondo Monetario Internacional para proporcionar préstamos de emergencia en caso de crisis [con condiciones, que siempre implican austeridad y privatización, no estímulo]. Además, se crearía un Banco Mundial para ayudar a la reconstrucción de posguerra.

«Keynes había imaginado un aparato regulador internacional para evitar acuerdos comerciales predatorios y crisis financieras. Lo que consiguió fue el patrón oro con un fondo de rescate».

Estos –el patrón dólar, el FMI, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio (originalmente GATT, el Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio)– son en conjunto lo que ahora se conoce como el sistema de Bretton Woods.

Y lejos de representar el ideal liberal internacionalista de igualdad y armonía que deseaba Keynes, este sistema fue diseñado desde el principio únicamente para el beneficio de los verdaderos gobernantes soberanos del capitalismo global: el imperialismo estadounidense.

Como se mencionó al principio, en la década de 1970, el proyecto de Bretton Woods estaba en ruinas. Irónicamente, fueron las políticas keynesianas inflacionistas de «gestión de la demanda» y «financiación del déficit» en la posguerra las que desempeñaron un papel importante en su caída.

El gasto bélico estadounidense en Corea y Vietnam, entre otras cosas, había convertido al dólar en una divisa insostenible para el resto de las monedas del mundo. La crisis económica mundial de 1973-74 fue la gota que colmó el vaso.

Hoy en día, todas las instituciones restantes del acuerdo de Bretton Woods también están en desorden. El declive relativo del capitalismo estadounidense, el auge del imperialismo y del proteccionismo chinos a nivel internacional, y más de una década de crisis desde la crisis de 2008, todo ello ha reducido a la OMC y a otros a un hazmerreír, a una cáscara vacía, a un tigre de papel.

El keynesianismo después de Keynes

Keynes murió el 21 de abril de 1946 a la edad de 62 años. Vivió para ver el final de la guerra y la amplia victoria del Partido Laborista en las elecciones de 1945. Pero no vivió para ver cómo sus ideas eran adoptadas por las clases dirigentes de ambos lados del Atlántico.

La destrucción de la guerra, y la posición hegemónica que el imperialismo estadounidense ocupó a nivel mundial al salir de ella, crearon las condiciones para un auge sin precedentes del capitalismo mundial.

El comercio internacional fue abierto a la fuerza por Washington, armado con sus instituciones y regulaciones de Bretton Woods. Con dos tercios de los lingotes de oro del mundo en Fort Knox, el dólar se consideraba «tan bueno como el oro». Esto proporcionó una base añadida para la expansión masiva del comercio mundial en la posguerra, al igual que el poder imperial británico en la época victoriana había facilitado la Edad Dorada.

El auge del comercio mundial se vio impulsado por los nuevos mercados establecidos a raíz de los movimientos de liberación nacional en los antiguos países coloniales. A su vez, Gran Bretaña y Francia dieron paso a un nuevo imperio norteamericano, con su epicentro en el Wall Street de la metrópoli.

El «keynesianismo» se convirtió en la ideología económica definitoria del boom de la posguerra. Como explica Carter en El precio de la paz, discípulos académicos como John Kenneth Galbraith y Joan Robinson –ubicados en los dos Cambridges de Massachusetts (EEUU) y Gran Bretaña, respectivamente– trataron de mantener vivos los ideales liberales de Keynes y de ganar nuevos adeptos a su credo.

Pero la clase dirigente resultó ser mucho más «pragmática» de lo que nunca fue el propio Keynes. Sus ideas sobre macroeconomía, despojadas de sus fundamentos filosóficos utópicos, se convirtieron en práctica habitual tanto en los ministerios como en los departamentos universitarios de economía.

El keynesianismo, en definitiva, se convirtió en un arma más del arsenal de la burguesía y de sus representantes políticos; otro conjunto de herramientas para que los responsables políticos las utilizaran en tiempos de crisis.

El endeudamiento y el gasto del Estado («financiación del déficit»); los regímenes monetarios laxos; y la gestión «del lado de la demanda» de arriba abajo: todo ello se convirtió en una práctica habitual para los gobiernos tanto de la izquierda como de la derecha.

Y así fue como incluso el reaccionario Republicano Reagan se declaró un converso. Al fin y al cabo, las ideas de Keynes proporcionaron una útil cobertura teórica a los políticos de derechas que querían aumentar el gasto militar y recortar los impuestos a los ricos: también esto, decían, «estimularía la demanda».

Sin embargo, a medida que el capitalismo se adentraba en su época de decadencia senil, estas herramientas se han vuelto cada vez más contundentes e inútiles.

Lejos de «estimular» la economía, hoy en día se requieren inmensos niveles de gasto público sólo para mantener vivo el sistema. En palabras del moderno keynesiano Larry Summers, estamos en una era de «estancamiento secular».

La economía mundial es adicta al dinero barato. La deuda pública mundial total se ha disparado por encima del 100% del PIB, como resultado del crack de 2008 y ahora de la crisis del coronavirus. Pero todo este estímulo y gasto conlleva el riesgo de inflación e inestabilidad, como está comprobando la clase dirigente.

En otro giro del destino, el mayor ejemplo de keynesianismo clásico de la historia se ha llevado a cabo durante la última década, de todos los lugares, en China. Uno puede imaginarse a Keynes revolviéndose en su tumba al pensar que el Partido Comunista Chino se ha convertido en su mayor animador.

Pero al igual que el New Deal, el programa keynesiano de Pekín tampoco ha funcionado. El estímulo estatal se ha convertido en un caso descarnado de rendimientos decrecientes. La inversión gubernamental ha dado lugar a la construcción de ciudades fantasma y de carreteras que no llevan a ninguna parte. La deuda total de China, por su parte, se ha disparado hasta casi el 300% del PIB.

En El precio de la paz, Carter señala que las décadas que siguieron a la crisis mundial de 1973-74 fueron años salvajes para los verdaderos creyentes en el keynesianismo. En su lugar, el llamado «neoliberalismo» de Friedrich Hayek y Milton Friedman dominó el panorama económico y político.

Los keynesianos más acérrimos creían que la crisis de 2008 y la Gran Recesión subsiguiente allanarían el camino para su regreso. Pero en lugar de promulgar políticas de «estímulo» y «crecimiento», los gobiernos de todo el mundo llevaron a cabo programas de austeridad.

Por lo tanto, los defensores más acérrimos del keynesianismo ya no se encuentran en los bancos centrales o en las universidades, sino en las direcciones del movimiento obrero. Y sin embargo, como hemos demostrado al trazar la historia de la vida y las ideas de Keynes, la izquierda no debería tener ningún interés en estas teorías estériles.

Sin embargo, no es difícil ver por qué las ideas de Keynes tienen tanto atractivo para esta capa, y para los fanáticos neokeynesianos que predican sobre las maravillas de la «teoría monetaria moderna». El economista liberal ofrecía un cambio aparentemente «radical», un cambio que, en el fondo, sólo reflejaba el mantenimiento de un statu quo roto. Y todo ello, sin los inconvenientes de la lucha de clases.

Como ya hemos subrayado, al igual que los líderes reformistas «pragmáticos» y «realistas» de hoy, Keynes no tenía ninguna fe en la clase obrera para transformar la sociedad. De hecho, toda su vida la pasó suplicando a las élites y mostrando desprecio por los trabajadores y el movimiento obrero. Por encima de todo, el inglés estaba aterrorizado por la revolución, que quería evitar a toda costa.

Captar la raíz

Keynes cerró su Teoría General, escribe Carter, «con un llamamiento a los marxistas»:

«No descartéis el poder de las ideas para triunfar sobre los intereses económicos de la clase dominante [afirma Carter parafraseando a Keynes]. Los intereses creados de los capitalistas, argumentó, no reinaron soberanamente sobre los grandes engranajes de la historia humana; lo hicieron las creencias y las ideas de la gente».

Ellos [los marxistas] podían elegir encogerse de hombros ante el sufrimiento y la disfunción de las últimas dos décadas sin recurrir a una violenta agitación revolucionaria», dice el biógrafo, representando las opiniones de aquel. «Todo lo que necesitaban era estar convencidos por una idea».

Pero los llamamientos de Keynes a la izquierda socialista se demostraron erróneos. A pesar de todos sus esfuerzos, y según su propia confesión, «nunca pudo influir a tiempo en el curso de los acontecimientos».

«Si las ideas de Keynes eran tan buenas y los arraigados intereses de clase no bloqueaban su aplicación, ¿por qué nadie las había recogido?» se pregunta con razón Carter. «Porque todavía no he conseguido convencer ni al experto ni al hombre corriente de que tengo razón», se dice que respondió el incansable intelectual a tal pregunta.

Sin embargo, esto no disuadió al economista de Cambridge. «Comparado con el poder de persuasión de las buenas ideas», afirma Carter, antes de citar a Keynes, «el poder de los capitalistas interesados en interponerse en su camino es insignificante».

Y sin embargo, como demuestra acertadamente Carter en su biografía, incluso el venerado «genio» Keynes fue incapaz de persuadir a la clase dirigente. A cada paso, él y sus sugerencias utópicas fueron rechazados. Su supuesto «pragmatismo» resultó ser el idealismo más desesperadamente ingenuo.

«El recorrido de su vida pública, desde el estallido de la guerra hasta la crisis financiera británica de 1931, había sido un largo e infructuoso intento de doblegar ante su brillantez a la política europea», resume Carter.

«Como delegado en la Conferencia de Paz de París, no consiguió convencer a los líderes mundiales de que una paz duradera en Europa requería un compromiso público de colaboración para reconstruir el continente. Ineficaz como miembro de la organización, había probado suerte como agitador externo, presionando al gobierno como periodista, intelectual público y magnate de los medios de comunicación. En 1932, estaba claro que también en esto había fracasado.

«Había conquistado el Partido Liberal justo a tiempo para que los liberales se volvieran irrelevantes. Aunque sus proclamas en Las consecuencias económicas de la paz Las consecuencias económicas del Sr. Churchill  eran ahora sabiduría convencional para el hombre de la calle, el cumplimiento de sus profecías había expulsado a sus aliados políticos del poder….

«La ruptura de Gran Bretaña con el patrón oro había dado al país un amplio margen de maniobra para emprender un programa de obras públicas, pero ninguno había entrado en la agenda de gobierno. Todo el mundo estaba de acuerdo en que el Tratado de Versalles era una debacle, pero nadie lo había arreglado a tiempo para evitar el desastre en Alemania. [Y luego sus propuestas fueron aniquiladas en Bretton Woods por los negociadores estadounidenses».

El «poder de la idea», al parecer, no pudo superar los intereses materiales de los capitalistas, que no se mueven por «grandes ideas», sino por las frías leyes económicas y la lógica del capitalismo: el interminable afán de lucro.

Las ideas pueden ser una fuerza verdaderamente poderosa. Pero sólo las ideas a las que les ha llegado su hora, como explicó Marx: ideas que se corresponden con la realidad objetiva; que «captan la raíz del asunto»; que se convierten en una «fuerza material» al «atrapar a las masas». Es esto –las luchas y movimientos de las masas, no el «poder de las ideas»– lo que constituye la verdadera fuerza motriz de la historia.

Keynes y sus ideas nunca pudieron «captar la raíz del asunto»: el sistema capitalista inherentemente contradictorio y en crisis. En cambio, escribió para el establishment, implorando que adoptaran su programa para rescatar al capitalismo.

Por eso Keynes y el keynesianismo deben ser rechazados por la izquierda y el movimiento obrero. En lugar de este idealismo liberal, los trabajadores y la juventud deben estudiar las ideas revolucionarias del marxismo. Sólo así podremos entender el mundo –y luchar para cambiarlo.

(Tomado de Revolución)

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