«Democracia burguesa»: nota sobre la génesis del oxímoron y la necedad del regalo

por Antoni Domènech

La vulgarización del pensamiento político y de su historia en el siglo XX ha acabado por imponer en amplios círculos, incluidos los académicos, la idea de que la democracia es un fenómeno básicamente moderno. Suele discurrir esa idea con dos andaderas, a cual más irrecibible históricamente.

La primera es que habría algo así como una libertad de los antiguos (ociosos enamorados de la virtud, devotos de la vida pública y abnegados sacrificadores de sus negocios privados), más o menos rígidamente opuesta, en la versión consagrada de ese contraste que dio el termidoriano Benjamin Constant a comienzos del XIX, a una libertad de los modernos (gentes más ocupadas en resolver sus asuntos privados que preocupadas por los avatares de la vida política pública).

La segunda es que las democracias del Mediterráneo antiguo, y señaladamente la ática, no habrían sido democracias en ningún sentido modernamente recuperable de la palabra, habida cuenta de que se trataba de regímenes políticos en los que una muy pequeña minoría de ociosos más o menos ricos y libres podía permitirse, con desprecio del trabajo y de la vida práctica material, el lujo de deliberar políticamente gracias a la inmensa masa de esclavos que sostenía la vida productiva toda.[1]

Lo cierto es que la historiografía antigua y el clasicismo germánicos (desde el liberal Burckhardt hasta el reaccionario Eduard Meyer, pasando por el conservador más o menos apolítico Wilamowitz) habían destruido por completo en la segunda mitad del siglo XIX esa visión liberal vulgar de la vida política del Mediterráneo antiguo clásico.

Oigamos a Meyer, el maestro del marxista Arthur Rosenberg:

La opinión predominante ve en estas ideas [el desprecio unánime por el trabajo productivo manual que supuestamente caracterizó al Mediterráneo antiguo] actitudes características y específicas de la Antigüedad, por oposición a las concepciones modernas; las considera como el reflejo de la institución de la esclavitud, del desplazamiento del trabajo físico a los brazos de los esclavos, a quienes se despreciaba. Prejuicio totalmente falso: la mentalidad de los tiempos modernos no se diferencia en nada, en este punto, de la de los antiguos. Aunque, hoy como ayer, el régimen de la democracia borre las diferencias jurídicas, el abismo social entre los ricos y los individuos de las clases altas y las llamadas profesiones liberales, de una parte, y de otra los subalternos, los artesanos, los obreros, sigue siendo tan grande como lo era en la Antigüedad: a un sabio de nuestros días, por ejemplo, le parece, en general, tan absurdo y tan degradante que su hijo se haga artesano como podría parecerle a un sabio antiguo, y el comerciante de nuestras modernas y democráticas ciudades comerciales mira al pequeño tratante y al tendero con el mismo desprecio con que, en Atenas, el emporos [gran comerciante] miraba al kapelos [tendero], y el constante auge del antisemitismo nos revela con toda fuerza cuán profundamente arraigada se halla en la consciencia popular la idea de que el traficar en dinero es algo reprobable. Lo que ocurre es que la cultura moderna es, en esto, tan mojigata y tan hipócrita como en materia sexual, por ejemplo. Mientras que los antiguos proclamaban sus ideas abiertamente y sin reservas, nosotros no nos atrevemos a hacer lo mismo con las nuestras, lo que hace que exista en este punto la misma contradicción entre la teoría y la práctica con que nos encontramos en el campo de la moral.[2]

En el ánimo de los helenistas alemanes con más consciencia política conservadora estaba el advertir a sus coetáneos de los peligros de la democracia ilustrándoles sobre el significado de la democracia plebeya antigua, particularmente la ática. En el prefacio a la segunda edición (1912) de su clásico sobre la Historia de la cuestión social y del socialismo en el mundo antiguo, Robert von Pöhlmann no pudo ser más claro:

Aquí aparece, concluso, ante nosotros el entero proceso que en el antiguo ‘estado del igual derecho de sufragio’ (la isópsephos pólis) condujo no sólo a la superación de un aristocratismo y de un plutocratismo dañinos para al Estado, sino muy a menudo también a la explotación sistemática, al mortal silenciamiento político y aun a una progresiva violación de la minoría que llegó incluso al extremo de la expropiación de los propietarios por parte de las masas mayoritarias. Una evolución típica, que permite reconocer con claridad el nulo valor de las actuales añagazas ideológicas sobre la ‘cultura política’ del ‘democratismo puesto por obra’ y la interna capacidad de cambio del radicalismo socialdemócrata.[3]

Es muy significativo que el primer escrito publicado por Rosenberg inmediatamente después de su entrada en la KPD fuera una genial obrita de divulgación (para la escuela obrera del partido) sobre La lucha de clases en el mundo antiguo.[4]

Para lo que aquí interesa, dos cosas conviene retener de ese ensayito. La primera: su comprensión –heredada de Meyer y del helenismo germánico– de la “democracia” antigua como gobierno del démos, es decir, de los pobres libres. El démos estaba compuesto por quienes viven por sus manos. En la explicación sociológica de Aristóteles: por campesinos (giorgoi), artesanos (banausoi), pequeños comerciantes (agoroi) y trabajadores asalariados (misthotoi). De esos 4 elementos componentes del démos, la democracia plebeya ateniense (tras la revolución de Ephialtes del 461 antes de nuestra era) dio el predominio político al último (a los thetes, a los jornaleros, a los asalariados –los “esclavos a tiempo parcial” de Aristóteles–), entrando así en la categoría más peligrosa de la democracia, según el Estagirita: la democracia radicalmente plebeya.

La segunda: además de como gobierno de los pobres libres, y en paralelo a eso, la democracia se entiende como movimiento social real fundado en luchas y alianzas de clases. En el caso de la democracia plebeya ateniense, como un movimiento popular encabezado por la parte más desposeída del démos –los thetes–, capaz de arrastrar tras de sí a todo el démos, y aún a amplios estratos de las capas medias, y de aislar políticamente a la oligarquía plutocrática.

Y además de retener esas dos cosas, importa todavía percatarse de una tercera: el camino al marxismo –conviene subrayarlo especialmente en nuestros días— de un joven educado en el helenismo alemán conservador de comienzos del siglo XX venía aquí facilitado por el hecho de que el marxismo de entonces no tenía una comprensión de la democracia substancialmente distinta (aunque sí, se calla por sabido, una valoración diametralmente opuesta).

La locución “democracia burguesa”, que hoy suena tan “marxista”, no se halla ni una sola vez en Marx o en Engels; a ellos, como al grueso del socialismo del siglo XIX, y no digamos del liberalismo burgués europeo continental, expresamente antirrepublicano y antidemocrático, les habría sonado a oxímoron.

Sí puede encontrarse, por ejemplo, en Rosa Luxemburgo antes de la Gran Guerra, pero con un significado muy distinto al que acabará prevaleciendo entre los marxistas después de la Guerra. Para Rosa Luxemburgo, “democracia burguesa” (bürgerliche Demokratie) significaba lo mismo que para el viejo Engels y el viejo Marx “democracia pura” (reine Demokratie), a saber: no el nombre de un régimen político institucionalmente establecido y epocal, sino la caracterización de una corriente político-social (de un “partido”, o de un “movimiento”, si se quiere): los restos del ala pequeño-burguesa –o del sector del “cuarto estado” no proletarizado– del gran movimiento democrático derrotado en 1848 en toda Europa, movimiento del que el “comunismo” mismo y el socialismo obrero habían sido –según el Manifiesto Comunista– una de las “alas”.

Con el crecimiento de un moderno grancapitalismo de tendencias imperialistas y militaristas en el último tercio del XIX, creció también espectacularmente el movimiento obrero, mientras que el republicanismo democrático de clases medias entró en franca decadencia a fines del XIX. Y a esa decadencia se refería Rosa Luxemburgo en la celebrada réplica al “revisionista” Bernstein que fue su Sozialreform oder Revolution? (1898):

Pero si la política de alcances mundiales y el militarismo son una tendencia ascendente en la fase actual, la consecuencia necesaria de ello es que la democracia burguesa se mueva en línea descendente. En Alemania, la era del gran armamento, que comenzó en 1893, y la política de alcances mundiales que se inauguró con Kiautchou, se cobraron inmediatamente dos víctimas en la democracia burguesa: la decadencia y dispersión del Freisinn [el partido de los demócratas pequeñoburgueses] y la conversión del Centro [el gran partido católico de base obrera y campesina en la Alemania meridional] de partido de oposición a partido sostén del gobierno.[5]

Ni ese uso de “democracia burguesa” era exclusivo de Rosa Luxemburgo o de los marxistas socialdemócratas antes de la I Guerra Mundial. Max Weber se sirvió del término exactamente en el mismo sentido. Así, por ejemplo, en su famoso ensayo de 1906 “Sobre la situación de la democracia burguesa en Rusia”, un importante (y poco recordado) estudio sobre el fracaso del movimiento burgués antiautocrático en Rusia.[6] Y cuando diez años y arreo después, en su perspicaz trabajo sobre la Revolución de febrero de 1917 –que anticipa con deslumbradora lucidez la caída del gobierno Kerensky–, vuelva a ocuparse de los problemas de la “democracia” en Rusia, Max Weber dejará meridianamente claro que no puede ya creer siquiera en una “democracia burguesa”, en un movimiento político, esto es, sostenido en la reducida base social de una burguesía acobardada:

El que la ‘República’, por consecuencia de las torpezas y las mezquindades de la Dinastía [Románov], pueda acabar por establecerse formalmente de manera duradera –lo que esos círculos [burgueses] desde luego no desean— carece objetivamente de importancia. De lo que ahora se trata es de si los elementos realmente ‘democráticos’ –campesinos, artesanos, obreros industriales al margen de la industria bélica– se harán con el poder real. No es imposible, aunque por el momento no es todavía el caso.

(…) He aquí el límite más firme a esta democracia mientras exista en Rusia el presente gobierno burgués.[7]

Lo cierto es que ni para Bernstein, ni para Rosa Luxemburgo –ni para el Lenin de ¿Qué hacer? (1902), pongamos por caso[8]– nombraba todavía la “democracia burguesa”, como luego para el grueso del marxismo vulgar y desmemoriado del siglo XX, una forma de Estado o de gobierno introducida por los burgueses y característica de una entera época de dominación y triunfo político capitalista, ni menos una “sobrestructura” política que adviene necesariamente con el desarrollo de la vida económica capitalista. Para encontrar marxistas dispuestos a regalar tan de barato la “democracia” –y la larga y penosa lucha del movimiento obrero por ella— a la “burguesía” y a un “liberalismo” inveteradamente antidemocrático, había aún que esperar al final de la Gran Guerra y a la desesperada propaganda bolchevique de autodefensa ante el acoso de las potencias de la Entente, una propaganda léxicamente tan exitosa, que llegó a conquistar en ese punto incluso al grueso de la vieja socialdemocracia.[9] La discrásica normalización del “marxismo” acometida luego por el estalinismo hizo el resto.[10]

Notas
[1] Benda, J. (2005) Memorias de un intelectual, trad. X. Pericay, Madrid: Espasa Calpe, pág. 197: “Un día en que discutíamos si el arte es compatible con la democracia, algo que muchos negaban, intervino [el señor B] (…): ‘Señores, por favor, olvidan Atenas!’. Este buen hombre se imaginaba que Atenas, con sus trescientas familias dirigentes y cinco mil esclavos en la ergástula, era una democracia. Me sirvió para hacerme una idea de la erudición de la tribuna.”
[2] Meyer, E. (1910) Kleine Schriften zur Geschichtslehre und zur wirtschaftlichen und politischen Geschichte des Altertums. Halle: Max Niemeyer. Traducción castellana de Carlos Silva: (1955) El historiador y la Historia antigua, México: FCE, pág., 100. Meyer fue también uno de los primeros en tratar de calcular el número de esclavos existentes en la Atenas clásica, a fin de corregir “la exagerada y extendida creencia de que en la Antigüedad existían grandes masas de esclavos que atendían a todos los trabajos y que los ciudadanos vivían en la ociosidad y en la abundancia”. Sus cifras (luego revisadas por investigaciones posteriores, pero no substancialmente modificadas) eran éstas: “Podemos calcular con bastante exactitud la cifra de la población del Ática al estallar la guerra del Peloponeso: ascendía a unos 170.000 individuos libres (de ellos, 55.000 ciudadanos varones adultos y 14.000 metecos) y a 100.000 esclavos” (pág. 103.).
[3] von Pöhlmann, R. (1925) Geschichte der sozialen Frage und des Sozialismus in der antiken Welt, Munich: C.H.Beck’sche Verlagbuchhandlung, pág. VII. La idea de que la democracia y el derecho de sufragio concedido a los trabajadores llevaba derechamente al socialismo era muy corriente entre los académicos que vivían bajo monarquías constitucionales en la Europa del cambio de siglo (Alemania, Austria, España, Italia; no el Reino Unido, que era ya una monarquía parlamentarizada). El politólogo liberal Gaetano Mosca, por ejemplo, escribía por esas mismas fechas: “La creencia en la posibilidad de que el gobierno emane de la mayoría, la fe en la incorruptibilidad de esa mayoría… ha producido la democracia parlamentaria…, que lleva inexorablemente al socialismo, y en último término, a la anarquía.” (Elementi di scienza politica, 2ª edición, Roma, 1925, Vol. I, pág. 470.)
[4] Hay traducción castellana de Joaquín Miras (revisada por María Julia Bertomeu) en la editorial El Viejo Topo.
[5] Sin entender este uso –o malentendiéndolo anacrónicamente– que del término “democracia burguesa” hacía Rosa Luxemburgo, no se puede entender tampoco su sensacional –y en cierto sentido, premonitorio– jaque mate a la argumentación de Bernstein: “Del hecho de que el alma de un liberalismo burgués aterrorizado por el ascenso del movimiento obrero y por los objetivos finales del mismo haya exhalado el último suspiro, sólo se sigue que el movimiento obrero socialista, precisamente hoy, es y sólo puede ser el único sostén de la democracia, y que los destinos del movimiento socialista no están ligados a los de la democracia burguesa, sino que, al revés, los destinos del desarrollo democrático están ligados a los movimientos socialistas. No es que la democracia sólo resulte viable si la clase obrera abandona su lucha emancipatoria, sino que, al revés, sólo resultará viable si el movimiento socialista es lo bastante fuerte como para combatir la consecuencias reaccionarias de las políticas [imperialistas] de alcance mundial y de la deserción burguesa.”
[6] “Zur Lage der bürgerlichen Demokratie in Russlan”, reproducido en Weber, M (1988) Gesammelte politische Schriften. Tubinga: Siebek/Mohr, pp. 33-68.
[7] Weber, M. “Russlands übergang zur Scheindemokratie”, en Gesammelte politische Schriften, op.cit., pp. 210 y 213. El texto de Weber fue redactado en abril de 1917, es decir, apenas siete meses antes de que se produjera efectivamente lo que Weber reputaba “no imposible”: la toma del “poder real” por parte de “los elementos realmente democráticos”. Se puede observar que los “elementos democráticos” weberianos están en la mejor tradición de la sociología política de Aristóteles, que descompone analíticamente el demos en cuatro clases sociales: georgioi (campesinos), banausoi (artesanos), agoroi (tenderos y pequeños comerciantes) y misthotoi (trabajadores asalariados).
[8] Lenin usa en ¿Qué hacer? la locución “democracia burguesa” en el mismo sentido que Rosa Luxemburgo. Así cuando acusaba al Grupo de Autoemancipación Rabóchei Dielo de ser “instrumento de la democracia burguesa”, estaba criticando la política de alianzas de ese grupo con la expresión política de un segmento social determinado; no estaba hablando, obviamente, de sumisión a, o de mitificación de un régimen político institucional.
[9] En su angustiado, y por lo demás, interesante texto de 1936 sobre la Crisis de la democracia, escribía ya por ejemplo el gran teórico de la socialdemocracia austríaca Otto Bauer: “La historia de medio siglo prueba con qué pericia ha logrado la clase capitalista en todos los países democráticos poner la democracia al servicio de sus intereses. Por doquier [¡sic!, ¡en 1936!] se ha convertido la democracia en una forma de poder clasista de la clase de los capitalistas. Mas, aun si la democracia burguesa es una forma de dominación de clase de los capitalistas, no es sin embargo una dictadura, una dominación ilimitada de la clase capitalista.”
[10] Stalin mismo no se engañaba al respecto, como puede verse en los Diarios de Dimitrov, uno de los documentos más importantes publicados en los últimos años sobre la historia del comunismo. Por ejemplo: Dimitrov anota una conversación con Stalin del 6 de diciembre de 1948, en dónde éste dice redondamente que, para Marx y Engels, “la mejor forma de dictadura del proletariado” era “la república democrática”, lo que “para ellos significaba una república democrática en la que el proletariado tenía un papel dominante, a diferencia de las repúblicas suiza o americana”; y esa república con preponderancia obrera tenía “forma parlamentaria”. Ivo Banac (ed.), The Diary of Georgi Dimitrov, New Haven, Londres, Yale University Press, págs. 450-1. Otro ejemplo: el 7 de abril de 1934, anota Dimitrov esta observación de Stalin: “Los obreros europeos están históricamente vinculados con la democracia parlamentaria” (…) y “no entienden que nosotros no tengamos parlamentarismo” (págs. 12-13).

(Tomado de Viento Sur)

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