A 85 años del asesinato de León Trotsky: la continuidad histórica de la contrarrevolución estalinista en Chile

por Alejandro Valenzuela Torres

El 20 de agosto de 1940, un piolet estrellado en el cráneo de León Trotsky en Coyoacán, México, concretó uno de los actos más siniestros del siglo XX. No fue una simple venganza personal. Fue un acto político cuidadosamente orquestado por el aparato contrarrevolucionario de la burocracia estalinista. Fue la culminación de una campaña internacional dirigida no sólo a eliminar físicamente al último gran dirigente de la Revolución de Octubre, sino a decapitar políticamente al marxismo revolucionario.

Este asesinato, ejecutado por Ramón Mercader, agente de la GPU, fue el resultado lógico de la política de «socialismo en un solo país», una teoría burguesa revestida de fraseología marxista, que desvió el rumbo de la Unión Soviética hacia la restauración del capitalismo bajo nuevas formas. Como señaló el propio León Trotsky en La revolución traicionada, el estalinismo no era una clase sino una casta parasitaria que, al separar el poder político del control democrático obrero, preparaba la restauración del capitalismo. No era un retroceso accidental, sino el producto orgánico del aislamiento internacional de la revolución.

Trotsky fue asesinado porque se convirtió en la encarnación viviente de la revolución internacional y de la crítica marxista a la degeneración burocrática. La GPU liquidó sistemáticamente a los cuadros de la Oposición de Izquierda, desde Erwin Wolf, Rudolf Klement y León Sedov, hasta Ignace Reiss y el propio Trotsky, en una campaña que abarcó toda Europa y América. No se trató simplemente de eliminar traidores —como cínicamente argumentó el estalinismo— sino de destruir a quienes representaban una salida revolucionaria e internacionalista a la crisis del régimen soviético.

El crimen del 20 de agosto de 1940 también expresa —en otro plano— una derrota histórica. La derrota de una generación revolucionaria que, aislada del proletariado internacional, no pudo revertir el rumbo reaccionario propiciado por la camarilla burocrática de la URSS. Trotsky murió asediado por traidores, agentes dobles y un círculo cada vez más reducido. No fue la fuerza moral lo que le faltó, sino la reconstrucción del sujeto revolucionario cuyos ciclos resultaron mucho más largos de lo previsto.

Ochenta y cinco años después, la sombra del crimen de Coyoacán se proyecta sobre el escenario chileno. La conducta del Partido Comunista de Chile, especialmente bajo la candidatura presidencial de Jaennette Jara, expresa con claridad la misma lógica política —adaptada a nuevas coordenadas— que guió la mano de Stalin: la defensa del orden burgués nacional frente a la amenaza de la revolución social.

El PC chileno ha sellado su pacto definitivo con la institucionalidad capitalista. En nombre de la “gobernabilidad democrática”, no sólo sostiene al gobierno de Gabriel Boric sino que encabeza los ataques a los trabajadores en nombre de una reforma del sistema previsional que no es otra cosa que la legitimación de la dominación del capital financiero sobre el conjunto de la sociedad. El uso de frases “anti-neoliberales” no puede ocultar el contenido real: una política nacional, legalista y conciliadora que rechaza toda perspectiva de poder obrero.

Esto no es una traición episódica. Es la expresión coherente de una lógica histórica: el abandono del marxismo revolucionario y su reemplazo por una estrategia de colaboración de clases. El asesinato de Trotsky no fue simplemente una “tragedia del pasado”; fue la violencia burocrática puesta al servicio del nacionalismo burgués. Hoy, la criminalización de la protesta social, la represión en Wallmapu, y el silenciamiento de la izquierda revolucionaria bajo el gobierno de Boric —con el PC como pilar— reproducen esa lógica, en condiciones de democracia liberal. Por lo indicado ha de concluirse que el estalinismo no es una desviación del marxismo, sino su negación consciente, es la política del derrotismo organizado.

No es necesario hacer grandes argumentaciones, porque ella misma se encarga de aclararlo: la candidata no representa una alternativa “socialista”, sino la normalización del orden burgués bajo una máscara progresista. Su proyecto no es incompatible con el capital, sino su salvavidas ante el ascenso de nuevas luchas.

En Chile, la vanguardia que se reclama de la revolución social se encuentra fragmentada y dividida. La derrota del glorioso levantamiento popular de Octubre de 19, el hundimiento de todo proyecto de «constitucionalizacioón» de la crisis y la cooptación de sectores “radicales” por la institucionalidad, han dejado una vanguardia sin orientación ni partido. Hoy, más que nunca, se necesita construir un polo revolucionario independiente, que tome como punto de partida la herencia viva del marxismo de Lenin y Trotsky, enfrentado no sólo al orden burgués, sino también a sus gestores dentro del movimiento obrero y popular.

La conmemoración del 85° aniversario del asesinato de Trotsky debe servir para replantear esta urgente tarea: reagrupar a los revolucionarios en Chile. La lucha contra el estalinismo no es un capítulo cerrado, sino una necesidad política viva. Mientras exista explotación, y mientras la izquierda institucional defienda el régimen de propiedad privada, la lucha por un partido revolucionario sigue abierta. Este reagrupamiento no puede ser testimonial ni propagandístico. Debe ser una intervención política real en las luchas actuales: en cada huelga, cada toma de terrenos a manos de pobladores, cada corte de caminos en resistencia en el Wallmapu. Desde la juventud obrera precarizada hasta las mujeres trabajadoras que enfrentan al Estado patronal, es necesario ofrecer una respuesta política de clase.

Hoy, como ayer, la alternativa se define entre el reformismo estalinista al servicio del capital nacional y una organización revolucionaria internacionalista, que reconstruya el hilo rojo de Octubre.


León Trotsky no fue simplemente una víctima. En su lecho de muerte, en el hospital de un Coyoacán que con el tiempo parece perderse en la bruma de los tiempos, el cuadro revolucionario, el teórico marxista, el General y constructor del Ejército Rojo rubricó las que son consideradas sus últimas palabras :

“Fui revolucionario durante mis cuarenta y tres años de vida consciente y durante cuarenta y dos luché bajo las banderas del marxismo. Si tuviera que comenzar todo de nuevo trataría, por supuesto, de evitar tal o cual error, pero en lo fundamental mi vida sería la misma. Moriré siendo un revolucionario proletario, un marxista, un materialista dialéctico y, en consecuencia, un ateo irreconciliable. Mi fe en el futuro comunista de la humanidad no es hoy menos ardiente, aunque sí más firme, que en mi juventud. 

Natasha se acerca a la ventana y la abre desde el patio para que entre más aire en mi habitación. Puedo ver la brillante franja de césped verde que se extiende tras el muro, arriba el cielo claro y azul y el sol que brilla en todas partes. La vida es hermosa. Que las futuras generaciones la libren de todo mal, opresión y violencia y la disfruten plenamente».

León Trotsky vive en la convicción de victoria que agita la vida de todo revolucionario y en la lucha de los explotados contra el orden capitalista. 85 años no pasan en vano y no han hecho más que confirmar no solo la corrección de sus concepciones políticas —que son las de la tradición marxista revolucionaria— sino que la inevitabilidad de la lucha por la revolución social. Lo conmemoramos puño en alto, en combate.