Un «Buen Gobierno» para administrar la derrota: a propósito de los lineamientos programáticos de Jeannette Jara


por Gustavo Burgos

La publicación del documento “Lineamientos Programáticos. Un Chile que cumple”, firmado por la candidata presidencial de “Unidad por Chile”, Jeannette Jara, ha sido recibida por sectores progresistas y oficialistas como una supuesta “alternativa democrática” ante el avance de la ultraderecha. Sin embargo, una lectura atenta no puede sino desmontar esta ilusión ideológica: lo que se presenta como antídoto contra el fascismo no es más que una reedición corregida y maquillada del viejo programa concertacionista, ahora con estética tecnocrática y retórica inclusiva. Se trata, en realidad, del enésimo intento por restaurar un orden institucional profundamente deslegitimado, mientras se sofocan —bajo represión y encuadramiento— las energías emancipadoras que emergieron con fuerza desde octubre de 2019.

El programa de Jara es formalmente nuevo, pero materialmente idéntico a lo que ya ensayaron la Concertación, la Nueva Mayoría y, en forma descarnada, la administración de Gabriel Boric: una promesa de reformas sociales menores bajo condiciones de total continuidad institucional. Estos «Lineamientos» no tocan ni una sola de las estructuras fundamentales que reproducen la dominación del gran capital: no desmontan el sistema de salud mercantilizado, no plantean la eliminación de la educación subvencionada con un régimen educativo en crisis abierta, ni se propone expropiación alguna frente a la catástrofe habitacional que reflejan más mil tomas de terrenos a nivel nacional. Se prometen mejoras administrativas (“eficiencia radical”, “infraestructura escolar”, “estrategia de salud bucal”) como si eso pudiera revertir décadas de privatización, segregación y miseria.

El crecimiento económico, pilar número uno del plan, es formulado en términos empresariales: atraer inversión privada, fomentar la innovación y expandir mercados. ¿A quién hablan estas promesas de “transformación productiva” y “financiamiento para el emprendimiento”? No a los millones de trabajadores y trabajadoras precarizadas, sino a las capas empresariales —pequeñas, medianas y grandes— que siguen siendo el sujeto privilegiado del pacto postdictadura. Jara, como antes Boric, habla de “empleos decentes”, pero calla frente a la superexplotación estructural que impone el capital sobre la fuerza de trabajo.

La seguridad, segundo eje del programa, no escapa a la lógica dominante: se profundiza la militarización del territorio, se refuerzan las policías, se amplía el sistema penitenciario y se perfeccionan los dispositivos de control sobre la infancia pobre. Se conserva intacta —y se consolida— la arquitectura represiva heredada de la dictadura: Ley Antiterrorista, Ley de Seguridad del Estado, estado de excepción en Wallmapu y mecanismos de espionaje e inteligencia bajo tutela militar. ¿Qué clase de proyecto democrático puede sustentarse sobre la impunidad de Carabineros, el encarcelamiento de luchadores sociales y la criminalización del pueblo mapuche? Es significativo que en este punto no se cuestione ni siquiera formalmente algo tan escandaloso como la ocupación a estas alturas manifiestamente inconstitucional del Wallmapu que lleva más de cinco años desde Piñera.

La candidata, exministra de Trabajo y arquitecta de una frustrada “reforma previsional”, habla de “reconectar la política con la vida cotidiana”. Pero su propio recorrido evidencia la bancarrota de ese horizonte: los partidos que respaldan su candidatura son los mismos que apoyaron el Acuerdo por la Paz y la Nueva Constitución del 15 de noviembre, ese pacto infame que permitió contener la insurrección popular en nombre de la “gobernabilidad”. Su llamado a “hacer que las instituciones funcionen para todos” es un insulto para los centenares de mutilados, encarcelados y perseguidos desde 2019. ¿Qué instituciones? ¿Las FFAA y Carabineros implicadas en múltiples casos de narcotráfico y corrupción? ¿Los tribunales de Luis Hermosilla que archivan causas de violaciones a los DDHH? ¿El Congreso blindado, el Ministerio del Interior coludido con la represión?

Por eso, afirmar —como hacen algunos sectores progresistas— que este tipo de programa es el único camino posible para frenar al fascismo es una farsa peligrosa y pusilánime . No sólo porque su contenido real no desafía ninguno de los pilares del régimen neoliberal chileno, sino porque, además, sigue siendo funcional al objetivo histórico de la burguesía y el imperialismo: reconstruir el pacto de dominación bajo nuevas máscaras. Cuando se dice “Jara o Kast” —y se pretende acallar nuestras voces con ello— lo que se ofrece es un chantaje moral que pretende clausurar toda posibilidad de estrategia revolucionaria, sometiendo a las masas a una lógica de “mal menor” que ha sido siempre la antesala de nuevas derrotas. Veamos el resultado desastroso de dos décadas de «malmenorismo» en Bolivia, con las que Evo Morales no solo pavimentó el camino a la Derecha boliviana, sino que sepultó la perspectiva revolucionaria que agitaron obreros y campesinos en el período.

El llamamiento de la candidatura de Jara no es democrático. No puede serlo. No se democratiza un régimen cuya estructura jurídica, política y militar fue diseñada para impedir el ejercicio del poder por parte de la clase trabajadora, garantizar la explotación a destajo y el saqueo del país a manos de las multinacionales y el imperialsmo. La democracia formal bajo este régimen es sólo la administración de la desigualdad y el castigo para quien se atreva a desbordar los límites del sistema.

Lo que hace falta no es un nuevo programa de gobierno para gestionar la decadencia, sino una plataforma política revolucionaria que rearticule a la vanguardia dispersa, organice a los sectores movilizados y les dé una orientación estratégica de poder. Una orientación que asuma sin ambigüedad las enseñanzas históricas del movimiento obrero: que no hay reformas sin lucha, que no hay poder sin ruptura y que no hay emancipación sin destrucción del viejo aparato estatal.

El desafío y la urgencia de hoy es reconstruir una organización revolucionaria de combate que rompa con el electoralismo, que se niegue a repetir la trampa del parlamentarismo burgués y que levante un programa de transición hacia el socialismo. Un programa que hable el lenguaje de la clase obrera, de la juventud rebelde, de las comunidades mapuche en resistencia, de las poblaciones asfixiadas por el narco y el Estado. Un programa que no prometa gobernar este orden, sino destruirlo para construir otro.

Ese es el único antídoto serio frente al fascismo: la reorganización consciente del proletariado como clase revolucionaria. Clase contra clase. Explotados contra explotadores. Lo demás —como los lineamientos de Jeannette Jara— es papel mojado.