Charla de Sergio Grez en la Facultad de Humanidades de la UV: la larga crisis de la república chilena

por El Porteño

En una sala colmada de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Valparaíso, el historiador Sergio Grez Toso ofreció una exposición que desbordó con creces los marcos de la conferencia académica convencional. Lo que allí se desplegó fue una interpretación de largo aliento sobre los dos siglos de vida republicana chilena, organizada en una periodificación que, lejos de ser meramente descriptiva, apunta a una tesis política de fondo: la persistente incapacidad de la burguesía chilena para consumar una revolución democrático-burguesa en el sentido clásico del siglo XIX.

Grez propuso una secuencia histórica que arranca con la república oligárquica (1810-1860), continúa con el ciclo parlamentario y luego con la república liberal, identificando en esta última una subfase —1958 a 1973— como el único momento en que Chile se aproxima a una forma reconocible de república liberal burguesa. A este ciclo le sigue la dictadura iniciada en 1973 y, finalmente, la actual democracia tutelada, cuya prolongación hasta el presente revela más continuidad que ruptura. Esta lectura encuentra respaldo en su propia hipótesis de que los sistemas políticos en Chile han sido correlatos —a veces desfasados— de la evolución económica y de las correlaciones de fuerzas sociales, en un país marcado estructuralmente por su orientación primario-exportadora y por el predominio persistente de una élite cohesionada .

Pero el punto más incisivo de la exposición no radicó solo en la clasificación de períodos, sino en la interpretación de conjunto: la historia republicana chilena como una historia de desarrollo sin revolución. Es decir, un proceso en que las transformaciones económicas y sociales —incluida la transición al capitalismo— no fueron resultado de una ruptura revolucionaria protagonizada por una burguesía ascendente, sino de una evolución lenta, pactada o impuesta desde arriba, en la que una misma clase dominante ha logrado recomponerse y adaptarse a lo largo del tiempo . De ahí que las tareas clásicas de la revolución democrático-burguesa —la ampliación efectiva de la ciudadanía, el desarrollo de un mercado interno robusto, la afirmación de libertades democráticas sustantivas y la ruptura con la subordinación externa— aparezcan una y otra vez como procesos incompletos, truncados o directamente revertidos.

En esa clave, los momentos de apertura política —como el ciclo que culmina entre 1958 y 1973— aparecen no como consolidaciones estables, sino como excepciones frágiles dentro de una trayectoria dominada por la exclusión, la violencia estatal y la resolución armada de las crisis. Las guerras civiles del siglo XIX, las masacres obreras de comienzos del siglo XX, el golpe de Estado de 1973 y la posterior institucionalidad heredada configuran, en la lectura de Grez, una línea de continuidad donde la dominación de clase se impone reiteradamente por medios extra-democráticos o mediante formas restringidas de democracia.

Mención aparte merece el enfoque de Grez referido al régimen político actual. En efecto, para él la llamada “ciudadanía neoliberal” que se configura en Chile a partir de 1990 presenta una paradoja estructural: nunca antes la titularidad formal de derechos políticos había sido tan extensa, pero nunca tampoco había estado tan condicionada en su ejercicio real. El tránsito desde la dictadura a la democracia no implicó una ruptura constituyente en sentido pleno, sino una transacción política que dejó intactos los pilares fundamentales del orden institucional heredado. La Constitución de 1980, junto a su entramado de leyes orgánicas constitucionales y dispositivos de resguardo —desde los quórums supramayoritarios hasta los enclaves autoritarios—, configuró una democracia de baja intensidad, en la que la soberanía popular quedó subordinada a una arquitectura diseñada para limitarla. Este marco no solo fijó las reglas del juego, sino que definió de antemano el horizonte de lo posible.

En ese contexto, señaló que la expansión de la ciudadanía en términos formales —sufragio universal efectivo, inscripción automática, ampliación del padrón electoral— convivió con una progresiva pérdida de densidad política de esa misma ciudadanía. El acto electoral se mantuvo como ritual central del sistema, pero despojado de capacidad transformadora sustantiva. La política se profesionalizó y se autonomizó de la sociedad, mientras los grandes consensos —en particular la mantención del modelo económico neoliberal— quedaron fuera de disputa efectiva. Así, la democracia representativa operó más como mecanismo de administración del orden existente que como instancia de deliberación soberana. La alternancia en el poder no alteró los fundamentos del modelo, sino que aseguró su continuidad bajo distintas coaliciones.

Para Grez este equilibrio se sostuvo mediante una combinación de contención social y reformas graduales. Los gobiernos de la transición implementaron políticas focalizadas que atenuaron los efectos más agudos de la desigualdad —subsidios, programas sociales, ampliación del consumo vía crédito— sin modificar la estructura de concentración de la riqueza ni el carácter primario-exportador de la economía. Se trató de una gobernabilidad basada en la moderación: corregir sin transformar, incluir sin redistribuir de manera decisiva. De este modo, el modelo neoliberal no solo se consolidó, sino que adquirió legitimidad en amplios sectores, al tiempo que se naturalizaba como el único marco posible de desarrollo.

Sin embargo, esta estabilidad tuvo como contracara una creciente desafección popular. A medida que las expectativas de participación y mejora social chocaban con los límites estructurales del sistema, amplios sectores comenzaron a percibir la política institucional como distante, ineficaz o irrelevante. La caída sostenida en la participación electoral —especialmente antes de la instauración del voto voluntario—, el debilitamiento de los partidos políticos y la emergencia de ciclos de protesta social dan cuenta de este proceso. La ciudadanía, aunque formalmente ampliada, se volvió pasiva o intermitente, desplazando su expresión hacia formas extra-institucionales cuando las vías tradicionales demostraban su impotencia.

En rigor, indicó que las limitaciones de esta democracia no se reducen a normas específicas, sino que responden a una configuración más profunda: la articulación entre régimen político y modelo de acumulación. El neoliberalismo no solo reorganizó la economía, sino también las formas de subjetividad y de acción colectiva. La fragmentación social, la individualización de los riesgos y la mercantilización de derechos básicos erosionaron las bases materiales de una ciudadanía activa. Así, la restricción de la democracia no opera únicamente desde arriba —mediante dispositivos institucionales—, sino también desde abajo, a través de una sociedad desarticulada, con menores capacidades de organización y presión.

Terminó indicando que el resultado de este largo proceso político es una democracia formalmente inclusiva pero sustantivamente restringida: una ciudadanía que existe en el papel, pero que encuentra severos obstáculos para incidir en las decisiones fundamentales que organizan la vida social. La consolidación del modelo neoliberal y la desafección política no son fenómenos separados, sino dos caras de un mismo proceso histórico. Allí donde el orden económico se vuelve incuestionable, la política pierde su contenido, y la ciudadanía —aunque jurídicamente plena— se vacía de poder efectivo.

De este modo, la charla adquirió un carácter que excede lo meramente historiográfico. Grez no se limitó a reconstruir el pasado: intervino en el presente. Su exposición debe ser entendida como la palabra de un historiador que asume explícitamente su ubicación política, reivindicándose como marxista y como parte de la clase trabajadora. En ese gesto, la historia deja de ser un campo neutral de interpretación para convertirse en una herramienta de crítica del orden existente, poniendo en cuestión no solo el pasado de la república chilena, sino su forma actual.

La tesis que se desprende —y que sobrevuela toda la exposición— es la de una “larga inviabilidad” del proyecto democrático burgués en Chile. No por ausencia de desarrollo capitalista, sino precisamente por la forma dependiente, concentrada y excluyente en que este se ha desplegado. Una burguesía incapaz de universalizar su propio orden, que ha debido recurrir una y otra vez a mecanismos de coerción, tutela o restricción para preservar su dominio. En ese sentido, la historia de Chile, tal como la presenta Grez, no es la de una república que madura progresivamente hacia la democracia, sino la de una estructura social que posterga indefinidamente sus propias promesas fundacionales.