45 años de la muerte de Bobby Sands: cárcel, hambre y revolución, el grito que imperialismo británico no pudo silenciar

por Fernando López Mackenzie

La muerte de Bobby Sands, ocurrida un lejano 5 de mayo de 1981 tras 66 días de huelga de hambre en la cárcel de Maze Prison, donde se negó a ingerir alimentos hasta morir como forma de protesta política, estremeció la conciencia de los explotados en el mundo entero y Chile —aún en lo profundo de la dictadura— no fue una excepción. Aquel acontecimiento no fue percibido como un episodio remoto, propio de un conflicto ajeno, sino como la expresión viva de una lucha que encontraba resonancias inmediatas en un país sometido también a la violencia del Estado y a la negación de derechos políticos elementales. En los círculos militantes y en la izquierda clandestina, que vivía sus momentos de preparatorios antes de 1983, la figura de Sands se proyectó como la encarnación de una voluntad irreductible frente al poder.

La huelga de hambre de 1981 no fue un gesto espontáneo ni puramente moral: fue el desenlace de una escalada iniciada en 1976, cuando el gobierno británico de Harold Wilson abolió el estatus de “categoría especial” para los prisioneros del Irish Republican Army. Con ello, buscaba despojar a los militantes republicanos de su carácter político, imponiéndoles uniforme carcelario y régimen de delincuentes comunes. La respuesta fue inmediata: la “protesta de la manta”, seguida de la “protesta sucia”, en la que los presos, negándose a aceptar esa criminalización, vivieron durante años en condiciones extremas, cubriendo sus celdas con orina y excrementos como forma de resistencia. 

Sin embargo, estas formas iniciales de lucha no lograron romper el aislamiento político. La comunidad nacionalista se mostró, en un comienzo, apática y distante. Este dato es decisivo: incluso las formas más radicales de resistencia pueden quedar contenidas si no logran articularse con una movilización de masas. Fue esta constatación la que llevó a los presos a adoptar la huelga de hambre como “opción nuclear”, una decisión consciente orientada a conmover a su base social y forzar una crisis política para el gobierno de Margaret Thatcher. 

El fracaso del acuerdo que puso fin a la primera huelga de 1980 —percibido por los presos como una traición— selló el carácter definitivo de la segunda, iniciada el 1 de marzo de 1981 bajo el liderazgo de Sands. Esta vez, la lucha sería hasta las últimas consecuencias. En ese marco, su elección como diputado por Fermanagh/South Tyrone, con una altísima participación electoral, introdujo una contradicción explosiva: mientras el Estado británico insistía en tratarlo como un criminal, una parte significativa de la población lo consagraba como legítimo representante político. 

Su muerte, tras 66 días de huelga de hambre, desató una movilización masiva. Más de 100.000 personas asistieron a su funeral, transformándolo en un acontecimiento político de alcance internacional. En Chile, bajo la dictadura, ese hecho fue leído no solo como una tragedia, sino como una demostración de que incluso en las condiciones más adversas la lucha podía adquirir una dimensión universal. Sands se convertía así en un símbolo de resistencia para todos aquellos que enfrentaban regímenes de opresión.

En efecto, la huelga de hambre logró quebrar el aislamiento, reactivar la movilización y abrir paso al ascenso político del Sinn Fein, consolidado posteriormente en la estrategia del “Armalite y urna”. Pero este giro, aunque eficaz en términos de acumulación política, no resolvió la contradicción fundamental del conflicto irlandés: la persistencia de la dominación británica y la división de la clase trabajadora.

De hecho, muchas de las reivindicaciones de los huelguistas —uso de ropa propia, asociación entre presos, fin del trabajo obligatorio— fueron concedidas tras el fin de la huelga, pero a un costo humano devastador y sin alterar el núcleo del problema político. La república unificada irlandesa, objetivo histórico del movimiento, permaneció como una tarea inconclusa.

Así, la muerte de Bobby Sands aparece, en toda su magnitud, como una condensación de las tensiones entre heroísmo individual y estrategia colectiva. Su sacrificio estremeció al mundo, movilizó a las masas y reconfiguró el escenario político irlandés. Pero también evidenció los límites de una lucha que, carente de una dirección obrera revolucionaria que se apoye en la irrupción independiente de la clase trabajadora como fuerza dirigente, terminó canalizada en formas de integración al orden existente.

La lección que se desprende —y que resonó en todo el mundo— es que la lucha por la liberación nacional, por más heroica que sea, no puede realizarse plenamente sin transformarse en una lucha de clases consciente, capaz de superar las divisiones impuestas por el imperialismo y de abrir paso a una transformación revolucionaria de la sociedad. Solo en ese terreno la consigna de una Irlanda unificada puede dejar de ser un símbolo por el cual morir, para convertirse en una realidad por la cual vencer.

Imagen de portada: funeral de Bobby Sands