por Fernando López Mackenzie
La muerte de Bobby Sands, ocurrida un lejano 5 de mayo de 1981 tras 66 días de huelga de hambre en la cárcel de Maze Prison, donde se negó a ingerir alimentos hasta morir como forma de protesta política, estremeció la conciencia de los explotados en el mundo entero y Chile —aún en lo profundo de la dictadura— no fue una excepción. Aquel acontecimiento no fue percibido como un episodio remoto, propio de un conflicto ajeno, sino como la expresión viva de una lucha que encontraba resonancias inmediatas en un país sometido también a la violencia del Estado y a la negación de derechos políticos elementales. En los círculos militantes y en la izquierda clandestina, que vivía sus momentos de preparatorios antes de 1983, la figura de Sands se proyectó como la encarnación de una voluntad irreductible frente al poder.