por Gustavo Burgos
En un momento histórico marcado por la derrota política del levantamiento popular de octubre de 2019 —derrota que no fue simplemente el resultado de la correlación de fuerzas inmediata, sino de la ausencia de una dirección revolucionaria capaz de transformar la irrupción de las masas en poder— la lectura de Historia del trotskismo en Chile (1931-1973) de Andrey Schelchkov, Manuel Loyola y Matías Villa se vuelve no solo pertinente, sino urgente.
El libro, como se aprecia desde su estructura y aparato documental , no es una simple crónica historiográfica. Es, en rigor, una radiografía de las posibilidades y límites de una corriente revolucionaria en el seno de la lucha de clases chilena. Desde la eclosión del trotskismo en los años 30, pasando por su inserción conflictiva en el movimiento obrero, hasta su relación contradictoria con fenómenos como el Frente Popular, el Partido Socialista y posteriormente el proceso de la Unidad Popular, el texto reconstruye una experiencia que, lejos de ser marginal, atraviesa subterráneamente toda la historia política del siglo XX chileno.
Uno de los mayores méritos de la obra es que rompe con el silencio historiográfico que ha pesado sobre el trotskismo. Como los propios autores señalan, esta corriente ha sido sistemáticamente relegada, eclipsada por la narrativa dominante del comunismo estalinizado, del socialismo institucional o del mirismo . En ese sentido, el libro no solo recupera una tradición: la reinstala como problema político actual.
Pero es precisamente en ese punto donde la obra adquiere una dimensión estratégica para las nuevas generaciones. Porque la historia que aquí se relata no es la de una corriente victoriosa, sino la de una tendencia atravesada por contradicciones profundas: fragmentación, sectarismo, dependencia de debates internacionales, incapacidad para consolidar una orgánica estable y, en no pocos casos, una distancia persistente respecto de las masas trabajadoras. La propia caracterización del trotskismo como una corriente muchas veces condenada a la marginalidad, al aislamiento o a la influencia indirecta sobre otras organizaciones , no es presentada como una condena moral, sino como un problema histórico concreto.
Lejos de descalificar esta experiencia, el libro permite comprenderla en toda su densidad. Muestra cómo el trotskismo chileno emergió como una respuesta a la burocratización del movimiento comunista internacional, cómo intentó —no siempre con éxito— mantener viva la perspectiva de la revolución permanente, y cómo, en condiciones adversas, logró incidir en momentos clave del desarrollo político nacional, especialmente a través de su influencia en corrientes del Partido Socialista.
Para una generación que vivió el 2019 como una irrupción plebeya sin dirección estratégica, esta lectura tiene un valor incalculable. Porque permite identificar, con precisión histórica, uno de los problemas centrales que siguen vigentes: la relación entre espontaneidad y organización, entre irrupción de masas y construcción de partido, entre radicalidad programática y eficacia política.
El libro enseña —a veces por la vía negativa— que no basta con tener razón en el plano doctrinario. Que la crítica al reformismo, a la colaboración de clases o a las desviaciones burocráticas, si no se traduce en una práctica capaz de arraigar en la clase trabajadora, corre el riesgo de convertirse en testimonio estéril. Y que, al mismo tiempo, la adaptación a las corrientes dominantes de la izquierda, en nombre de la “influencia”, puede diluir completamente el contenido revolucionario.
En ese sentido, esta obra no debe leerse como un balance cerrado, sino como un arsenal de problemas abiertos. Problemas que hoy reaparecen bajo nuevas formas: la cooptación institucional del movimiento surgido en 2019, la integración de amplios sectores de la izquierda al régimen político a través del Acuerdo por la Paz, y la necesidad —cada vez más evidente— de recomponer una estrategia revolucionaria independiente.
Recomendar este libro a las nuevas generaciones de militantes no es, por tanto, un ejercicio académico. Es una intervención política. Significa invitarlos a estudiar una tradición que, con todas sus limitaciones, se propuso enfrentar los grandes dilemas de la revolución en Chile. Significa también advertirles que la historia no ofrece recetas, pero sí lecciones: que sin organización no hay poder, que sin claridad estratégica no hay victoria, y que sin una relación viva con las masas, toda política revolucionaria está condenada a la marginalidad.
En tiempos de dispersión del activismo, de fragmentación y de repliegue tras la derrota, este libro aparece como una herramienta para pensar el reagrupamiento. No desde la nostalgia, sino desde la crítica. No desde la repetición, sino desde la elaboración consciente de una estrategia que esté a la altura de las tareas históricas que se abren.
Resulta elocuente que la ubicación temporal de análisis —hasta la Unidad Popular— es fiel con el último quiebre en el movimiento obrero, del que el trotskismo no fue una excepción. Queda pendiente la tarea de analizar las corrientes posteriores al Golpe de las que solo el Partido Socialista Revolucionaria de Vitale es la única que aparece referida.
En este punto —no solo por rigor político son que además por experiencia personal— resultará necesario en otro momento comenzar con el análisis de la Liga Comunista y su papel en la organización de la resistencia a la Dictadura; de la corriente del Secretariado Unificado que encabezó Héctor Velásquez, histórico dirigente sindical de MADECO; de las múltiples corrientes provenientes de la corriente de Nahuel Moreno en Argentina de la que el MIT, PTR, MST y otros grupos son su expresión actual; de la Organización Marxista Revolucionaria de Marcelo Nowerstein, ligada al POR boliviano de Guillermo Lora; para terminar con todas los grupos referenciados en la corriente británica de Ted Grant, The Militant, de importante labor en el PS y con expresión política al día de hoy como Socialismo Revolucionario. Todas estas corrientes, señalo apenas las que conozco y de seguro he olvidado algunas de importante labor, son expresión viva de la crisis de la IV Internacional en Chile, que no es otra cosa que la del marxismo revolucionario criollo.
La historia referida es, en definitiva, una reseña de la lucha desplegada por sectores del activismo de vanguardia por poner en pie una organización obrera, revolucionaria y de combate que se plantee en términos insurreccionales y de acción directa, la lucha por la estrategia de la dictadura del proletariado, del gobierno de la clase trabajadora y de la revolución mundial.
Finalmente, debo saludar que en la biografía se rescate el trabajo de historiadores y militantes contemporáneos que aparecen citados en el estudio, como los compañeros Sergio Grez, Igor Goicovic y Fabio Moraga. El apoyo en su trabajo es perceptible en el intento de hacer de este libro, como hemos señalado, no un mero ejercicio erudito, sino que un esfuerzo militante. Leer Historia del trotskismo en Chile hoy es, en definitiva, un acto de memoria militante. Pero sobre todo, es un paso necesario para transformar esa memoria en programa, en reivindicación revolucionaria y lucha de clases.
