por Alejandro Valenzuela Torres
La invasión militar de Washington y el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro no solo han dejado al desnudo la brutalidad estructural del imperialismo estadounidense. Han expuesto, con igual claridad, la bancarrota política y moral de amplios sectores de la llamada “izquierda opositora” al chavismo, que hoy buscan reubicarse en el nuevo escenario como una supuesta alternativa “independiente”, cuando en realidad cumplen una función profundamente reaccionaria.
La invasión militar de Washington y el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro no solo han dejado al desnudo la brutalidad estructural del imperialismo estadounidense. Han expuesto, con igual claridad, la bancarrota política y moral de amplios sectores de la llamada “izquierda opositora” al chavismo, que hoy buscan reubicarse en el nuevo escenario como una supuesta alternativa “independiente”, cuando en realidad cumplen una función profundamente reaccionaria.
En el centro de este operativo se encuentra el Partido Comunista de Venezuela, que tras más de dos décadas de integración orgánica al régimen chavista intenta ahora presentarse como eje de una oposición “clasista” y “antiimperialista”. El PCV fue promotor de la llegada de Hugo Chávez al poder en 1998, parte constitutiva del bloque gobernante durante todo el ciclo bolivariano, y recién en 2020 rompió formalmente con el PSUV, no para hacer un balance marxista de la experiencia, sino para denunciar que Maduro se habría “desviado” del verdadero chavismo. Es decir, no para romper con el nacionalismo burgués, sino para reclamar su herencia.
Desde esa matriz, el PCV impulsa hoy un frente político junto a viejos restos del chavismo gubernamental y a diversas corrientes pseudoizquierdistas, agrupadas en iniciativas como el “Encuentro Nacional en Defensa de los Derechos del Pueblo”. Bajo una retórica inflamada contra la agresión imperialista y la colaboración neocolonial del régimen, este bloque busca ocupar un lugar funcional dentro del nuevo orden burgués que se reconfigura bajo tutela de Washington, actuando como dique de contención frente a una posible ruptura independiente de la clase trabajadora.
A este armado se han sumado las distintas expresiones del morenismo venezolano, cumpliendo una función todavía más cínica. En particular, la corriente ligada a la Fracción Trotskista Internacional, hoy rebautizada como Corriente Revolución Permanente, que durante años se dedicó a polemizar “fraternalmente” con otras variantes morenistas por sus zigzags entre el apoyo electoral al chavismo y la adaptación a la oposición derechista. Sin embargo, en el momento decisivo, esta corriente no dudó en integrarse al mismo bloque que denunciaba, promoviendo activamente esta coalición desde medios como La Izquierda Diario.
El contenido político de este frente es revelador. En su manifiesto, que presume levantar una “posición de independencia de clase”, brillan por su ausencia conceptos elementales como capitalismo, burguesía o socialismo. Los “intereses de clase” de los trabajadores son invocados de forma abstracta, sin ninguna delimitación concreta frente a la burguesía venezolana ni frente al Estado. En cambio, el eje está puesto en el “rescate de la soberanía nacional”, las “libertades democráticas” y los reclamos dirigidos al propio aparato estatal burgués, incluyendo peticiones al Defensor del Pueblo.
Esta orientación no es un desliz teórico, sino la continuidad lógica de una práctica política. Tras las elecciones de 2024, estas mismas corrientes respaldaron las movilizaciones encabezadas por la oposición proimperialista, legitimando sus consignas “democráticas” y llegando incluso a presentar las asambleas impulsadas por el entorno de María Corina Machado como embriones de “poder popular”. Hoy, luego de que la intervención imperialista produjo el desenlace que esa política facilitó, pretenden reciclarse como opositores tanto a Washington como al régimen colaboracionista de Caracas.
El llamado a “movilizar al pueblo” para acelerar liberaciones de prisioneros bajo presión imperialista termina siendo, en los hechos, indistinguible de un frente único con la derecha, en nombre de una transición tutelada. La consigna de “superar la dominación imperialista” se vacía de contenido al borrar deliberadamente las contradicciones de clase internas y subordinar a la clase trabajadora a una fracción u otra de la burguesía.
La experiencia venezolana confirma, una vez más, una lección histórica decisiva: el estalinismo y sus variantes —auxiliados por el revisionismo pablista y morenista— han actuado sistemáticamente para impedir la independencia política de la clase trabajadora. En América Latina, esta política de frentes populares y nacionalismo burgués pavimentó derrotas históricas: Chile en 1973, Argentina en 1976, y más recientemente la descomposición de la llamada “marea rosa”.
La actual ofensiva imperialista no expresa fortaleza, sino decadencia. Pero esa decadencia no abre automáticamente una salida socialista. La tarea estratégica sigue siendo la misma: romper con todas las variantes del nacionalismo burgués y de la pseudoizquierda que lo apuntala, y construir una dirección revolucionaria basada en la independencia política de la clase trabajadora, la teoría de la revolución permanente y una perspectiva internacionalista.
Sin ese balance y sin esa ruptura, la “oposición de izquierda” en Venezuela no es una alternativa: es parte del problema.
