por Alejandro Valenzuela Torres
La escena ocurrida en la Casa Blanca, durante la conferencia de prensa conjunta entre Donald Trump y el alcalde electo de Nueva York Zohran Mamdani, condensa con una elocuencia casi pedagógica el carácter del progresismo contemporáneo. Ante la pregunta de una periodista que inquiría al edil si ratificaba su afirmación previa según la cual Trump era un fascista, fue el propio presidente quien, con displicente suficiencia, le otorgó permiso para reiterarlo: podía llamarlo fascista “porque me han dicho cosas peores”. La anécdota, que pudo parecer a muchos una simple salida irónica, revela en realidad una relación de fuerzas donde el supuesto antagonismo se convierte en una coreografía de mutua legitimación. Lo significativo no es la palabra en sí, sino el escenario político que la vacía de contenido: un “socialista” que acepta el juego, que sonríe, que no rompe, que no denuncia, que no se levanta, y que segundos después se alinea sin rubor con la política represiva antiinmigrante de la administración que dice combatir.
Mamdani, elevado por el DSA y por una retórica que prometía una “generación de cambio” capaz de enfrentar a la oligarquía y al autoritarismo con valentía, no tardó ni dos semanas en ofrecer colaboración al mismo a quien había descrito como déspota. Su conducta no es fruto de un error episódico, sino la expresión coherente de una orientación política que confunde oposición con gestión, antagonismo con negociación, lucha de clases con marketing progresista. El alcalde que decía querer “desmantelar las condiciones que permitieron a Trump acumular poder” terminó avalando públicamente las operaciones antiinmigrantes de su gobierno, validando la permanencia de una comisionada policial aliada del trumpismo y otorgando cobertura política al falso discurso de “paz” en Gaza. La deferencia disfrazada de astucia fue celebrada por publicaciones como Jacobin como una “brillante estrategia”, cuando en rigor no es más que el patético oportunismo de quien se adapta al poder para ser reconocido por él.
No hay aquí paradoja alguna: hay una lógica de clase. El progresismo, incluso cuando se adorna con vocabulario socialista, representa intereses de capas medias acomodadas que no pretenden alterar las raíces del orden existente, sino administrarlo con rostro amable. Por ello puede llamar “fascista” a Trump, pero no mover una coma cuando se trata de la maquinaria represiva del Estado contra inmigrantes, trabajadores y manifestantes. La palabra se transforma en gesto, el gesto en espectáculo, y el espectáculo en coartada.
La experiencia neoyorquina encuentra un espejo nítido en la trayectoria de Jorge Sharp en Valparaíso. Elegido en 2016 en medio de altas expectativas, tras derrotar al decadente candidato de la Concertación, el olvidado DJ Méndez, Sharp encarnó para muchos la promesa de una renovación política desde la izquierda municipal. Sin embargo, su administración no fue más que la continuación irrelevante de las gestiones de Pinto y de Castro, con una conducta obsecuente frente al gran empresariado porteño y una total incapacidad –o falta de voluntad– para enfrentar los intereses que históricamente han saqueado la ciudad.
Lejos de constituir una ruptura, su gestión legitimó la represión del levantamiento popular de octubre de 2019 en Valparaíso, aceptando el relato del “orden público” y actuando como administrador dócil del poder central. La deriva culminó en su frustrada candidatura parlamentaria bajo el alero del FRVS, alineado primero con el conservadurismo reciclado de Mulet y luego con la candidatura de Jeannette Jara, en una trayectoria que evidencia la misma lógica de Mamdani: comenzar invocando el “cambio” para terminar como pieza funcional del régimen.
Así como el alcalde neoyorquino solicitó él mismo la reunión con Trump para sellar una alianza que normaliza al fascismo en nombre de la “gobernabilidad”, Sharp transitó desde el discurso de la autonomía y la crítica al orden hasta una integración plena en sus engranajes, asumiendo como natural la colaboración con fuerzas que dicen representar lo contrario de lo que proclaman. En ambos casos, el progresismo se revela como lo que es: una política del apaciguamiento, de la adaptación y del cálculo, que desmoviliza, confunde y desarma a quienes depositaron en ella expectativas de transformación.
La historia ha conocido ya este tipo de alianzas espurias entre fuerzas que se dicen “de izquierda” y poderes reaccionarios, desde el pacto Stalin-Hitler hasta las recientes experiencias europeas de la socialdemocracia. Hoy, el caso Mamdani no hace más que confirmar que la llamada “pseudoizquierda” no es un insulto, sino una caracterización precisa: fuerzas que hablan en nombre del socialismo mientras garantizan la continuidad del capitalismo y su aparato represivo.
El progresismo, en Nueva York o en Valparaíso, se define menos por lo que dice que por la rapidez con que se arrodilla ante el poder real. Su perfil no es el del combatiente, sino el del gestor, no el del rupturista, sino el del mediador, no el del revolucionario, sino el del funcionario elegante de un sistema que dice criticar mientras lo perfecciona. La escena en la Casa Blanca, con Trump autorizando ser llamado fascista y Mamdani aceptando el juego con sonrisa diplomática, no es una anécdota menor: es la radiografía de una época en que la palabra “izquierda” ha sido vaciada para convertirse en decorado de la dominación.
