por Alejandro Valenzuela Torres
La escena ocurrida en la Casa Blanca, durante la conferencia de prensa conjunta entre Donald Trump y el alcalde electo de Nueva York Zohran Mamdani, condensa con una elocuencia casi pedagógica el carácter del progresismo contemporáneo. Ante la pregunta de una periodista que inquiría al edil si ratificaba su afirmación previa según la cual Trump era un fascista, fue el propio presidente quien, con displicente suficiencia, le otorgó permiso para reiterarlo: podía llamarlo fascista “porque me han dicho cosas peores”. La anécdota, que pudo parecer a muchos una simple salida irónica, revela en realidad una relación de fuerzas donde el supuesto antagonismo se convierte en una coreografía de mutua legitimación. Lo significativo no es la palabra en sí, sino el escenario político que la vacía de contenido: un “socialista” que acepta el juego, que sonríe, que no rompe, que no denuncia, que no se levanta, y que segundos después se alinea sin rubor con la política represiva antiinmigrante de la administración que dice combatir.