La verdadera segunda vuelta: entre la sumisión y la lucha de clases

por Alejandro Valenzuela Torres

La reciente votación que ha llevado a José Antonio Kast a encabezar la primera vuelta presidencial en Chile no representa la emergencia de un fenómeno nuevo ni la irrupción de un supuesto fascismo con rasgos inéditos. Lo que se expresa es un nuevo momento en la ofensiva general del régimen contra los trabajadores, que ha encontrado en Kast la forma más coherente y desinhibida de continuar el camino trazado tras la derrota de la rebelión de octubre de 2019.

Este resultado no es un accidente ni el fruto de una deriva imprevisible del electorado. Es la expresión más madura del pacto contrarrevolucionario sellado en el Acuerdo por la Paz, donde el conjunto de las fuerzas institucionales –desde la derecha tradicional hasta el Frente Amplio– acordaron reencauzar el proceso de movilización popular dentro del cauce constitucional, desarmando políticamente a las masas y restableciendo la legitimidad del Estado burgués. Fue ese proceso el que facilitó el camino para el ascenso de una figura como Kast, que ahora aparece como el continuador «lógico» de un régimen que desde 2020 ha retomado su rumbo original: el de la restauración neoliberal con ropaje democrático.

En este marco, el programa económico de Jeannette Jara no aparece como antítesis del proyecto republicano, sino como su variante colaboracionista. El énfasis de Jara en la “colaboración público-privada” y el “diálogo social” reproduce los ejes centrales del programa de Boric: un Estado regulador al servicio de la estabilización del capital, reformas tributarias marginales, y una estrategia de contención de los conflictos de clase a través de mecanismos institucionales. En lugar de cuestionar las bases de la acumulación capitalista, su propuesta opera como válvula de escape para las contradicciones del régimen, apelando al consenso y al progresismo de mercado.

Basta contrastar los programas para ver que las diferencias son de grado, no de naturaleza. Kast propone desregulación laboral, rebajas tributarias y fortalecimiento de la propiedad privada como eje de la libertad. Jara ofrece reformas graduales, incentivos a la inversión y un sistema mixto de seguridad social que no rompe con las AFP, sino que las maquilla. Ambos defienden, en última instancia, los intereses del gran capital. La diferencia es que Jara busca legitimar ese modelo mediante el pacto social; Kast, mediante la fuerza directa del aparato estatal y el discurso del orden.

La situación es más grave aún si consideramos que Kast no llega debilitado, como en 2021, sino montado sobre el fracaso evidente del gobierno de Boric. Esta vez no es el «outsider» reaccionario que interpela a un sistema en crisis: es el líder que representa una crítica reaccionaria coherente al progresismo impotente, capaz de aglutinar en su campaña a toda la derecha tradicional, el liberalismo libertario, y los sectores populistas del PDG. Mientras Jeannette Jara representa la continuidad de un gobierno derrotado, Kast capitaliza la frustración generalizada y encarna una respuesta autoritaria al desgaste del centro reformista.

La campaña republicana, además, ha sido meticulosamente diseñada. En una operación de alta eficiencia política, el equipo de Kast ha articulado alianzas con la UDI, RN, el Partido de la Gente, y sectores del liberalismo económico como Parisi y Kaiser. Se han coordinado reuniones con economistas del círculo de Piñera, con el objetivo de ofrecer una plataforma técnica al servicio del capital financiero y empresarial. No se trata ya de un liderazgo ideológico minoritario: es la nueva forma orgánica de representación de las fracciones dominantes de la burguesía, que busca recuperar la iniciativa política mediante la concentración del poder y el disciplinamiento social.

Frente a esto, la reacción de una parte importante de la izquierda se limita a cálculos aritméticos de segunda vuelta. Incapaces de pensar la política desde una perspectiva de clase, proponen simplemente “cerrar el paso al fascismo” votando por Jara. Esta visión, profundamente electoralista y despolitizadora, niega que la ofensiva ya está consumada, y que el resultado del balotaje no alterará lo esencial: la consolidación de un régimen antiobrero que se impone tras el colapso de la experiencia reformista de Boric.

El antifascismo liberal, convertido en dispositivo de chantaje político, oculta la continuidad estructural entre ambas opciones. Se pretende que Jara representa una barrera ante la derecha, cuando en realidad el proyecto que encarna es funcional al avance del capital y a la desmovilización del proletariado. Apoyarla, bajo la excusa de frenar a Kast, no es un acto de resistencia, sino de capitulación.

La tarea del momento, entonces, no es sumarse al campo “menos malo”, sino afirmar con claridad la independencia política de la clase trabajadora. Lo urgente no es elegir entre dos variantes del mismo orden, sino prepararse para enfrentar al nuevo gobierno reaccionario desde una posición de combate, no de adaptación. No se trata de votar para frenar a Kast, sino de organizarse para resistir al poder del capital en cualquiera de sus formas, y reconstruir una alternativa revolucionaria, arraigada en el movimiento obrero y popular, que retome las banderas del octubre chileno.

La derrota política para la clase trabajadora ya está consumada. El peligro no es Kast en sí mismo, sino el desarme ideológico, político y organizativo del proletariado. Lo único que puede revertir este escenario es una ofensiva independiente, anticapitalista y revolucionaria, que no caiga en el cretinismo parlamentario ni en la ilusión de la defensa del “mal menor”.

La segunda vuelta no será el campo de la resistencia, sino la antesala de un nuevo ciclo de confrontación social. Y en ese campo, lo decisivo será no quién gane en las urnas en diciembre, sino quién esté en primera línea de la lucha de clases. El llamado no puede ser una impotente convocatoria al voto, sino que a la construcción de una trinchera de combate.