El «milagro» económico de Pinochet: contrarrevolución, miseria y saqueo bajo el signo del capital decadente


por Fernando López MacKenzie

Desde los pasillos del gran empresariado chileno hasta los foros conservadores de pensamiento en América Latina, el régimen de Pinochet ha sido presentado durante décadas como un modelo exitoso de modernización económica. La narrativa oficial —construida desde Chicago hasta Las Condes— postula que la dictadura militar (1973–1990) salvó al país del «caos marxista», instalando un modelo de desarrollo basado en la apertura al mercado, la desregulación y la atracción de inversión extranjera. Bajo esa luz, Chile habría emergido como un “milagro económico” gracias al arrojo reformista de los tecnócratas neoliberales. Tal idea opera en la actualidad como un pilar «transversal» de la política burguesa chilena.

Desde los pasillos del gran empresariado chileno hasta los foros conservadores de pensamiento en América Latina, el régimen de Pinochet ha sido presentado durante décadas como un modelo exitoso de modernización económica. La narrativa oficial —construida desde Chicago hasta Las Condes— postula que la dictadura militar (1973–1990) salvó al país del «caos marxista», instalando un modelo de desarrollo basado en la apertura al mercado, la desregulación y la atracción de inversión extranjera. Bajo esa luz, Chile habría emergido como un “milagro económico” gracias al arrojo reformista de los tecnócratas neoliberales.

Sin embargo, más allá del oropel estadístico y del ensalzamiento editorial, lo que se instauró en Chile bajo la dictadura fue una contrarrevolución social sin precedentes en América Latina. El modelo pinochetista no fue sino una vasta operación de saqueo del Estado, desmantelamiento de la propiedad pública, precarización laboral masiva y destrucción sistemática del movimiento obrero, todo ello garantizado por el terrorismo de Estado. Este “milagro”, en verdad, sólo benefició a una ínfima fracción del capital nacional y extranjero, mientras arrojaba a la mayoría de la población al desempleo estructural, al endeudamiento privado y a la exclusión social.

“No se trataba solo de derrotar al enemigo político. Se trataba de erradicar una clase social y su cultura.”
—Gabriel Salazar, historiador chileno

Desmantelar para salvar: el dogma del shock

Inspirado por las recetas de Milton Friedman, el equipo de los “Chicago Boys” aplicó un brutal ajuste económico desde 1975: liberalización de precios, privatización de empresas estatales, eliminación de derechos laborales y reducción drástica del gasto social. Las consecuencias fueron inmediatas: entre 1975 y 1982, el PIB creció en promedio un 1,5% anual, pero la pobreza se duplicó y la desigualdad se disparó. Como documentó el economista Ricardo Ffrench-Davis:

“Entre 1975 y 1981, el salario mínimo real cayó un 40% y la pobreza afectaba a más del 40% de la población.”
—Ricardo Ffrench-Davis, Reformas económicas en Chile: desde la dictadura hasta la democracia

La represión sirvió como complemento indispensable del programa económico: sin sindicatos, sin huelgas, sin elecciones, el capital pudo reestructurar las relaciones sociales a su favor sin resistencia.

“Donde otros veían una crisis económica, ellos vieron una oportunidad para rehacer la sociedad desde sus cimientos.”
—Naomi Klein, La doctrina del shock

España franquista y el consenso del miedo

No es una experiencia aislada. El franquismo en España, tras una guerra civil devastadora, aplicó una política económica que, bajo el ropaje del “desarrollismo” de los años 60, ocultó un largo periodo de miseria, represión y clientelismo empresarial. Como en Chile, la represión sirvió para aplastar cualquier organización obrera independiente. Las grandes familias franquistas amasaron fortunas sobre el hambre de la mayoría. Como lo explicó el historiador Ángel Viñas:

“El crecimiento del franquismo no fue una modernización exitosa, sino una industrialización autoritaria subordinada a las élites.”
—Ángel Viñas, El gran delirio: comunismo y guerra fría

Argentina: del menemismo al mileísmo

Argentina, laboratorio de alternancias entre populismo, represión y liberalismo, ofrece un espejo aún más transparente. El menemismo en los años 90 implementó una privatización total del aparato estatal: YPF, Aerolíneas, ferrocarriles, jubilaciones. La paridad dólar-peso, como en Chile la fijación monetaria, fue vendida como estabilidad y modernización.

“Privatizar no era modernizar; era regalar el país. Se transfirieron recursos públicos a manos privadas sin ninguna planificación productiva.”
—Eduardo Basualdo, Estado, poder y clases sociales

El gobierno de Javier Milei, heredero tardío de esa tradición, ha radicalizado la ofensiva neoliberal. Como señaló el economista Claudio Katz:

“Milei no representa un modelo nuevo, sino una fase paroxística del capitalismo decadente. Su programa expresa la desesperación del capital por preservar sus privilegios a costa de la vida social.”
—Claudio Katz, Neoliberalismo, neofascismo y crisis global

¿Neoliberalismo o decadencia del capital?

Joseph Stiglitz, durante su visita a Santiago esta semana, afirmó que el problema no es el capitalismo, sino una «versión extrema» del neoliberalismo. La misma tesis repiten desde el progresismo global. Pero lo que demuestran estas experiencias —Chile, España, Argentina— es que no estamos frente a una desviación, sino ante la expresión acabada de una etapa histórica del capital.

“Lo que llaman neoliberalismo es, en realidad, la expresión más pura del capitalismo en su fase de decadencia.”
—Samir Amin, El capitalismo senil

En su fase imperialista, el capitalismo ha entrado en una contradicción insalvable: su capacidad de expandir las fuerzas productivas choca con la apropiación privada y anárquica de la riqueza. Como ya había advertido Lenin:

“El imperialismo es la fase superior del capitalismo: una fase en la cual la dominación de los monopolios, la exportación de capital y la lucha por el reparto del mundo evidencian que el sistema ha entrado en su etapa de descomposición.”
—Lenin, El imperialismo, fase superior del capitalismo

Conclusión: no fue un milagro, fue una advertencia

El “milagro económico” de Pinochet no fue tal. Fue una masacre social administrada con eficiencia represiva. Como en España, como en la Argentina, fue la manifestación concreta de una etapa histórica de saqueo capitalista, donde el capital, en su fase imperialista, ya no puede desarrollarse sino destruyendo. La única salida a esta espiral es una revolución social que reorganice la producción sobre nuevas bases: planificación democrática, propiedad colectiva y poder obrero.

Mientras eso no ocurra, los “milagros” del mercado seguirán siendo pesadillas para los pueblos. El modelo pinochetista —como el menemista o el mileísta— no es un error de diseño ni una desviación técnica, sino la expresión de una época en que el capital, incapaz de proponer un nuevo progreso humano, solo puede sobrevivir destruyendo.