por Alejandro Valenzuela Torres
En su artículo “Acumulación, desposesión y dependencia en Ernest Mandel”, de Esteban Mercatante, de La Izquierda Diario propone un rescate de las tesis del economista belga para comprender las formas contemporáneas del capitalismo. Destaca la idea de que la acumulación originaria, entendida por Marx como un proceso violento de expropiación fundacional del capital, no fue un episodio aislado sino una lógica permanente de reproducción capitalista. Así, procesos como las privatizaciones, la deuda externa y el extractivismo serían manifestaciones actuales de una “acumulación por desposesión”.
Aunque este marco ayuda a iluminar importantes dimensiones del neoliberalismo global, su enfoque incurre en omisiones estratégicas fundamentales desde una óptica marxista revolucionaria. En particular, una lectura desde las concepciones de León Trotsky revela los límites de este análisis: su debilidad programática, su ambigüedad teórica sobre el imperialismo y, sobre todo, su tendencia a sustituir el lugar central de la clase obrera como sujeto revolucionario. En este artículo, confrontamos las ideas de Mandel tal como son presentadas por La Izquierda Diario, a la luz de las concepciones centrales del fundador de la Cuarta Internacional.
Uno de los principales aportes del artículo es la noción de que el capitalismo perpetúa, a través de nuevos mecanismos, las prácticas de desposesión que le dieron origen: confiscación de tierras, saqueo de recursos, imposición de deuda, subordinación colonial. Sin embargo, esta visión presenta un problema teórico central: no distingue entre la fase ascendente y la fase decadente del capitalismo.
Trotsky, en La guerra y la Internacional (1914) y El Programa de Transición (1938), insiste en que el capital, desde comienzos del siglo XX, ha entrado en una época de decadencia histórica, donde ya no puede desarrollar progresivamente las fuerzas productivas. Las guerras mundiales, las crisis permanentes, el ascenso del fascismo y el estancamiento secular son expresiones de esta declinación. En ese marco, la violencia y el despojo ya no son mecanismos “complementarios” del capital, sino esenciales para su supervivencia.
La teoría mandeliana, retomada sin crítica por el artículo, tiende a ver estas formas como una regresión “excepcional”, cuando en realidad son el signo de un sistema agotado, que ya no puede sostener ni siquiera su reproducción básica sin apelar al pillaje, la guerra o la destrucción ecológica masiva.
El texto destaca la persistencia de relaciones de dependencia entre los países semicoloniales y las potencias imperialistas. Pero esta dependencia es descrita en términos casi estructural-funcionalistas: un sistema mundial donde el centro explota a la periferia de forma estable.
Frente a esto, Trotsky elabora la teoría del desarrollo desigual y combinado como forma dialéctica de abordar la realidad del atraso. La coexistencia de formas arcaicas con estructuras modernas, la intervención imperialista, la presencia de capital extranjero, todo ello configura un terreno de enormes contradicciones revolucionarias, no de condena estructural.
Mientras Mandel —y sus herederos— tienden a ver la dependencia como un problema a resolver en el marco de procesos nacionales de desarrollo, Trotsky plantea que solo el proletariado puede resolver las tareas de la revolución democrático-burguesa en los países atrasados, mediante su lucha por el poder. Es decir, la revolución en la periferia no es nacionalista ni etapista, sino internacional y socialista.
El artículo adopta sin matices la noción harveyana de “acumulación por desposesión”, según la cual el capital actual se reproduce más por expropiación (privatizaciones, deuda, renta) que por explotación directa del trabajo. Esta tesis, aunque reveladora, conlleva una consecuencia política peligrosa: el desplazamiento del sujeto revolucionario.
En el pensamiento de Trotsky, la contradicción fundamental del capital sigue siendo la existente entre capital y trabajo asalariado, entre la burguesía y el proletariado. La desposesión puede existir, pero no reemplaza a la plusvalía como mecanismo esencial. El peligro de centrar el análisis en la desposesión es perder de vista a la clase obrera organizada —la única capaz de poner en pie un poder alternativo al del capital.
De hecho, Trotsky advertía contra las formas populistas o socialistas pequeño-burguesas que, al centrarse en el saqueo o en la renta, reemplazan la estrategia revolucionaria de clase por una denuncia moral del sistema. Una izquierda que sustituye la lucha por el poder obrero por el rechazo abstracto a la “desposesión” termina atada a los proyectos reformistas de siempre.
Mercatante incurre en una debilidad común del mandelismo tardío: la crítica sin estrategia. Se analiza el capital global, se denuncia la dependencia, se describe la violencia sistémica pero no se plantea un programa de acción para el proletariado. No hay consignas de poder, ni táctica transicional, ni organización revolucionaria.
Trotsky entendía que el conocimiento teórico sin orientación política concreta es impotente. De ahí su Programa de Transición: un puente entre las necesidades inmediatas de las masas y la toma del poder por los trabajadores. Rechazar la ilusión reformista, pero también la espera mesiánica. Sin partido, sin estrategia, sin combate por el poder, no hay salida para los explotados.
El artículo que comentamos constituye un esfuerzo por revalorizar las herramientas del marxismo para enfrentar al capitalismo contemporáneo. Pero al hacerlo desde una lectura estructuralista, sin sujeto ni programa, pierde de vista la esencia del marxismo revolucionario: la centralidad del proletariado y la necesidad de su organización política independiente.
Ernest Mandel fue una figura importante, pero su legado, como lo demostró la degeneración de la Cuarta Internacional, se apartó del las concepciones del bolchevismo. Hoy, ante la crisis global del capital, la bancarrota del reformismo progresista y el ascenso de nuevos fascismos, volver a Trotsky no es una tarea académica, sino una urgencia histórica.
Frente al capital en descomposición, solo un programa de revolución permanente, internacionalista, obrero y socialista puede ofrecer una perspectiva de emancipación real para la humanidad.
