por Alejandro Valenzuela Torres
El libro Revolución y contrarrevolución en España de Felix Morrow se erige como una de las interpretaciones marxistas más penetrantes y rigurosas sobre el proceso abierto en 1936, no tanto por la vastedad descriptiva de los acontecimientos como por la precisión con que desentraña su lógica interna. Morrow no escribe desde la distancia académica ni desde la nostalgia romántica del pasado heroico, sino desde la inmediatez de una revolución viva, cuyos pulsos, contradicciones y derrotas analiza con la frialdad estratégica de quien comprende que en España se jugaba algo más que el destino de una república periférica: se dirimía el rumbo mismo del siglo XX.
Para el autor, la Revolución española no fue un episodio local ni una mera antesala de la Segunda Guerra Mundial, sino uno de los grandes acontecimientos del siglo, comparable en densidad histórica a 1917. En su lectura, sólo la victoria del proletariado español mediante una revolución social consecuente habría podido detener la marcha hacia la guerra imperialista, quebrando el ascenso del fascismo y abriendo un horizonte socialista internacional capaz de liberar no sólo a los oprimidos de la península, sino también a los trabajadores sometidos por las botas de Mussolini y Hitler y por la burocracia estalinista en la URSS. España aparecía así como el punto de inflexión donde la historia podía haber tomado un curso radicalmente distinto.
Morrow demuestra que esa posibilidad no fue derrotada primordialmente por la fuerza militar franquista, sino por la acción concertada —aunque diversamente articulada— de las direcciones de la izquierda. Socialdemócratas, republicanos burgueses, estalinistas, anarquistas e incluso el POUM, cada uno desde su propio lenguaje y tradición, convergieron objetivamente en la tarea de sofocar la revolución en nombre de una supuesta defensa de la “democracia” o de la “unidad antifascista”. La política del Frente Popular aparece en su análisis como el eje de esta claudicación histórica: al subordinar el impulso revolucionario de las masas a la preservación del Estado burgués, selló la suerte de la guerra y transformó una insurrección proletaria en una lenta agonía militar.
Especial gravedad reviste, en su interpretación, el papel del estalinismo, convertido en agente directo de la contrarrevolución. Lejos de limitarse a errores tácticos, Morrow expone cómo la política de Moscú operó sistemáticamente para liquidar organismos de poder obrero, desarmar a las milicias, restaurar la autoridad estatal y aplastar físicamente a las corrientes revolucionarias independientes. La derrota de 1939 no sería, entonces, un desenlace inevitable, sino la consecuencia histórica de esa traición múltiple que clausuró la única salida progresiva frente al fascismo y precipitó al mundo en la catástrofe de la guerra mundial.
Leído hoy, este libro no sólo conserva una vigencia teórica excepcional, sino que interpela con particular fuerza a los jóvenes activistas chilenos. El proceso español guarda vasos comunicantes profundos con nuestra propia experiencia histórica, especialmente en lo que concierne al rol del estalinismo como factor de contención, desvío y aplastamiento de las energías revolucionarias. Morrow no ofrece consuelo ni épica vacía: ofrece lecciones. Invita a comprender que sin una dirección revolucionaria independiente, sin un programa claro y sin la ruptura consciente con todas las formas de colaboración de clases, las revoluciones no mueren por fatiga, sino por asesinato político. Por ello, su lectura no es un acto erudito ni una curiosidad historiográfica: es una necesidad para quienes buscan dotar de sentido estratégico las luchas del presente.
