Realismo delictual, la parodia literaria de Chile

por Edmundo Moure

Setecientas setenta y siete mil páginas se le atribuyen al inefable Luis Hermosilla, refiriéndose a sus chats, como si fuesen folios de literatura mágica. La cifra es desmesurada; si fuese real, el leguleyo de marras habría superado a Cervantes y a Shakespeare juntos; ni hablar de José Santos González Vera o de Luis Sánchez Latorre, escuetos próceres de nuestra literatura nacional, que escribieron poco, pero bueno.

La extensa y poderosa red de corrupción nos deja atónitos, aunque sea más de lo mismo, repitiéndose como pesadilla nacional, en esta patria ultrajada por sus 500 dueños, también por burócratas palaciegos y nuevo-ricos al acecho de acceder a la cima del consumo refinado, confundiendo la elegancia con los precios de residencias, automóviles de «alta gama» o lencerías de dólar por centímetro cuadrado.

También segundones y terceristas arrimados al brasero que más calienta, acechando la oportunidad aleve del zarpazo, que si hay para unos, habrá para otros. Aquí, la oportunidad no es la falacia capitalista de «crear chances suficientes para que el mercado dé lo suyo, regule y reparta», sino de la rapacería en el escritorio vecino, obtenida por la delación apropiada, la información como privilegio del audaz.

Ahora mismo, todos los medios de información (con prefijo «des»), dan cuenta de hallazgos exclusivos y de diálogos sorprendentes entre el mentado Hermosilla y viejos y nuevos prohombres, entre los cuales sobresalen los de la caterva derechista, aquella de la que nos previno, hace un siglo, Alessandri Palma, llamándola «canalla dorada», aunque iba él mismo a prohijar cuervos de parecida calaña (exceptuando, quizá, a don Jorge, benefactor nuestro de la Casa de Simpson 7).

Todo este escándalo a medias, pues no tendrá ni contrición ni pena, servido a la carta de un burdo sensacionalismo, método eficaz de la masiva entretención, tan impactante o sonada como efímera en su imposible resultado ético y penal.

Sí, porque a muy pocos, en este país, les preocupa la enorme trascendencia moral de lo sucedido, la gravedad demoledora de una red de corrupción que va más allá de puntuales delitos o transgresiones, puesto que significa el desplome de los valores esenciales de la República, concebida como una auténtica democracia representativa, al estilo de don Pedro Aguirre Cerda (que en la paz del olvido descanse).

El nuevo Sansón Carrasco

Así pues, sigue siendo más urgente conocer los delitos y crímenes callejeros del calendario establecido por los poderes fácticos, con el objeto de distraer y desvirtuar las verdaderas cuestiones de la vida social, de esta alicaída res pública, el quiebre de toda seguridad posible en la existencia esforzada y menesterosa de la inmensa mayoría. Sigue siendo más importante conocer los detalles morbosos que despliega la crónica roja, televisiva y radial, en torno a la delincuencia callejera.

El carterista, el monrero, el motochorro y el sicario, el cogotero de la esquina y el micro traficante, constituyen el problema de la «seguridad nacional»; debiéramos agregar al «terrorista» de la Araucanía y al migrante ilegal del norte grande.

Mientras tanto, en las altas esferas, en el seno de la casa patronal donde se deciden y determinan nuestros destinos de inermes ciudadanos, la prevaricación y el latrocinio, la estafa pública y privada, campean a sus anchas desde la mesa del banquete donde se reparten las prebendas los mismos de siempre, cuyos nombres se repiten hasta la saciedad, epónimos delictuales que, de seguro, se ratificaron en nuevas elecciones; no olvidar la reelección del inefable pillo entre pillos: Sebastián Piñera Echenique.

Modestamente orgulloso me sentí al reunir en un archivo virtual el millar y medio de crónicas escritas. Por mí y por Micaela Souto; no es poco, aunque no tiene comparación con lo escrito por el primero entre todos los cronistas, Joaquín Edwards Bello.

El punto es que Luis Hermosilla resulta inemulable, mientras abre un espacio nuevo, podríamos decir un género inédito, de enormes proyecciones, sí, el mail literario. Imagínense ustedes el campo que se proyecta, vasto como la pampa argentina, inabarcable como la tundra rusa, a los futuros académicos. Licenciatura, magíster, doctorado en mails literarios; un equivalente comparativo de la música como lo sería el reguetón al rock.

Tendríamos el mail poético, el mail narrativo, el mail ensayístico, el mail introspectivo, el mail testimonial, el panfletario y el de denuncia, el mail memorioso y de diario íntimo. Así, las jóvenes generaciones de escribas —siguiendo el consejo cutre de Pablo Simonetti— prescindirían con propiedad de la lectura del Ingenioso Hidalgo.. y de todo paradigma informado.

Sí, porque Luis Hermosilla es el nuevo Sansón Carrasco en estas historias de caballerías sin caballeros ni doncellas puras: «La razón de la sinrazón… etcétera». Autor y personaje, el exitoso tinterillo del poder posee, además, el don de la ubicuidad. En este mismísimo instante pudiera estar grabándome estas palabras escépticas y desencantadas, cuando: «llevo sobre mi vida el deseo que tengo de vivir».

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