Clorindo Testa de Mariano Llinás: esta no es una película sobre Clorindo Testa

por Julia Gaitano

Mariano Llinás es un cineasta al que no parecen gustarle especialmente las etiquetas. Sus proyectos suelen rehuir de ellas, como un gato que se te retuerce en las manos para que lo dejes ir. El argentino propone filmes más abiertos, películas que fluyen hasta encontrar su forma final, sea esta la que sea, dure esta lo que dure. Eso normalmente acaba significando que sean metrajes más largos que la media a la que estamos acostumbradas. En Clorindo Testa encontramos a un Mariano Llinás de duración más asequible: apenas 100 minutos, una propuesta bastante ligera, si la ponemos al lado de los 245 minutos de Historias extraordinarias (2008) o de los ¡808 minutos! de la descomunal La flor (2018). En cierta manera, también el formato y la forma de presentarse esta vez también es más accesible. Si bien sigue esquivando clasificaciones generalistas, al menos en esta ocasión es una decisión que forma parte del discurso evidente, lo cual lo convierte en un hilarante asunto diegético. Llinás presta su propia figura como personaje central, la del director realizando la misma película que estamos viendo. De hecho, el tema recurrente en Clorindo Testa es lo que la propia película es y lo que, bajo ningún concepto es.

¿Qué no es, entonces? Bajo ningún concepto es una película sobre su padre, Julio Llinás. Bajo ningún concepto, como marca y remarca en cámara el propio Llinás. Tampoco es una película sobre Clorindo Testa, el reputado arquitecto y artista argentino. ¿Y qué sí es? Fácil: es una película sobre un librito titulado Clorindo Testa que, coincidentemente, trata sobre el arquitecto en su faceta pictórica y que, también coincidentemente, escribió el padre del director. Estas máximas son los pilares discursivos sobre los cuales se alza el filme, al menos de forma aparente. Todo este empecinamiento no le sirve de demasiado al cineasta, ya que durante toda la cinta no hará más que llevarse la contraria a sí mismo y luchar contra sus propias normas. Sin éxito, cabe añadir. Pero existe una simpatía particular, una especie de complicidad que se establece entre público y autor cuando tenemos una pieza metacinematográfica delante. Y en Clorindo Testa, en realidad, lo que estamos viendo es una película sobre la propia película. Los procesos de guion, rodaje y montaje son las escenas; la fundación que le propone hacer una película sobre Testa, el equipo de rodaje o el montador, los personajes en su propio filme.

Todo es un collage de paseos, edificios, charlas con su madre, con su pareja (Laura Paredes, renombrada actriz), con gente del equipo, las perspectivas de estos sobre el proyecto. Y, en algún lugar de este embrollo, de este ir y venir, hacia adelante y hacia atrás, de las discusiones consigo mismo y con los demás sobre lo que se está realizando… se encuentra «Clorindo Testa: la película». Esa que, sí, trata sobre Clorindo Testa, pero en especial sobre Julio Llinás, mal que le pese al director/protagonista. Y también trata sobre él mismo, su familia y sus recuerdos, tanto del padre como de Clorindo, amigo íntimo del clan Llinás. Con esta propuesta, una espectadora «tipo», pongamos alguien ajeno a la cultura argentina, a la importancia de estas figuras a nivel nacional y artístico puede llegar a captar una idea aproximada de su magnitud. Siempre desde la ligereza, el guiño confidente y la rapidez e ingenio de un cineasta trascendental en el cine de autor actual. La experiencia de visionado, así, se convierte en un entrañable (y también crítico) chapuzón por la Argentina del pasado siglo a través de las vivencias y testimonios tanto de quienes estuvieron como de quienes atesoran sus vestigios. Nos invita a entender, desde la no reverencia al discurso oficial, el valor de unos testimonios personales. Dejar una huella con su mirada característica de lo que fue su padre en una reflexión que desemboca, inevitablemente, en su hijo, al que invitará a formar parte del desenlace, si es que una película descarada y descocada como ésta puede tener algo parecido. El juego que propone el cineasta con su enfática voz en off es justamente para que su audiencia encuentre, en medio del ruido y las anécdotas, la película.

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