Rasputín en La Casa Blanca: ¿cómo llegó este demente al poder?

por Eric London y David North

Desde el inicio de la pandemia de coronavirus, el mundo se ha acostumbrado a ruedas de prensa diarias en la Casa Blanca en que un Donald Trump con el ceño fruncido demuestra su impactante ignorancia y promueve curanderismo, mientras los expertos médicos contradicen sus justificaciones disparatadas y anticientíficas de un rápido regreso al trabajo.

Pero incluso estos espectáculos diarios no hubieran podido preparar al público para el espectáculo de Trump el jueves, cuando el mandatario llamó a los estadounidenses a inyectarse desinfectante e insertar luces ultravioletas en sus piernas, medidas que matarían a los desafortunados que acataran sus consejos.

Trump continuó: “Así que, suponiendo que impactemos el cuerpo con una tremenda luz ultravioleta o bien una muy poderosa y creo que dijiste que eso nunca se ha revisado por las pruebas. Y luego dije, supongamos que introdujiste la luz en el cuerpo, que se puede lograr por medio de la piel o alguna otra forma y creo que dijiste que también vas a probar eso”.

Tales declaraciones provocaron una avalancha de denuncias por parte de profesionales médicos atónicos. La empresa productora de desinfectantes Lysol se vio obligada a contradecir públicamente al presidente emitiendo una declaración que señala, “Tenemos que ser claros en que nuestros productos de desinfectantes no se pueden administrados en ninguna circunstancia en el cuerpo humano”.

En semanas recientes, Trump ha dicho que su instinto “visceral” le dijo que la pandemia se acabaría en abril, que no es peor que la gripe y que el medicamento hidroxicloroquina —que produce un amigo que lucraría de la recomendación del presidente— curaría el virus, a pesar de las advertencias de la Administración de Alimentos y Medicamentos de que aumentaría las muertes.

Es fácil señalar que tales declaraciones expresan el pasmoso retraso y la insensible indiferencia de Trump hacia las vidas humanas.

Pero, lo que aún hace falta explicar es: ¿cómo llegó este grotesco sociópata a ocupar la Casa Blanca y qué revela esta sórdida Presidencia sobre el estado del sistema político estadounidense?

Una característica de un sistema político condenado, como tan frecuentemente han aparecido en la historia, es la promoción de una personalidad especialmente despreciable e incluso depravada a una posición alta en el Estado, frecuentemente como asesor clave al mandatario. Tales individuos frecuentemente se vuelven el foco del enojo público.

Uno de los ejemplos más famosos del siglo veinte fue Grigori Rasputín, el “monje loco” que ejerció una inmensa influencia en el zar ruso Nicolás II y la zarina Alejandra. Un ladrón de caballos y violador, Rasputín se volvió el asesor de confianza e indispensable de la pareja real, en parte por la afirmación de que podía tratar a su hijo hemofílico por medio de encantos religiosos, la invocación de espíritus y su temerosa mirada. El zar y la zarina nunca tomaron decisiones importantes sin antes consultar a su corrupto y licencioso “amigo”.

Por temor de que la influencia de Rasputín llevaría al régimen al desastre, un grupo de disgustados nobles llevó a cabo el asesinato macabro del “amigo” en diciembre de 1916. Su acción no pudo prevenir la revolución, que iniciaría dos meses después.

El “rasputinismo” se introdujo en la jerga política para describir un nivel obsceno de corrupción y decadencia estatal. En La historia de la Revolución rusa, León Trotsky recuerda que este extraño episodio en los últimos años de la autocracia rusa en crisis, “adquirió el carácter de una pesadilla repugnante que había descendido sobre el país”.

Trotsky continuó: “Si por hooliganismo entendemos la expresión extrema de los elementos antisociales y parasíticos al fondo de la sociedad, podríamos definir el rasputinismo como el hooliganismo coronado en su cúspide”.

Un siglo después de su versión oficial, ha aparecido una forma de rasputinismo en EE. UU. Pero el Rasputín estadounidense no es el asesor del presidente. Es el propio presidente, un canalla vil y degenerado social incapaz de formular una oración coherente, ni hablar de un argumento lógico, ¡con el mayor cargo del Estado estadounidense!

Trump encarna a un oligarca cuya riqueza deriva de un nivel de parasitismo indistinguible de la criminalidad. Su matonismo, retraso cultural y desdeño hacia la gente ordinaria representa las actitudes y prácticas de los enjambres de banqueros, inversores milmillonarios, capitalistas buitres, administradores de fondos de inversión, vaciadores de activos, estafadores de bienes raíces y magnates de la prensa que controlan ambos partidos políticos y las tres ramas del Gobierno

Estados Unidos se haya actualmente en medio de una crisis cuyas dimensiones no tienen paralelo, y el Gobierno está en manos de una persona que le dice a la población que se inyecte cloro en las venas.

En el periodo de su auge histórico, la burguesía estadounidense pudo producir a Abraham Lincoln, quien encarnó los valores democráticos de la Revolución estadounidense y maneó el país a través de la guerra civil. En la gran crisis siguiente, la Gran Depresión, Franklin Delano Roosevelt fue capaz de hablar seriamente sobre cuestiones sociales, como “FDR” lo hizo en sus “pláticas junto a la chimenea”, y apeló a los sentimientos democráticos de las masas populares.

Hoy día, las décadas de declive económico en EE. UU. borraron cualquier sector de la clase gobernante que defienda las tradiciones democráticas del país. El capitalismo estadounidense encuentra su arquetipo en la personalidad de Trump. Eso no significa que a todos los capitalistas estadounidenses les guste lo que ven, pero verse en el espejo no siempre es una experiencia placentera. En el análisis final, Trump es “su hombre”. Deben aceptarlo como es.

Con franqueza, ¿qué uso tendría para Wall Street un hombre de ciencia y alta cultura en la Casa Blanca? Los intereses de los bancos y las corporaciones no los atendería un enfoque científicamente informado ante la pandemia. Las fábricas deben reabrirse. Se necesita extraer ganancias de la clase obrera. Se deben hipotecas, rentas e intereses mensuales y se deben pagar. El Dr. Anthony Fauci y sus colegas epidemiólogos, con sus prolongados jeremiadas sobre el peligro de la actual y una segunda ola de la pandemia, están comenzando a enfadar a la patronal estadounidense.

En menos de 24 horas desde la declaración de Trump sobre inyectarse desinfectante y utilizar luz ultraviolenta “dentro del cuerpo”, falleció la persona 50.000 por el virus en EE. UU. Mientras varios estados apresuraban el retorno al trabajo, el 23 de abril casi marcó un récord en nuevos casos positivos en el país. Las Naciones Unidas está preparándose para hambrunas que amenazan cientos de millones en África, Asia y América Latina.

Pese a que Trump sea más descarado que sus contrapartes en Europa y el resto del mundo, el presidente estadounidense refleja el punto de vista de toda la élite gobernante a nivel global.

En Alemania, Angela Merkel está reabriendo el país enviando a la clase obrera de vuelta a sus trabajos, indiferente hacia la evidencia de que esto generará otra ola de muertes. Lo mismo ocurre en España, Reino Unido, Francia y otras partes. En América Latina, la postura de la clase gobernante se resume en la respuesta del presidente derechista de Brasil, Jair Bolsonaro, y el supuesto izquierdista en México, Andrés Manuel López Obrador, quienes han afirmado que Dios protegerá a sus respectivas poblaciones del virus.

Si la sociedad fue dirigida de manera racional y democrática, con base en políticas socialistas, una masiva intervención globalmente planificada y científicamente guiada podría derrotar la pandemia y salvar millones de vidas. La pandemia es una realidad biológica, pero la respuesta a este fenómeno está supeditada a los intereses de clase que dominen la sociedad. La letalidad de la pandemia depende menos del ARN del virus que de las prioridades económicas y sociales de la clase capitalista.

En el análisis final, la lucha contra la pandemia es inseparable de la lucha por transferir el poder a la clase obrera y establecer el socialismo.

(Tomado de WSWS)

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