¿Qué significa el resurgimiento de los Panteras Negras en EEUU?

por Alejandro Valenzuela Torres

La muerte de Renee Nicole Good el 7 de enero de 2026 detonó protestas nacionales contra el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) en Estados Unidos. En Filadelfia, este contexto derivó en la reaparición pública del Partido Pantera Negra para la Autodefensa, que un día después del homicidio se manifestó frente al Ayuntamiento portando armas de fuego —de manera que afirman legal— y realizando acciones sociales como la entrega de comida a familias vulnerables. La presencia del grupo generó apoyo en sectores comunitarios y, al mismo tiempo, advertencias de especialistas sobre el riesgo de una escalada violenta.

El liderazgo del movimiento recae en Paul Birdsong, nacido en 1986, quien se radicalizó políticamente tras el asesinato de George Floyd en 2020. Birdsong se presenta como presidente nacional del colectivo, asegura contar con mentoría de sobrevivientes del movimiento original y adscribe a una tradición de Poder Negro, nacionalismo negro y antiimperialismo. El grupo —con menos de cien miembros activos— combina una estética armada y disciplinada con programas comunitarios inspirados en las Panteras históricas.

El resurgimiento de grupos que hoy se reivindican como Panteras Negras en distintas ciudades de Estados Unidos no puede leerse como un gesto folclórico ni como una nostalgia identitaria. Es, antes que nada, un síntoma histórico. En un contexto marcado por la radicalización autoritaria del Estado imperial, por la ofensiva xenófoba y policial impulsada abiertamente por Donald Trump y por la normalización de la violencia racista bajo ropajes legales —encarnada hoy en agencias como ICE— reaparece, de manera casi necesaria, la pregunta por la autodefensa de los oprimidos y por la forma en que esta puede articularse con una estrategia revolucionaria de conjunto. No se trata de una irrupción espontánea ni de una moda militante, sino de la reaparición de una experiencia histórica que el capital nunca logró clausurar del todo: la del Black Panther Party como intento concreto de ligar raza, clase, poder y organización revolucionaria en el corazón mismo del imperialismo.

Las Panteras Negras nacieron en 1966 en Oakland, cuando el ciclo de expansión capitalista de posguerra comenzaba a mostrar signos claros de agotamiento y la violencia policial funcionaba como mecanismo cotidiano de disciplinamiento de una población racializada y superexplotada. Desde una perspectiva materialista, su emergencia no fue la respuesta a un “exceso” del sistema, sino la reacción orgánica de un sector específico de la clase trabajadora frente a una forma particular de dominación capitalista. El racismo no aparecía como una desviación moral del orden estadounidense, sino como una tecnología de poder funcional a la reproducción del capital. De allí la importancia del desplazamiento teórico contenido en la reformulación del tercer punto de su Programa de Diez Puntos: ya no se trataba de terminar con el robo del “hombre blanco”, sino con el robo del capitalista. En esa corrección se condensaba una comprensión decisiva: la opresión racial no podía ser abolida sin una confrontación directa con las relaciones de producción capitalistas.

La originalidad del Partido Pantera Negra residió en haber combinado, sin concesiones liberales, la autodefensa armada con los llamados survival programs, particularmente el programa de desayunos populares. Lejos de constituir una política asistencial, estas prácticas revelaban el núcleo político del proyecto pantera: demostrar en la práctica que la clase oprimida podía organizar la reproducción material de la vida allí donde el Estado capitalista solo ofrecía represión, abandono o caridad disciplinaria. El desayuno caliente, la clínica comunitaria o el acompañamiento legal no eran fines en sí mismos, sino momentos de una pedagogía revolucionaria que disputaba legitimidad al orden burgués y preparaba subjetividades para el enfrentamiento político. La autodefensa no se agotaba en el control armado de la policía, sino que se desplegaba como defensa integral de la vida proletaria frente a un Estado que operaba como fuerza de ocupación interna.

Desde el marxismo, esta experiencia no puede ser idealizada sin mediaciones críticas. Las elaboraciones de Huey P. Newton y Eldridge Cleaver sobre la estructura de clases en Estados Unidos —en particular la distinción entre una “clase obrera de la metrópoli” y una “clase obrera de la colonia negra”— daban cuenta de una realidad objetiva: la fragmentación racial del proletariado y la integración reformista de amplios sectores sindicalizados al bloque de poder burgués. Sin embargo, al privilegiar al lumpenproletariado racializado como sujeto revolucionario central, las Panteras tendieron a desplazar la lucha del terreno de la producción al de la calle, limitando su capacidad de articular una estrategia de poder capaz de abarcar al conjunto de la clase trabajadora. Esa tensión —entre la lucidez del diagnóstico y los límites de la estrategia— no invalida su legado, pero obliga a leerlo como experiencia histórica situada y no como modelo cerrado.

Es precisamente esta lectura materialista la que permite comprender por qué hoy, frente a la ofensiva antimigrante, el endurecimiento penal y la reconfiguración bonapartista del poder estadounidense, reaparecen grupos que invocan explícitamente la tradición pantera. La persecución sistemática de trabajadores migrantes, la militarización de los barrios pobres y la legitimación política del racismo recrean las condiciones sociales que hicieron posible al Partido Pantera Negra. Que estas expresiones sean fragmentarias, heterogéneas o incluso contradictorias no altera el dato fundamental: cuando el capital avanza en su fase de endurecimiento autoritario, la autodefensa de clase reaparece como necesidad objetiva. El Estado no se presenta como árbitro neutral, sino como instrumento directo de la dominación burguesa, y frente a él la pasividad equivale a la derrota anticipada.

Desde una perspectiva marxista revolucionaria, la tarea no consiste en fetichizar la autodefensa ni en reducirla a una estética militante, sino en inscribirla en una estrategia insurreccional orientada a la conquista del poder. La autodefensa es legítima y necesaria en tanto expresión de la violencia defensiva de los oprimidos frente a la violencia estructural del capital y su Estado, pero solo adquiere sentido histórico si se articula con la organización consciente de la clase obrera como sujeto político independiente. La experiencia de las Panteras demuestra que la organización comunitaria puede disputar hegemonía, pero también que sin una inserción orgánica en los procesos productivos y sin una dirección revolucionaria capaz de unificar al proletariado más allá de sus fragmentaciones raciales, el poder burgués encuentra vías para neutralizar, cooptar o aplastar esas experiencias.

Hoy, frente a la ofensiva reaccionaria encabezada por Trump y continuada por el conjunto del aparato estatal, la lección pantera conserva plena vigencia en un punto decisivo: los explotados no pueden delegar su defensa ni su emancipación en instituciones diseñadas para garantizar su sometimiento.

En esa misma perspectiva histórica, resulta ineludible reivindicar y someter a balance crítico la experiencia de autodefensa desarrollada en Chile por la Primera Línea durante la revuelta popular. Allí, frente a la violencia sistemática del Estado, emergieron formas embrionarias de defensa colectiva que no fueron un desborde irracional, sino la respuesta legítima de un pueblo trabajador abandonado por las instituciones y traicionado por sus direcciones políticas tradicionales. Sin embargo, esa experiencia —heroica y genuina— quedó atrapada en los límites de la espontaneidad y del aislamiento estratégico.

La tarea que se impone hoy no es la repetición fetichizada de esas formas, sino su superación consciente: rescatar su contenido clasista y combativo para integrarlo en un proyecto político superior, orientado a la construcción de una nueva dirección revolucionaria de los trabajadores, capaz de articular autodefensa, organización de masas e insurrección como momentos de una misma estrategia de poder. Solo así la violencia defensiva de los oprimidos dejará de ser un acto episódico para convertirse en fuerza histórica organizada al servicio de la revolución social.

La clase obrera —en toda su diversidad racial, nacional y cultural, en Chile, en EEUU y en cualquier lugar del mundo— debe asumir tareas orgánicas de autodefensa, romper con el legalismo paralizante y construir una política insurreccional orientada a la revolución social. No como gesto voluntarista, sino como respuesta necesaria a un capitalismo que solo puede gobernar profundizando la violencia. En ese sentido, el retorno de las Panteras no anuncia un pasado que vuelve, sino un futuro que insiste en abrirse paso: el de la lucha de clases en su forma más descarnada, allí donde el imperialismo creía haberla sofocado para siempre.