Perry Anderson: ¿UKania perpetua? La crisis capitalista en el Reino Unido

Hace seis décadas –esto es, tres generaciones– esta revista presentó un conjunto de argumentos sobre la sociedad y el Estado británicos peculiares y controvertidos en aquel momento y que han seguido siéndolo desde entonces . ¿Qué relación tienen, en su caso, con la coyuntura actual, que suele calificarse como un punto de inflexión en la historia del país? Para hacernos una idea de la cuestión, puede ser útil resumir brevemente las tesis originales esbozadas en la nlr a principios de la década de 1960 y sus resultados. Su novedad radicaba tanto en sus afirmaciones sustantivas, sobre las que se ha centrado principalmente el debate, como en sus pre- ocupaciones formales, que las distinguió de las formas de pensar sobre el Reino Unido habituales entre la izquierda y en otros ámbitos en aque- llos años. Cuatro características del planteamiento de la revista sobre el país eran nuevas, ya que este apuntaba a una totalización (natural- mente, esquemática) de su objeto, es decir, a una caracterización de las principales estructuras y agentes en juego, más que a una exploración de elementos parciales del mismo; trataba de situar el presente en una perspectiva histórica mucho más amplia que la habitual en los análi- sis políticos al uso; optaba por un marco analítico decididamente teórico, basándose en recursos entonces poco conocidos del marxismo continental, principalmente gramsciano; y, finalmente, impugnaba los hábitos típicos del socialpatriotismo, de izquierda o de derecha, folclórico o historiográfico, característico de la época. 

Las tesis iniciales de la nlr respondían a una sensación creciente de crisis en Gran Bretaña. Aquella coyuntura comprendía una conciencia progresiva del declive económico en relación con los competidores capi- talistas de otros países; el descrédito popular, en medio de escándalos y divisiones, del régimen político conservador de la época, que culminó en la transición de Macmillan a Douglas-Home (1963); la humillación nacional por no haber conseguido entrar al Mercado Común por el veto de Francia; y el descontento generalizado y el escarnio provocados por el orden social jerárquico que había gestionado esas calamidades. La nove- dad de las tesis de la nlr consistió en ubicar la explicación de esa crisis en la peculiar configuración de clases de Inglaterra desarrollada desde finales del siglo xvii hasta finales del xix y en las instituciones e ideo- logías legadas al siglo xx. A continuación, se presentan condensados telegráficamente los puntos principales de esa explicación y lo que se deducía de ella. La presentación resume alrededor de cincuenta artícu- los escritos por los editores de la revista en aquellos años considerados como los más significativos pero la exposición es selectiva y no distingue entre las firmas individuales más allá de indicarlas, aunque sus acentos y perspectivas eran por supuesto variados. Allí donde surgieron diferen- cias notables, a veces en las posiciones adoptadas por un mismo autor a lo largo del tiempo, se mencionan en la conclusión. 

i. tesis 

1. Un capitalismo agrario muy próspero, controlado por grandes terra- tenientes, precedió durante mucho tiempo la llegada del capitalismo industrial a Gran Bretaña, que durante la década de 1690 colocó a una clase dominante aristocrática, flanqueada por el capital mercantil, a la cabeza de un Estado modelado a su imagen, el cual consiguió adquirir el mayor imperio del mundo mucho antes del surgimiento de una clase industrial dotada de algún peso político. La revolución industrial del siglo xix generó precisamente esa burguesía, pero al no tener que rom- per cadenas feudales que la trabaran, ni poseer la riqueza o experiencia política de la aristocracia agraria, la clase industrial se conformó con una posición subordinada en el bloque dominante, sellada por la reforma de 1832, sin generar ambición ni ideología hegemónica propias. Ideológicamente hablando, la economía política clásica era perfecta- mente aceptable por la clase terrateniente, dejando sólo el utilitarismo como una cosmovisión reducida de sello específicamente burgués. Una poderosa motivación adicional para esa abdicación fue el temor al pri- mer proletariado industrial del mundo, que durante aproximadamente tres décadas protagonizó una sucesión de levantamientos tanto contra la burguesía, como contra el Estado terrateniente2. 

2. Con el aplastamiento del cartismo, no obstante, y la posterior recom- posición de la clase trabajadora, tales rebeliones se apagaron, dando paso en la segunda mitad del siglo xix a un sindicalismo en general medrosamente respetable y en gran medida apolítico, subordinado al orden establecido como lo estaba la burguesía. Tampoco surgieron intelectuales rebeldes capaces de desafiar la fusión de tradicionalismo y empirismo que constituía la norma cultural de la época. Cuando final- mente en 1906, excepcionalmente tarde según los cánones europeos, la clase obrera produjo su propia expresión política en el Partido Laborista, la formación resultante quedó dominada organizativamente por el voto en bloque de los sindicatos que crearon el partido para promover sus objetivos económicos, e ideológicamente por una variante heredada del utilitarismo conocida como fabianismo, combinada con un moralismo cristiano enraizado en la baja iglesia. El Partido Laborista, en absoluto ame- nazante para el Estado o el capital, se convirtió en el segundo partido del sistema político británico una vez que el Partido Conservador –siguiendo la lógica del mando aristocrático más que burgués del bloque dominante– se deshizo de los liberales después de la Primera Guerra Mundial. 

3. Después de dos breves fiascos en el gobierno durante el periodo de entreguerras y una asociación tranquilizadora con los conservadores y lo que quedaba de los liberales durante la Segunda Guerra Mundial, el Partido Laborista formó finalmente un gobierno con una gran mayoría parlamentaria en 1945. Durante seis años administró el Estado británico sin modificar su constitución o alterar significativamente su molde impe- rial, contentándose con las políticas de bienestar social –la creación del Servicio Nacional de Salud fue su principal logro– y la nacionalización de industrias deficitarias, sin efectuar ninguna intrusión estructural, ya fuera en su dirección o en las prerrogativas del capital. El regreso al gobierno de los conservadores bajo un cuarteto de gobernantes de clá- sico origen aristocrático, dejó intactas las reformas laboristas en materia de bienestar social. Pero el gobierno tory se demostró igualmente inefi- caz a la hora de frenar el declive económico competitivo del país, que se remontaba a su primera base industrial de baja tecnología, y que se había visto agravado por los golpes propinados por las dos guerras mundiales a la posición global de Gran Bretaña, cuyas sendas victorias nominales en las mismas preservaron más que destruyeron los arcaís- mos acumulados. Para que el bloque dominante pudiera preservar su hegemonía habría tenido que transformarse, reasumiendo nuevamente la obra inconclusa de 1640 y 1832. Si el Partido Laborista, bajo una nueva dirección recién asumida por Wilson llegara al poder en su lugar, ello no significaría ninguna transformación socialista del país, ya que no era un partido socialista. ¿Significaba ello que, por consiguiente, se convertiría en albacea de la reforma y de la reestabilización burguesa de la economía y la sociedad británicas o podría promover posibilidades más explosivas? 

Wilson 

4. Al llegar el Partido Laborista con Wilson al gobierno, cualquier pers- pectiva de ese resultado alternativo se desvaneció. Al cabo de seis meses la revista pudo escribir su obituario3. Frente a su primera prueba con el capital –una crisis de la libra esterlina cuando esta se hundió al iniciar su gobierno–, Wilson se apresuró a apaciguar a la City apoyando la moneda mediante un préstamo internacional y una contracción deflacionaria, prosiguiendo ininterrumpidamente las prioridades del pasado imperial. Además, de acuerdo con la premisa de posguerra ahora establecida de estas, el Partido Laborista seguía sirviendo en todo el mundo como ayudante de campo de Washington, justo cuando se intensificaba la guerra en Vietnam, mientras proseguía sus propias operaciones coloniales en Asia y otros luga- res. En tales condiciones, en otro intento fallido de apuntalar el capitalismo británico frente al declive competitivo, el principal objetivo doméstico de Wilson iba a ser el intento de acabar con la militancia sindical en el país, lo cual preparó el escenario para la turbulencia política característica de los seis años siguientes: el inicio y aplastamiento de la huelga de los marineros, la irrupción de revueltas estudiantiles, el estallido de la rebelión católica en el Ulster, el surgimiento del neonacionalismo en Escocia y la aparición de los primeros indicios de racismo popular en Inglaterra. 

5. La revista respondió a esta intensificación de la crisis en tres sentidos. Saludando el cambio de actitud de los sindicatos, que por primera vez hacían frente directamente al partido que ellos mismos habían creado originalmente, en una rebelión tardía contra la sociedad profundamente desigual que ahora gobernaba el Partido Laborista, la nlr preparó un volumen especial de Penguin sobre el aumento de los conflictos obreros, criticando la represión de Wilson contra la larga y amarga lucha de los marineros y dando la bienvenida a la captura por la izquierda del gran Engineering Union de la época, hasta entonces bastión de la derecha, sin dejar de señalar los límites estructurales de cualquier militancia sindical carente de una organización política que la apoye4. Simultáneamente, surfeando la ola que llevó a las corrientes de la «nueva izquierda» de fina- les de la década de 19505 a las aguas mucho más amplias de la «revolución cultural» de la de 1960, y apoyándose en la preocupación sistemática de Gramsci, única entre los pensadores de la Tercera Internacional, por el papel de los intelectuales en la organización del consentimiento social, la revista produjo otro Penguin Special sobre la revuelta estudiantil de 1967-1968, entendida como el comienzo de una radicalización de la última generación de intelectuales británicos6. Para ayudar a esa revuelta, la nlr trazó un mapa del conformismo predominante en la cultura nacio- nal de posguerra en los campos de las ciencias sociales y las humanidades, rastreando su grado de dependencia de los emigrados blancos del campo conservador y enfatizando la ausencia en Gran Bretaña de una sociología clásica o un marxismo autóctono: una miopía dual que impedía cualquier comprensión crítica de la totalidad de la sociedad insular contra la que debía apuntar la iconoclastia de los campus7. 

6. Mientras tanto, el Partido Nacional Escocés (snp) había derrotado a los laboristas en una repentina e inesperada victoria en unas elec- ciones parciales escocesas que dieron al partido su primer escaño en Westminster desde la guerra. Visto desde fuera, ello podía entenderse como una bienvenida premonición de un posible desmembramiento futuro del Estado imperial británico, pero contemplado desde dentro, el snp no había escapado a las deformaciones heredadas del nacio- nalismo escocés –sus «tres sueños»– separadas de las realidades que pretendían representar y respecto a las cuales se requería un análisis histórico cáustico para liberarlo: primero las fijaciones del calvinismo, luego las ilusiones del romanticismo y, por último, los autoengaños de la creencia en que la Escocia moderna era una sociedad colonizada, más que un socio entusiasta en un vasto imperio colonial. Un sano nacio- nalismo escocés, necesariamente socialista, tendría que ajustar cuentas con estos invalidantes legados oníricos del pasado8. ¿Y qué decir enton- ces de Inglaterra? Una radiografía de la producción literaria de Enoch Powell, poética y dirigida al debate público, ponía al descubierto las for- mas en que podía precipitar el nacionalismo inglés latente, nunca de carácter popular dado que las masas habían jugado un papel exiguo en la creación del Estado imperial británico subyacente, las cuales podían adquirirun carácter más agresivo en condiciones de crisis del sistema9. Una vez que los anticuados tropos de la clase media rural del «periodo georgiano» fueron desplazados por crudos llamamientos al racismo antiinmigrante, quedaron sembradas las semillas de formas radicales de reacción, aunque –tratándose de Gran Bretaña– asumieran sin duda una apariencia exteriormente tradicional. 

Heath 

7. En 1970 Wilson, tras incumplir una promesa tras otra y dejar la economía poco mejor que cuando asumió el cargo, fue sucedido por Heath, que partía en una dirección muy diferente. Abandonando los gestos formales del dirigismo para dejar que los mercados siguieran su curso, el nuevo gobierno conservador impuso límites draconianos a las huelgas en el país y se alejó de Estados Unidos, volviendo a soli- citar la entrada en el Mercado Común. ¿Era esta la racionalización demorada del Estado y la sociedad burgueses en la que el laborismo había fracasado tan visiblemente? Los sucesivos diagnósticos publi- cados en la revista divergieron. En un primer momento, la revista consideró si el hecho de romper con la conciliación de las relaciones laborales en el ámbito doméstico y de abandonar el servilismo frente a Washington en su política exterior, significaba que Heath ofrecía al capital un liderazgo competente de clase, aunque por ello hubiera que pagar un precio derivado tanto de la posible colisión con los sindicatos susceptible de radicalizarlos, como de su opción favorable a integrar a Gran Bretaña en Europa, lo cual significaba el debilitamiento de tótems muy preciados del antiguo régimen capaz de socavar la integri- dad de la constitución británica o la ausencia de ella10. Alrededor de un año después, cuando el desafío al gobierno por parte de los estibado- res, los mineros, los ferroviarios, los trabajadores de los astilleros y los empleados postales había obligado a Heath a optar por la retirada, ¿no había sido un enorme error de cálculo la judicialización de las disputas laborales, que era lo contrario a una estrategia burguesa racional? ¿No corría el riesgo de poner en primera línea, en el intento de aplastar la resistencia sindical, no al gobierno que podía esgrimir un mandato electoral, sino al poder judicial del Estado, cuya fachada de neutralidad, crucial para los objetivos de clase, se desharía si los jueces eran utiliza- dos para golpear demasiado directamente a los trabajadores?11. 

8. La incorporación a la cee, aprobada en 1972 por un margen muy estre- cho en los Comunes (una mayoría de ocho, gracias a los votos de la derecha laborista), provocó un acalorado debate en Gran Bretaña, al que la nlr dedicó un número especial sosteniendo una posición que distin- guió enérgicamente a la revista en aquel momento. «The Left Against Europe?», que constituyó la reflexión más detallada del periodo sobre las cuestiones planteadas por el Mercado Común, discrepaba netamente de un amplio abanico de pensadores liberales y de izquierda –entre ellos Leavis y Williams– y prácticamente de todos los grupos revolucionarios de aquella época. El Mercado Común, argumentaba el ensayo, debía ser con- siderado tal como Marx y Engels habían visto las revoluciones agrícolas e industriales o el libre comercio: como un avance burgués progresista que, a pesar de todos sus costes históricos, ofrecía un mejor terreno sobre el que la izquierda podría luchar contra su adversario histórico. Los conser- vadores habían antepuesto (su) clase a la nación para respaldar la entrada, mientras que los laboristas y la izquierda en general traicionaban a (su) clase por la nación al oponerse a ella. «Lo único que ningún socialista podría concebiblemente reprochar a Heath es que estaba “dividiendo a la nación”; porque si el proletariado no se propone dividir más a la nación, hasta el extremo, está perdido. Tiene que anteponer siempre la clase a la nación y enfrentar a la clase contra la nación cuando sea necesario»12. 

9. En Escocia, por otra parte, donde el Scottish National Party (snp) había ganado las elecciones parciales de Glasgow-Govan en noviembre de 1973, el nacionalismo en el «norte de Gran Bretaña» recibió un trata- miento muy diferente. La anomalía del surgimiento tardío y vacilante del nacionalismo escocés en el siglo xx fue una consecuencia del acuerdo excepcional que la clase dominante del país había hecho con la Inglaterra hannoveriana en el siglo xviii. Ese pacto le había otorgado derechos de participación en el mayor imperio del mundo y en la primera revolu- ción industrial, lo que hacía innecesario un Estado independiente para entrar en la modernidad a diferencia de lo sucedido en otras naciones de Europa. Al cabo de otro año, esas reflexiones se habían convertido en una teoría histórica en toda regla del nacionalismo como fenómeno global recogido en el texto «The Modern Janus». A un tiempo progresista y regre- sivo, producto del desarrollo desigual del capitalismo a escala mundial y de la necesidad de construir sucesivos rompeolas en su contra, el naciona- lismo había sido la cuestión en la que se había producido el mayor fracaso –teórico y político– de comprensión histórica del marxismo13. 

Wilson–Callaghan 

10. La caída de Heath se produjo a manos de los mineros en 1974, cuando convocó elecciones en busca de un mandato para acabar con ellos y perdió; fue la única vez en la Europa de la posguerra en que la acción colectiva de los trabajadores provocó la caída de un gobierno14. Habiendo vuelto al poder sin ningún mérito propio, el Partido Laborista pasó los siguientes cinco años con tan poco provecho como su predece- sor. En medio de la continua turbulencia laboral y la crisis económica, primero Wilson y luego Callaghan hicieron ofertas desesperadas a los sindicatos para lograr un concordato que impusiera restricciones sala- riales. Sin embargo, a esas alturas el cambio en la coyuntura global del capital, que entraba en una larga recesión, había creado una estanflación tan aguda en Gran Bretaña que los trabajadores no podían ser controla- dos desde arriba. Los vanos esfuerzos del Partido Laborista por lograrlo, que culminaron en otra crisis cambiaria, esto es, en otro paquete de rescate internacional esta vez la imposición de condiciones draconianas por el fmi, llevó a otra ola de huelgas en el denominado invierno del descontento de 1978-1979. Después de todo ello, tras haber abandonado su promesa de devolución de poderes [descentralización] a Escocia y torpedeado por sus propios diputados, el Partido Laborista se encontró con la venganza del nacionalismo periférico consistente en un voto de censura apoyado por el snp en los Comunes. 

11. En esos años, a medida que se intensificaba la crisis general del orden establecido, la revista volvió a la longue durée que aquella tenía a sus espaldas. Las líneas de fractura que ahora se hacían visibles provenían de la propia naturaleza mixta original del Estado británico. Uniendo tres reinos disímiles al modo de muchos tinglados dinásticos de prin- cipios de la era moderna, el propio éxito de la monarquía parlamentaria anglo-británica al superar a todos sus rivales para convertirse, ya en la década de 1690, en la potencia más avanzada de Europa, la cristalizó rápi- damente en una configuración cuyas contrapartes en otros lugares fueron con posterioridad literalmente barridas del mapa. La prioridad del desa- rrollo y el éxito imperial habían detenido al ancien régime británico –«el abuelo del mundo político contemporáneo»– a medio camino entre las formas feudales y las modernas, legando sus estructuras en una situa- ción de «supervivencia indefendible e inadaptable» de la transición del absolutismo al constitucionalismo15. Su famoso dominio de las artes de la absorción política y la integración social evitando cualquier equivalente de una segunda vuelta de las revoluciones burguesas, que tuvo lugar en otros países capitalistas importantes, había incapacitado al sistema resultante para las tareas de la modernización económica. La entrada en la cee había llegado demasiado tarde para afectar su suerte. 

Mientras avanzaba a trompicones, la secesión amenazaba con eclip- sar incluso el conflicto de clases haciéndolo trizas. El nacionalismo periférico, aunque menos poderoso y significativo que las presiones internacionales o sociales sobre el orden existente, parecía ahora más propenso a precipitar un conflicto en su seno. En tales condiciones, frente a un horizonte cada vez más borroso del socialismo, la izquierda tenía que revisar su visión del nacionalismo. Todavía le quedaba por hacer la distinción correspondiente entre revoluciones nacionalistas y socialistas, y establecer un orden de interrelaciones y prioridades entre ellas. Pero estas se habían vuelto más matizadas y analíticamente exigen- tes que antes, aunque el instinto de Lenin de que las primeras podían en determinadas circunstancias constituir un rodeo vital hacia las últimas podía resultar aplicable en el caso de Gran Bretaña.

12. Tales eran las conjeturas de 1977. Dos años después, en vísperas de la victoria conservadora de mayo de 1979, se vislumbraba un escenario alternativo mayor. Si el sistema de poder británico se resquebrajaba en el centro antes que en la periferia, era más probable que la ruptura viniera de la derecha y no de la izquierda. Podía volver a plantearse la fórmula de emergencia tradicional de un gobierno de unidad nacional, aunque faltara una de sus condiciones previas presente en 1916 y 1940-1945 –«nunca volverá a haber otra guerra imperial»– y ahora este expediente pudiera ser tan sólo un paliativo temporal. Entre las capas tradicionalmente margina- das y tratadas con condescendencia patricia por parte de la elite se estaba gestando una ruptura más radical con el sistema. Por otra parte, ésta era la dirección en la que se movía el Partido Conservador de Thatcher, haciendo salir de su ataúd al «esqueleto truculento del laissez-faire»16. 

Thatcher–Major 

13. Con Thatcher ya en el poder, en 1981 apareció un ensayo mucho más extenso, «Into Political Emergency», como posfacio a la segunda edición de The Break-Up of Britain17. Reunió en un solo texto temas que no se habían interconectado tan claramente en ningún otro artículo de la revista sobre el Reino Unido. Durante más de una generación, los socialistas habían soportado «un mundo británico devastador en el que no cabía ningún descanso ni alivio», ya que persistía la crisis socioeconó- mica bajo un gobierno inútil tras otro, mientras que el sistema político establecido parecía más estable que nunca. Primero habían esperado de la insurgencia obrera una ruptura de ese orden; luego, que una alianza de estudiantes y trabajadores se rebelara unida contra él; y, finalmente, los socialistas habían confiado en la posibilidad de que el nacionalismo periférico lo derribara. Pero, aunque no todo era ilusión en estas sucesi- vas «salidas ideológicas» –la primera había derribado a Heath, la segunda había dado a luz a una clase intelectual menos conformista, la última había tumbado a Callaghan–, ninguna había golpeado al sistema ner- vioso central del poder en Gran Bretaña. 

En esto radicaba el Estado de Westminster y su estrategia a largo plazo de supervivencia económica. La expansión imperial había configu- rado ese Estado. Cuando eso ya no fue posible, mantuvo su tradicional inclinación hacia el exterior, decidiendo «presionar hacia la internacio- nalización de la economía del Reino Unido como la respuesta que más beneficiaría a las partes prósperas del sistema y menos daño haría a las debilitadas». La elite civil del Estado había asegurado durante mucho tiempo que esa estrategia de «eversión», orientándose hacia el exterior, fuera consensuada entre los partidos políticos. Pero había profundizado el abismo entre un próspero Sur rentista-financiero y un Norte indus- trial relegado que ya había descrito Hobson: la gran división estructural en la que se aposentaban las respectivas situaciones difíciles de Escocia, Gales y el Ulster. Aunque bastante racional como gran diseño del orden tradicional, la lógica de tal eversión era esencialmente inconfesable. «La formación de un Estado nacional no puede abrazar abiertamente un objetivo que, como consecuencia obvia, socava y desacredita su propia existencia y poder independendientes». Así pues, aunque perfectamente sólida como estrategia, era «tan desagradable para muchos como para no ser asumible». No había forma de convertir sus objetivos en interpe- laciones políticas efectivas. 

14. Desde que asumió el cargo de primera ministra, el único acto genui- namente radical de Thatcher fue llevar un paso más allá esa trayectoria subyacente del Estado a largo plazo, aboliendo todos los controles sobre la política cambiaria. Con esta bonanza concedida a la City, la perspectiva a la vista era que «el complejo del corazón metropolitano se convirtiera cada vez más en una zona de servicios para el capital internacional», mientras «las industrias y las poblaciones de los valles del norte eran finalmente cerradas o vendidas» como plataformas de ensamblaje o unidades secundarias de corporaciones estadounidenses, alemanas o japonesas. Todavía podía evitarse un conflicto demasiado directo con la clase trabajadora, dado el colchón temporal del petróleo del Mar del Norte: la beligerancia monetarista del gobierno no significaba necesa- riamente un enfrentamiento a muerte con los sindicatos. Frente a los mineros, Thatcher también se había retirado hasta entonces, en otro episodio de la falsa guerra entre el capital y el trabajo en Gran Bretaña, cuyo desenlace se demoraba indefinidamente. ¿Qué decir de las fuerzas opositoras? El nacionalismo escocés y galés se había desplazado hacia la izquierda y, contrariamente a predicciones anteriores, en la Alternative Economic Strategy (aes) defendida por Benn podían vislumbrarse los contornos de un nacionalismo inglés no intrínsecamente reaccionario, ya que las oportunidades de progreso en la cee se habían demostrado menores de lo esperado. Aun así, la aes contenía el peligro obvio de una centralización jacobina ciega a las realidades del nacionalismo perifé- rico. Sólo si este resultaba superado, podría dejar atrás un socialismo inglés la «vergüenza y derrota del socialismo británico». 

15. En definitiva, las suposiciones de un punto muerto social prolongado en el país y la imposibilidad de una guerra imperial en el extranjero que- daron inmediatamente desmentidas. Antes de que pasaran seis meses desde la publicación de «Into Political Emergency», Gran Bretaña estaba en guerra con Argentina por su colonia en las Islas Malvinas; y tras ella no se demoraría mucho el desenlace de la guerra entre el capital y el trabajo: el triunfo en el Atlántico Sur allanaría el camino para la victoria en Yorkshire. El número especial de nlr sobre la guerra de las Malvinas –como el dedicado a Europa, un largo ensayo publicado más tarde como libro por Penguin–, comenzaba señalando que el viejo adagio de que la historia se repite, primero como tragedia y después como farsa, nece- sitaba ser actualizado: en la era de la televisión la repetición de una repetición no era una farsa, sino un espectáculo que en este caso consa- gró a Thatcher como lideresa belicosa de la nación en un debate crispado en los Comunes que se prolongó durante tres horas y en el que todos los partidos acabaron ofreciendo su apoyo a una expedición naval para reconquistar la colonia18. La revista nunca había prestado mucha aten- ción a los procedimientos vigentes en el Palacio de Westminster, pese a su papel en el «sistema nervioso central» del poder en Gran Bretaña. Ahora publicó un análisis mordaz del patrioterismo de todos los parti- dos que habían enviado la flota a la batalla, lo que permitió a Thatcher proclamar «el espíritu del Atlántico Sur» en el que el país había comba- tido para recuperar su posesión perdida como el «espíritu real» de Gran Bretaña, prueba de que «había dejado de ser una nación en retirada». Lo que posibilitó ese paroxismo de unidad fue la matriz perdurable de la leyenda churchilliana de un pueblo en su hora más amarga cerrando filas tras un heroico jefe. Todavía viva en la mente de los partidos que se habían unido en la coalición victoriosa de 1940-1945, esta era la épica escena recreada en toda su absurdidad en 1982. Que sin pérdida de vidas y por una fracción del coste de la expedición a las Malvinas, la pequeña población de la isla pudiera haber sido reubicada con una compensación generosa en Nueva Zelanda o en cualquier otro lugar –Gran Bretaña había trasladado sin remordimientos ni compensación a la población de Diego García para dar paso a una base aérea estadounidense– era públicamente impensable. 

16. Un año después, en 1983, la reelección de Thatcher con una amplia mayoría parlamentaria no podía considerarse trivial. Haciendo balance de todo ello, un editorial de la revista, al tiempo que señalaba la enver- gadura limitada del voto que le había dado su segundo mandato, ponía de relieve la profundidad de la derrota laborista19. El fiasco de la «moder- nización» de Wilson, la debacle del corporativismo de Callaghan, por no hablar de la abyección del patrioterismo de Foot, habían dejado a la clase obrera dividida y desmoralizada, y al partido con apenas un quinto del electorado. Thatcher, por el contrario, había organizado un golpe dentro del partido, suprimiendo sin miramientos el paternalismo tory, así como el corporativismo laborista mediante un culto al mercado y un celo pequeñoburgués que le habían perdido el miedo al proletariado. Aunque no se tratara de una liquidación radical del antiguo orden, tam- poco era una mera mistificación sentimental. Desde su base en el sudeste, el thatcherismo ofrecía a las masas, a la City y a la economía informal, res- pectivamente, la esperanza de nuevos empleos, el control de la inflación y la promesa de la tecnología de la información, ejerciendo un notable efecto sobre la sensibilidad popular de lo que Raymond Williams, en el artículo principal del mismo número, denominaba «privatización móvil». 

17. Pero, ¿logró Thatcher revertir el declive económico que la había lle- vado al poder? En 1987 una recapitulación del planteamiento original de la nlr contrastó su caracterización del bloque dominante en Gran Bretaña y su relación con el declive del país frente a la evidencia histo- riográfica que se había acumulado desde entonces20. El texto de Arno Mayer The Persistence of the Old Regime había mostrado que hasta la Primera Guerra Mundial la continuidad del poder aristocrático era la regla, más que la excepción, en Europa. ¿Dónde dejaba esto a la clase terrateniente británica entre sus pares? Con todas sus peculiaridades, seguía siendo un caso aparte: la más rica, más estable y más excluyente de todas ellas, disfrutando de una mayor productividad en sus fincas, mayores extensiones de propiedad urbana y recursos minerales, y una experiencia mucho más larga de gobierno en un sistema parlamentario. Los fabricantes británicos, por el contrario, exhibían cifras económica- mente mucho menores que los magnates industriales de Pensilvania o del Ruhr; y aunque la City fuera la capital de las finanzas mundiales, Gran Bretaña nunca conoció el mundo del capital financiero emer- gente en Estados Unidos y Alemania tal como lo describió Hilferding. En cuanto al laborismo británico, no tenía motivos para enorgullecerse por su ejecutoria en el gobierno durante el periodo de entreguerras, si lo comparamos con los logros constitucionales alemán o austriaco, las vacaciones francesas o las obras públicas suecas, y así cuando en 1945 obtuvo la mayor mayoría parlamentaria de cualquier socialdemo- cracia de posguerra, dejó intacta la configuración general del capital y el Estado británicos. A diferencia de cualquiera de sus principales competidores, el país no conoció una segunda revolución desde arriba después del Bill of Rights de 1689, ni ninguna convulsión en el camino a la modernidad. Después del gobierno de Attlee, las sucesivas alter- nancias de conservadores y laboristas desde Churchill a Callaghan se habían demostrado incapaces de revertir el declive económico caracte- rístico del periodo de posguerra. 

18. ¿Hasta qué punto triunfó el régimen de Thatcher, con su paquete integrado de disciplina laboral, redimensionamiento a la baja del Estado y desregulación financiera, donde sus predecesores habían fallado? Después de su golpe letal en 1985 a los mineros, abandonados por el Partido Laborista y el tuc, destruyó a los sindicatos21. Tanto la produc- tividad como la rentabilidad habían mejorado en el sector industrial, aunque todavía estaban muy por debajo de la de sus competidores extran- jeros. Sin embargo, la posición internacional de la industria británica había empeorado constantemente y Gran Bretaña se había convertido por primera vez en su historia en importador neto de bienes industria- les. Los mercados no se enmendaban de motu proprio: se necesitaba una dirección centralizada de un tipo u otro para corregirlos. Pero de las cuatro variantes que operaban en otros lugares (planificación dirigista en Francia, bancos industriales en Alemania, coordinación Estado- keiretsu en Japón, concertación corporativa en Austria o Suecia), en Gran Bretaña faltaban todos los agentes sociales necesarios: ni su burocracia, ni sus finanzas, ni su movimiento obrero estaban dotados para la tarea. ¿Importaba ello? ¿O acaso el desarrollo implacablemente desigual del capitalismo global y la supercompetencia en su seno significaban que el destino británico podía generalizarse? 

19. Esta exposición, sistemáticamente más comparativa que las tesis ini- ciales de la nlr y más detallada y documentada, otorgaba mucho más margen al bloque dominante que a la intelectualidad o al movimiento obrero. Dos textos posteriores intentaron colmar esas lagunas. El primero, escrito durante el último año del gobierno de Thatcher, examinó lo que había quedado del panorama intelectual desde la década de 196022, con- cluyendo que en él se había producido un cambio importante en sentido contrario al del gobierno, en buena medida por la animadversión del that- cherismo contra las universidades, pero también porque los límites de la vida intelectual se habían alterado, ya que, debido en parte al conflicto generacional de la década de 1960, en ella se habían infiltrado, por un lado, las corrientes de pensamiento europeas y, por otro, las estadounidenses, lo cual había erosionado el provincianismo filisteo de la matriz de posguerra. El resultado no fue solo aflojar el control del patrón «vagamente asocial y débilmente psicologista» de antaño, fomentando formas de pensar más históricas e internacionales, sino también debilitar el conformismo asociado con él, incluido el chovinismo masculino irreflexivo del pasado objeto de impugnación por un feminismo renovado. Si bien se mantenía generalmente liberal dentro de los parámetros centristas, la perspectiva política de la intelectualidad había sufrido cierta radicalización23, generali- zándose la hostilidad contra Thatcher: esa trayectoria podía constatarse en la que se había convertido en su publicación más representativa, la London Review of Books. Se había abierto un marcado divorcio entre la alta política y la alta cultura, realmente habitual en el continente, pero hasta entonces desconocido en Gran Bretaña. 

20. ¿Qué podemos decir del Partido Laborista? Su situación quedó establecida, primero dentro de la transformación del panorama social y político del país efectuada por Thatcher, que fue su verdadero legado más que cualquier cambio económico fundamental. Su mayor logro fue la adaptación ideológica del Partido Laborista a su gobierno, un cam- bio de imagen que limitaba sus objetivos –aun antes de Blair– a poco más que un leve suavizado del impacto de un régimen neoliberal24. En segundo lugar, su situación debe observarse en el marco de sus partidos hermanos de la Internacional Socialista. Allí, una vez iniciada la larga recesión de la economía mundial, con los sistemas de bienestar social y el pleno empleo sometidos a gran presión, la socialdemocracia perdió terreno en todos los países del norte de Europa y únicamente lo ganó en su región meridional tan solo para optar por reformas liberales o seculares sin una connotación social particular. ¿Significaba esto que Europa se estaba desplazando gradualmente hacia el patrón de Estados Unidos o Japón en el que la socialdemocracia brilla por su ausencia? En Gran Bretaña, el Partido Laborista había seguido la curva general de sus partidos hermanos del norte de Europa, aunque con menos afiliados, subestructuras regionales más débiles, menor dominio de las lealtades proletarias y casi ningún apoyo académico o mediático. 

21. Frente a la misma niebla de incertidumbre política que el resto, el Partido Laborista se enfrentaba además a los problemas del declive nacional del que no podía consolarse aduciendo simplemente la prioridad cronológica de Gran Bretaña como primera en llegar a la revo- lución industrial, ya que Bélgica mostraba que, con la misma desventaja y sus consecuencias, el declive podía invertirse. Pero para ello se reque- ría algún tipo de concertación, generalmente por iniciativa del poder ejecutivo. Sin embargo, la estructura política de Gran Bretaña, basada en una constitución no escrita y un sistema de votación muy anterior a la llegada de la democracia, agravada por la estructura del Partido Laborista –menos democrática aún que el propio Estado– impedía la representación relativamente más equitativa de las fuerzas sobre las que podía descansar la concertación efectiva del capitalismo. La represen- tación proporcional, producto intelectual de las revoluciones de 1789 y 1848 en Europa (sus pioneros habían sido Condorcet y Considerant), era la única fórmula aceptable de elección democrática y la campaña de reforma constitucional de Charter 88 llevaba razón al defenderla como principio de la reconstrucción política del Estado. La ciudadanía social teorizada por Marshall solo podía adquirir pleno sentido si la ciudadanía política, que él pensaba que había precedido a aquella aunque realmente no fue así en absoluto, acababa por asentarse en un país en el que seguía vigente un sistema de elección estrictamente mayoritario. 

Blair–Brown 

22. Con la llegada del Nuevo Laborismo en 1997, este siguió siendo el prisma a través del cual fue juzgado en primera instancia. Pasados tres años de Blair en el gobierno, ¿cuál era el balance? En el contexto de una moneda fuerte apoyo y de apoyo empresarial, se habían intro- ducido sin más contratiempos iniciativas para eliminar el descontento en la periferia: medidas de devolución concedidas a Escocia y Gales y pacificación en el Ulster. Pero en medio de un torbellino de lemas de moda y posturas futuristas, el núcleo operativo del sistema estatal británico había permanecido intacto. En lo que respecta al principio democrático, la representación proporcional se había demorado ad calendas graecas, alterando simplemente la Cámara de los Lores para hacerla pasar de ser un vivero hereditario a ser otro de privilegios clien- telares. Constitucionalmente hablando, el blairismo, jactándose de su brío, ofreció una simulación del poder de casta del antiguo régimen y el britanismo más arraigado. Por debajo de su postureo seguía el país que aún no había hablado, el inglés, cuya voz había sido usurpada durante mucho tiempo por una clase imperial británica que hablaba en su nom- bre. Al no darle ninguna expresión institucional, el proyecto de Blair favoreció de nuevo la difusión del mensaje chauvinista de Powell, que «Inglaterra reaparecerá en la esquina de una calle en lugar de hacerlo en una sala de maternidad con la atención y las instalaciones adecuadas. Es probable que la prensa sensacionalista, el resentimiento de los bares y el populismo de los diputados sin cargo asistan al parto y expresen su opinión. La democracia es constitucional o no es nada. Sin una forma sistemática, sus primos menos agraciados se verán tentados a avanzar y exigir sus derechos»25. 

23. Pero, ¿hasta qué punto podía reducirse la senda que lleva de Thatcher a Blair a la dinámica de la devolución o involución constitucional uka- niana? Lo que arriesgaba tal representación era un paisaje conceptual de Gran Bretaña privado de todo, salvo de «una forma vital significativa y una tecnología: el bloque dominante posterior a 1688 y su prótesis, el Estado de Westminster», aparte del nacionalismo periférico, su némesis potencial26. Con ese telón de fondo, la capacidad de gestión histórica plena sólo se concedía a las elites estatales y a los pueblos en tanto que naciones. En toda visión en la que el destino de la modernidad se reduce simplemente a la nacionalidad, otras manifestaciones de solidaridad o antagonismo, sobre todo las relaciones de clase, sólo podían quedar relegadas a una existencia secundaria e intermitente. Pero «cualquier apelación a la nacionalidad es siempre una declaración codificada a favor o en contra, un estado de cosas social sustantivo», y si el constituciona- lismo debía convertirse en el passe-partout del análisis de Ukania, no tendría nada que decir ni siquiera sobre el orden social de una Escocia independiente, dejando como un espacio en blanco lo que pudiera decir la constitución material. Ahora bien, la política es una cuestión de progra- mas tanto como de estatutos y la indiferencia altiva hacia los primeros, como si unos presupuestos generales no pudieran ser a su modo tan sinópticos de una sociedad como una constitución, podía tener un pre- cio político, dejando en su lugar «una hegemonía social-liberal renovada para una sociedad capitalista inalterable». El esfuerzo para fomentar una izquierda popular alternativa al blairismo podía ser la vía lenta hacia lo sublime constitucional, pero si la prueba crítica del Nuevo Laborismo iba a ser el éxito o el fracaso pragmático de su gestión del capitalismo en Gran Bretaña, podía resultar la única disponible. Sobre el campo de fuerzas externas del imperio; una vez que este se disolvió, el patriciado perdió su control del país, la deferencia dio paso a un «tipo de rebeldía molecular, resentida», que inhabilitaba los apo- yos del antiguo régimen, mientras la cruzada de la clase media baja de Thatcher podía acabar con la aristocracia. Tras su caída había llegado el letargo miasmático de la media década de Major y, después, la nebu- losa mezcla de cultura empresarial aderezada con restos del modelo del bienestar de Blair. Fue un error, sin embargo, atribuir las patologías subsiguientes sólo a los efectos del neoliberalismo, porque estos eran inseparables de los fútiles intentos de recuperar la grandeza nacional en la que el propio término «declive» era un señuelo que suscitaba la idea de que era posible una «resurrección», cambiándolo todo, no para que permaneciera igual, al estilo de Lampedusa, sino para que todo fuera inmensa e improbablemente mejor. Las fuerzas del retronacionalismo británico todavía tenían muchos activos en su lucha contra la perspectiva de un archipiélago liberado: cuadros del Estado, gran parte de la inte- lectualidad y la mayoría de los medios. Entre ellos estaban los políticos inmigrados de Escocia como Brown, servidores de la City y reconverti- dos al gran nacionalismo. Pero la parábola del blairismo era predecible. Las reglas del sistema prescribían una fase terminal sórdida y agotada similar a la de Major, antes de que el blairismo fuera finalmente objeto de «expulsión al páramo helado de la desgracia y el ridículo». 

25. En 2005 aún quedaban lejos la desgracia y el ridículo. Blair estaba todavía encargado de gestionar el capitalismo británico y había pocas señales de resistencia popular a su régimen, que había consolidado el paradigma establecido por el thatcherismo28. La recuperación económica protagonizada por Major después del Miércoles Negro de 1992 había sido gestionada mediante la continua inyección de crédito y el auge del consumo, si bien había registrado tasas bajas de inversión y un débil crecimiento de la productividad. La desigualdad general de ingresos no se había reducido, mientras que las diferencias salariales y la brecha de género habían aumentado. El incremento del gasto público en salud no había igualado los niveles europeos, deteriorándose el servicio en hospi- tales y escuelas. La democratización parcial en la periferia –devolución limitada en Escocia, menos en Gales, pacificación en Irlanda del Norte– se había visto acompañada por un mayor autoritarismo en el centro: Blair sorteó a su gabinete y Blunkett intensificó la represión policial y judicial. En el exterior, el Nuevo Laborismo se había distinguido como el esbirro más agresivo del imperialismo estadounidense en la historia de posguerra, actuando como su ávido cómplice y subordinado en las guerras de Washington en los Balcanes, Afganistán e Iraq. 

Recibido al principio con euforia por la intelectualidad y con una adu- lación sin precedentes en los medios hacia el propio Blair, el Nuevo Laborismo no se había ganado una profunda adhesión entre las masas. La reelección en 2001 se había obtenido gracias a una baja participación. Pero con los conservadores en desbandada, el Nuevo Laborismo se había convertido en la opción preferida de los empresarios británicos por ser más europeo que los conservadores y mejor ejecutor de la desregula- ción y la domesticación de los sindicatos. Para el capital en general, el neolaborismo era una segunda ronda satisfactoria de neoliberalismo en cierto modo más flexible y balsámico que la primera. Para la intelectua- lidad contraria a Thatcher, incluso si ahora se sentía un poco abatida por la guerra de Iraq, el Nuevo Laborismo seguía siendo el mal menor; mientras que para sectores de la izquierda sentimental o sectaria, seguía siendo el partido de la clase obrera a la espera de que «el alma dormida del auténtico laborismo» despierte algún día. 

26. El resultado fue que la influencia del Nuevo Laborismo sobre el pano- rama político ukaniano produjo una hegemonía extrañamente ingrávida, más negativa que positiva, sin ninguna interpelación ideológica nove- dosa aparte las efímeras vacuidades de la Tercera Vía. Descansando en gran medida sobre la ausencia de una oposición efectiva desde las filas de un conservadurismo dividido, no había producido ninguna marea de seguidores apasionados ni una transformación de la sensibilidad popu- lar del tipo de la que aseguró que la hegemonía de Thatcher dejara una huella mucho más profunda en el país. En ese limbo, The Economist había decidido que Blair era el mejor primer ministro de derecha que Gran Bretaña podía tener, razón suficiente para que la izquierda encon- trara preferible a cualquier otro. Lo que distinguía principalmente al Nuevo Laborismo de sus predecesores, remontándose hasta la década de 1950, era el número de muertes de las que era responsable en el exterior. Cuanto antes cayera, mejor. 

27. ¿Qué decir de los conservadores tras una docena de años en la oposición? La vieja clase dirigente en la que sin desaparecer la aristo- cracia terrateniente se había metamorfoseado en la figura del caballero inglés de clase alta, secundado por un estrato de profesionales de la alta burguesía, había llegado a su fin con la derrota de Douglas-Home en 196429. Los cambios sociológicos –una clase trabajadora más educada y menos desfavorecida y una clase media ampliada– habían socavado las jerarquías tradicionales sobre las que ese estrato descansaba en el país, mientras que en el exterior el imperio del que había obtenido su gran pretensión de poder y su vocación se había disuelto. Ese doble golpe impulsó a personajes ambiciosos de clase media baja, primero a Heath y luego a Thatcher, a hacerse con el liderazgo del partido tory, a cuál más combativo en la lucha del capital contra el trabajo y más radical en la búsqueda de soluciones al declive económico. El primero fracasó en su intento de destruir los sindicatos y de reactivar la economía, pero logró llevar a Gran Bretaña a Europa como sustituto del imperio. La segunda aplastó los sindicatos y, machacando de paso muchas instituciones tradicionales, inyectó más energía en la economía, aunque sin alterar su dirección. Pero al desviar al nacionalismo pequeñoburgués contra Europa, Thatcher acabó dividiendo a los conservadores y llevándolos al desierto durante una década. 

El Nuevo Laborismo, moldeado por el thatcherismo, se había ido ajus- tando sin reticencias a su agenda doméstica neoliberal. Pero sin que le estorbaran los reflejos de la soberanía nacional que todavía se estre- mecían en el inconsciente imperial-conservador, se sentía feliz por desempeñar su papel en la Unión Europea y más feliz aún por servir como escudero polivalente de Estados Unidos. Culturalmente también podía ser más eficaz que el thatcherismo para deshacerse de los valores victorianos a cambio de las raciones kitsch precocinadas de Diana y Cool Britannia. Frente a este heredero mutante de su antigua heroína, los conservadores –después de tres plebeyos sucesivos procedentes de los rangos sociales inferiores, producto de la escuela secundaria moderna–, habían vuelto finalmente a sus orígenes eligiendo a un etoniano para que los dirigiera. Pero Cameron, como su colega Osborne, aunque con un impecable origen y formación de clase alta, era indistinguible en gus- tos, actitud y religiosidad de Blair, a quien imitaba abiertamente: todos eran amigos de Berlusconi. Su liderazgo fue una falsa restauración. La Inglaterra tory en el sentido tradicional estaba muerta. Lo que la había reemplazado en el Partido Conservador no era mejor. 

28. En vísperas de las elecciones de 2010, que finalmente llevarían al Nuevo Laborismo a un páramo helado, ahora con retraso, el recuento de sus logros y fracasos podía cerrarse. Desde 1997 hasta 2008 había presidido una expansión alimentada por una burbuja del precio de los activos a la que la crisis financiera mundial puso un final abrupto30. Bajo el mando de Blair y Brown la participación de las finanzas en la econo- mía había crecido más pronunciadamente que en Estados Unidos y la de la industria había caído más abruptamente que durante los gobiernos conservadores. La deuda hipotecaria per cápita era mayor que la estadou- nidense, mientras las desigualdades de renta y riqueza no habían hecho más que aumentar. El 20 por 100 del gasto público se subcontrataba ahora al sector privado; de los gastos de capital en salud, el 90 por 100. En la educación superior, la manía cuantificadora había dado un nuevo paso patológico con el Research Excellence Framework. En nombre de la Guerra contra el Terrorismo se había intensificado la legislación represiva y el número de presos había aumentado. Constitucionalmente, la pacifica- ción del Ulster y la devolución en Escocia y Gales, aunque fuera limitada o de mala gana, constituyeron sendos avances. Pero contra ellos había que oponer la corrupta remodelación de los Lores y niveles grotescos de sordidez en los Comunes. En política exterior, el atlantismo laborista tra- dicional había cobrado un nuevo giro, la hipersubalternidad hacia Estados Unidos en un momento en el que este país se había convertido en la única superpotencia, cuyo resultado fue una cantidad mucho mayor de asesi- natos y torturas en el exterior que durante los gobiernos de Macmillan, Thatcher o Major: por sí sola esa era razón suficiente para expulsar al Nuevo Laborismo del gobierno. 

Cameron–May 

29. El análisis de los resultados de las elecciones de 2010 mostró que había sido la magnitud de la deserción del Partido Laborista por parte de la clase obrera, especialmente en las regiones de alto desempleo, la que había dado a los conservadores su limitada victoria con menos del 36 por 100 de los votos31. A falta de una mayoría parlamentaria, Cameron pronto fue empujado por el alto funcionariado a una coalición con los Demócratas Liberales, supuestamente menos conservadores que los tories. Pero cabían pocas dudas de que la austeridad, bastante predecible ya bajo Brown, sería igualmente dura bajo aquella coalición. ¿Hasta qué punto alteraría ello las perspectivas del laborismo? «La oposición a los recortes conservadores puede no ser suficiente para devolver al Nuevo Laborismo al gobierno, pero podía ayudar a sostener lo que podría llamarse corbynismo, denominación derivada de un parlamentario elegido por Islington North: un activismo socialista marcadamente honesto y a veces eficaz», que sólo cediera algún que otro escaño parlamentario y restaurara la fe tradicional de la izquierda en que el partido se renovaría algún día. Comparativamente, la política de Occidente tras el crac mostró ciertos ajustes tácticos del consenso bipartidista por parte de los partidos centristas, pero pocos cambios de pers- pectiva. El fin ampliamente proclamado del neoliberalismo parecía cada vez más la reanudación de su agenda por otros medios. 

30. En 2015 Cameron fue devuelto al cargo sin necesidad de los Demócratas Liberales, que salieron diezmados de las urnas, y a raíz de la nueva derrota laborista Corbyn fue elegido líder del partido en la pri- mera elección organizada de acuerdo con el criterio de una persona un voto en toda su historia. Al cabo de un año llegó el referéndum convo- cado y perdido por Cameron sobre la pertenencia de Gran Bretaña a la ue32. Su decisión de convocarlo, producto de antiguas divisiones entre los tories, estaba destinada a acallar al ala euroescéptica de su partido, en una muestra negligente de despreocupación de clase, convencido de que con el apoyo casi unánime del sistema –desde la City hasta el tuc, por no hablar del conjunto de los partidos– la victoria estaba asegurada. Pero como en Francia y los Países Bajos, una rebelión popular contra la totali- dad de la clase gobernante condujo al resultado opuesto. Dos tercios de la clase trabajadora votaron por el abandono de la ue, una proporción mayor que la de cualquier otro estrato social –incluidos los más acomodados– con respecto a la permanencia, registrándose además una participación mayor en el referéndum que la vista en muchos años. Londres, benefi- ciario de la burbuja financiera y más cerca de París que de Manchester por ferrocarril, votó mayoritariamente por la permanencia; el norte indus- trial, abandonado y más duramente golpeado por la austeridad, optó por el abandono. En la izquierda las opiniones se habían dividido. Quienes estaban a favor de la permanencia argumentaban que la xenofobia de los brexiteers de la derecha convertía a la ue en un mal menor, y los partidarios del abandono que este supondría un golpe para las oligarquías neolibe- rales a ambos lados del Canal: unos y otros votaron más en contra que a favor de cada alternativa. Pero, ¿qué significaría realmente el Brexit para la Unión Europea o para Ukania en caso de llevarse a cabo? Hasta entonces, lo único que estaba claro era que «la Gran Bretaña blairizada se había visto golpeada tanto como la ue hayekizada» y que «los críticos del orden neoliberal no ven razones para lamentar esos golpes» contra los que había arremetido todo el establishment global. 

31. Un análisis más detallado dejó claro en qué medida el resultado del Brexit, aunque hubiera tenido ciertamente múltiples motivaciones, fue la expresión de una rebelión regional y social en el norte de Inglaterra: las mayorías por la salida de la ue se concentraron en antiguos baluartes del laborismo, ahora reducidos a zonas industriales del interior del país en proceso de decadencia y repletas de hogares proletarios abandonados a su suerte33. En esa parte del país había hostilidad hacia los inmigrantes, como la había en otras partes de Gran Bretaña, pero ese no fue el principal motivo del resultado, como cabía deducir de la inesperada recuperación laborista en las elecciones de 2017, una vez que Corbyn hizo campaña con un programa que equivalía a un rechazo de la totalidad del orden neoliberal vigente desde la década de 1980. Frente a un elevado voto con- servador, no solo ganó en la mayor parte del Norte, sino que convenció a la juventud del país con márgenes nunca antes alcanzados por el Partido Laborista, en lo que ahora era un segundo levantamiento popular contra toda la elite británica. Sin embargo, la posición de Corbyn seguía siendo frágil en su propio partido, cuyo aparato permanente y cuya fracción parlamentaria seguían estando ferozmente en su contra34. El pequeño equipo que lo rodeaba carecía de preparación para el gobierno en lo que serían las previsibles condiciones de un asedio implacable del capital y los medios de comunicación. No había pues motivos para la euforia. 

Reanudación 

32. Retrospectivamente, ¿cómo se podía leer el balance de este histo- rial? En el lado del haber, la nlr podía enorgullecerse de haber sido pionera en el análisis crítico de media docena de aspectos de la vida polí- tica británica que siguen configurando los acontecimientos, con aciertos proféticos al respecto: (i) la naturaleza histórica del bloque dominante; (ii) las estructuras profundas del laborismo como fenómeno británico específico, hasta principios de la década de 1990; (iii) los patrones pecu- liares de la cultura intelectual de posguerra y algunos de los cambios verificados en ella; (iv) la forma destructiva del desarrollo económico de Ukania y sus efectos de clase y regionales en todo el país; (v) la irrup- ción del nacionalismo periférico, sobre todo en Escocia, como síntoma del declive del Estado mixto imperial anglo-británico, y las tensiones y riesgos derivados del racismo en la identidad inglesa subcutánea; (vi) el impacto fisíparo de Europa sobre la política británica, que ha dividido por igual a la izquierda y a la derecha. 

33. En el lado del debe, las ideas y argumentos de ese conjunto de tex- tos tenían, hay que reconocerlo, omisiones o limitaciones significativas. En cuanto la primera de ellas, aunque se ajustaba en muchos aspectos al diagnóstico original de la revista sobre la metamorfosis por la que tendría que pasar el bloque dominante para seguir siendo hegemónico, faltaba un elemento en su análisis del parteaguas que supuso el thatcherismo en la evolución conservadora. Al centrarse en el cambio social en la dirección del partido, la lógica económica de su dirección y la ingeniería política de su base electoral, más allá de una insinuación preliminar, la revista des- cuidó el control ideológico específico que alcanzó el thatcherismo por igual sobre sus partidarios activos y sus evidentes adversarios, por no hablar de su aceptación pasiva. La comprensión de las formas y los mecanismos de esa influencia fue el gran logro de Stuart Hall en las páginas de Marxism Today. También, aunque la nlr predijo, incluso antes de que Wilson lle- gara al poder en 1964, las contradicciones que con el tiempo desgarrarían la combinación de partido y sindicatos que constituía el laborismo, y las siguió a partir de entonces, no registró el alcance de los cambios acaeci- dos en la clase obrera británica que se convertirían en el caldo de cultivo del blairismo. Ahí fue Eric Hobsbawm quien vio con notable antelación y con mayor claridad lo que estaba sucediendo y lo hizo mucho antes de la aparición del Nuevo Laborismo. La nlr publicó tanto a Hall como a Hobsbawm, tanto en su editorial como en la revista, así como las críticas a cada uno de ellos por parte de otros autores de la izquierda, sin entablar por su parte un intercambio genuino con ambos.35. 

34. El tratamiento del panorama intelectual del país, por ambicioso que fuera en la intención o beligerante en los detalles, era deficiente en dos aspectos. Desde el principio no se prestó suficiente atención a la importancia del liberalismo, en sus variantes –económicas, políticas y sociales– desde los tiempos victorianos, como un éter circundante en el mundo mental del orden establecido, tal como permanece hoy. Los vínculos, o la ausencia de ellos, entre determinados intelectuales y la alta política fue otra deficiencia en la cobertura de la revista; se pasó por alto su importancia en el gobierno de Thatcher, aunque la presencia de eminencias aparentemente externas que proporcionaban la brújula teórica de su sistema, confirmara los veredictos anteriores sobre la inte- lectualidad de posguerra. En el mismo periodo, la radicalización de la desarticulación macroeconómica fue delineada con suficiente fuerza como una nueva etapa de un proceso de larga duración a escala nacio- nal, pero la irrupción mundial del paradigma neoliberal –señalado por Mike Davis en 198436– careció de la necesaria continuidad analítica y de la fuerza que merecía en las páginas de la revista. 

35. Si Escocia y Europa fueron bifurcaciones emergentes en la trayecto- ria de Ukania desde finales de la década de 1960 hasta el presente, sobre 

las que la revista (aunque tuvo poco que decir sobre Irlanda después de 1969) estuvo analíticamente muy por delante de otras publicaciones, también fueron áreas en las que las primeras percepciones nunca lle- garon a concretarse en una concepción integrada y las intervenciones posteriores mostraron oscilaciones y discrepancias. Tom Nairn pre- vió, cuando apenas era perceptible aún, el despegue del nacionalismo escocés, captó sus formas y condiciones históricas excepcionales en un conjunto de retratos que centellean hasta el día de hoy y desarrolló a partir de ellos una de las teorías generales más sobresalientes del nacio- nalismo de todos los tiempos; pero como indicaba el título The Break-Up of Britain, sin signo de interrogación, la eclosión de una Escocia inde- pendiente se consideraba demasiado segura. Entre la previsión y la consumación habría una demora tan prolongada que en el ínterin la cone- xión original entre el nacionalismo y el socialismo se fue disolviendo y las esperanzas en el primero eclipsaron las que podían tenerse en el segundo, como señalaría Francis Mulhern. Una de sus consecuencias fue que la cobertura del Nuevo Laborismo en la revista tendió a decantar el análisis de sus registros constitucionales y socioeconómicos en sucesivas entregas separadas en lugar de conectarlas en un campo unificado. 

36. También en el caso de Europa, los primeros análisis fueron, a su manera, clarividentes. La sentencia de Robin Blackburn en 1971 de que la entrada en la cee acabaría «sacudiendo muchos de los pilares de la Gran Bretaña burguesa», amenazando las legitimaciones instituciona- les del statu quo y sembrando la discordia en las filas de sus defensores, se confirmaría a su debido tiempo con enorme vigor. El ensayo de Tom Nairn publicado en 1972 sigue siendo incomparable, medio siglo des- pués, por su profunda reflexión histórica sobre las cuestiones planteadas a la izquierda por la forma que había cobrado la unidad europea con la creación del Mercado Común: nada similar apareció nunca en el propio continente y mucho menos cuando se replantearon las mismas cues- tiones en Gran Bretaña en y después de 2016 y después de esa fecha. La categórica afirmación con la que concluía no podía ser tan absoluta a medida que se desarrollaba la Comunidad Europea. En 1976, impug- nando una visión noruega que proyectaba la cee como una futura superpotencia, Nairn observaba que esta nunca se materializaría, porque, al igual que los imperios multinacionales anteriores a 1914, semejante perspectiva se desmoronaría por el desarrollo desigual del capitalismo, que había generado en todas partes como rompeolas un nacionalismo adverso. En la cee, no obstante, el fortalecimiento de un capitalismo transfronterizo estaba destinado a agravar el desarrollo desigual entre sus regiones, debilitando la autoridad de los viejos Estados-nación sin susti- tuirlos por nada eficaz. Así, un «fortalecimiento puramente económico del capitalismo no implica un fortalecimiento conmensurable del poder burgués en el crucial sentido ideológico-estatal», una contradicción que la izquierda debería aprovechar. Retrospectivamente, cuatro años después, «The Left against Europe?» había ido demasiado lejos en una actitud que implicaba un ultraeuropeísmo que se hacía eco, desconcertante aunque tangencialmente, del impulso hacia el exterior de los gobernantes del país. Sobrestimando las posibilidades genuinas, pero limitadas, abiertas a la izquierda por la entrada en la cee, había pasado por alto hasta qué punto «Europa», para la derecha, era un humilde predecesor de las runas mone- taristas posteriores a 197937. Cuando estas se hicieron realidad después de Maastricht y la revista hizo un balance sistemático de la dinámica política y económica de la Unión, que cristalizó en un veredicto incisivo tras otro, quedaba ya muy poco de la perspectiva de 197238. 

ii. resultados 

¿Qué relación tiene con el presente el conjunto de textos anteriores publicados por la nlr sobre Gran Bretaña? Quizá nunca antes se había concentrado tan vívidamente lo que sería una problemática característica de la revista en una única coyuntura como en los últimos años. Según todas las apariencias, lo sucedido en Gran Bretaña ha sido: (i) la recompo- sición repentina del estrato político dominante; (ii) la descomposición del laborismo tradicional dependiente de él; (iii) el desenlace explosivo de con- flictos muy antiguos sobre Europa; (iv) indicaciones generalizadas en los medios de comunicación no tanto del declive competitivo como de auto- lesiones suicidas y de un próximo desastre socioeconómico; (v) clamorosa consternación entre la intelectualidad; (vi) una presión creciente en favor de la secesión en Escocia. En otras palabras, crisis de clase, de Estado y de nación simultáneas y estrechamente entrelazadas. Aunque a primera vista la continuidad entre la problemática original de la revista y las circunstan- cias actuales pueda parecer bastante sorprendente, no puede darse por supuesta la relevancia analítica in concreto de conclusiones pasadas; estas tienen que ser contrastadas frente a los detalles novedosos de la situación. 

Hay una cuestión preliminar. El planteamiento original de la nlr era tota- lizador: tomar las principales estructuras y características de la sociedad británica como un complejo integrado que había que analizar siguiendo los preceptos de Lukács y Gramsci. ¿Hasta qué punto sigue teniendo sentido este objetivo en un periodo en el que los Estados-nación, impreg- nados o dominados en todas direcciones por el mercado transnacional y las fuerzas de los medios (por no hablar de las presiones geopolíticas) externas a ellos, han dejado de ser –incluso aproximadamente– totalida- des cerradas? En la década de 1980 se puso en marcha en la revista algo así como una investigación paralela sobre Estados Unidos, una sociedad mucho más grande y complicada, de la mano de Mike Davis. Impulsado por el planteamiento la nlr sobre Gran Bretaña, un país observado por él de primera mano en aquel momento, ese conjunto de textos sobre su propio país –que abarcaba no sólo a la clase obrera, la clase media y la clase explotadora, sino también el escenario nacional e imperial, económico y electoral, cultural y político, demográfico y ecológico de Estados Unidos– con el tiempo se expandió mucho más allá de lo que se había intentado en el Reino Unido y con ello al mundo circundante más allá de la superpotencia norteamericana39. ¿Se ha generado algo similar a esto, aunque sea de alcance mucho más limitado, en otro país desde entonces? En cualquier caso, ya sigan formando o no totalidades tan delimitadas como antes, las sociedades sobre las que presiden los Estados-nación representan todavía sin duda determinados horizontes estratégicos de acción política para quienes viven dentro de ellos y a fines prácticos siguen siendo en este sentido tan relevantes como siempre. 

Interconectada con esta cuestión hay otra relacionada no menos directa- mente con la problemática que planteó la revista en la década de 1960 y sobre la que se volvió repetidamente durante los años siguientes. ¿Hasta qué punto perdió su relevancia el «declive» como marco organizativo para el análisis de los acontecimientos en Gran Bretaña una vez que llegó la «globalización» expresada simultáneamente en la desaceleración del creci- miento y la aceleración de la financiarización en todo el mundo capitalista avanzado, dada la liberación de los mercados de capitales, la extensión de las cadenas de suministro y la generalización de los regímenes neoli- berales puesta en marcha durante la década de 1980?40. ¿Podría decirse, con la terminología de Sartre, que una doble destotalización –tanto de la unidad como de la senda de análisis– ha superado desde entonces la línea de investigación particular seguida por la revista?41. La respuesta sólo puede encontrarse en el comportamiento real de la economía, ana- lizado comparativamente, y en la acción del Estado que lo ha presidido. Las proposiciones de la revista no se limitaron a esas cuestiones, sino que pretendían escrutar hasta qué punto conservaban su relevancia, siendo la economía el punto de partida. 

1. Declive 

El deterioro de la posición del país que suscitó por primera vez un amplio debate en la década de 1970 tenía siempre que ver con la de sus pares, no en términos absolutos, ya que el crecimiento elevó los niveles de vida durante el siguiente medio siglo. Entre la caída de Attlee y la de los gobiernos de Callaghan, no cabía duda del deterioro competitivo de Gran Bretaña, como deja claro el cuadro 1 sobre el comportamiento del pib de los países del futuro g7. A lo largo de tres décadas, Gran Bretaña quedó regularmente en el último lugar del grupo: 

Cuadro 1: Crecimiento medio del pib por década 1950 1960 1970 

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Can 4,79 alem 7,7 fran 4,31 gbr 2,35 ita 6,13 jpn 8,38 usa 3,76 Media 5,35 

5,13 4,4 4,56 3,11 5,7 3,8 3,19 2,66 6,13 3,49 10,71 5,28 4,53 3,24 

5,71 3,71 

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Fuente: Conference Board 

Esta era la pauta que el régimen de Thatcher se propuso romper con una orientación completamente nueva, que, a su debido tiempo, se jactaba, había llevado al renacimiento económico del país; un término reiterado por el Nuevo Laborismo cuando llegó al poder, que afirmaba haber abolido el ciclo económico y establecido un ejemplo para Europa con el dinamismo de la economía de mercado británica. Históricamente, ¿hasta qué punto se mantienen estas afirmaciones? 

La argumentación más acreditada en defensa del éxito del thatcherismo fue la de Nicholas Crafts, para quien sus tres grandes logros fueron romper el poder obstruccionista de los sindicatos, reducir los aranceles y liberar la competencia mediante la desregulación de los mercados y la privatización de los monopolios públicos. Con ello, sostiene Crafts, cosechó los beneficios de la tecnología de la información y las comuni- caciones, lo que supuso un avance de carácter general al cual el nuevo sistema económico descentralizado creado se hallaba mejor adaptado que su predecesor dirigista lo había estado respecto a la producción en masa del fordismo durante el periodo de posguerra, aunque esencial- mente tal aproximación contribuyera más a la difusión de la tecnología que a la innovación tecnológica. La renovación económica de Thatcher fue incompleta, ya que dejó intacta la división entre la propiedad y la gestión de las empresas que aquejaba desde hacía mucho tiempo a Gran Bretaña, pero el balance fue indiscutiblemente positivo; el país ya no iba a rastras de Francia y Alemania como antes42. 

¿Qué hay que decir de la productividad en esos años? Si bien las ganan- cias generales no estuvieron muy por encima de la media europea, en el sector industrial se produjo una mejora notable, aumentando el 4,7 por 100 anual entre 1979 y 1989, mientras que los beneficios habían aumen- tado el 44 por 100 a finales de la década. Pero, como mostró Andrew Glyn, más de la mitad de las ganancias de productividad provenían de los recortes de plantilla, mientras que la inversión en el sector industrial expe- rimentaba una reversión espectacular, ya que sus beneficios se desviaron hacia los servicios financieros y comerciales, donde la inversión aumentó el 320 por 100 durante unos años en los que la inversión industrial creció apenas el 13 por 10043. En 1991 la producción industrial había aumen- tado sólo el 6 por 100 en comparación con el promedio del 35 por 100 registrado en la ocde, languideciendo durante todo el periodo de 1973 a 2007 a un ritmo promedio anual inferior al 0,4 por 10044. En general, entre 1979 y 1990, el pib creció anualmente el 2,3 por 100, por debajo de la tasa del 3 por 100 registrada entre 1949 y 197345. La inversión en i + d no solo estuvo muy por debajo de la de sus competidores, sino que en realidad cayó en los últimos treinta años del pasado siglo46. 

Con la llegada de Thatcher al poder, la imposición de una fuerte deflación para facilitar el paso del país a un nuevo régimen económico provocó una grave recesión inicial en 1980-1981, manteniéndose después altas tasas de desempleo. Pero su impacto se vio amortiguado por las rentas del petróleo del Mar del Norte y el producto de la venta de activos públicos, que permi- tió al gobierno salir de la recesión sin aumentar la carga fiscal, reduciendo por el contrario los impuestos sobre la renta y disminuyendo los gastos47. El imán de la desregulación atrajo una gran afluencia de capital extranjero: la propiedad extranjera de activos locales se cuadruplicó, sosteniendo la balanza de pagos, mientras el endeudamiento de los hogares se duplicaba manteniendo el consumo48. Con estos ingredientes, el auge impulsado por las finanzas y la deuda duró casi una década antes de una segunda y más profunda recesión registrada en 1990-1991, que obligó a recurrir a una devaluación de la libra esterlina para su recuperación, lo cual no introdujo alteraciones en el modelo subyacente. La inversión permaneció estancada en la parte inferior del g7 a lo largo de toda la década de 199049. 

El Nuevo Laborismo heredó este modelo y lo conservó con mínimas alte- raciones, esencialmente pagos colaterales a su electorado en forma de aumento del gasto social, cubierto por una mayor financiarización de la economía. Los gobiernos de Blair-Brown conocieron una continua con- tracción del sector industrial; la regulación más ligera de la banca; las entradas aún mayores de capital extranjero, que de nuevo cuadruplicó la propiedad extranjera de acciones; la burbuja inmobiliaria se dilató aún más; y se elevó el nivel de endeudamiento de los hogares. A esas alturas la balanza de pagos se estaba deteriorando, al tiempo que se profundizaba la distancia regional entre Londres y el sudeste, por un lado, y el norte. Después de 2004, el fuerte aumento de la inmigración procedente de la ue ayudó a sostener el modelo de crecimiento de baja cualificación y bajos salarios de Ukania al ahorrar costes de capacitación a las empresas. En esos mismos años la desigualdad volvió a crecer hasta alcanzar un coefi- ciente de Gini de 0,36, «su nivel más alto desde que se comenzó a evaluar en 1961»50. Resumiendo el historial del Nuevo Laborismo, una encuesta de 2007 señalaba que había dependido de un gran consumo para impul- sar la demanda, cuya resaca aún no había llegado, y que «se lavó las manos ante la creciente desigualdad» con un conjunto de medidas que simple- mente «refinó y desarrolló el thatcherismo que le había precedido»51. 

Puntualmente, como en el caso de Thatcher, después de una década de gobierno de Blair-Brown la economía volvió a entrar en profunda rece- sión. El colapso financiero de 2008, confiesa Craft, fue un «duro golpe» tanto para el Nuevo Laborismo, como para los admiradores de su cons- tante continuidad de las políticas de Thatcher. Desde 2004 el aumento de la productividad ya había venido disminuyendo, las ganancias de las tecnologías de la información y la comunicación se habían desvanecido, y en 2007 el colapso de Northern Rock, un año antes de que Lehman quebrara en Nueva York, desencadenó el primer pánico bancario desde la década de 1860. A diferencia de 1992, esta vez no hubo recupera- ción política para el régimen vigente, que en 2010 fue desalojado en las urnas. Observando retrospectivamente la crisis desde el círculo más íntimo en torno a Brown surgió una queja lastimera: ¿por qué? Uno de sus integrantes lamentaba de que «no fuimos conscientes del ritmo y la escala del cambio acaecido en el sector financiero, ni comprendimos sus riesgos potenciales», aunque sin aceptar ninguna responsabilidad especial por el resultado, ya que «casi nadie –continuaba– entendía exac- tamente lo que estaba pasando en los mercados o el grado en que el riesgo moral estaba afectando realmente a la asunción de riesgos. Como tantos otros, el gobierno británico aceptó en gran medida la idea de que el sector financiero era el ejemplo más consumado de la racionalidad de mercado eficiente y calculadora». La respuesta, en su simplicidad, proporcionó el obituario apropiado para el Nuevo Laborismo: «Las cosas fueron mal porque todos fuimos engañados por la burbuja y era difícil saber qué más hacer, especialmente cuando estábamos enfrentados a la perspectiva de que otros países nos superarían si nos quedábamos quie- tos»52. La bancarrota de 2008 no fue tan sólo económica. 

Al cuadriplicar el nivel de la deuda pública hasta el 150 por 100 del pib, el coste de los rescates subsiguientes dejó despejada la pista ideológica para el régimen de austeridad conservador que siguió, cuyos objetivos fueron aceptados por los laboristas. Diez años después del inicio de la crisis, ¿cuál es el resultado? Una economía en la que el valor patrimo- nial de los bienes inmuebles se ha centuplicado desde principios de la década de 1970, pasando de 60 millardos de dólares a más de 6 billo- nes, atrae casi el 80 por 100 de los préstamos bancarios, frente a sólo el 5 por 100 dirigido a las empresas, mientras ahora el sector inmobilia- rio representa un porcentaje mayor del pib que la totalidad del sector industrial53. Entre 2000 y 2017, la balanza de pagos acumuló un déficit de 1 billón de libras, mientras que durante el mismo periodo la base monetaria se expandió quince veces más para respaldar los valores de los precios de los activos y el consumo hasta representar más del 80 por 100 del pib54. Entre 1997 y 2012, el promedio de formación por trabajador  se redujo aproximadamente a la mitad55 y entre 2007 y 2016 se produjo un estancamiento de la productividad del trabajo sin precedentes his- tóricos, registrando un crecimiento miserable del 0,09 por 100 anual, lo cual supuso un coste inédito en la producción estimado en cerca del 20 por 100 de la tendencia anterior a la crisis financiera. En cuanto al crecimiento, durante el mismo periodo el aumento del pib per cápita fue sólo del 0,19 por 100 anual56. De modo que en lo que respecta a su renacimiento, Gran Bretaña había vuelto al punto de partida. 

2. Bloque dominante 

Entre 1874 y 1997 los conservadores, ocupando el poder solos o en coalición, dominaron el gobierno con un predominio que ningún otro partido en Europa ha igualado nunca ni remotamente. Durante la mayor parte de ese tiempo, noventa años aproximadamente, el carácter de clase alta de la elite que dirigía el partido permaneció sustancialmente inal- terado. Un solo índice basta para reflejarlo: en 1950 una cuarta parte de sus miembros presentes en el Parlamento eran antiguos etonianos, provenientes de una sola institución escolar que educaba a mil cien alumnos respeto a una población de alrededor de 50 millones de perso- nas. Cinco años después, cuando Eden formó su gobierno, diez de los dieciocho ministros de su gabinete procedían de Eton; en el momento en que Macmillan le sucedió en 1957, eran ocho de dieciocho; cuando Douglas-Home se convirtió en premier, once de veinticuatro. Macmillan seleccionó a Douglas-Home como sucesor después de consultar la deci- sión con un grupo de tan sólo nueve colegas, ocho de ellos etonianos, en una reunión denunciada como un golpe por un ministro menos favore- cido, indignado por la imposición al partido de aquel «círculo mágico» de un aristócrata carente de cualificaciones particulares57; y cuando los conservadores perdieron las siguientes elecciones, la elección del lide- razgo se transfirió al grupo parlamentario del partido en lo que llegaría a ser considerado como el verdadero fin del ancien régime en Gran Bretaña, cuando la clase gobernante hereditaria cedió el liderazgo del mismo a los estratos inferiores del bloque dominante que durante tanto tiempo había presidido58. Había llegado el turno de la pequeña burguesía. Heath y Thatcher, los siguientes primeros ministros, eran hijo e hija, respectiva- mente, de un constructor y de un tendero y se propusieron modernizar el país a su modo. 

En los Comunes el cambio fue más lento en el cuerpo del partido. En 1970 los setenta y nueve etonianos de 1950 se habían reducido a cin- cuenta y nueve y en 1979 a cincuenta y uno. Pero el número de los que habían recibido educación privada y habían ido a Oxbridge apenas se había alterado respectivamente: el 75 por 100 y el 49 por 100 en 1964, el 74 por 100 y el 48 por 100 en 1974, el 73 por 100 y el 43 por 100 en 197959. En el gabinete de Heath más de la mitad de los ministros provenían de escuelas de elite; cuatro de Eton, dos de Harrow, dos de Winchester, uno de Westminster y otro de Wellington. En el primer gabinete de Thatcher, la proporción era incluso más alta: quince de vein- tiuno, incluidos seis de Eton y tres de Winchester. Pero en su último gabinete se había iniciado un déclassement: siete de veintiuno. Con Major se produjeron nuevas nivelaciones: cinco de veinticinco en su primer gabinete, cayendo aún más en su caótico segundo mandato. 

En las parameras devastadas de su posterior paso a la oposición, bajo un tríptico de fiascos –Hague (1997-2001) del Magdalen College de Oxford, Duncan-Smith (2001-2003) de la Bishop Glancey Secondary Modern, Howard (2003-2005) de Peterhouse, Cambridge–, prosiguió el proceso. En 2005 el contingente procedente de Eton en la Cámara de los Comunes se había reducido a sólo quince. Para entonces el nuevo cambio de reglas había dado la última palabra en la elección de un nuevo líder al conjunto de los afiliados de todo el país, que debían escoger entre los dos candidatos con más apoyo en el grupo parlamentario. Esta vez el resultado fue un retorno al tipo de siempre: otro viejo etoniano al timón, flanqueado por un íntimo de St Paul’s, y un regreso al poder en 2010: Cameron en el número 10 de Downing Street y Osborne en el número 11. Cuando Cameron renunció en 2016, hubo un breve interregno bajo May –de mejor cuna que Thatcher o Major, procedente de la clase media anglicana–, antes de catapultar al poder a un nuevo producto de Eton, flanqueado por un delegado de curso de Winchester College: así llegaron Johnson al número 10 de Downing Street y Sunak al número 11. 

¿Qué importancia tiene esta reaparición a la cabeza del gobierno conservador de líderes del escalón superior del sistema de clases tradicional? ¿Señala la persistencia de un adn subyacente del Partido Conservador para el que, en circunstancias azarosas, la confianza patricia todavía cuenta mucho en el éxito político? ¿O puede que no sea más que un destello contingente en la transición a una formación más plebeya, no sólo pequeñoburguesa, sino de composición multiétnica? Si considera- mos el gabinete, el 69 por 100 de los ministros del gobierno de Johnson en 2020 tienen educación privada, mientras que en el de May en 2016 eran el 30 por 100, una diferencia notable. Pero desde el punto de vista parlamentario, el porcentaje de diputados conservadores que recibieron educación privada, el 73 por 100 en 1979 y todavía el 60 por 100 en 2005, había caído al 41 por 100 en 2019, mientras que el porcentaje de prove- nientes de Oxbridge, el 51 por 100 en 1997, se había reducido al 27 por 10060. En otras palabras, socialmente hablando, durante la última década los líderes y cuadros del Partido Conservador se han movido en direccio- nes opuestas. En cuanto al número de miembros del partido, 130.000 con Cameron, son ahora unos 191.000, pero dos quintas partes de ellos tienen más de 65 años y la misma proporción es esencialmente pasiva61. 

Si ahora se trata de una estructura desequilibrada, muy alejada de la era de posguerra en la que la cúspide del partido en el gobierno y su apoyo en el Parlamento estaban cortados por el mismo patrón sostenidos por la deferencia de una afiliación de masas de un millón de miembros en el país, la educación oligárquica todavía puede actuar como un estabi- lizador de la misma en reserva. Retrospectivamente, desde 1964 todos los varones de clase media baja elegidos para el liderazgo del partido fueron fracasos: Heath un fiasco, Major una mediocridad que dividió al partido, Hague, Duncan-Smith y Howard apenas recordables. Thatcher fue la excepción sociológica, una mujer que por la fuerza de su carácter y de convicción cambió el país. Después de los fracasos que siguieron, Cameron devolvió al Partido la confianza en haber nacido para gobernar. Seguro de que podía ganar un referéndum que no tenía necesidad de convocar, su perdición fue el exceso de confianza. Johnson se hizo con el poder con una demostración más atrevida y extravagante de la misma despreocupación, siendo el primer político de su partido en rebelarse abiertamente contra la ortodoxia de su época, triunfando donde el padre de Churchill y luego el de Chamberlain habían fracasado. Queda por ver hasta dónde le llevará la voluntad de poder. 

Sociológicamente, la continuidad de los orígenes en las escuelas priva- das de elite no significa que la formación que ofrecen a sus dirigentes se mantenga inalterada. En la conclusión de su magnum opusBritish Imperialism 1688-2015, Peter Cain y Tony Hopkins escriben sobre dos cambios básicos en la constitución de los gobernantes tradicionales del país. Culturalmente, su formación ya no es la misma. En las escuelas públicas, la construcción del carácter sigue siendo fundamental, pero ahora hay una «privatización progresiva del carácter». La nueva defini- ción enfatiza cualidades como «la ambición, la confianza en uno mismo y el empecinamiento». Omite las nociones de deber, abnegación y servi- cio público, que se enseñaban a los caballeros ingleses en los días de la gloria imperial. La nueva elite está siendo moldeada en un credo mucho más individualista que sus predecesores, porque se está preparando para entrar en un mundo cada vez más cosmopolita y supranacional donde los valores tradicionales de la caballerosidad ya no son fundamen- tales»62. Económicamente, a medida que las finanzas y la industria en el Reino Unido –bancos, servicios públicos, aeropuertos, acero, automóvi- les, comercio minorista, clubes de fútbol, electrodomésticos– pasan cada vez más a manos extranjeras, los vínculos entre el capital, más global, y la clase, aún políticamente local, se han debilitado. La City, que ya no está dominada por bancos de inversión de sello nativo, ha perdido la posición que ocupaba en el firmamento gobernante. Las empresas en general disfrutan de una influencia menos directa que en el pasado en los consejos del partido y el Estado. 

El resultado sigue siendo ambiguo. Si la clase propietaria puede dis- tinguirse como una formación a la vez «en» sí y «para» sí, el bloque gobernante como tal es objetivamente de mayores dimensiones y más rico –atiborrado por los precios de los activos– que nunca antes, moder- nizado en el sentido de ser cada vez más «diverso» (noblesse d’écran; duquesas de piel morena; abolición de la primogenitura masculina en la Casa de Windsor; un sistema de honores que sigue atrayendo, como moscas a la melaza, a exfeministas ardientes y exprofesores marxistas). Pero si ya no es «para sí» en un sentido coherente, ello es producto de un proceso escalonado, desarrollado a lo largo de generaciones sucesivas, en el que Gran Bretaña no ha experimentado ni una ruptura política ni una ocupación militar, sino una serie de abdicaciones de soberanía rela- tivamente indoloras todavía fortalecida, sin embargo, por un prestigio andrajoso y en definitiva por una riqueza creciente. De hecho, regresión lenta y muy amortiguada al estatus de zángano: en 1914-1918, pérdida del liderazgo mundial; en 1947-1962, pérdida del imperio y en 1956 de la soberanía internacional; en la década de 1980, conversión de la City en un centro de servicios para bancos extranjeros, que disolvió la riqueza clara- mente nacional en participaciones globales más difusas; en la década de 1990, degradación del estatus regional con la reunificación de Alemania; en el nuevo siglo, pérdida de estatus global con el ascenso de China. 

Sin embargo, durante el periodo de entreguerras, pese a toda su cháchara sobre la eutanasia del rentista, fue Keynes quien siguió considerando la City no solo vital para impulsar la economía global (ningún otro centro podía ofrecer su combinación única de capital de inversión, finanzas comerciales, seguros y otros servicios) sino también para asegurar el liderazgo de Gran Bretaña como gran potencia junto a Estados Unidos, la cual contaba además con una moneda internacional independiente. Medio siglo después, el objetivo del Big Bang de 1986 no era tan dife- rente. En su batalla con Nueva York, Tokio y otros centros financieros rivales, lo que le importaba a Gran Bretaña era el tamaño y la liquidez de los mercados y las transacciones realizadas en la City, no quienes eran los propietarios de las firmas que apostaban en ellos. El peso económico y el carácter de clase de la City pueden haber cambiado mucho, pero incluso con una capacidad subordinada, ¿es para el Estado británico una recompensa geopolítica menor que antes? Faute de mieux y sin muchas otras cartas que jugar –empresas de armamento y de alta tecnología en defensa o farmacéuticas también están en la picadora– el acceso a la City y a sus mercados y servicios débilmente regulados seguirá siendo sin duda una baza para negociar futuros acuerdos comerciales. 

La trayectoria social de los conservadores desde la ruptura de la década de 1960 es sólo la mitad de la historia. La otra mitad, que la cruza, es el cisma político que se abrió en el partido con respecto a Europa, una vez que se logró el acuerdo neoliberal de Thatcher. Bajo el liderazgo de Heath, los conservadores presionaron a favor de la entrada en el Mercado Común en la creencia de que Europa podría actuar como un sustituto del imperio. Proporcionando a la nación una plataforma alternativa a su papel natural en el escenario mundial, «haría a Gran Bretaña más grande», explicó Heath. Thatcher no disintió, considerando la Comunidad Económica Europea –como todavía esta se describía a sí misma–, como una construcción cuyo propósito era dar rienda suelta a la libre circulación de los factores de producción en todo el continente, realidad que los principios británicos de desregulación ampliarían y per- feccionarían. Ese era un objetivo que Thatcher se mostraría orgullosa de haber logrado con el Acta Única Europea de 1987, ideada por Lord 

Cockcroft, su emisario en Bruselas. Un rudo despertar le aguardaba. La integración europea había sido desde el principio, desde los tiempos de Monnet y Schuman, un proyecto político cuyos dispositivos económicos eran medios, más que fines, al servicio del objetivo de una «unión cada vez más estrecha» de Europa y que se inclinaban regularmente hacia ese fin. Eso no significaba una Gran Bretaña más poderosa, como se con- cebía en la imaginación conservadora, sino menor, encadenada por los grilletes jurídicos de Luxemburgo y Bruselas. Al descubrir esto tardía- mente, Thatcher retrocedió, precipitando su derrota en los Comunes a manos de sus antiguos colegas que no estaban dispuestos a rechazar los siguientes pasos hacia la unidad europea como ella deseaba. Dos años después, Major firmó formalmente el Tratado de Maastricht, que creaba formalmente la Unión Europea, con una cláusula que permitía a Gran Bretaña unirse o no, según deseara, a su futura moneda única. 

En ese momento estalló una rebelión de los diputados de segunda fila contra la ue, alentada por Thatcher, ya en retirada. Pronto el gabinete se dividió, el gobierno de Major se desestabilizó y después de que el partido fuera derrotado en 1997, su ala euroescéptica ganó la partida, eligiendo a sus siguientes tres líderes. Pero a los votantes les importaba poco Europa y bajo el desafortunado trío el partido perdió las tres elecciones siguien- tes. Cameron se hizo con la dirección en 2005 prometiendo poner fin al conflicto sobre Europa, fuente de discordia entre los miembros del partido y de alejamiento de los votantes. Pero la propia Europa no iba a permanecer inmóvil. Después de Maastricht llegó Lisboa, un paso más hacia una unión más estrecha. Aún en la oposición, Cameron se vio obli- gado al principio a prometer que cuando llegara al gobierno convocaría un referéndum sobre el asunto. Pronto, seguro de que la perspectiva de éxito político lo inmunizaba frente a los alborotadores en un partido desesperado por volver al poder, abandonó el compromiso. Pero una vez en el poder, la objeción constitucional a la ue, limitada a una minoría de sus diputados, se vio fortalecida por la oposición popular a la inmigra- ción procedente de Europa (garantizada jurídicamente por sus Tratados) que en un momento de alto desempleo se convirtió en una amenaza electoral para los conservadores en la forma del uk Independence Party (ukip). Para contenerla, Cameron prometió un referéndum sobre la pertenencia a la propia ue, creyendo que subir las apuestas le permitiría resolver el problema de una vez por todas, silenciando la eurofobia con una demostración concluyente de la voluntad de la nación de permane- cer en la Unión. Una vez convocado, el referéndum dividió a la dirección del Partido y prevalecieron las fuerzas combinadas de los euroescépticos en su seno y del ukip fuera de él: las caras suave y áspera de la campaña por el Brexit. Tres años después Johnson, con el Partido Conservador en su bolsillo, retornó a casa con una gran mayoría en los Comunes. 

3. Partido Laborista 

En la historia del Partido Laborista, la llegada de Blair marcó una ruptura estructuralmente simétrica con la de Thatcher en el Partido Conservador: un neolaborismo que se apartaba tan bruscamente de sus tradiciones como lo había hecho el neoliberalismo con respecto a las disposiciones conservadoras anteriores. Pero había dos diferencias importantes entre las respectivas remodelaciones de estos pilares centrales del sistema político, aunque estuvieran relacionadas. El thatcherismo era una sínte- sis original, apoyada en ideas poderosas y sistemáticas que vertebraban una reorganización internacional del capitalismo que a su vez rediseñó el mapa del país. El Nuevo Laborismo, en cambio, no era más que una adaptación a este cuadro, un epígono que modificaba algunas de sus características, agregando otras, pero se trataba en esencia de una copia más que una invención. Por eso su gobierno significó un cambio mucho menos radical en el país. Sin embargo, precisamente por esta razón, como derivado de lo que antes había sido su antagonista, el blairismo supuso una transformación mucho más radical del Partido Laborista que el thatcherismo del Partido Conservador. Thatcher no tuvo que repudiar los principios del conservadurismo, inventar una nueva denominación para su partido, repudiar sus iconos, desechar su doctrina o desgarrar su maquinaria para darle otra forma que se adecuara mejor a los intereses del capital que siempre había representado, para bien o para mal, en con- diciones que requerían nuevas directrices a fin de maximizarlos. Blair, en cambio, se enfrentó a un partido cuya constitución lo comprometía a la propiedad pública de los medios de producción; que históricamente se había identificado con la clase trabajadora más de lo que los conservadores se habían identificado nunca con ninguna clase, sino simplemente con la nación; que todavía pronunciaba el término socialismo; y cuyas conferen- cias eran asambleas impredecibles capaces de frustrar la voluntad de sus líderes o de imponerles políticas sumamente incómodas. 

Afortunadamente para Blair, se trataba de un partido tan desmorali- zado por quince años de gobierno conservador que pudo dirigirlo sin mucha resistencia. Al cabo de poco tiempo se abolió la Cláusula Cuatro, se desvaneció la cháchara sobre el socialismo, la guerra de clases se con- virtió en una iniquidad del otro partido, y las conferencias pasaron a ser aclamaciones obedientes del líder. En el capitalismo no había nada malo: solo necesitaba gobernantes socialmente responsables para ase- gurarse de que beneficiara a todos. Thatcher había hecho mucho bien al país y lejos de invertir sus logros –legislación para prevenir el abuso del poder sindical, privatización de industrias y servicios públicos inefi- cientes, reducción de impuestos a las empresas, desregulación de las finanzas– los gobiernos del Nuevo Laborismo ahora los preservarían y, en caso necesario, los ampliarían: otorgando independencia de acción al banco central, cediendo escuelas y hospitales a la empresa privada, introduciendo tasas para estudiantes y una cuantificación más estricta de la investigación para llevar la disciplina de mercado a las universida- des, y dando rienda suelta a la City para que superara a Wall Street en la desregulación competitiva; por no hablar de la eliminación de los ana- cronismos legales –decisión unánime de los jurados, ninguna detención sin orden de arresto– que trabaran la seguridad. Pero había aspectos poco atractivos del thatcherismo que a la nación le disgustaban con razón y que con el Nuevo Laborismo desaparecerían. Era demasiado indiferente a las necesidades de los menos favorecidos, que podrían recibir ayuda sin afectar a los más pudientes, y había descuidado los servicios sociales, que requerían más financiación; era demasiado estridente en su retórica y anticuado en su perspectiva cultural; no entendía las ventajas de cierta descentralización y devolución de poderes a los parlamentos de Gales y Escocia, o las desventajas de batallar con Europa. El neolaborismo ofre- cía el neoliberalismo sin lágrimas. ¿No era eso lo que quería el país como demostraron tres victorias electorales seguidas? 

Las mayorías electorales que obtuvo Blair fueron menores que las de Thatcher –la última con la proporción más baja de votos (35,2 por 100) de cualquier otro gobierno en la historia de posguerra–, aunque en general, dado el sesgo hacia el laborismo en la distribución de distritos electorales, con una mayor proporción de escaños. La diferencia más notable entre los dos regímenes, no obstante, fue la precipitada caída en la participación electoral: 72,7 por 100 a mitad del periodo de gobierno Thatcher y 59,4 por 100 a mitad del de Blair. El Nuevo Laborismo tenía una base significativa- mente menor, con un total de alrededor de 7 millones de votos menos que su predecesor conservador John Major. El gran triunfo de Thatcher había sido sumar los estratos c2 –los de los trabajadores mejor situados, de acuerdo con la clasificación estadística británica– al campo conservador. El Nuevo Laborismo trató de mejorar en las categorías abc1: estratos ges- tores, profesionales y trabajadores de cuello blanco, la «Middle England» de su autoimagen. Ello implicaba una estrategia regional y nacional tácita, cuyas consecuencias vendrían a acosar al partido veinte años después con una lógica ya expuesta con ácida previsión en su momento por Tom Nairn. El Nuevo Laborismo se estaba convirtiendo –afirmaba Nairn– «mucho más decididamente en un partido del sur de Inglaterra»: un «ajuste hacia las normas (reales o imaginarias) del cogollo inglés, que implicaba cierta retirada de la antigua base de poder del Partido Laborista en el norte y la periferia. Nadando a favor de la marea, en lugar de deba- tirse ineficazmente contra ella, prometió una hegemonía más sólida. Sin embargo, esa mutación tuvo que ser «encubierta» y justificada para que tal cambio de ruta funcionara: dicho de forma más cruda, al norte había que darle tiempo para morir decentemente, mientras la estructura-autori- dad del Nuevo Laborismo echaba raíces más duraderas en el antiguo sur conservador»63. 

Por el momento, todo fue bien. Los votantes podían no acudir en masa a las urnas como en el pasado, pero, ¿no era ello un signo de satisfacción con el estado del país? Una gran mayoría parlamentaria tras otra, sin precedentes en la historia del Partido Laborista, demostraba lo bien que se estaba gobernando la sociedad, en una nación en paz consigo misma. Dos aspectos del régimen, sin embargo, lo desmentían. Uno de ellos era nuevo en el partido y en el país; el otro un atavismo arraigado en ambos. El primero era el estilo de gobierno del Nuevo Laborismo, del que Peter Oborne dibujaría un devastador retrato en el último año del mandato de Blair en su estudio de la clase política del periodo, una categoría cuyas semillas se remontaban a Thatcher, pero que había florecido cuando el Nuevo Laborismo llegó al poder en 1997 con una fracción parlamentaria de la que más de dos quintas partes eran novatos políticos, casi el doble de los que ocuparon los escaños conservadores en 1979. Para Oborne, lo que entonces cobró forma fue un fenómeno novedoso consistente en sujetos vinculados a la actividad política y caracterizados por su depen- dencia existencial del cargo político para su sostenimiento material y psicológico, y compuesto no sólo por los afincados en las dos cámaras del Parlamento, sino también por la batahola circundante de asesores, ayudantes, investigadores, cabilderos, miembros de think-tanks, perio- distas y comunicadores a sueldo, cuyo perfil y habitus desnudó con detalles etnográficos letales, exhibiendo hasta sus patrones endogámicos característicos, sus formas de hablar, susestilos de ropa y susaficiones de ocio64. Instrumental en todas sus relaciones, sin raíces ni conexiones 

más allá de su propio mundo superficial, inseguro, obsesionado por las relaciones públicas y vacío de ideas, se trataba de un estrato infestado de corrupción y abuso de poder generalizados, amparado por un gober- nante que nunca se molestó en dejar su sofá en Downing Street para implicarse en el 90 por 100 de las disputas surgidas en los Comunes, que fue de vacaciones con Berlusconi y que acabó amasando millones por sus favores a los déspotas del petróleo. 

Más dañina políticamente que la venalidad fue la mendacidad con que Blair y sus ministros llevaron al país a la invasión de Iraq como esbirro de Estados Unidos y los desastres derivados de aquella ocupación. La guerra en sí no era una anomalía, sino un ejercicio acorde con el pasado imperial del partido. El gobierno de Attlee, que todavía tenía ochocien- tos mil hombres en armas en 1949, dedicaba un año después a gastos militares el 20 por 100 de su presupuesto –una proporción del pib mayor que la de los propios Estados Unidos– para ayudar a este país en Corea, librar operaciones de contrainsurgencia en Malasia y construir en secreto armas nucleares65. El gobierno de Wilson emprendió una guerra colonial en Yemen; Callaghan coludió con Washington para garantizar que el reducto militar británico en Chipre no fuera un obstáculo para la limpieza étnica turca. Superando en celo a cualquiera de sus prede- cesores, Blair instó a Estados Unidos a invadir Yugoslavia con tropas terrestres y le dijo a Bush «adonde tu vayas iré yo», cuando Washington planeó su ataque a Iraq, un territorio que había pertenecido antaño al Imperio británico. Después de la debacle de Basora y la retirada de las últimas tropas británicas en septiembre de 2007 vino el colapso de la burbuja financiera con el crac de 2008. En el momento del ajuste de cuentas electoral dos años después, las dos vertientes tradicionales de la descomposición ukaniana, militar y monetaria, se habían derrumbado. Empapado en sangre, sordidez y espumarajos, el laborismo fue expul- sado del poder sin ceremonias, cosechando su segundo voto más bajo desde las elecciones de 1918. 

El pozo de asco y burla en el que para entonces había caído Blair –«el pri- mer ministro más deshonesto y desastroso de la historia moderna», que durante un buen tiempo no pudo mostrar su rostro en público66– fue tal que su heredero natural, el mayor de los hermanos Miliband, apoyado por The Guardian y el Financial Times, fue derrotado por el más joven para la sucesión. A diferencia del thatcherismo, que sigue siendo un estandarte orgulloso para muchos conservadores, el Nuevo Laborismo se convirtió en un estigma tal que ningún sector del partido quería saber nada más de él67. En la práctica –el Miliband más joven había sido un protegido de Brown–, las desviaciones de su curso fueron modestas y no obtuvieron gran recompensa en las urnas, ganando los tories por un margen mayor cinco años después. Pero en el ínterin se había producido un cambio decisivo. El incidente de una bronca de borrachos en los Comunes, que llevó a una disputada votación sobre la selección del próximo candidato laborista en un distrito escocés en la que Miliband trató de bruñir su imagen haciendo frente a supuestas presiones sindicales, precipitó una inesperada alteración de las reglas para elegir al propio líder del partido, aboliendo no sólo el voto en bloque de los sindicatos, que controlaban dos quintas partes de los votos en la contienda por el liderazgo, sino también el tercio controlado por los parlamentarios, lo que hizo a los miembros de base del partido dueños por primera vez en su historia de cualquier futura elección. De repente quedaron borradas las «almas muertas» de Gogol del Partido Laborista, que históricamente habían asegurado el control del partido por sus líderes parlamentarios de derecha –los «afiliados» fantas- mas dominaron el 90 por 100 de los votos en sus conferencias hasta 1981, y todavía dominaban el 50 por 100 en 2011–, así como los oligarcas de los Comunes que disponían de ellas68. Cuando Miliband dimitió en 2015, el resultado dejó tan estupefacta a la prensa como a los parlamentarios: Corbyn fue elegido con una mayoría arrolladora. El Partido Laborista tenía ahora al líder más izquierdista de su historia y el número de afiliados se duplicó prácticamente de la noche a la mañana. 

Furiosa por esta usurpación, antes de un año la fracción parlamenta- ria del partido votó por más del 80 por 100 la destitución de Corbyn después del referéndum sobre Europa, aduciendo que no había hecho suficiente campaña a favor de la permanencia en la Unión Europea. Los miembros del partido lo reeligieron con una mayoría aún mayor y en 2017 casi llevó al Partido a la victoria en las urnas con el mayor cambio en favor de los laboristas registrado desde 1945, superando en número de votos los recogidos por Blair en 2001 y 200569, y presentando un programa que proponía la renacionalización del transporte y los servi- cios públicos privatizados, un impuesto de sociedades más alto y más gasto público en políticas de bienestar. Con ese triunfo, ¿había vencido por fin la izquierda laborista, eterna minoría impotente en el partido? Lejos de ello, su fracción parlamentaria (Parliamentary Labour Party: plp) permaneció implacablemente hostil a Corbyn, y el aparato del par- tido siguió repleto de oponentes apopléticos, mientras que la prensa –con The Guardian a la cabeza, secundado por la bbc– multiplicaba sus ataques vitriólicos, en una coalición unida en la voluntad de des- truirlo. Contra ella, Corbyn tan solo contaba con un pequeño grupo de aliados: un puñado de ayudantes, apenas unos cuantos diputados, dos o tres dirigentes sindicales y una afiliación que se recuperaba del Nuevo Laborismo, pero en su gran mayoría, ni los jóvenes ni los viejos poseían ninguna cultura política más allá de los entusiasmos del momento o las ilusiones del pasado. El vuelco había sido demasiado repentino, sus- trayendo el tiempo necesario para que se desarrollara y arraigara una alternativa seria a las miserias del laborismo. «Los cuadros lo deciden todo», y prácticamente no había ninguno. En 2019, en medio del desor- den de su guerra civil, con un líder vilipendiado por los medios y por sus colegas, y un manifiesto ahora inconexo, el Partido sufrió una amplia derrota en unas elecciones que giraron en torno al Brexit, cuestión sobre la cual nunca había logrado elaborar una posición coherente, cuando muchos de sus bastiones tradicionales en el norte pasaron a manos de los conservadores. 

La rígida forma organizativa que definió al Partido Laborista durante un siglo, desde 1918 hasta 2015, perdura en sus conferencias; pero en las contiendas por el liderazgo se ha desleído. Tampoco existe, con conse- cuencias aún más trascendentales, la base social sobre la que descansaba. En 1950 la clase trabajadora británica comprendía más del 60 por 100 de la población. Durante el medio siglo siguiente, las condiciones sociales desiguales que la definían como una clase específica (niveles salariales, seguridad laboral, educación) no cambiaron, ni tampoco su identidad, asumida, incluso, por muchas familias que habían salido de ella70. Su tamaño, sin embargo, lo hizo radicalmente: en 2010, los trabajadores industriales constituían aproximadamente el 20 por 100 de la población. Al prohibir el discurso de clase y sumarse a los conservadores en un terreno común neoliberal y organizado en torno a la carrera profesional, el Nuevo Laborismo cerró de hecho cualquier espacio político en el que los trabajadores pudieran encontrar expresión, incluso para dilucidar la creencia general de que las diferencias de clase y la polarización social se estaban ampliando71. La conclusión, como argumentan Evans y Tilley en su fundamental estudio del panorama resultante, fue una transfor- mación de la escena ideológica, en la que los ejes de valor económico y «social» (esto es, cultural) comenzaron a divergir. 

Dividiendo la clase media en tres grupos distintos, antigua (propietarios, gerentes, profesionales), nueva (empleados asalariados, trabajadores o supervisores auxiliares no manuales) y de categoría inferior (traba- jadores administrativos comunes), The New Politics of Class considera al primer grupo como económicamente de derechas y culturalmente autoritario; al segundo y al tercero como económicamente centristas y culturalmente liberales; y a la clase trabajadora contemporánea como económicamente de izquierdas y culturalmente autoritaria72. A medida que el Partido Conservador y el Partido Laborista convergían en la agenda económica y en el tipo de políticos (claramente percibido como tal por los trabajadores), el componente de clase obrera del electorado laborista cayó verticalmente. En los años de posguerra, el apoyo a los laboristas de la clase obrera era el 30 por 100 más alto que el de la vieja y nueva clase media. En la década de 1990 era el 10 por 100 mayor, para luego desaparecer por com- pleto a medida que aumentaba la abstención proletaria. En 2015 el Partido Laborista tuvo por primera vez menos votantes de clase obrera que de la nueva clase media. Cuatro años de Corbyn no pudieron revertir los trece de Blair y Brown: después de tal legado, el realineamiento de los ejes de valor requería una síntesis de política e ideales que excedía su capacidad, quizá inalcanzable a corto plazo. En 2019 los conservadores obtuvieron el 21 por 100 de ventaja sobre los laboristas entre la clase trabajadora73. 

4. Intelectualidad 

La demarcación del panorama intelectual del país en cualquier periodo plantea difíciles cuestiones de definición. Para los propósitos actua- les basta señalar la obvia centralidad del mundo académico, ya que el mayor número de quienes podrían describirse como intelectuales tra- bajan ahora en las universidades, aunque muchos, tal vez la mayoría, de los que enseñan o investigan en ellas no aceptaría ni justificaría el término. Además, la penumbra de los medios impresos, en sus rangos superiores, y en menor medida las cadenas de radio y televisión más efí- meras, ofrecen un hábitat relacionado. En ninguno de ellos cabe esperar una uniformidad de tendencia o perspectiva, por supuesto; pero, ¿cuá- les han sido las dominantes en el desarrollo de la intelectualidad desde principios de la década de 1980 y cuáles las principales desviaciones de esas tendencias y perspectivas tras ser sacudidas por sucesivos choques representados, primero, por el thatcherismo, luego por el blairismo y finalmente por el Brexit tras su placidez durante el periodo de posguerra? 

En tiempos de Thatcher, las universidades se convirtieron por primera vez en un objetivo ideológico directo del gobierno –un Kulturkampf en palabras de uno de sus ministros de Educación Superior– experimen- tando fuertes recortes en sus fondos y una abierta hostilidad hacia su ethos, considerado como indiferente a las necesidades del mercado y un semillero de pensamiento político erróneo. La aversión llegó a ser correspondida por la gran mayoría de académicos. En 1983 la Royal Society todavía podía elegirla como miembro por una mayoría de dos a uno, pero en 1985 Oxford se negó a otorgarle un título honorífico en una proporción aún mayor, y en 1987 menos de una quinta parte de los profesores de todo el país apoyaba a los conservadores. En los cír- culos literarios fuera de la academia se expresaba en voz alta el odio a Thatcher, que era ampliamente considerada como una encarnación de la hostilidad filistea hacia cualquier tipo de cultura. La realidad era muy distinta. Su gobierno estaba más comprometido con las ideas y era más hospitalario con los intelectuales que cualquier gobierno británico pos- terior a 1945 o formado desde entonces, sólo que esas ideas eran ajenas a la cultura dominante de la época. En una vuelta retrógrada al patrón de la década de 1950, sus dos principales inspiraciones eran importadas del extranjero, Friedman y Hayek, siendo este último –un clásico emi- grado blanco de origen austriaco que se había trasladado de Londres a Chicago a raíz de un embrollo matrimonial–, mucho más importante. En la difusión de sus ideas, no obstante, participaba un próspero grupo de think tanks locales –el Institute for Economic Affairs, el Adam Smith Institute, el Centre for Policy Studies–, que elaboraban recetas radicales para el renacimiento de la nación. Historiadores destacados de la dere- cha fueron reclutados para asesorar en asuntos exteriores y economistas del mismo jaez para hacer lo propio en asuntos domésticos. Más allá de este perímetro de asesoramiento y propuestas, y estrechamente relacio- nado con él, se encontraba el semanario más exitoso de la década, The Spectator, que proporcionó un flujo constante de talento al gobierno o a los puestos principales de Downing Street: Ian Gilmour, Nigel Lawson, Ferdinand Mount y recientemente Boris Johnson. Simétricamente, el New Statesman se había convertido en una sombra del semanario que en la década de 1960 había alcanzado una tirada de noventa mil ejemplares bajo la dirección de Paul Johnson, ahora otro mentor de Thatcher. Si el mundo académico creía haber perdido la comodidad de sus antiguas relaciones con el poder, lo cierto era que la primera línea de la política nunca tuvo un contacto más estrecho con él. 

Con Blair al timón, la opinión intelectual dominante pasó rápidamente del distanciamiento al flechazo. La oposición a Thatcher, aunque con frecuencia se había expresado con vehemencia, era en su mayor parte sustancialmente moderada, reflejando un liberalismo tradicional que se llevaba bien con el conservadurismo tradicional, con una perspec- tiva profundamente arraigada tanto en la iglesia como en el Estado, y que impregnaba al funcionariado y a los profesionales, así como a las universidades74. Sacudida por la polarización política de principios de la década de 1980, había encontrado un refugio temporal en la Alianza. Pero cuando ésta se desvaneció, el Nuevo Laborismo ofreció un confor- tador sustituto. Desde el momento en que la prensa de Murdoch y, a su debido tiempo, la mayoría de la prensa sensacionalista ofrecieron lealtad al nuevo régimen, este disfrutó de un consenso extasiado, enardecido, como no se había visto desde el gobierno nacional de 1931. En el coro de adulación, las principales luces de la opinión intelectual en los medios de comunicación sobrepasaron a los demás en su obsequiosidad hacia Blair como líder75. Incluso su llamamiento a la guerra en Iraq suscitó al principio ditirambos a su elocuencia, hasta que los bombardeos se demostraron menos triunfales de lo esperado. 

En cuanto a las ideas, el patrón del blairismo invirtió la configuración del thatcherismo. El propio régimen, envuelto en una amplitud de elogios que Thatcher nunca había disfrutado, no tenía, a diferencia de ella, inte- rés por ideas de ningún tipo, subsistiendo a base de una dieta de asesores y charlatanes o pregoneros de la Tercera Vía como Anthony Giddens y Andrew Adonis, forraje para los Lores que no dejó rastro alguno en las memorias de su líder a prueba de libros. Entre los intelectuales en general, la mayor parte de los aduladores, aunque no todos, provenían del periodismo liberal, protegidos del impacto de las medidas del Nuevo Laborismo por sus relaciones con el mundo académico. En él, las espe- ranzas de una reparación del daño a la educación superior causado por el periodo Thatcher pronto desaparecieron, cuando quedó claro que el nuevo régimen, por el contrario, no sólo iba a aceptarlo, sino a exten- derlo mediante medidas de control gerencial y mercantilización todavía de mayor alcance. Al final del periodo del Nuevo Laborismo, las univer- sidades habían sido golpeadas tres veces. Primero, mediante profundos recortes del gasto y el sometimiento de los estudios a una focalización del producto crudamente cuantificada bajo Thatcher; luego, mediante la imposición de sistemas de gestión empresarial, que hipertrofiaban la burocracia a expensas de la enseñanza y la investigación; y, finalmente, por la introducción de tasas que convertían a los estudiantes en clientes y por mor del «impacto» público –esto es, de mercado– elevado a criterio de promoción y financiación. Ningún otro país del mundo capitalista avan- zado vio una reducción tan extrema de la educación superior a la lógica comercial. ¿Cuál fue la reacción? Dentro del mundo académico, tan solo un académico, Stefan Collini, publicó dos libros de protesta elocuente, que fueron bien recibidos; al margen de él, un solo investigador inde- pendiente, Andrew McGettigan, produjo dos libros bien documentados que analizaban en profundidad la economía de los cambios76. Ninguno de los dos tuvo el más mínimo efecto perceptible. Tras dos décadas de este brutal asalto neoliberal, la intelectualidad apenas levantó un dedo de resis- tencia colectiva. Finalmente, después de veinticinco años, cuando incluso se recortaron sus pensiones, el mundo académico comenzó a movilizarse a trompicones en 2018 organizando huelgas simbólicas (ausencias de quince días seguidos) incapaces de cerrar ni un solo campus, que fueron boicoteadas por el sindicato e ignoradas por la mayoría de los profesores universitarios, y que se apagaron infructuosamente en 2020: todo ello hecho con retraso, limitado a cuestiones estrictamente económicas y sin abordar en absoluto cuestiones estructurales más amplias. 

El mundo académico liberal, pasivamente rebelde bajo Thatcher, desen- tendiéndose hipócritamente bajo Blair y Brown, cobró vida no por el Research Frame of Excellence, que empresarializó las universidades británicas, o por la guerra de Iraq, sino por Europa, una vez que se per- dió el referéndum77. En las universidades más antiguas, la apuesta por la permanencia era tan popular que si había algún partidario inadaptado de la salida podía convertirse en un leproso social; en Cambridge, la oficina del vicerrector censuró las opiniones no deseadas con una unila- teralidad digna de la Unión de Escritores bajo Brezhnev. Las columnas de cartas de los lectores en los principales diarios rebosaban la furia de los profesores ante la perspectiva de salir de la Unión, las publicaciones literarias periódicas montaron un estruendo como no se había oído en Londres en un siglo, los estudiantes salieron a las calles con banderas de la ue. Sin embargo, la virtual unanimidad de la opinión educada, por no hablar de las capas dirigentes del país, se demostró incapaz de influir en el resultado de un referéndum cuya conclusión creían inevitable tanto el gobierno como la oposición pocos meses antes. ¿Hasta qué punto se puede tomar esto como un indicador de la influencia de la intelectuali- dad actual en el sistema cultural y político del país? 

La circulación de los periódicos leídos por diferentes sectores ha dismi- nuido constantemente durante la última década, cuando The TelegraphThe Guardian y el Financial Times vieron caer sus ventas a más de la mitad y The Times una cuarta parte78. Las publicaciones periódicas, en cambio, que cuentan con un coste de producción mucho menor y pérdi- das a menudo pequeñas para sus propietarios, se han mantenido estables o han crecido. Dejando a un lado las copias gratuitas y las ventas en el extranjero, The Economist tiene actualmente una circulación nacional de 141.000 ejemplares, mientras que la de The Spectator es de 67.000, la de la London Review of Books de 36.000, la de Prospect de 29.000, la de The New Statesman de 25.000, y la del Times Literary Supplement de 12.00079. Las visitas en línea suelen multiplicar esas cifras. En lo que respecta al impacto político, dos de los diarios, The Telegraph The Guardian, son considerados componentes estructurales de los partidos con los que están asociados, conservador y laborista respectivamente, ejerciendo más influencia sobre los diputados de cada uno de ellos que sus miem- bros o su aparato80. De las revistas, solo The Spectator ha proporcionado líderes y gestores a la clase política, así como a la prensa diaria. En resumen, ese complejo no es en absoluto un factor insignificante en los asuntos de Estado, aunque obviamente –como confirmó el referén- dum sobre Europa– su peso en la formación conjunta de opiniones no puede compararse con los medios sensacionalistas propiamente dichos o la televisión. Queda por ver, por supuesto, cuán duradera puede ser la influencia de cualquier sector de ese sistema de comunicaciones en una época en que las generaciones más jóvenes, inmersas en las redes sociales, eluden por completo los periódicos y la televisión: probablemente más de lo que se predice con frecuencia. En cuanto a la cultura del país en un sentido más amplio, una celebración sintomática de la misma fue la ofrecida en 2015 por Dominic Sandbrook, cuyo libro Great British Dream Factory, que aclamaba el inigualable éxito mundial de sus series de televi- sión, historias de detectives, literatura fantástica, música pop, libros para niños, películas de acción y ciencia ficción, etcétera a lo largo de quinientas páginas, anunció con orgullo: «Me he ceñido al término medio, lo “inter- medio” como algunos podrían decir, y deliberadamente no he señalado cosas que atraen sólo a los autodenominados intelectuales»81. 

5. Escocia 

El nacionalismo escocés ganó su primer punto de apoyo en la política británica a finales de la década de 1960, cuando la victoria del snp en unas elecciones parciales llevó a Wilson a crear en 1969 una Comisión Real sobre la Devolución [Kilbrandon Commission] con el fin de amor- tiguar su posible peligro para el Partido Laborista en Escocia, cuyo informe final se hizo público en 1973, cuando ya gobernaba Heath, que recomendaba la creación de un parlamento escocés con poderes limita- dos. Impulsado por esa perspectiva y por el descubrimiento de petróleo en aguas escocesas en el Mar del Norte, en las elecciones al Parlamento de Westminster de febrero de 1974 el snp obtuvo el 22 por 100 de los votos en Escocia y siete escaños, que en la secuela de octubre pasaron al 30 por 100 y once escaños bajo un gobierno laborista que sólo contaba con una mayoría absoluta de tres diputados, que pronto perdería. Cuando la ley presentada por Callaghan concediendo a Escocia una asamblea deli- berativa, que debía ser aprobada en referéndum, fue torpedeada por una enmienda unionista laborista que requería una mayoría del electorado que no fue satisfecha, el snp derribó al gobierno, pero ello, lejos de benefi- ciarle, se tradujo en su desplome durante los siguientes dieciocho años de gobierno conservador, lo cual arrojó un resultado promedio de sólo el 16,5 por 100 y tres escaños en el Parlamento de Westminster. 

Cuando el Nuevo Laborismo llegó al poder en 1997, aprobó una Scotland Act, que creaba un «gobierno» local en Edimburgo en la misma línea que la comisión original, confiado en que su fuerza electoral a escala del Reino Unido –acababa de ganar tres cuartas partes de los escaños escoceses en Westminster– significaba que podía dominar ese orga- nismo y acabar con el independentismo con suavidad82. Durante casi todo un decenio, su cálculo pareció aguantar bien. Habiendo tomado la precaución, preventivamente, de introducir la representación proporcio- nal para las elecciones a la Asamblea escocesa como salvaguarda contra la posibilidad de que el snp obtuviera alguna vez algo más de un tercio de los votos, como él mismo pretendía en Gran Bretaña, los laboristas gobernaron Escocia en coalición con los Demócratas Liberales hasta 2007, año en el que el snp consiguió un escaño más que el Partido Laborista en las terceras elecciones a la Asamblea de Holyrood y formó un gobierno minoritario, que resultó tan popular que en 2011 el snp obtuvo una mayoría absoluta en ella, ahora rebautizada por él mismo como Parlamento de Escocia. En 2016 tenía más del doble del voto labo- rista en Escocia y ahora lleva en el poder en Edimburgo tanto tiempo como el Nuevo Laborismo lo estuvo en Londres. 

¿Cuál es el carácter del partido que se ha elevado a tal altura? Fundado en la década de 1930, era originalmente un partido nacionalista burgués puro y simple, cuyo único objetivo, negando cualquier conexión con la derecha o la izquierda, era la independencia de Escocia. Mucho después, durante la década de 1960, empezó a posicionarse en el centro-izquierda, y en el momento de su gran avance en 1974 se describía a sí mismo como socialdemócrata. A principios de la década de 1980, un grupo más radical dentro del partido trató de impulsarlo en una dirección socialista, pero fue rápidamente expulsado. Aunque sus miembros fueron más tarde readmi- tidos, poco era lo que distinguía al snp del Partido Laborista en cuanto a su actitud social o económica hasta que aprobó la negativa popular a pagar el impuesto de capitación de Thatcher en 1988, un movimiento que el Partido Laborista se negó a apoyar. Lo que lo distinguió netamente desde la década de 1960 fueron dos objetivos políticos: la expulsión de los sub- marinos nucleares Polaris (más tarde Trident) de Escocia y la salida de la otan. Bajo el Nuevo Laborismo, el líder del partido Alex Salmond denun- ció el militarismo de Blair no solo en Iraq, sino también en Kosovo. 

Mientras los conservadores estuvieron en el poder, el Partido Laborista mantuvo sus reductos obreros en Escocia sin mucha dificultad. Pero una vez que llegó al gobierno en Londres, el trato despectivo hacia su base proletaria y la corrupción en sus distritos podridos, que descompusieron al partido en el norte de Inglaterra, tuvieron las mismas consecuencias mucho antes en Escocia, porque allí había surgido una alternativa política a la izquierda que no pudo ser aplastada con el mazo del sistema electoral mayoritario estricto. En el espacio creado por el régimen de Blair-Brown, el snp pudo ganar un apoyo generalizado para atacar no solo su historial imperial en Iraq, sino también su historial neoliberal en casa: la luz verde a la desindustrialización, la subcontratación de los servicios públicos y la introducción de tasas estudiantiles. Cuando se produjo la extensión de una forma diluida de representación proporcional a las elecciones locales –una concesión a los Demócratas Liberales para mantener la coalición con ellos– se rompieron los candados en las fortalezas municipales laboristas y un número creciente de trabajadores se pasó al snp, llevándole al poder en Holyrood después de una década de blairismo local83. 

El partido que formó gobierno en 2007 no fue ajeno al modelo que reemplazó. Compitiendo con el Nuevo Laborismo, el snp reproducía rasgos que se le asemejaban a él: el estrellato del líder, la cultura de los mensajes pegadizos, las directrices ad hoc, etcétera. Numéricamente, todavía era una pequeña organización de quince mil miembros a los que se podía aplicar la disciplina desde arriba. Los efectos de esta impronta no eran tan sólo organizativos. Una vez en el poder, también estableció limitaciones en cuanto a sus políticas. La actuación del snp al frente del gobierno escocés no ha sido una réplica del Nuevo Laborismo, pero tampoco ha sido muy diferente84. 

En el lado del haber de su gestión se cuenta la abolición total de las tasas estudiantiles, además de la eliminación de los pagos por recetas médicas, la introducción de pases de autobús gratuitos y la prestación de cuidados personales; por último, el impuesto sobre la renta se redujo un poco para los menos acomodados y aumentó un poco para los más pudientes. Entre los aspectos negativos destacan el recorte del gasto en educación superior y la reducción del número de maestros de escuela; pero, por encima de todo, destaca la ausencia de medidas que redujeran la enormidad de las propiedades inmobiliarias escocesas, cuando se trata de la distribución de la tierra más desigual de Europa: menos de mil individuos controlan el 60 por 100 de ella; la cuarta parte de las propiedades de más de 400 hectáreas permanecen en manos de las mismas familias desde hace más de cuatrocientos años; y la renta urbana media está por encima del 80 por 100 del salario mínimo de los jóvenes de 18 a 20 años85. En cuanto a la regulación financiera, Salmond –anteriormente economista en la nómina del Royal Bank of Scotland, donde aplaudió a su infame jefe Goodwin y su calamitosa gestión– se mostró más blando con la banca que el propio Brown. El compromiso de expulsión de los Trident se mantiene, pero se ha abandonado la salida de la otan; para concluir, el partido defiende ahora la monarquía. 

Este último viraje no es el resultado de una adhesión profunda de los miembros del snp al trono; la mayor parte del núcleo histórico del par- tido sigue siendo sin duda republicano. Es una cuestión táctica, para no enfadar a los votantes monárquicos a los que desea ganar para la causa de la independencia. Electoralmente, la posición del snp parece práctica- mente inexpugnable, ya que incluso con un apoyo reducido de alrededor del 36 por 100, muy por debajo de su nivel actual, se requeriría una alianza entre conservadores y laboristas para desalojarlo del poder; sus adversarios están actualmente demasiado divididos como para represen- tar una gran amenaza86. Pero la mera continuidad en el cargo no puede ser suficiente para un partido cuya raison d’être ha sido históricamente la independencia. En la década de 1980 se apartó del nacionalismo etnocul- tural de sus orígenes, orientándose hacia un nacionalismo sociocívico, no tanto como deseaba su teórico más significativo de la época, Stephen Maxwell87, pero haciendo hincapié en la sociedad más igualitaria y justa que la independencia podría traer. La ambigüedad, sin embargo, ha per- manecido: ¿es la perspectiva de la independencia el medio para llegar a tal sociedad o es la perspectiva de tal sociedad la que constituye el medio para lograr la independencia? 

En 2014 se celebró el referéndum sobre la independencia que el snp había anhelado durante tanto tiempo. Conservadores, laboristas y demó- crata-liberales advirtieron hombro con hombro que sus consecuencias económicas serían nefastas y pidieron su rechazo, de modo que el No obtuvo una notable mayoría, el 55,3 por 100 de los participantes [84,6 por 100]. El número de votantes por el Sí, el 44,7 por 100, era de hecho menor que el de los votantes por el snp en su victoria en las elecciones regionales al Parlamento escocés cosechada tres años antes (45,4 por 100). Parecía como si estos hubieran resuelto en cierto modo la ambivalencia del partido: lo que deseaban no era la soberanía nacional, sino una mejor socialdemocracia. Esa, al menos, fue la lectura de los que vieron en la energía y autoorganización de la campaña por el Sí el ímpetu de un movi- miento social más que nacional88. Para otros, fue la independencia lo que galvanizó a los recién comprometidos. Desde uno u otro punto de vista, el snp no salió perdiendo. El resultado del referéndum, lejos de desinflar su apoyo en la sociedad escocesa, atrajo a un torrente de nuevos miembros al Partido, cuyo número pasó de veinticinco mil a ochenta mil un mes des- pués. Actualmente asciende a ciento veinticinco mil, lo que lo convierte proporcionalmente en el mayor partido de masas de Gran Bretaña, con una proporción de miembros respecto a la población diez veces mayor que la del Partido Conservador (ciento ochenta mil) y casi cuatro veces mayor que la del Partido Laborista (quinientos ochenta mil). En las elecciones de 2015 celebradas tras el referéndum, el snp alcanzó el 50 por 100 de los votos emitidos en Escocia, algo que ningún partido ha logrado en Gran Bretaña desde la guerra89. 

En una perspectiva histórica, ¿cómo se ven hoy día las expectativas del snp y su sociedad? La comparación significativa está cerca, en el otro reino gobernado desde Londres en la monarquía mixta británica, cuya religión determinó su destino opuesto. Irlanda era una colonia, cuyo campesinado católico se vio durante casi tres siglos brutalmente desposeído y explotado, y luego diezmado, mientras que Escocia, cuyas Tierras Altas sufrieron un destino similar, se convirtió en socio en el imperio global del que Irlanda fue la primera víctima. Cobeneficiario de la revolución industrial, sir- viendo como reserva militar para la expansión en el exterior –«el Punjab del norte»–, a principios del siglo xx Escocia disfrutaba de una renta per cápita que duplicaba al alza la de Irlanda cuando el Levantamiento de Pascua preparó el escenario para la Guerra de Independencia irlandesa. Actualmente la República de Irlanda tiene una renta per cápita aproxima- damente el 50 por 100 mayor que la de Escocia. Más sorprendente aún, a mediados del siglo xx la República, despojada de seis condados del norte, tenía una población de 2,96 millones de habitantes y Escocia de 5,09 millones. Ahora la población de la República es de 4,86 millones de habi- tantes y la de Escocia de 5,44 millones. Dicho en otras palabras, mientras que las proporciones humanas de una Irlanda independiente crecieron el 65 por 100, la Escocia dependiente se estancó en el 6,7 por 100. Las tasas de natalidad católicas, mayores que las calvinistas, jugaron un papel en ello, pero también fue decisivo que la mayor prosperidad irlandesa atrajera la inmigración90, mientras que la emigración drenaba energía y ambición de Escocia hacia Inglaterra, cuya población creció el 45 por 100 durante el mismo periodo; incluso la de Gales creció tres veces más que la de Escocia. ¿Podría deberse a un clima más severo? No es probable: más al norte, la población de Noruega creció el 62 por 100, la de Suecia el 46 por 100 y la de Finlandia el 36 por 100. Contextualmente, Escocia es un caso atípico. Económica y demográficamente, caeteris paribus, la soberanía importa. 

Que tales cifras ofrezcan una prueba material obvia de las ventajas a las que Escocia ha renunciado por su incapacidad para romper con una Unión de la que en otro momento se benefició, no significa que ahora la independencia vaya a llegar obligatoriamente, o que pueda proporcionar automáticamente lo que se ha perdido. En las sociedades capitalistas de consumo del mundo de posguerra, el fuego del nacionalismo del siglo xix y principios del xx se ha apagado. Hasta la fecha, aunque ha habido movimientos independentistas sustanciales, no se ha producido nin- guna secesión. A ese respecto la comparación relevante no es con Irlanda bajo el dominio del Castillo de Dublín, sino con Quebec y Cataluña en la época neoliberal poscolonial, dos sociedades que a mediados del siglo xx tenían una población menor que la de Escocia, que ahora es mayor, y cada una de las cuales duplica el peso de Escocia en la economía de sus respectivos Estados: ambas representan el 20 por 100 del pib de Canadá y de España, mientras que el de Escocia representa menos de la décima parte del pib del Reino Unido. Tanto Quebec como Cataluña tienen una lengua distinta a la del resto de sus respectivos paises, mientras que la que hablan la mayoría de los escoceses es sólo una variante del inglés. Frente a estas ventajas potenciales, tanto Quebec como Cataluña tienen grandes poblaciones inmigrantes cuya lengua nativa no es el francés ni el catalán, y que se han resistido a la asimilación. En cada caso, en buena medida por esa razón, los movimientos por la independencia no han lle- gado a ser mayoritarios: en los referéndums de Quebec sólo llegaron al 40 por 100 en 1980 y al 49 por 100 en 1995; en las recientes elecciones en Cataluña los partidos nacionalistas obtuvieron el total del 47 por 100 de los votos91. Ni en un caso ni en otro el Estado central acepta que la sece- sión pueda ser legal sin más. Escocia, en cambio, con siglos de existencia previa como reino independiente, estaba mejor situada a este respecto, ya que Londres aceptaba su derecho a separarse. Pero hasta ahora la misma barrera invisible ha obstruido el logro de la mayoría, manteniéndose la preferencia del consumidor por encima de la lealtad nacional. 

En el rechazo de la independencia de Escocia en 2014 fue decisivo el argumento económico, sobre el que Londres y sus partidos habían insis- tido incesantemente, de que su coste sería demasiado alto. Para el snp, Europa ofrecía la respuesta: unirse a la ue como otro Estado miembro daría a Escocia el mismo acceso a un mercado continental y los mis- mos derechos dentro de él que los disfrutados por Gran Bretaña: ¿por qué habría que perder, más que ganar, con el cambio? Seis años des- pués, con Gran Bretaña ahora fuera de la ue, después de un referéndum en el que Escocia votó a favor de permanecer en ella con una mayoría más amplia que la de cualquier otra región del Reino Unido, ¿dónde ha dejado el Brexit al partido? En términos políticos, en una posición más fuerte para argumentar que la abrumadora voluntad del pueblo escocés ha sido ignorada y –como temen buena parte de los analistas londinenses– que la única forma de que se respete es la celebración de un segundo referéndum en el que venza la opción independentista. En términos económicos, Escocia se hala en una posición más débil, ya que la secesión del Reino Unido ya no garantizaría el acceso al resto del mismo del que depende el 60 por 100 de las exportaciones escocesas, como sucedería si ambos países pertenecieran a la ue, a la que solo se dirige ahora el 15 por 100 de sus exportaciones. En ese sentido, la lógica del Brexit es cerrar la trampilla de escape de Europa, dejando a Escocia atrapada en la Unión comprada con oro inglés en 1707, ahora mucho más a merced de Londres que Londres lo está de Bruselas. El «Project Fear», como lo llamó el director de Comunicación Rib Shorthouse, que Cameron y Osborne estaban seguros de que les daría la victoria una vez más en el referéndum sobre Europa, no disuadió a los ingleses de anteponer las consideraciones de soberanía a los cálculos de prosperi- dad. Los riesgos serían mucho mayores para los escoceses. ¿Sucedería lo mismo con ellos? 

6. Europa 

¿Por qué la pertenencia a la Comunidad Europea, aprobada abrumado- ramente por una mayoría de dos tercios en el referéndum de 1975, y que en una docena de elecciones sucesivas a partir de entonces nunca fue una preocupación de los votantes92, fue finalmente rechazada de repente en 2016? Durante mucho tiempo había sido evidente que pronto perdió la atracción que poseía en 1975 y las encuestas de opinión mostraban niveles cada vez mayores de desafección. Pero las quejas permanecieron calladas y aisladas incluso entre los más propensos a ellas; Europa quedaba muy abajo en la lista de cuestiones que preocupaban a la población en época de elecciones. Pero esto cambió como consecuencia de dos acontecimien- tos acaecidos no en Gran Bretaña, sino en Europa. El primero de ellos fue el Tratado de Maastricht, que proclamó una Unión Europea con una moneda única adecuada a la misma. Su efecto fue convertir la pequeña banda de parlamentarios conservadores radicalmente opuestos a todo el complejo institucional existente en Bruselas, en tanto que negación de la soberanía constitucional de Westminster, considerados generalmente hasta entonces dentro del partido como unos pesados más o menos excén- tricos, en un ala poderosa respaldada por la propia Thatcher. El segundo fue la expansión de la Unión a los países de Europa del Este, que permitió a una gran cantidad de mano de obra pobre pero relativamente cualificada buscar mejores oportunidades en Europa Occidental: Gran Bretaña fue uno de los primeros países en abrir sus puertas como recompensa con- cedida por Blair a Polonia como aliado incondicional en la guerra contra Iraq, incluso antes de que Alemania lo hiciera. El resultado fue una gran oleada de inmigrantes, ya no solo del antiguo imperio sino de la ue, que alimentó la xenofobia popular y la ansiedad por el empleo. A diferencia de las cuestiones pretendidamente jurídicas que agitan los escaños euroes- cépticos en el Parlamento, abstrusas para la mayoría, los crecientes niveles de inmigración después de la Gran Recesión se convirtieron rápidamente en una preocupación masiva, capitalizada por el ukip y que amenazaba al gobierno conservador si no se contenía. Para hacer frente a ese peligro, Cameron convocó su referéndum. 

¿Por qué lo perdió? El referéndum del Brexit fue una disputa nacional británica en la que ambas partes se mostraban en sus relaciones con las masas esencialmente ajenas al objeto aparente de la cuestión, la Unión Europea, tomándolo en realidad como objeto de catexis polar; tanto los partidarios de la permanencia como los del abandono de esta parecían en general igualmente ajenos e indiferentes a sus estructuras y muta- ciones. Desde el punto de vista de la elite, donde en el seno del Partido Conservador se libraban campañas rivales de envergadura, Cameron y Osborne se vieron superados en general, de principio a fin, por los tác- ticos de «Conservatives for Britain» en los Comunes, cuyo éxito en la determinación tanto de la redacción como del momento del referéndum fue decisivo en su resultado, y por las habilidades de Cummings, el estratega del voto a favor del abandono de la Unión Europea, inven- tor del eslogan triunfador, «Recuperar el control» [Take Back Control]. Creyendo que lo único que tenían que hacer era reutilizar el mensaje con el que habían ganado el referéndum escocés y las elecciones de 2015, Cameron y Osborne pensaron que podrían neutralizar el tema de la inmigración –de la que se publicaron niveles récord en vísperas del referéndum, burlándose de las promesas del gobierno en sentido contra- rio– con un segundo Project Fear, advirtiendo de la catástrofe económica que sufriría el país si abandonaba la Unión, no comprendiendo que para muchos la inmigración no era solo un problema identitario nativista, sino de carácter fundamentalmente económico como amenaza de desempleo. Más tarde, un miembro del personal de la sede de la campaña por la permanencia comentaba con pesar: «Project Fear funcionaba, sólo que éramos nosotros los temidos por el proyecto»93. Cameron también olvidó que en 2014 y 2015 había ganado con los periódicos sensacionalistas de la derecha a su favor; ahora estaban furiosamente contra él. Los laboris- tas, que a diferencia de los conservadores eran formalmente unánimes en su apoyo a la permanencia, hicieron poco más que sus adversarios conservadores para presentar una defensa positiva de la ue, limitándose esencialmente a advertir de los costes del abandono. 

El resultado fue un enérgico rechazo popular al conjunto de la clase polí- tica, unida (aparte de la minoría de conservadores partidarios del Brexit) en una defensa vacía del statu quo. Que el lema «Recuperar el control» había dado en el clavo entre gran cantidad de gente corriente para la que Europa como tal casi nunca había importado, quedó claro por la participación: el 72 por 100, nueve puntos por encima del promedio en las cuatro elecciones previas al referéndum, con los mayores incremen- tos registrados en los distritos obreros del norte donde anteriormente había sido más baja94. Allí, como ha demostrado una cartografía deta- llada, el impacto de la austeridad después de 2008 –la «consolidación fiscal bipartidista», como la llama Crafts– fue decisivo. Mientras que los recortes del gasto publico redujeron drásticamente las subvenciones a las autoridades locales en torno al 36 por 100, las caídas en el gasto varia- ron drásticamente, oscilando entre el 6,2 por 100 per cápita en las áreas más favorecidas y el 46,3 por 100 per cápita en las más desfavorecidas, golpeando con mayor dureza a las zonas más pobres del país, que son más dependientes de los servicios sociales. Fueron estas los que inclina- ron la balanza en favor del abandono de la Unión Europea95. 

En general, la división de clase del voto fue muy marcada: el 57 por 100 del grupo ab más rico votó por la permanencia, siendo el único estrato en el que obtuvo una clara mayoría: el 64 por 100 de los c2de más pobres votaron por el abandono de la Unión Europea. La polarización por edad era igualmente clara: entre los 18 y los 45 años, la mayoría prefería permanecer; de los 45 años en adelante, optaba por el aban- dono. Por partido, el 63 por 100 de los simpatizantes laboristas votaron por permanecer y el 58 por 100 de los conservadores por el abandono. Las motivaciones en cada campo eran igualmente elocuentes. Para los partidarios de la permanencia en la Unión Europea, la razón más impor- tante –más de dos quintos de los encuestados– era económica: miedo a sufrir pérdidas si Gran Bretaña abandonaba la Unión. Menos de uno de cada diez expresaba un fuerte apego a la ue. Para los partidarios del abandono, la razón principal –para casi la mitad de ellos– era política: devolver a Westminster, adonde pertenecían, las decisiones que afec- tan al país. La inmigración ocupaba un lugar destacado para una tercera parte96. El 73 por 100 de los jóvenes (18-24 años) votó por la permanen- cia, pero ello sólo representaba el 26 por 100 de ese grupo de edad del que el 64 por 100 no se molestó en ir a votar y el 10 por 100 votó por el abandono97. Del mismo modo, en el bastión por la permanencia de Londres, el voto sólo aumentó el 4 por 100 con respecto a las elecciones anteriores; en Escocia la participación cayó. Con esas cifras, la suerte de los laboristas en 2019, momento en el que los conservadores tenían una ventaja del 50 por 100 entre los trabajadores que votaron por el aban- dono98, estaba escrita. 

Dentro de la dicotomía general que los separaba, cada campo contenía impulsos transversales y distritos electorales discrepantes. Ansiedades de estatus obsesionaban a ambos: nostalgia por el imperio entre los partidarios del abandono, miedo a la degradación ante la pérdida de su reemplazo por la ue entre los partidarios de la permanencia. Ninguno sabía o sentía intensamente la relación con la entidad formalmente en disputa, pero las pasiones que enmascaraba eran bastante reales. El cin- turón desindustrializado no se rebeló contra una burocracia distante localizada en Bruselas que apenas le afectaba, sino contra el orden neo- liberal en Londres que había soportado durante un cuarto de siglo y la casta política que lo había impuesto. Los jóvenes se rebelaron contra el racismo claustral y el chauvinismo insular, y en favor de horizontes laborales y de estilo de vida teóricamente más abiertos Pero los inmi- grantes con los que se identificaban eran más del tipo negro o pardo, residentes anglófonos del antiguo imperio de segunda generación, que blancos recién llegados del este o del sur de Europa. En ese sentido, su cosmópolis principal puede que fuera menos la Unión bajo cuya ban- dera marchaban que la Commonwealth. Bajo tales diferencias hay toda una variedad de identificaciones alternativas. Cuando se les preguntaba, el 60 por 100 de los votantes por la permanencia se calificaba a sí mismo de «británico, no inglés»; el 79 por 100 de los votantes por el abandono, como «inglés, no británico»; aunque, como era de esperar, las dos identidades no se separaran fácilmente en la mente de los encuestados, la mitad de los pertenecientes a cada bloque también se consideraban «igualmente ingleses y británicos»99. 

¿Hasta qué punto cristalizó el referéndum –o le dio una expresión despla- zada– un creciente sentido, aunque hasta ahora de algún modo sumergido, de la identidad inglesa?100. Si así fuera, ¿significaría que la «inglesidad» es hoy día principalmente una perspectiva del tipo al que Enoch Powell dio una expresión notoria a finales de la década de 1970? ¿O podría coexistir esa tendencia con una sensibilidad más cercana a las connotaciones históricas de una «Little England», insular, pero pacífica y no ambiciosa, socialmente algo escandinava, libre de ilusiones de grandeza? ¿O es la idea misma de una identidad inglesa algo así como una gran confusión, siendo la realidad una identidad británica inquebrantable, aunque ahora también maleable101, de la que podría tomarse como emblema el gabinete de Johnson, que incluye por igual a nativos chovinistas y afanosos inmigrantes, y que es poco probable que renuncie al calificativo «Gran» antepuesto a Bretaña? 

El 31 de enero de 2020 Ukania abandonó finalmente la Unión Europea, pero persiste el problema de sus relaciones con Europa. Parte de la emo- ción de reciente memoria de los partidarios de la permanencia, la parte que recuerda el duelo por Diana, presumiblemente se desvanecerá. Pero otra buena parte de ella no lo hará y seguirá siendo una corriente signi- ficativa en la vida del país, en absoluto complacida con la derrota, ya que hay más batallas por delante en torno a los términos de la salida. ¿Cuáles serán las consecuencias de una guerra cultural con respecto a Europa de la que todavía quedan rescoldos? ¿Podría simplemente incorporarse al sis- tema de partidos, convirtiendo al Partido Laborista en un partido unido en torno a la reincorporación mientras que los tories liderados por Johnson se convierten en el partido del nunca jamás? Si tal giro parece improbable, es porque la actuación laborista con respecto al Brexit, tan indecisa como el asno de Buridan mientras los tories se disputaban la dirección del país, prolongaba su historial ininterrumpido de subalternidad en asuntos de Estado, de Macdonald a Attlee, de Wilson a Blair, carente de toda iniciativa independiente: subalterna de la sacristía de Westminster, subalterna de la voluntad de Washington. Aunque parece haber mutado en muchos otros aspectos, a este respecto el laborismo se ha mantenido inalterado. 

7. Nexus 

¿El resultado? Sin que se produjera ningún levantamiento de masas, ni siquiera una turbulencia tan marcada como en la década de 1970, el orden ukaniano se ha agrietado como nunca antes desde 1911-1914, sin que quepa divisar un nuevo equilibrio en el horizonte. Todos sus com- ponentes –economía, política, ideología, territorio, diplomacia– se han desestabilizado simultánea e interconectadamente. El modelo de crecimiento en torno al cual se ha construido el país desde finales del siglo xix ha generado tales tensiones internas que finalmente ha producido resultados indeseados. Contracción de la producción fabril, hipertrofia de los servicios financieros y comerciales, profundización de las desigualdades regionales, estancamiento de los salarios, aumento desor- bitado del precio de la vivienda, desigualdades crecientes y, cuando ese patrón explotó en la crisis bancaria, la imposición de la austeridad para contenerla dio lugar a la convulsión del Brexit y con ella al riesgo de una caída del pib británico potencialmente mayor que cualquiera conocida previamente. El declive, desterrado por un tiempo del discurso respeta- ble, ha regresado con una apariencia más drástica. Lo que tenemos por delante, declaran muchos, se parece más a lo que Spengler puso como título de su diatriba en 1918: Der Untergang des Abendlandes [La deca- dencia de Occidente]: Untergang, no declive, sino caída; o dicho con un término francés más abrupto, una dégringolade.

En realidad, aunque el desenlace actual es bastante repentino, no hace más que prolongar una anomalía británica que marca las sucesivas fases de desarrollo desde la década de 1950. Simplemente, durante los trente glorieuses del capitalismo de posguerra, cuando sus rivales de la época anterior se iban reacondicionando y creciendo rápidamente, Gran Bretaña no invirtió y se quedó atrás. Luego, cuando se inició el largo declive en todo el Primer Mundo, las tasas de crecimiento cayeron y, como ha mostrado Wolfgang Streeck, en el capitalismo aumentó cada vez más la dependencia de sucesivas formas de crédito para mantener su estabilidad política, Gran Bretaña –que seguía invirtiendo por debajo de la media– encabezó el grupo de los que se encaminaban por la vía de la acumulación impulsada por la deuda y la financiarización, alardeando de su rendimiento ejemplar en cuanto a acelerar más que el resto. Tal fue la recuperación neoliberal de Thatcher y Blair, que acabó en lágrimas en 2008, en la «ruda conmoción» que sorprendió tanto a sus admiradores y que llevó a Gran Bretaña a una recesión más larga que la de sus pares, dejándola atrapada en las garras de una deuda pública creciente y una consolidación fiscal todavía más cruel. Actualmente, las relaciones económicas existentes entre las clases bajo el capitalismo financiarizado británico son cada vez menos coherentes, ya que los asalariados son explotados, siguiendo líneas «secundarias», como inquilinos, deudores y ahorradores, mientras las empresas extran- jeras cobran cada vez más importancia en una economía principalmente de servicios, sostenida a su vez por el plusvalor finalmente extraído, a menudo, del trabajador chino. Sin embargo, esas relaciones económicas rotas siguen encerradas dentro de la misma comunidad política de des- tino como en el pasado menos turbulento. 

Si la lógica del deterioro continuo culminó con el Brexit, no fue solo por generar una fuerza de choque en forma de revuelta popular contra las penurias a las que condujo, sino también por fomentar la rebelión de los más acomodados contra el precio que exigía en pérdida del tipo de sobe- ranía que antes encarnaba: no la autonomía de un imperio entre otros, sino la supremacía de un imperio global sin parangón en el sistema de Estados, de un tipo inigualable en cuanto a su riqueza, su poder y la extensión de sus posesiones. Inspirados por esa última insurgencia y absorbiendo la anterior, los tories alcanzaron la victoria en 2019 bajo un líder con carisma posmoderno. Pero persiste la contradicción de sus orí- genes, antes incluso de que los costes de la pandemia pesaran sobre ella, al combinar dos fuerzas antitéticas con la promesa de aliviar la suerte de los pobres mediante una ruptura, cuyo efecto inmediato será la reduc- ción de los recursos para hacerlo, y la promesa para todos del último grial de una Gran Bretaña todavía mayor, tan increíble como sus ava- tares anteriores. No solo es posible que las tensiones en la coalición de clases que Johnson ha reunido puedan agudizarse, sino que es probable que la capacidad de los conservadores para manejarlas sea más débil que en el pasado. El toryismo de una nación era una empresa en caída libre hasta la época de Macmillan, cuando una elite gobernante de larga expe- riencia histórica todavía estaba intacta, y la frase «nunca te ha ido tan bien» no era un engaño vacío. Las campañas de 2016 y 2019 se desarro- llaron eficazmente diciendo a las masas que nunca les había ido tan mal y se ganaron porque muchos habían llegado a sentir precisamente eso. Pero en definitiva los propios conservadores habían estado en el poder durante una década y hoy su cuadro ministerial, purgado de partidarios de la permanencia en la Unión Europea, nunca se ha visto (salvo por el canciller) más endeble o más frágil. De una manera diferente a la de cualquier administración conservadora anterior, el Partido Conservador se ha convertido prácticamente en la banda de un solo hombre, bajo un líder visiblemente más cómodo haciendo campaña que gobernando, cometiendo en el cargo un error tras otro cuya suma amenaza con poner en riesgo su legado102. Numéricamente dominan; en el fondo, su domi- nio de la situación es inseguro, un dominio carente de mucho peso. 

El Partido Laborista, tras haber perdido gran parte del apoyo de la clase obrera en 2019, se halla en una posición aún menos segura, encerrado en el corral de un electorado europeísta cada vez más afín a la clase media –profesionales, gestores, empleados de cuello blanco– donde corre el riesgo de competir más con los Demócratas Liberales que con los conservadores, mientras cuenta con menos reservas de votos entre las minorías étnicas y los jóvenes. Douglas Carswell expresó hace tiempo una opinión que desde entonces se ha convertido en un lugar común: «Lo que está sucediendo es fundamentalmente el distanciamiento de la intelectualidad laborista con respecto al voto laborista de la clase traba- jadora. La fragmentación de esa alianza, forjada básicamente desde la década de 1920, es lo que va a remodelar la política»103. Esto es lo que espera la derecha, convencional y marginal, y lo que teme la izquierda. Si esa predicción fuera acertada, el laborismo reproduciría la trayecto- ria de la socialdemocracia francesa, pero ello es poco probable por tres razones: el destino del Parti Socialiste (ps), reducido al borde de la extin- ción, aparece como una advertencia obvia; el sistema electoral bloquea el surgimiento de un Frente Nacional; y aunque muchos trabajadores puedan haber abandonado el laborismo, los sindicatos no lo han hecho y siguen incrustados como una fuerza institucional en el partido del que, aunque solo sea por motivos económicos, no pueden prescindir. A partir de ahora veremos todo tipo de esfuerzos para incidir en las divi- siones en sus grupos electorales de referencia tradicionales, en los que la clase trabajadora, tal como se entendía históricamente, se ha dividido a lo largo de líneas de edad y patrimonio, cuando la generación nacida a mediados de siglo obtiene una bonificación excepcional derivada de la venta de las viviendas municipales propiciada por el thatcherismo, que ha eclosionado treinta años después de su caída y que ha sido un factor crítico en la definición de los votantes tory/Brexit en las peque- ñas ciudades del norte del país, mientras sus hijos o nietos, a menudo los primeros graduados universitarios en sus familias, dejan el hogar para ocupar trabajos precarios en ciudades mayores y más cosmopoli- tas, aunque sigan siendo electoralmente prisioneros del laborismo104. El partido no tiene otra opción, por muy desolada que pudiera parecer esa perspectiva por el momento, que buscar un renacimiento de la alianza predicada por Hobsbawm y que ahora se ha convertido en un mantra en todos los sectores del laborismo. 

En vísperas de las elecciones de 2019, dos defensores de este punto de vista –que dos años antes criticaban la campaña de Corbyn acusándole de ser una persona de mente estrecha, incapaz de hablar «un lenguaje que reconcilie las políticas identitarias y el socioliberalismo»–, concluían que «sólo un fracaso electoral significativo y la elección de un nuevo líder del partido crearían las condiciones propicias para una mejor estrategia capaz de recuperar las pérdidas sufridas en lugares que se han alejado del Partido Laborista»105. Dicho y hecho, ya que la ofensiva venía de antes y ahora está claro que los niveles más altos del propio aparato laborista ya conspiraban en favor de una derrota del partido en 2017 con el fin de deshacerse de Corbyn y se sintieron consternados al ver que le iba tan bien. Pero no tuvieron que esperar mucho; la llegada de Starmer a la dirección devolvió al partido a su curso habitual. Su gabinete en la som- bra, nombrado el 4 de abril de 2020, indica la dirección del cambio. Sus dos miembros más experimentados son veteranos del Nuevo Laborismo: Charlie Falconer, quien diseñó la justificación legal de la guerra de Iraq, ahora fiscal general en la sombra, y Nick Brown, responsable del man- tenimiento de la disciplina del partido en los Comunes, de vuelta a su antiguo puesto; el primero es pariente de Blair y el segundo un secuaz de Brown, y proporcionan a Starmer una línea directa con ambos. Entre los demás, dos tercios de ellos diputados elegidos desde 2010, la diversi- dad de raza y género ha sido ampliamente atendida, pero mucho menos la de perspectivas. La única presencia significativa del equipo de Corbyn, Rebecca Long-Bailey, fue pronto apartada con un fútil pretexto. 

El hecho de que tantos esperaran lo mejor de Starmer, o creyeran que mantendría las promesas del Manifiesto mientras cultivaba una mejor imagen en los medios de comunicación, ha confirmado y rea- firmado la descripción que hacía Nairn en 1964 del partido y de su ala izquierda, donde «uno encuentra la mayor confusión sobre cuestiones organizativas simples y la ignorancia más total sobre cómo funciona el Partido y cómo debe funcionar». Los socialistas no podrían prescindir de una teoría, de una cultura, que fuera más allá del heredado utilitarismo victoriano de los fabianos, para quienes los sindicatos estaban desde el primer momento satisfechos con ceder el control sobre las políticas, el cual sigue moldeando la tradición del liderazgo de derecha del par- tido hasta el día de hoy. Hasta el escándalo de la sede central del Partido Laborista y el clamor de la izquierda por sus efectos en las elecciones de 2017, por justificable que sea, pertenece directamente a ese linaje pecu- liarmente laborista. En opinión de Nairn, «es dudoso, de hecho, que algún otro movimiento obrero haya producido tantos “traidores” –o al menos tantos traidores desvergonzados y magníficamente obvios– como el labo- rismo». Pero tal modelo no era culpa de sus líderes, sino de un «sistema» que generaba las condiciones subyacentes de la traición: una tensión fundamental que se remonta a 1918, o incluso antes, entre las «refor- mas» evolutivas propuestas por la fracción parlamentaria del Partido Laborista, divorciadas del objetivo de construir una sociedad socialista, y un polo de fuerza de izquierda descendiente del inconformismo encon- trado en el Independent Labour Party y el radicalismo asociado a él, con demasiada frecuencia satisfecho con languidecer como la «subjetividad» o la «pasión estúpida» del partido, útil para organizar las campañas en época de elecciones o en las conferencias del mismo, pero «completa- mente leal» al laborismo106. 

En la nueva configuración, el propio Starmer tiene un historial impecable de rectitud política: apoyó la decisión del partido, antes de Corbyn, de no oponerse a los recortes de Osborne a las políticas sociales en 2015; res- paldó el intento de golpe contra Corbyn en 2016; lideró la demanda de un segundo referéndum para anular el Brexit; y ahora explica que desde que Gran Bretaña abandonó la Unión, ya no tiene sentido seguir discutiendo sobre esa decisión. Desde el primer momento, el objetivo principal de la campaña contra el Brexit de The Guardian y de la dirección laborista fue siempre aislar y eliminar a Corbyn más que defender la Unión à l’outrance y una vez que ello se había logrado, la bandera de la ue podía abando- narse sin temor, sin duda con asentimientos pragmáticos de las cabezas de gárgola del Nuevo Laborismo. A su llegada, Starmer fue descrito con- vencionalmente –junto con la mayoría de sus acólitos– como «izquierda suave». Un término más exacto sería el de «derecha suave», aunque esa suavidad está prácticamente condenada a endurecerse a medida que se asiente en el poder, como sucedió con Kinnock y Blair antes que él, aun- que con un estilo más sobrio que el de charlatán o el disyóquey. 

Una reversión al punto medio no es una reproducción exacta de lo mismo. Aunque el corbynismo era, en muchos sentidos obvios, una ver- sión de la vieja izquierda laborista emocional tal como la retrató Tom Nairn, el propio Corbyn no es un producto típico de esta variedad. Lo que le distingue y le hizo objeto de afrentas mucho más violentas, fue su rechazo de las prácticas imperiales en cualquier forma –humanita- ria, antitotalitaria, patriotera, doctrinaria– que estas se presentaran: basta comparar su historial con el de Foot o Mikardo, o incluso con el de Benn. Especialmente imperdonable fue su postura sobre Palestina. Con Starmer se está haciendo borrón y cuenta nueva con todo esto. Una cuarta parte de su gabinete en la sombra son Labour Friends of Israel. ¿Qué hay de los seguidores de Corbyn, los cientos de miles atraídos al partido cuando él se convirtió en líder del mismo? Que representaban algo nuevo en el laborismo es evidente. ¿Pero qué era? No existe un buen estudio de esa promoción, que de repente duplicó con mucho el número de miembros, y sólo son posibles las conjeturas. Pero ahora parece como si hubiera sido una ráfaga de entusiasmo, no limitada a la juventud, atraída por pura novedad más que impulsada por la convic- ción, un influjo que la cultura del laborismo –cuyas características más feas quedan ocultas a la vista en el nauseabundo tráfico de correos elec- trónicos en la sede central del partido– era incapaz de educar, pero no de absorber. Corbyn fue elegido líder en 2015 con aproximadamente dos- cientos cincuenta mil votos, una mayoría del 59,5 por 100. Cinco años después, Starmer fue elegido con doscientos setenta mil votos y una mayoría del mismo orden, 56 por 100, aunque con una participación considerablemente menor, algo menos del 63 por 100 frente al 76 por 100. No hubo una rotación masiva de miembros de uno a otro. La mitad de los miembros del partido antes de que llegara Corbyn al liderazgo del mismo seguía siendo débil o incondicionalmente blairita, mientras que la candidata de la izquierda frente a Starmer, Rebecca Long-Bailey, recibió algo más de una cuarta parte de los votos. Con otras palabras, la mayoría de los partidarios de Corbyn se pasaron sin escrúpulos a un político que había conspirado con otros para deponerlo antes de que pasara un año desde su elección. Queda por ver si el residuo que no lo hizo significará una mayor diferencia para el partido que sus predeceso- res en la época de Foot o Benn. 

Hay razones para sospechar que podría ser así, porque la cordialidad con la que Corbyn fue inicialmente recibido entre los jóvenes, aunque efímera o acrítica, no representaba únicamente una atracción hacia su persona, sino que surgía de sucesivas reacciones, primero frente a la inva- sión de Iraq y luego frente al colapso de 2008 y sus consecuencias. Esos acontecimientos dejaron una marcada hostilidad generacional, tanto a la guerra imperial como a la austeridad económica, una perspectiva que se intensificó por conflictos de raza y género y crisis climáticas y medioambientales, como atestiguan xr [Extinction Rebellion] y Black Lives Matter en Gran Bretaña y en Estados Unidos. También existe una presión material aguda sobre las generaciones más jóvenes para ingre- sar en el mercado laboral cuando tienen que afrontar trabajos precarios, salarios estancados, los crecientes costes y azares de cualquier tipo de alojamiento urbano y la carga de la deuda estudiantil. Todo esto, en principio, representa combustible para la persistencia de la radicaliza- ción. En la práctica, tampoco puede descartarse la posibilidad de que la fatiga y la desmoralización amortigüen finalmente los impulsos rebel- des, generando una inercia desilusionada. Sin embargo, si tal cambio no conduce a la apatía, sino a un deslizamiento en la dirección de la mode- ración conformista, el Novísimo Laborismo todavía no estaría fuera de peligro, porque el partido se enfrenta a la tarea no sólo de reconciliar la «política identitaria» (esto es, el proletariado partidario de la salida de la Unión Europea) y el «social-liberalismo» (los partidarios de clase media y jóvenes a favor de la de la permanencia), sino de desarrollar una agenda para competir con el toryismo de una nación de Johnson, y no ser desplazado por él. 

Reciclar amanuenses del Nuevo Laborismo, o rastrear en busca de mato- rrales subfabianos en la tundra de los estudios de «políticas públicas», no será suficiente. ¿Podría la indignación por el Brexit de la intelectua- lidad liberal –entendida no como un depósito elevado para los estratos profesionales y administrativos intermedios entre el capital y el trabajo, sino en un sentido más clásico– proporcionar potencia de fuego mental de la que el Partido Laborista ha carecido durante tanto tiempo para aco- meter este tipo de tarea? Su aristocrático líder, cuya circunscripción en Londres cubre Bloomsbury, King’s Cross (con la sede de The Guardian), Regent’s Park, Primrose Hill, Chalk Farm, Kentish Town, Haverstock Hill y Highgate, difícilmente podría estar mejor situado simbólicamente para tal acercamiento, ansiosamente buscado por sus patrocinadores locales tan pronto como fue adoptado. Tampoco cabe dudar de que el partido puede contar con la gran mayoría de los votos de los intelectua- les al sur del Tees, como ya sucedió con el Nuevo Laborismo. Generar entusiasmo creativo y compromiso es otro asunto. La velocidad con que se ha desechado el estandarte de la permanencia es poco probable que entusiasme a un estrato que se movilizó tras él con cierta demora, pero luego en avalancha. La feminización de la fracción parlamentaria del Partido Laborista –la mayoría de cuyos miembros y la mitad del gabinete en la sombra son ahora mujeres– podría atraer energía política construc- tiva de sus colegas en el mundo académico; pero es difícil imaginar un cambio real de actitud en el conjunto de la intelectualidad o del equili- brio de fuerzas dentro de ella, mientras las universidades rechinan en el vicio monetizado, ahora reforzado por la pandemia, abandonadas por el Nuevo Laborismo y sus gerentes, cuyos logros no tiene intención de repudiar el partido según ha declarado Starmer. La amargura por Europa permanecerá, no solo por razones de apego cultural o moral, sino también porque los fondos de investigación de la ue fueron a veces un complemento bienvenido a una provisión local mezquina y también porque en Gran Bretaña muchos profesores universitarios vienen de la ue: una cuarta parte del total, probablemente la proporción más alta en cualquier grupo profesional del país. Pero es imprevisible si esto se tra- ducirá en una enérgica movilización o en una retirada hosca. La carta de la reincorporación, si Starmer estuviera dispuesto alguna vez a jugarla, galvanizaría a muchos; pero aunque tal vez la mantenga en la manga para usarla en algún momento futuro por el momento no necesita tales tru- cos. Es poco probable que los estudiantes, igualmente pro europeos pero embrutecidos por su conversión en clientes que compran credenciales para el mercado, impulsen a sus profesores a actuar. La magulladura no se ha curado y seguirá doliendo. 

La situación en Escocia es muy diferente. Mientras que los intelectuales se han mostrado durante mucho tiempo divididos entre el unionismo y el nacionalismo, pero prácticamente unánimes a favor de la ue, bajo el gobierno del Nuevo Laborismo el nacionalismo ganó peso y se convirtió en el más pro europeo de los dos campos, mientras que el régimen neo- liberal de Londres, al que se unieron vociferantes unionistas escoceses –Brown, Cook, Reid, Darling, Campbell, etcétera, bardos entusiastas de la britanidad107– despertaban cada vez más ojeriza en la sociedad escocesa, alimentando el auge del snp. Cuando Escocia votó mayoritariamente por la permanencia en el referéndum sobre Europa, el Brexit apareció como una indicación, no una alienación, de la sensibilidad separatista preexistente entre la mayoría de los intelectuales. No es que el propio snp preste a estos últimos mucha más atención que los laboristas a sus homólogos ingleses, en un paisaje político todavía notablemente subdesarrollado en algunos aspectos para una nación renacida, que carece de una prensa nacional establecida frente a la prensa principalmente local o publicaciones perió- dicas muy leídas. La fuerza electoral del partido, prudente y pragmático en el gobierno, enfatizando la «competencia» y la identidad tanto o más que cualquier agenda de políticas consistentes –nueve victorias seguidas en las urnas–, lo ha liberado de la necesidad de desarrollar cualquier ideología coherente más allá de las demandas de independencia. 

Que a pesar de esas grandes victorias hasta ahora no haya logrado una mayoría indiscutible no tiene por qué acarrear desánimo. Si el referéndum de 2014 se hubiera limitado a los nacidos en Escocia, habría sido aprobado por una mayoría del 52,7 por 100; fueron los nacidos en el resto del Reino Unido quienes lo derrotaron, votando el 72 por 100 de ellos en contra de la independencia. Entre los menores de 54 años, dondequiera que hubieran nacido, también hubo una cómoda mayoría en favor de la independen- cia108. Con esos datos, el snp puede llegar a superar la resistencia del gobierno conservador en Londres, que ha dejado claro que no concederá un segundo referéndum, sin necesidad de esperar a que el tiempo haga su trabajo y los unionistas más ancianos mueran, lográndolo antes de un Partido Laborista que necesite sus votos en un parlamento «colgado» sin mayoría de uno u otro, como lo hicieron los nacionalistas irlandeses esgrimiendo su influencia para imponer el gobierno autónomo [Home Rule] a los liberales en Westminster. Esa perspectiva, evidentemente, no está exenta de riesgos. Una estancia demasiado larga en el poder sin materializar la justificación del partido podría erosionar su populari- dad entre los votantes, lo que permitiría el regreso de alguna coalición unionista, aunque un partidario del snp de mentalidad europea podría argüir, como Andreotti en su famosa réplica a quienes decían lo mismo de la Democracia Cristiana en Italia, «Il potere logora chi non ce l’ha» [El poder desgasta a quien no lo tiene]. Alternativamente, si el objetivo del partido es la creación de una sociedad escocesa justa e igualitaria, como afirma, ¿dónde están las armas para hacerlo? Recordando la autopsia de Tom Nairn hace medio siglo referida a los tres sueños del nacionalismo escocés hasta entonces –calvinista, romántico, neotercermundista– un compatriota mordaz considera que ha nacido un cuarto: «En definitiva, parece poco probable que otro “sueño” del nacionalismo escocés, que lo ha llevado al gobierno y a alturas electorales hasta ahora fantásticas, se convierta en realidad, aunque no está tan claro si esa nueva traición se producirá antes o después de la independencia. ¿Qué fue lo que proclamó Alex Salmond durante su discurso de renuncia? “El sueño –afirmó proba- blemente con razón– nunca morirá”»109. 

Por el momento, aprisionado en una Gran Bretaña que se ha apoderado de Escocia sacándola consigo de la Europa a la que Edimburgo conside- raba su mejor hogar, el snp se enfrenta a un callejón con menos salidas de lo que admite. La incorporación a Europa como Estado indepen- diente junto a Gran Bretaña, también miembro de la ue, era una cosa. A pesar de las amenazas españolas, Bruselas difícilmente podría haber expulsado a un territorio que hasta entonces había formado parte de su jurisdicción. La continuidad habría exigido que se mantuviera como una bandera más en el podio, pero ahora la negociación para ingresar provendría de un solicitante secesionista fuera de su jurisdicción. En Yugoslavia, la ue se contentó con seguir el liderazgo de Alemania como patrocinadora de su desintegración para luego proceder a una absorción gradual y fragmentada de sus Estados sucesores; hasta ahora, dos de los seis favoritos ab initio de Berlín. Pero Yugoslavia era un país comunista y una federación, cuya constitución, como la de la urss, permitía for- malmente la secesión. Romperla no significaba un grave perjuicio para el capitalismo y cualquiera que fuera el daño colateral en vidas, servía a los intereses geopolíticos de Occidente. Aun así, los cambios de fronte- ras eran un tema tabú y Bruselas insistió en mantener unidas Bosnia y Herzegovina, lo que exigía un estatuto de protectorado europeo, y cuando Kosovo se separó de Serbia tras los bombardeos de la otan, fue incapaz de obtener un acuerdo general en favor de su independen- cia: con España a la cabeza, Chipre, Grecia, Eslovaquia y Rumanía se negaron a reconocerla temiendo el ejemplo que supondría. Escocia no es un país comunista y el precedente que podría ofrecer a Cataluña sería una línea roja para cualquiera de los gobiernos monárquicos alternati- vos en Madrid, ya sean del psoe o del pp, ambos unionistas à l’outrance. España difícilmente podría haber vetado la pertenencia escocesa a la Unión Europea, mientras la propia Gran Bretaña fuera miembro; una vez desaparecida esa restricción, lo más probable es que lo hiciera. De qué forma podría intentar Edimburgo sortear ese obstáculo no es algo que se discuta actualmente en Holyrood, que tiene sus propios tabúes. 

Ese obstáculo refleja una realidad que suele ignorarse en Gran Bretaña. La ue es ante todo una construcción política. La integración económica, por importante que sea de por sí, hasta el punto de aparentar ser lo más importante, no es su raison d’être, y cuando entran en conflicto, la lógica de la política, estatal o interestatal, supera el sentido, bueno o malo, de la economía. Las percepciones ukanianas del Brexit, obsesionadas con las disputas internas, han prestado poca atención a la parte europea corres- pondiente. Pero visto desde Bruselas, la prioridad ha sido clara desde el comienzo, y es política. Gran Bretaña debe ser castigada por el ejemplo que ha puesto de manifiesto que una unión cada vez más estrecha no es irrever- sible, independientemente de si la propia ue tiene que pagar un precio por el Brexit, siempre que el Reino Unido pague más por él. Comercialmente, sería menos perjudicial para la Unión minimizar, en lugar de maximizar, las sanciones por el abandono, especialmente para un país del tamaño de Gran Bretaña y tan interconectado con la ue. Pero ello, políticamente, frus- traría el propósito de la intimidación, envalentonando –así se teme– a otros a considerar una jugada semejante. Para esta idea los negociadores conser- vadores no tenían respuesta, que en buena lógica sólo podría haber sido política, advirtiendo de que una presión en ese sentido podría acarrear a la ue problemas de seguridad militares y diplomáticos. May y sus ministros se obstinaban en cambio en negar cualquier idea de este tipo. 

Después del Brexit, el gobierno de Johnson afronta otra versión del mismo problema, eminentemente geopolítico. Ahora que la salida de la ue se ha consumado, al menos legalmente, ¿qué tipo de política exterior puede adoptar Londres? La administración republicana actual tiene poco interés en aliados de cualquier tipo, por muy ansiosos que se muestren en complacerla, y puede que sólo le queden unos meses de vida. El pro- bable gobierno demócrata de mañana, con Biden siguiendo el camino de Obama, encontrará su aliado natural en la ue. ¿Qué espacio diplo- mático le quedará entonces a Gran Bretaña? Abstractamente hablando, la lógica apuntaría una vez más hacia una coalición de las potencias a ambos lados, Gran Bretaña y Rusia, contra la Europa continental, como en la Segunda Guerra Mundial y en las guerras napoleónicas. ¿Pero podrían ampliarse las cavilaciones de Dominic Cummings sobre el arte bismarckiano de gobernar sin sentimentalismos hasta ese punto? Lo prohíbe la renacida ideología de la Guerra Fría con la que los diputados tories de segunda fila ladran a coro contra Pekín y Moscú. ¿Podría ser- vir de nuevo como medida profiláctica contra el aislamiento británico el cierre de filas occidental en la unidad atlántica contra una doble ame- naza totalitaria en Eurasia? Seguramente lo que es más probable, pero también, por supuesto, menos autónomo o distinto, será no tomar, sino devolver el control, como un bote remolcado por los grandes buques de Washington y Bruselas. 

Entretanto, en casa, frente a la administración conservadora rediseñada se alzan implacables urgencias de salida y contagio. El Brexit sigue siendo un asunto inacabado, pendiente de concluir. Londres puede creer que el impacto de una salida dura no sería tan considerable en medio del gran terremoto del confinamiento y la recesión global. Pero nadie, ni en el gobierno ni fuera de él, tiene claro cómo se podrá repa- rar el inminente golpe al capital y aliviar al mundo del trabajo sin un Götterdämmerung [crepúsculo de los dioses] fiscal. Antes de que golpeara la pandemia, dos leales al statu quo temían que el Brexit, al eliminar el «ancla política» del consenso bipartidista proporcionado por la ue que excluía las panaceas irresponsables de derecha o izquierda de quienes se habían opuesto a entrar en ella, «sacudiera hasta el fondo la cosmovi- sión de que los grandes rasgos de la política económica del Reino Unido estaban firmemente establecidos y quedaban fuera del alcance de la con- tienda democrática»110. Otro colega ofrecía un emoliente desengañado. El hecho central de la historia moderna del país era la profunda continui- dad de la «economía liberal de mercado» británica, independientemente de sus aparentes anomalías, desde la época eduardiana si no antes, que había persistido sin que se alterara su contenido básico, atravesando episodios keynesianos y monetaristas. El Brexit, en cambio, no había venido precedido por ninguna batalla significativa de ideas, ni tampoco lo había favorecido ningún interés económico particular: los empre- sarios y los sindicatos estaban unidos en su contra. No había ninguna posibilidad de que representara un cambio de paradigma. «Los cimien- tos de la economía liberal de mercado de Gran Bretaña sobrevivieron tanto a la revolución keynesiana como a la contrarrevolución neoliberal. Parece razonable esperar que también capearán la salida de la ue. Pese a todo el parloteo sobre un cambio radical en la configuración de la polí- tica económica, es igualmente probable que el resultado final sea un intento muy británico de “salir del paso” con un modelo que de por sí no funciona y uno de cuyos elementos clave (la pertenencia a la ue) ha sido eliminado. La consecuencia es que el Brexit no generará un nuevo modelo para el Reino Unido, sino simplemente una versión inferior del existente»111. La Inglaterra media tiene razones para estar molesta, pero no tiene por qué preocuparse demasiado. Los contornos habituales no van a desdibujarse. 

La economía liberal de mercado británica –léase, caída secular– generó la doble rebelión que produjo el Brexit. Su victoria permitió que los con- servadores obtuvieran el voto de la mayoría de la clase trabajadora. Las expectativas de la clase obrera requieren concesiones de un régimen conservador repentinamente alterado que el Brexit impide. La deser- ción de su base proletaria deja al laborismo sociológicamente a la deriva en los remolinos de una clase media proteica, una parte de la cual está unida a Europa, sobre todo y en particular la intelectualidad liberal. La intelectualidad inglesa, atraída hacia el laborismo por su postura en la guerra cultural sobre Europa, se ve alejada de él por lo que se convirtió en su propio hábitat principal. En Escocia, el alejamiento del laborismo de todas las clases de la sociedad ha dado el poder a un nacionalismo que mira hacia Europa. La salida de la ue ha inflamado el nacionalismo esco- cés y lo ha atrapado. El precio de esa salida, fijado por la ue en razón de consideraciones políticas y no económicas, ha dejado a los gobernantes británicos sin respuesta política y muy probablemente ha envenenado aún más económicamente los pozos del Brexit. Ningún aspecto de la configuración actual es independiente de los demás. Su nexo está desti- nado a disolverse, de una manera u otra, pero nadie sabe cuándo o cómo.

(Tomado de New Left Review)

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