Rolando Astarita

Materialismo contra el subjetivismo idealista

por Rolando Astarita

Entre las variantes del idealismo, Plejanov destacaba (en “La ideología del pequeñoburgués”) la que sostiene que los destinos de las naciones están determinados por las peculiaridades del espíritu de cada pueblo. Una variante que con frecuencia encontramos en los ideólogos nacionalistas. Invariablemente estos ponen en primer plano el “espíritu nacional”, o el “ser nacional”, a partir del cual explican los procesos sociales y políticos. Un caso representativo es Fermín Chávez, quien reduce el acontecer histórico a la sucesión de “las grandes estructuras histórico espirituales” de cada pueblo. Así, por caso, explicó la historia argentina por la no correspondencia de los movimientos ideológicos europeos (el Iluminismo en particular) “con los de nuestra patria” (véase Historicismo e iluminismo en la cultura argentina, Centro Editor de América Latina, 1982).

Como seguramente es conocido por los lectores de este blog, la posición de Marx es opuesta a ese método. Por eso, en su Prólogo a la Contribución de la crítica de la Economía Política, y en referencia a su crítica a la filosofía del derecho de Hegel, escribió: “Mi investigación desembocó en el resultado de que tanto las condiciones jurídicas como las formas políticas no podían comprenderse por sí mismas ni a partir de lo que ha dado en llamarse desarrollo general del espíritu humano, sino que, por el contrario, radican en las condiciones materiales de vida, cuya totalidad agrupa Hegel… bajo el nombre de sociedad civil, pero que era menester buscar la anatomía de la sociedad civil en la economía política”.

Ideas centrales: Lo que configura la sociedad es el modo en que los seres humanos trabajan. Las épocas históricas no están determinadas por las concepciones de las personas, sino por los medios con que producen y las relaciones que establecen entre ellos para ese fin. Las relaciones sociales constituyen la base de conflictos y luchas que involucran a clases sociales y/o fracciones de clase. De aquí se deriva un método científico, que considera a la sociedad como un organismo vivo. Por eso es imprescindible el estudio de las relaciones sociales y económicas, y los intereses y luchas asociadas a esas relaciones. A partir de lo cual se explican las representaciones y registros ideológicos de esos conflictos, y del modo de producción y de cambio.

Subjetivismo estilo establishment

Pero el método subjetivista no es patrimonio exclusivo del pensamiento nac & pop. También abunda entre los intelectuales comme il faut del establishment bienpensante. Y en este respecto, es ilustrativo el artículo “El peronismo es bárbaro, ¿viste?”, de Jorge Fernández Díaz, publicado en La Nación de ayer, 22/10/2020.

Fernández Días empieza su nota con un diagnóstico, de los años 1930, de Ortega y Gasset, siempre preocupado por las profundidades del alma argentina. Escribe que, según Ortega, la diferencia entre los argentinos y los europeos pasaba por que los primeros llevaban una vida “ensimismada”, “revertida sobre sí mismos”, y vivían “una vida eternamente consagrada a la construcción de su propio ser”. A fin de clarificar el concepto, Fernández Días lo cita: “Un europeo elige ser escritor porque quiere escribir. Un argentino elige escribir porque quiere ser escritor”.

Primera cuestión, ¿de dónde sacó Ortega y Gasset esa diferencia? ¿En qué hechos, registrables, se manifestaba en los 30 el “ensimismamiento” de los argentinos? ¿Y la extraversión de los europeos? (¿su amiga Victoria Ocampo ensimismada y Kafka extrovertido?). Más precisamente, ¿en qué se basa Fernández Díaz para sostener que el diagnóstico era válido en los 1930, y sigue siéndolo hoy?

La realidad es que aquí no hay ciencia, sino hueca especulación ensayista. En otras palabras, puro relato, ese que tanto critica el articulista de La Nación cuando está en boca de peronistas, pero asume como propio cuando se trata del reaccionario filósofo español

Pero en segundo lugar, y tal vez más importante, la alternativa planteada por el dúo Ortega – Fernández Díaz no tiene sentido. Es que nadie decide dedicar su vida a escribir, por caso, sin representarse alguna existencia futura como escritor. Así como nadie, a quien no le guste escribir, se pone como meta ser escritor.

Aunque el planteo del hacer y querer ser es disparatado, a Fernández Díaz le sirve para explicar el nacionalismo “que no nos ha abandonado jamás” desde los 1930. Y, siguiendo a Pablo Giussani, le alcanza también para dar cuenta de la militancia de izquierda de los 1970. Ahora la sentencia es: “Un político revolucionario es un hombre que quiere la revolución. Un militante de extrema izquierda es un hombre que quiere ser revolucionario”. ¿Por qué tantos jóvenes de entonces querían ser revolucionarios? Pues porque quisieron ser revolucionarios sin entender por qué es necesaria una revolución. Esto y decir que eran estúpidos (“les lavaban la cabeza”, decía siempre la derecha) es más o menos lo mismo.

La idea central: eran jóvenes de clase media acomodada, que pasaron a ser rebeldes invirtiendo la tabla de valores de sus padres. Un fenómeno social y político de envergadura termina de nuevo reducido al diván del psicólogo, a pura contra a los padres. Si estos eran demócratas, los hijos abrazaban ideas comunistas. Si eran antiperonistas, los hijos se hacían peronistas. Pose, “cultura de la vulgaridad idealizada”. Hasta ahí llega el horizonte mental del articulista. No pidan peras al olmo; es lo que hay. Obsérvese que a Fernández Díaz ni siquiera se le ocurre preguntarse por qué el choque generacional se dio bajo esa forma específica. ¿O es que ocurrió solo en la Argentina de los 1970?

Pero además, y retrocediendo en el argumento sobre la militancia, los socialistas y anarquistas europeos que llegaban a Argentina en las primeras décadas del siglo XX, ¿pasaban de ser hombres que querían la revolución a ser hombres que querían ser revolucionarios? ¿Sufrían una transformación orteguiana en los buques que los traían? ¿O es que el ensimismamiento afectaba solo a los criollos?

Razones económico – sociales y políticas

A lo apuntado en el apartado anterior, agrego –sin ánimo de ser exhaustivo- una serie de elementos que no tienen manera de encajar en la explicación subjetivista – idealista.

En primer lugar, sobre el nacionalismo de los 1930. Es imposible no contextualizarlo en la Gran Depresión y la quiebra del mercado mundial (en particular, desde la crisis financiera de 1931). Las estrategias de industrialización por sustitución de importaciones tuvieron esa raíz económica, y abarcaron a la gran mayoría de los países capitalistas, sin importar que tal o cual “espíritu nacional” fuera introvertido o extrovertido.

Pero vayamos a lo ocurrido entre mediados de los 1960 y principios de los 1970 en la militancia de izquierda. Lo primero a señalar es que se trató de un fenómeno mundial. Menciono solo algunos eventos: la rebelión y masacre de estudiantes mexicanos, en 1968; el Mayo francés, también en 1968, la primavera de Praga y el aplastamiento de los checos por los tanques soviéticos; el “verano caliente” italiano (huelgas y rebelión de sectores obreros contra el PC); ascenso de la militancia obrera en EEUU; ascenso de luchas obreras y populares contra el régimen franquista; lucha de los vietnamitas contra la intervención de EEUU; cuestionamientos y luchas de los campus universitarios estadounidenses contra la guerra en Vietnam; intensificación, en los 1970, de los movimientos anti-coloniales en África; y anti-apartheid en el sur de ese continente. En la otra vereda, los golpes militares en Bolivia, las dictaduras de Brasil y Paraguay, luego los golpes de Estado en Chile y Uruguay.

Todo esto con el trasfondo de la creciente crisis económica (el término estanflación se popularizó desde fines de los 1960), que terminaría en la primera recesión sincronizada de posguerra, en 1974-5. Por eso no hay forma de reducir estos fenómenos sociales a simples “cambios de espíritu”. Los checos no se levantaban contra la burocracia soviética “por rebelión contra el padre”. Los estudiantes norteamericanos se negaban a ir a Vietnam, y no era por esnobismo. Y así de seguido. Incluso el cuestionamiento de los trabajos alienantes en las líneas de producción fordista, a la sociedad de consumo (auge de la literatura crítica, rechazo del hombre unidimensional) tenía bases objetivas en las relaciones de producción capitalista.

Referido entonces a Argentina, un sector de la juventud (pero no solo la juventud) fue espiritualmente sacudido por ese contexto mundial, y por la situación del país. ¿Cómo pasar por alto el golpe militar de junio de 1966; la Noche de los bastones largos; el régimen de Onganía; y antes el golpe de 1955, y la proscripción del peronismo? Por eso el Cordobazo, el Rosariazo, el Viborazo, más tarde el Villazo, no pueden explicarse por afán de ruptura con los padres. Menos todavía por esnobismo de jóvenes de clase media acomodada. ¿O eran clase media acomodada los obreros de Ika, de Fiat, de Luz y Fuerza? Hay que haber perdido por completo la brújula de los análisis – ¿o es que se trata simplemente de mala fe y cinismo? – para decir que todo se debe a una tara mental argentina, detectada en 1930 por Ortega y Gasset, y convertida en infección juvenil modelo 1970s.

Más todavía, es mentira que la juventud que giró a la izquierda en aquellos años haya querido ser revolucionaria por esnobismo. Para la inmensa mayoría de los militantes enfrentar a la dictadura 1966-1973; a la Triple A; y luego a la dictadura instalada en 1976 significó enormes sacrificios, renuncias y desgarros personales. Hablar en una asamblea, por ejemplo, cuando se estaba bajo la amenaza de muerte por la Triple A, no tenía nada de pose, ni de esnob. Lo mismo con respecto a lo que significaba ser detenido y desaparecido bajo la dictadura de Videla. Se tomaban riesgos porque había compromiso, ideales,  convicciones. Y esto no se hace sin razones para luchar. Pero esto no lo podrán entender nunca algunos tilingos intelectuales. Es que el subjetivismo aplicado a la explicación social es bárbaro, ¿viste? Aunque se pretenda sofisticado. Solo un enfoque materialista, histórico y social, puede explicar aquella época, y el rol que jugaron los individuos en esos conflictos.

(Tomado del Blog de Rolando Astarita)

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