La «hegemonía cultural» de Gramsci: una curiosa distorsión idealista contra el marxismo

por Alejandro Valenzuela

La noción de «hegemonía cultural», ampliamente atribuida a Antonio Gramsci, ha sido promovida como una herramienta clave para comprender las dinámicas del poder en la sociedad moderna. La promoción de la imagen de Gramsci, sin embargo, ha sido planteada ya desde los años 70 desde las filas del amplio espectro anticomunista. Esto poco tiene que ver con las ideas del sardo sino con una verdadera campaña que sonó tanto el las filas académicas del posmodernismo como en boca del propio Pinochet.

En nuestros días la idea de la «hegemonía cultural» es moneda corriente dentro de los escribas del «progresismo» afincado en La Moneda. Es necesario apuntar, por lo mismo, que desde una perspectiva marxista la concepción de «hegemonía» no solo resulta redundante en lo teórico, sino que en la práctica opera como un taparrabos para quienes pretenden fundamentar la colaboración con el régimen capitalista en la esfera democrática. Al analizar esta idea desde el marco establecido por La ideología alemana de Marx y Engels, se puede demostrar que la «hegemonía cultural» no añade nada sustancial y, por el contrario, desorienta al movimiento revolucionario.

La Crítica Central de La Ideología Alemana

En La ideología alemana, Marx y Engels delinean con precisión la relación entre la base material de la sociedad y las superestructuras ideológicas. Afirman que:

«Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época; o dicho de otra manera, la clase que es la fuerza material dominante de la sociedad es, al mismo tiempo, su fuerza intelectual dominante» (Marx y Engels, La ideología alemana).

Este postulado central establece que las ideas, creencias y valores que predominan en cualquier sociedad no son más que reflejos ideológicos de las relaciones materiales de producción que sustentan a la clase dominante. La ideología no se genera autónomamente, sino que es una herramienta al servicio de la reproducción de la dominación de clase. Por tanto, la superestructura cultural no tiene una existencia independiente ni opera como un ámbito autónomo de lucha en términos absolutos.

Gramsci y la Separación de la Superestructura

Gramsci, al introducir el concepto de «hegemonía cultural», parece otorgar a la cultura un peso autónomo, sugiriendo que la dominación se ejerce tanto a través de la coerción política como de la persuasión cultural. Según esta perspectiva, la batalla por el cambio social no se daría exclusivamente en la esfera de la producción material, sino también en el ámbito de la cultura, donde las clases subalternas podrían construir contra-hegemonías.

Sin embargo, esta concepción es innecesaria desde un punto de vista marxista clásico. La lucha ideológica ya está contenida dentro del análisis marxista como parte de la reproducción de las relaciones de producción. No es un campo separado, sino una extensión de la lucha de clases material. El marco de Gramsci desvía la atención de la raíz material de las contradicciones sociales y, al hacerlo, introduce un sesgo idealista, como si las ideas tuvieran un poder independiente sobre la realidad material.

La Superestructura Cultural como un Reflejo

En La ideología alemana, Marx y Engels refutan explícitamente la noción de que la superestructura (incluyendo la cultura) pueda tener autonomía causal:

«No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, su ser social el que determina su conciencia.»

Esta afirmación subraya que cualquier cambio en la superestructura cultural debe ser precedido por transformaciones en la base material. El concepto de hegemonía cultural de Gramsci, al atribuir un rol determinante a la lucha cultural, tergiversa esta relación dialéctica y promueve una visión inversa y metafísica.

Consecuencias Políticas de la Confusión Gramsciana

La popularización de la «hegemonía cultural» ha tenido consecuencias políticas significativas y problemáticas. En lugar de centrar la lucha en la transformación de las relaciones de producción, ha fomentado una desviación hacia batallas «culturales» aisladas, lo que ha llevado al oportunismo y al reformismo en múltiples contextos. Al tratar la cultura como un frente separado de la lucha de clases, se ha debilitado el enfoque en la construcción de poder proletario directo y en la organización de la revolución socialista.

La Única Hegemonía: La Dominación de Clase

Marx y Engels ya ofrecieron una explicación exhaustiva del dominio de clase, que incluye tanto los aspectos materiales como ideológicos. Como lo expresaron en La ideología alemana, no hay necesidad de introducir un término como «hegemonía cultural», ya que este solo sirve para oscurecer el papel central de las relaciones de producción en la configuración de las ideas dominantes. La lucha cultural, cuando es significativa, es simplemente una extensión de la lucha económica y política, no un ámbito independiente.

Conclusión

La teoría de la hegemonía cultural de Gramsci no es una innovación dentro del marxismo, sino una deformación idealista que diluye su carácter revolucionario. Al analizar las dinámicas del poder en términos culturales, desvía la atención de las relaciones de producción y de la necesidad de transformar la base material de la sociedad. Como Marx y Engels demostraron en La ideología alemana, la clave para comprender y superar las formas de dominación reside en la lucha de clases y en la transformación de las relaciones económicas, no en la abstracción de una «batalla cultural».