La ciudad de la furia, por un urbanismo insurgente

por Rolando Durán

“Los jóvenes son como la infantería ligera del ejército proletario, que marcha al asalto de la vieja ciudad carcomida y tambaleante para hacer surgir de su ruina una ciudad futura.” (Antonio Gramsci)

Los actos rebeldes fundan nuevos espacios sociales para darles valor, dotarlos de sentido en el entramado territorial y construir junto al pueblo los nuevos órganos socio-territoriales de acción, que serán el germen de la ciudad futura.

El urbanismo es una técnica de producción y valorización del suelo, es decir, una manera de categorizar los usos y el destino del espacio urbano. Simplificando: el urbanismo es una disciplina que intenta ordenar las actividades humanas en el territorio. La disciplina urbanística está asociada a un saber/conocimiento del orden de la sociedad aplicado desde arriba. El Plan Maestro y/o Plano Regulador irradia con la fuerza del Estado unas líneas de fuerza que intentan modelar el mundo material y también darle forma a las relaciones sociales que se le circunscriben.

La historia nos enseña que casi desde su comienzo esta disciplina nace, entre otras razones, para controlar a través del diseño urbano las revueltas de la Comuna de Paris (1871). Es ampliamente conocido, como los planes urbanísticos de las grandes avenidas del Barón Haussmann, posibilitan el ingreso de la artillería de la policía y el ejército francés a los barrios rojos, habitualmente los más complejos e intrincados, donde las barricadas permitían sellar completamente el ingreso a esos sectores.

Aunque a través de la historia de los planes urbanos, estos se han publicitado como instrumentos que ayudan a subsanar las consecuencias inesperadas de la modernidad –léase la industrialización y el crecimiento acelerado de las ciudades–; esto es verdad solo en parte. Puesto que el urbanismo y sus derivados son instrumentos que permiten a las clases dominantes modelar la ciudad a su imagen y semejanza y más allá de ello la urbanización es un proceso íntimamente conectado con el desarrollo del capitalismo financiero, como ha insistido en varias oportunidades el geógrafo de origen británico David Harvey.

Santiago a escala neoliberal

Esto es fácilmente verificable en Santiago, modelo de ciudad neoliberal para la región. Santiago, como mosaico de inequidades y segregación es producto, principalmente, del reordenamiento poblacional de los años 1976 a 1979, desde las comunas de mayor ingreso a las comunas ubicadas hacia el sur y poniente de la ciudad.

Este reordenamiento fue parte de un programa urbanístico-militar de “erradicaciones” llamadas “Operaciones Confraternidad I y II”. Las miserias de estas reubicaciones poblacionales en La Pintana, Quilicura, Puente Alto, San Bernardo, etc., son objeto de varias investigaciones. Una vez efectuadas las “erradicaciones” y ahora que ya los pobres vivían en las comunas pobres, y los ricos en sus comunas ricas, se podía liberalizar el suelo urbano, concibiéndolo en la Política Nacional de Desarrollo Urbano de 1979 como un bien no escaso. Por tal razón, desde ese momento, el mercado sería quien impondría su valor monetario, abriendo de esta manera la puerta a la especulación financiera en torno al negocio inmobiliario. Esta historia es bien conocida y vivida en carne propia por la mayoría de los habitantes de Chile.

El urbanismo actualmente se desenvuelve a la manera de una supervisión sobre los avatares del capital sobre la ciudad, tomando nota de la especulación inmobiliaria, pero sin lograr ni poder regularla. La práctica de la disciplina en las municipalidades de Chile se convierte en una serie de principios abstractos y tremendamente condicionados, que no dejan espacio a la creación. En el mejor de los casos el urbanismo trabaja en el marketing urbano, poniendo etiquetas a barrios y ciudades para que atraigan a inversiones y turistas.

El urbanismo es actualmente un instrumento de orden neoliberal. Así, los Planes Maestros y Planos Reguladores (cuando existen) traducen las prerrogativas del capital financiero sobre la ciudad y nunca o casi nunca las necesidades de la ciudadanía. Esta disposición que condena a la mayor parte de la ciudadanía a los caprichos del capital financiero ha ido sedimentando poco a poco hacia una toma de conciencia política, por los abusos a los que de forma cotidiana se ven sometidos los ciudadanos. Finalmente, es esta condición urbana la que crea el caldo de cultivo para las revueltas ciudadanas del último trimestre del 2019 en Chile y, particularmente, en Santiago de Chile por el alza del transporte.

El urbanismo desde la perspectiva insurgente

Dicho todo lo anterior, nuestra perspectiva es que si bien el urbanismo es una disciplina que regula el orden social desde arriba, es en los momentos de crisis política y social, donde se muestran las costuras que sostienen el orden hegemónico; en consecuencia, es en aquellos momentos en que se pueden visualizar nuevas formas de orden social y urbano, surgidas desde abajo. Por lo tanto, nos encontramos ante lo que nos gustaría definir como un urbanismo insurgente. Un urbanismo abierto en la brecha entre el orden impuesto y las ordenaciones insurgentes, surgidas espontáneamente, desde abajo, formadas al calor de la revuelta.

Hay dos elementos teóricos que nos permiten ver esta constitución de nuevas ordenaciones producto de la insurgencia urbana. Por una parte, la violencia, que interpretamos como violencia política y simbólica contra la ciudad y, por otra parte, un cambio cualitativo de los usos del espacio urbano. Estos dos elementos se concatenan de la siguiente manera: en los eventos que se dieron en Santiago de Chile el 18 de octubre del 2019 aparece de manera fundamental un estallido hacia la violencia física y simbólica contra la ciudad, es decir, contra la infraestructura pública (particularmente el transporte) y las grandes empresas privadas (supermercados, bancos, etc.); también contra de las representaciones y símbolos urbanos.

Esta deriva simbólica hacia nuevas representaciones que aparece como violencia ante los símbolos del antiguo régimen, es de hecho uno de los factores observados en las situaciones prerrevolucionarias. El orden hegemónico ha dejado de tener sentido y legitimidad social y aparecen nuevos símbolos. La violencia política es al mismo tiempo transformadora, no se limita solamente a destruir, sino que la destrucción tiene un sentido de apropiación de aquello que es la cara visible de instituciones que someten al pueblo y expropian a la gente la posibilidad de una vida digna.

Por ello el mecanismo de la violencia política contra la ciudad tiene el sentido profundo del que hablara Henry Lefebvre, principio del cual dependería el Derecho a la Ciudad, y del cual nos informa el mismo autor, interpelándonos sobre la necesidad de voltear desde el valor de cambio, propio de la sociedad de consumo neoliberal al valor de uso de una renovada vida urbana:

“El derecho a la ciudad no puede concebirse como un simple derecho de visita o como un retorno a las ciudades tradicionales. Solo puede formularse como un derecho a la vida urbana, transformada, renovada. Poco importa que el tejido urbano encierre el campo y lo que subsiste de la vida campesina, siempre que ‹lo urbano› –lugar de encuentro, prioridad del valor de uso, inscripción en el espacio de un tiempo elevado al rango de bien supremo entre los bienes– encuentre su base morfológica, su realización práctico-sensible” (Lefebvre, 2017, pág. 139) [Las cursivas son del autor].

Tal vez el mejor ejemplo en que se resume el uso de violencia política transformadora es el metro de Santiago, que, en el curso de las manifestaciones multitudinarias de la primavera chilena, transformó el uso habitual de este espacio hacia uno de otro orden, el cual no estaba regido por las rutinas tradicionales inscritas en el régimen neoliberal, sino que el uso contra normativo de los espacios y recintos del metro, constituyó la chispa a través del cual la protesta social estallaría.

¿Por qué el metro? El metro de Santiago –emblema de la dictadura militar y orgullo de la democracia neoliberal– es la imagen de orden y pulcritud que el régimen deseaba mostrar. Con sus dos primeras líneas inauguradas en dictadura, la línea 1 en 1975 y la línea 2 en 1978 (líneas que serían poco a poco extendidas en los años siguientes). Luego los gobiernos transicionales se encargarían de extender la red de metro por el Gran Santiago con sus 7 líneas y 136 estaciones actuales en funcionamiento. Este medio de transporte constituye, para muchos trabajadores de las periferias urbanas un medio irremplazable, que por la cantidad de conexiones y la rapidez del viaje permite el enlace de áreas de la ciudad de compleja conexión en el transporte motorizado y por eso mismo reduce de manera importante el tiempo de espera y viaje de los trayectos.

Esto queda ejemplificado en las extensiones de la línea 5 hacia Maipú y de la línea 6 hacia Puente Alto, comunas que eran antiguas ciudades en las cercanías de Santiago que gracias a la expansión urbana fueron incorporadas como conurbaciones periféricas a la ciudad. Entre las dos comunas antes mencionadas se contabiliza aproximadamente un 17% de la población total del Gran Santiago, con más de un millón de habitantes sumados entre ambas. Con políticas públicas que no han hecho más que afianzar las dependencias entre estas periferias con el centro de la ciudad y el barrio alto.

Las características atrayentes de este medio de transporte funcionan como un imán urbano. Cada lugar en que se coloca una estación de metro se “valoriza” de inmediato (incluso mucho antes de que la estación este construida). Lo cual hace converger con cada estación una nueva centralidad urbana. Quizás el lugar donde se coloca una estación ya constituía una centralidad, era una plaza o en la intersección de dos grandes avenidas o tal vez no lo era. Sin embargo, la lógica propia de la red de metro impone su estructura a la ciudad, creando a la vez un nuevo sistema de centros y subcentros urbanos.

Por ese motivo resulta sintomático que la revuelta ciudadana comenzara justamente en el metro, pues, el metro es una infraestructura urbana irremplazable, que integra un subsistema urbano que compromete a las conexiones urbanas a escala metropolitana. Su paralización significa la paralización de buena parte de las condiciones materiales de producción tal como existen hoy día. El ataque al metro de Santiago constituye por tanto un doble golpe, al metro como institución simbólica de la ciudad que concebía esta infraestructura como un espacio separado de su contexto, espacio de orden civil, de buenos modales y pulcritud y, por otra parte, un golpe al sistema productivo y económico de la ciudad. De esa forma una lucha que se inicia en una capa urbana paralela pero conectada con la ciudad (capa que se encuentra bajo o sobre la superficie del espacio urbano pero que regula y condiciona lo que ocurre en la superficie) va aflorando desde este espacio semipúblico, controlado y regulado al espacio público y común por excelencia: las calles de la ciudad.

Cartografía de la rebeldía: la revuelta urbana

Al hacer un análisis cartográfico del Santiago rebelde, se puede obtener una visión más clara de la magnitud de las masivas protestas de la primavera chilena: tal vez fueron dos hechos los que marcaron la irrupción de la protesta social hacia la superficie del paisaje urbano. El 18 de octubre luego de que a las 9:44 de la mañana manifestantes perturbaran el ingreso de pasajeros en el metro Los Libertadores y un rato después de que a las 13:18 horas, se cerrara la estación Los Leones por “disturbios”, sucede el primer hecho a destacar, el cual ocurre a las 13:15 horas en la estación El Llano, donde la protesta escala a un nuevo momento de desobediencia civil.

En el andén de aquella estación las personas toman asiento con las piernas colgando hacia las vías del metro, impidiendo con el simple acto de sentarse el ingreso del metro al andén. Durante el día la tensión ha ido creciendo, de manera tal que ya no se trata de ingresar al metro –“evadir y no pagar”–, sino que de ahora en más la protesta va a buscar detener el movimiento de la gran ciudad, casi como si existiera un inconsciente colectivo rebelde sobre los repertorios de la huelga general. Las evasiones, forcejeos en las puertas del metro y sentadas en los andenes van a continuar intermitentemente provocando la paralización de estaciones, tramos y líneas enteras de metro. La tensión va a seguir aumentando, hasta culminar en desmanes y destrozos al interior de las estaciones, atacando directamente la infraestructura; a las 15:20 horas se reporta que en varias estaciones se habían lanzado elementos contundentes contra las vías electrificadas.

El segundo hecho ocurre en las cercanías del metro Moneda, en momentos en que la línea 1 y la línea 2 se encontraban cerradas, se registran los primeros incidentes en la superficie, a eso de las 15:04 horas. Al cerrar tramos enteros de la red de metro y ante el descontento generalizado, la manifestación se comienza a trasladar a las calles. Este es el punto de inflexión que no haría más que intensificarse con el pasar de las horas, a medida que las calles se inundan de gente que no encuentra otra manera de llegar a sus destinos que a pie.

Fluidez de la protesta

A medida que avanzaba la tarde, una multitud se tomaba la Alameda. Se trataba de un acontecimiento sorprendente, las personas copaban las veredas teniendo que ocupar las calzadas de las calles. A las 19:20 horas se encontraban cerradas todas las estaciones de metro, oleadas de personas se precipitaban desde el oriente de la ciudad al centro, de un momento a otro pasaron a ocupar la calzada, se armaron las primeras barricadas y la calle se transformó en una suerte de carnaval, extraños se encontraban mirándose entre sí, sorprendidos de su complicidad mutua en la manifestación colectiva, los trabajadores, los estudiantes, aquellos que iban a “carretear”, los que intentaban llegar a algún destino caminando por largo rato, aquellos sujetos dispersos y distantes entre sí, tuvieron un instante de comunión en la calle.

La protesta no se organizó ni se convocó, surgió como la más inocente actividad mimética; unos imitaron a otros en la transgresión de las normas urbanas. Como no había la orden de “resistir”, ni de “mantener la posición”, las personas iban y venían. Algunos se mantenían en las calles, otros probaban el sabor de la desobediencia para luego continuar su camino, los armadores de barricadas iban de una esquina a la otra, organizando contenedores y postes de tráfico para prenderles fuego… La protesta se trasformó en algo completamente fluido. Las manifestantes se mezclaban entre la multitud de marchantes y no se podía distinguir unos de otros. Las barricadas y los desmanes en las calles se empezaron a multiplicar por toda la Alameda, aparecieron barricadas en cada esquina y se llenó de humo la ciudad.

La dispersión de la protesta es facilitada por la fluidez de esta; las esquinas son puntos de espera, mientras se encuentra el momento de atravesar la calle frente a la cual se está, la gente se detiene y va copando ese espacio, en el contexto de la tarde del 18 de octubre, ante la avalancha humana, esto devino en aglomeraciones en cada esquina de la Alameda, los transeúntes solo quieren pasar rápido y seguir su camino, lo cual significa que si la calle está tomada, el tránsito a pie puede ser continuo. Esto significó que las personas en las aglomeraciones aprueban de manera tácita la transgresión del orden cotidiano, aunque no todos participen del “desorden”, la masa apoya. La dispersión formula un elemento nuevo de la protesta: la extensión.

Ante la profusión de puntos críticos en cada esquina, con barricadas y disturbios que ya empiezan a asomar a lo largo de todo Santiago, la policía se ve absolutamente sobrepasada, corren de un punto a otro sin saber muy bien que hacer y por lo general no están en ninguna parte. Cuando empieza a oscurecer la ciudad está tomada por los manifestantes. A las 19:36 se le había prendido fuego a la entrada de los metros Pedro de Valdivia y Los Héroes y a las 19:45 horas se quema el primer bus del Transantiago en las cercanías de la Plaza Italia. De ahora en adelante la revuelta entra en una nueva fase, la violencia de los manifestantes se centra en rasgos más representativos del orden económico y social y busca destruirlos materialmente: el transporte (sobre todo el metro de Santiago), las grandes cadenas comerciales y negocios (franquicias de todo tipo, farmacias, supermercados, gasolineras, etc.) y los bancos. Se trata de un nuevo tipo de sociabilidad popular, que gravita desde las barricadas y el corte del tránsito a la destrucción, quema y también el saqueo que se esparce por todo Santiago.

Extensión metropolitana

El rasgo más distintivo de la noche de protestas del 18 de octubre es la dispersión de la protesta por el área metropolitana. Si bien, todo comienza a lo largo de la Alameda, pronto la protesta alcanza las zonas residenciales, las comunas periféricas y muchos subcentros urbanos. El primer signo de esta dispersión es el cacerolazo. A eso de las 20:00 horas ya se escuchaba el ruido de las cacerolas por todas las comunas de la ciudad que también se llena de barricadas y puntos calientes; algún detalle para observar la magnitud de los acontecimientos:

En la rotonda Grecia entre las 21:30 y las 22:26 horas, serían quemados 8 buses del Transantiago, uno más caería a lo largo de la noche. Según la Intendencia serían 16 buses quemados esa noche en todo Santiago.

A eso de la 22:00 horas se quemaban las escaleras de emergencia del edificio de la Enel, en la calle Santa Rosa a metros de la Alameda.

A las 22:26 horas la estación de metro Ricardo Cumming comenzaría a quemarse. A esta estación se sumarían un total de 20 estaciones que a lo largo de la noche serían incendiadas. La mayor cantidad de estaciones siniestradas se concentran en las líneas 5 y 6, las comunas de Pudahuel y La Florida fueron las más afectadas.

Las quemas de las estaciones estaban acompañadas de la protesta social. Como en el caso de la estación Elisa Correa, casi en la intersección de La Florida con Puente Alto, allí se reunieron, según lo que reporta bomberos, más de 500 personas, de las cuales, algunas prendieron fuego a la estación y rallaron vagones que se encontraban en la estación con tubos metálicos. La gente no se dispersó hasta casi las 5 de la mañana cuando recién pudo entrar bomberos a la estación ya quemada. Entre el 18 y el 19 de octubre se quemaron o dañaron al menos 30 estaciones de metro, es decir, aproximadamente el 22% de la red total del metro.

Al mismo tiempo esa noche y durante la noche del 19 de octubre se reportan múltiples saqueos, contra supermercados, malls (Arauco y Quilicura), bancos, farmacias, tiendas de retail, cadenas comerciales de todo tipo, el Telepizza de Plaza Italia, e incluso AFPs.

Las escaramuzas, delitos comunes, barricadas y violencia contra la propiedad (del Estado o privados), además de las manifestaciones ciudadanas pacíficas y cacerolazos ocurrieron, la noche del 18 al 19 de octubre de manera sucesiva y simultánea, distribuyéndose a lo ancho y largo de toda la ciudad, todo confundido y mezclado en una reunión de factores que hacían imposible distinguir lo legal y lo ilegal, subversión de valores que puede ser leída de manera contundente: la profanación de la sacrosanta propiedad privada. La escala y magnitud de los acontecimientos es aquí el dato crucial. La noche del 18 al 19 de octubre del año 2019 Santiago ardió.

La ciudad futura

Acabamos de hacer un repaso cartográfico por los acontecimientos que estallaron el 18 de octubre del 2019 en Santiago de Chile, son una serie de acciones de la ciudadanía que provocaron a su vez acciones de respuesta por parte del gobierno, en una serie de desafíos y respuestas recíprocas que fueron escalando rápidamente hasta un nivel inimaginable. Esta escalada de la violencia hacia la masividad de la protesta es un cambio cultural profundo en la historia de Chile. Que va a marcar sin lugar a duda un punto de inflexión en nuestro porvenir.

El desafío de la ciudadanía a los grupos de poder hegemónico, representados por la clase política, fue guiado por una violencia inusitada, pocas veces vista con tanta masividad en la historia de Chile; violencia a la cual siguió una tremenda convocatoria y movilización social, espontánea y dispersa por toda la ciudad, pero concentrada en puntos estratégicos de Santiago. A la violencia contra el retail, bancos, metros y microbuses, el Estado respondió con una violencia tremenda contra las personas, violando en repetidas oportunidades los Derechos Humanos de la ciudadanía, criminalizando el derecho a protestar y reeditando la vieja doctrina de seguridad interior del estado, la cual tal vez nunca estuvo dormida del todo.

Sin embargo, ante la represión desatada, el pueblo no retrocede. La situación es tal que las muertes, mutilaciones y torturas no asustan, sino que alientan. La oportunidad abierta por los usos contra normativos de los espacios en el metro promovió las protestas más multitudinarias de la historia de Chile y desembocaron en la ocupación de la ciudad a través de la protesta social. La dinámica de la protesta, en su fluidez, dispersión, extensión y nuevas concentraciones sociales surgidas al calor de las protestas que emergieron en la primavera chilena alimentan y alimentarán el sueño, el pensamiento y la acción para hacer surgir de su ruina una ciudad futura.

Pensar un Chile que despertó, un nuevo Chile, exige pensar también una nueva ciudad, aquella que indicaba Gramsci en la ciudad futura. Construida desde las trincheras anticapitalistas y al pulso de la lucha. La tarea del urbanista insurgente es rastrear los actos que fundan nuevos espacios sociales y darles valor, dotarlos de sentido en el entramado territorial y construir junto al pueblo los nuevos órganos socio-territoriales de acción, que serán el germen de la ciudad futura.

Rolando Durán es arquitecto egresado de nuestra casa de estudios, Máster en Estudios Urbanos y Doctorando en Sostenibilidad y Regeneración Urbana, ambos de la ETSAM de la Universidad Politécnica de Madrid [UPM]. También, es parte del Colectivo Cartografías de la Memoria y del Grupo de Pensamiento Crítico y Memoria Histórica [GPM]. Este artículo ha sido publicado en la revista La Estaca nº 18 del año 2020.

(Tomado de Arquitectura USACH)

(Visited 36 times, 1 visits today)